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La mentira y la patraña en el mundo.
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Autor Mensaje
José Mª Rodríguez Vega



Registrado: 11 Oct 2003
Mensajes: 1429

MensajePublicado: Mar Mar 06, 2007 11:50 pm    Título del mensaje: La mentira y la patraña en el mundo. Responder citando

<¡Si había alguna esperanza, radicaba en los proles! Sin haber leído el final del libro, sabía Winston que ese tenía que ser el mensaje final de Goldstein. El futuro pertenecía a los proles.>

.................

<El que adule al pueblo, ese es el que miente.>
.................

<La mentira, cuanto más grande más creíble.> (Goebbels)

Los principios de la propaganda goebbelsiana o el catecismo de la mentira:
Goebbels era un genio de la propaganda. Unos famosos principios impulsaron su trabajo. Todavía son usados hoy en día como herramienta propagandística. Son estos:
1. Principio de simplificación y del enemigo único. Adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo.
2. Principio del método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma individualizada.
3. Principio de la transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. "Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan".
4. Principio de la exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.
5. Principio de la vulgarización. "Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar".
6. Principio de orquestación. "La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas". De aquí viene también la famosa frase: "Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad".
7. Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.
8. Principio de la verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sondas o de informaciones fragmentarias.
9. Principio de la silenciación. Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen el adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines.
10. Principio de la transfusión. Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.
11. Principio de la unanimidad. Llegar a convencer mucha gente que piensa "como todo el mundo", creando una falsa impresión de unanimidad.
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El pueblo tiene algo suyo: la OPINIÓN PÚBLICA:
Local, nacional o mundial, la opinión pública busca raras veces la claridad y lo razonable; no se deja guiar por las necesidades o las previsiones: la opinión pública es una fuerza. A menudo no llega a ser la opinión general o mayoritaria, sino el clamor de una minoría, que por su ruido, reduce al silencio la objeción o la reflexión, y se contenta con hipócritas adhesiones. Esta es la razón por la cual no ofrece medidas determinadas, a pesar de las estadísticas, a menudo asombrosas de precisión, de los institutos de opinión pública. Sigue siendo una potencia anónima, de la cual pueden difícilmente preverse los cambios y retracciones.
No pueden confundirse, pues, opinión pública y unanimidad, ya que siempre existirán capas sociales o individuos que se resistan a su presión.Una opinión dominante, no es toda la opinión; pero es la que pesa. Ocurre bastante a menudo que una minoría ilustrada tenga razón en contra de la opinión pública, aunque más vale, para su inmediata reputación, equivocarse con el pueblo que tener razón contra él. Enumerar los errores de la opinión pública, sus apasionamientos pasajeros, sus iras y temores: he aquí un tema a menudo estudiado, en donde la elocuencia puede manifestarse, pero no así el análisis. Lo que sobre todo la caracteriza es la irresponsabilidad. No evalúa las causas, ni los datos, ni las consecuencias; pertenece al instante, y siempre está dispuesta a adorar lo que antes quemó, a riesgo de anclarse en su nuevo entusiasmo sin tener en cuenta la evolución y los cambios en la evolución general. Su certidumbre es más instintiva que reflexiva; está hecha de miedo y de esperanza, no de análisis, meditaciones y deliberaciones. Cualquier educación de la opinión pública es tan sólo una enseñanza. Si pudiera convertirse en certidumbre razonada y racional, gracias a una información adecuada, ya no sería opinión. No se equivoca; tampoco se deja engañar: cree (en la verdad y en la mentira). Se rebela o se entrega siempre con toda buena fe. Nunca será fiel o agradecida. Si no fuera sincera en cada uno de sus cambios, trataría de justificarse, probar, demostrar; lo que nunca sucede. Y si alguna vez siente el haber sido engañada, no da marcha atrás, sino que se vuelve instantáneamente tan cruel y maligna como antes había sido confiada y entusiasta. Sea como sea la opinión pública no discute. Cree en una meta, sin inquietarse por los medios. Esta es la razón por la cual desafía sin cesar a especialistas y tecnócratas, que son los hombres de los medios y de las consecuencias. Las cuestiones técnicas la dejan indiferente: no dará ninguna indicación sobre el mejor modo de distribuir los impuestos o de agenciar la constitución o las instituciones. La fe no se preocupa por los métodos; se inclina ante la eficacia.

.....................


<Supuesto que un príncipe que en todo quiere hacer profesión de ser bueno, cuando en el hecho está rodeado de gentes que no lo son, no puede menos de caminar hacia su ruina. Es, pues, necesario que un príncipe que desee mantenerse aprenda a poder no ser bueno, y a servirse o no servirse de esta facultad según que las circunstancias lo exijan.>

<Al comenzar a reinar asaltó el reino de Granada, y esta empresa sirvió de fundamento a su grandeza. La había comenzado, desde luego, sin pelear ni medio de hallar estorbo en ello, en cuanto su primer cuidado había sido tener ocupado en esta guerra el ánimo de los nobles de Castilla. Haciéndoles pensar incesantemente en ella los distraía de discurrir en maquinar innovaciones durante este tiempo; y de este modo adquiría sobre ellos, sin que lo echasen de ver, mucho dominio y se proporcionaba una suma estimación. Pudo, enseguida, con el dinero de la Iglesia y de los pueblos, mantener ejércitos y formarse, por medio de esta larga guerra, una buena tropa, que acabó atrayéndole mucha gloria. Además, alegando siempre el pretexto de la religión para poder ejecutar mayores empresas, recurrió al expediente de una crueldad devota, y echó a los moros de su reino, que con ello quedó libre de su presencia.
No puede decirse cosa ninguna más cruel, y juntamente más extraordinaria, que lo que él ejecutó en esta ocasión. Bajo esta misma capa de religión se dirigió después de esto contra el África, emprendió su conquista de Italia y acaba de atacar recientemente a la Francia. Concertó siempre grandes cosas que llenaron de admiración a sus pueblos y tuvieron preocupados sus ánimos con las resultas que ellas podían tener.>

Arcana dominationis:

<Aún hizo engendrarse sus empresas en tanto grado más por otras, que ellas no dieron jamás a sus gobernados lugar para respirar ni poder urdir ninguna trama contra él>


Del divino pueblo:

<No hay nada, si se quiere, que por un lado sea más temible que un vulgo desenfrenado y sin cabeza; pero ni nada que por otro lado sea más débil.>

<Cuando es preciso discurrir, el pueblo no sabe ya más que ir a tientas en la oscuridad.>

<Últimamente, su tercer motivo fue que hay empresas dificultosas, peligrosas, aun contrarias a la disposición natural de los pueblos, y, sin embargo, necesarias para su prosperidad, a las que no es posible decidirlos más que mostrándoles que están prescritas por la religión o que, a lo menos, se harán ellas bajo sus auspicios. En todas partes hay ejemplos convincentes de esto, por lo que puede verse cuán útil es la religión a la política.>

<Los hombres son tan simples, y se sujetan en tanto grado a la necesidad, que el que engaña con arte halla siempre gentes que se dejan engañar.>

<Los pueblos son amigos del descanso.>

..................

En general, a mayor comprensión, mayor autoengaño: los más inteligentes son en esto los menos cuerdos.

Y habiéndose observado por muchos esta simiente de religión, algunos de quienes la observan propendieron a alimentarla, revestirla y conformarla a leyes, y añadir a ello, de su propia invención, alguna idea de las causas de los acontecimientos futuros, mediante las cuales podían hacerse más capaces para gobernar a los otros, haciendo, entre los mismos, el máximo uso de su poder.

La brecha entre efecto real y efecto pretendido no se imputará a la inmoralidad gnóstica de ignorar la estructura de la realidad, sino a la inmoralidad de alguna otra persona o sociedad que no se comporta como debería según la concepción soñada de causa y efecto. La interpretación de la inmoralidad como moralidad, y de las virtudes de la sophía y la prudentia como inmoralidad es una confusión difícil de desentrañar.
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José Mª Rodríguez Vega



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MensajePublicado: Mie Mar 07, 2007 5:36 pm    Título del mensaje: Jerónimo Feijoo y Maquiavelo. Responder citando

29. Bien sé, que en la opinión de muchos esta moneda también es corriente en estos tiempo; y que ya se dice, que las palabras o promesas de los que manejan lo sumo de las cosas no tienen fuerza sino en tanto que no se oponen al interés del Estado. He leído, que negociando un Príncipe de Italia un Tratado de Paz con un Monarca poderoso, y pidiendo entre las condiciones la restitución de una buena parte de sus Estados que la había tomado, le replicó el enviado del Monarca: ¿Qué seguridad tendrá de V.A. el Rey mi amo, si le da todo lo que pide? A lo que respondió el Príncipe: Aseguradle, que yo le empeño mi palabra; no en cualidad de Soberano, porque en razón de tal es preciso que yo sacrifique todo a mi grandeza, y a la ventaja de mi Estado, según se ofrezcan las coyunturas; sino debajo de la cualidad de Caballero, y hombre de bien.
30. Sin embargo en esto hay un buen pedazo de hipérbole. Firmemente creo, que hoy los más de los Príncipes observan religiosamente los Tratados. Es verdad, que a cada paso se acusan recíprocamente unos a otros, como [85] infractores de ellos; más esto depende de que rara vez es tan clara la justicia o injusticia, ni de uno ni de otro de los contendientes, que no de lugar a la diferencia de opiniones, Así entrambos obran probablemente, y también probablemente se acusan. Si hay uno u otro de tan ancha Teología, que con conocimiento atropelle todas las obligaciones de la equidad, justicia, y fe pública, busca por lo menos algún especioso pretexto, y procura salvar las apariencias. Esto mismo prueba, que se obra con vergüenza, y se teme la nota; lo que no sucediera, si fuera tan corriente entre los Príncipes, como quieren algunos, el faltar a su palabra.
31. Bien sé, que un Anónimo Francés escribió pocos años ha, que habiéndosele dicho al Rey Don Fernando el Católico, que Luis Duodécimo de Francia se quejaba de él, que le había engañado dos veces, respondió: Por Dios que miente el Francés, que no le he engañado dos veces, sino diez. Si ello sucedió así, podríamos creer que nuestro Don Fernando hacía gala de la perfidia. Pero estos son cuentos de corrillo, de que los cuerdos no hacen caso. Supongo, que para que llegase el chiste, o chisme desde la boca de Don Fernando a las orejas del Francés que lo escribió, sería menester cien conductos distintos; y de los ciento, por lo menos noventa serían más capaces de fingirlo que el Rey Católico de articularlo.
32. Doy que fuese verdad. Todo lo que puede seguirse, es, que entre innumerables Príncipes de nuestros tiempos, uno u otro, sin rubor alguno, practicase la mentira o el dolo en los negocios de Estado; cuando entre los antiguos era esto frecuentísimo. Todos, o casi todos parece que tenían estampada en el corazón aquella sentencia de Corebo: Dolus, an virtus quis in hoste requirat? u otra semejante.
33. ¿Pero qué mucho que pasase así, si aquel gran Filósofo, Oráculo de la antigüedad, el divino Platón, dio por doctrina constante, que a los que manejan [86] las Repúblicas es lícito mentir, siempre que se útil al Estado? Igitur Rempublicam administrantibus praecipue, si quibus aliis, mentiri licet, vel hostium, vel civium causa ad communem Civitatis utilitatem. Reliquis autem a mendacio abstinendum est, (lib. 3 de Repub.). Si tenían un tan gran Maestro, y tan autorizado los Príncipes antiguos, ¿qué falta les hacía Maquiavelo?
34. Es verdad, que Platón sólo daba por lícita la mentira en obsequio del bien público; Maquiavelo la aconsejaba como útil al interés particular del tirano. Así Platón era un mal Moralista; Maquiavelo un mal hombre. Pero esta diferencia en los Maestros no quita que los tiranos se aprovechasen de la doctrina de Platón para su interés particular, como los Príncipes desinteresados para el bien público; porque como el tirano siempre procura persuadir al Pueblo que ordena a su utilidad cuanto hace por la grandeza propia, cuando le cogiesen en la mentira, aplicaría a favor suyo la doctrina de Platón, suponiendo que habían mentido por la causa común. Pero en caso, que esta doctrina de Platón les pareciese muy diminuta a los tiranos, como en la verdad lo es, podrían hallar un copiosísimo suplemento de ella en su discípulo Aristóteles.
35. No quiero decir, que Aristóteles fuese autor de la política perversa, o escribiese con ánimo de instruir a los tiranos en los medios de adquirir o conservar la tiranía; pero lo hizo sin querer o sin pensarlo, en el libro quinto de los Políticos, cap. II. En dicho capítulo, que es bastantemente largo, está, no sólo bien exactamente aplicado al uso de las dos famosas máximas: Oderint dum metuant; Divide ut imperes; pero todas o casi todas las demás, que publicó en su libro del El Príncipe el Escritor Florentín. Yo no he visto el libro de Maquiavelo, sí sólo sus máximas capitales, citadas en otros Autores; pero óigase a Hermanno Coringio, que le leyó, y también leyó a Aristóteles. Nicolás Maquiavelo (dice), aquella Campana de las Artes Políticas, casi ningún consejo arcano para conservar [87] la dominación y la tiranía pudo enseñar a su Príncipe, que mucho antes no hubiese enseñado Aristóteles en el libro 5 de los Políticos. Acaso aquel astutísimo Maestro de la maldad transcribió de Aristóteles, disimulando el hurto, cuanto estampó en su libro. Mas con esta diferencia, que Maquiavelo aconseja a todos los Príncipes, lo que Aristóteles más rectamente había escrito que convenía sólo a los tiranos (Conring. Introduct. ad Politic. Aristotelis, cap. 3.).
36. Pero valga la verdad. Lo mismo digo de Aristóteles que de Maquiavelo. Nada inventó Aristóteles en cuanto a los arbitrios de la perversa política. Copiolos de las acciones de los Reyes de Persia, y de Egipto; de los Arquelaos, y Filipos de Macedonia; de los Falaris, de los Agatocles, de los Hierones, y Dionisios de Sicilia; de los Periandros, de los Pisistratos, y otras pestes políticas de la Grecia.
37. Ni veo yo tanta profundidad o agudeza en esas decantadas máximas de Aristóteles, o de Maquiavelo, que sea menester aprenderlas, o por la lectura o por la tradición de algunos políticos de especialísima perspicacia, Basta para alcanzarlas un entendimiento mediano; y para ponerlas en ejecución uno se ha menester más que un corazón despiadado, o torcido.
38. El que el tirano se ha de conservar con el miedo, no con el amor de los súbditos, se viene a los ojos; ¿porque cómo han de amar estos a quien los está atormentando continuadamente con una dura esclavitud? El que los empobrezca, es consecuencia inmediata y forzosa de mirarlos como enemigos; pues cualquiera sabe, que cuanto más empobrezca a su enemigo, tanto más le quita las fuerzas para ofenderle.
39. Asimismo es inmediatísima ilación del mismo principio el fiarse más de los extraños, que de los propios. ¿Quién sino un estúpido se fía del que sabe que está ardiendo en ira contra él? Tener gran cantidad de emisarios para que exploren, y le avisen de las palabras [88] y acciones de todos, es una cosa que alcanza y en su modo practica cualquiera rústico, el cual, si tiene algún enemigo, no cesa de explorar cuanto puede sus designios. El fingir mucha religión, es máxima que alcanza cualquiera mujercilla, como útil para ganar el respeto público. El fomentar discordias o facciones opuestas en la República, y procurar mantener su potencia igual, puede aprenderse de los Funámbulos o Volatines, los cuales se mantienen mientras dura el equilibrio de los dos opuestos pesos.
40. De la Reina Catalina de Médicis, que practicó mucho tiempo con vigilantísimo cuidado esta máxima, se dijo (y acaso por esto sólo se dijo), que hacía su lectura ordinaria en Maquiavelo, cuyo libro tenían siempre a mano; de modo, que un Escritor satírico le llamó el Evangelio de la Reina. ¿Pero qué, era menester para eso tener tal Maestro al lado? La positura de las cosas la mostraba bastantemente a aquella Reina, por su genio propio astuta y cavilosa, la utilidad de dispensar algunos favores hacia los Herejes, para contrapesar con ellos la potencia de los Católicos, que le era sospechosa; pero declarándose siempre Católica en la creencia, para no negarse del todo el otro partido.
41. No han faltado quienes atribuyen la misma política al gran Constantino, el cual estaba por un parte favoreciendo a los Cristianos, y por otra conservaba en el Ministerio y puestos importantes a los Gentiles. Pero esto se debe creer fue necesidad. Era menester proceder con tiento en la grande y arduísima obra de la conversión de todo el Imperio Romano. Si de un golpe sólo, y a fuerza abierta quisiese derribar el Paganismo, nunca lo hubiera logrado.
42. Lo mismo digo de todas las demás reglas o prácticas de la política tiránica y dolosa. ¿Qué discurso es menester para invadir con mano armada los [89] Estados de un Príncipe o República confinante, y sorprenderle algunas Plazas, cuando el dueño está descuidado sobre el seguro de la paz o tregua establecida? Para esto no se necesita otra cosa que haber perdido el miedo a Dios, y la vergüenza al mundo. Buscar algún pretexto aparente es facilísimo. Un niño de diez años le encuentra, cuando por interés o por ligereza quiere romper con el amiguito que tenía.
43. La bárbara máxima de deshacerse de los hermanos o parientes, para quitar la ocasión más arriesgada de las sublevaciones, no pide ingenio, sino crueldad. Así los Emperadores Otomanos la practicaron con notable desigualdad. Unos les quitaron la vida; otros la vista; otros la libertad, cerrándolos en un prisión. Todos estaban igualmente informados de la importancia de precaver aquel riesgo; pero no todos tenían igual fiereza de ánimo. Así, según los grados de ésta (o también de los del miedo) era mayor o menor el rigor de la ejecución. Mahometo Tercero, no satisfecho con matar, cuando subió al Trono, veinte y un hermanos que tenía, hizo arrojar al mar diez Sultanas que habían quedado en estadio darle otros diez. Otros se contentaron con guardar a los suyos en una prisión cómoda. Esta gran diferencia no viene de distinto estudio político, sino de la diversidad del genio.
44. Y ya que se ofrece la ocasión, no dejaré de notar aquí de error común la común creencia, de que es propia privativamente de la Estirpe Otomana la sangrienta máxima de sacrificar los propios hermanos a la seguridad de la Corona. Esta política atroz es mucho más antigua, y fue mucho más general en otras familias Reales. Plutarco, hablando de los Reyes sucesores de Alejandro entre quienes se dividieron las vastas conquistas de aquel Héroe, dice, que en sus descendencias fue tan universal aquella cruel máxima, que se miraba como invariable axioma político, y no menos infalible que aquellos primeros principios por sí mismos evidentes que llaman Peticiones [90] o Postulados de los Geómetras. Fratrum parricidia, ut petitiones Geometrae sumunt, sic concedebantur habebanturque communis quaedam petitio ad securitatem, & Regia. (Plutarc. In Demetrio).
45. Yo no sé si el Cielo de la Asia es más apto para producir estos políticos monstruos, que el de Europa; porque en todos tiempos veo Príncipes de las Regiones Asiáticas más secuaces de las máximas tiránicas, y crueles, que los de las Europeas. Pero mirando determinadamente los tiempos presentes, lo que veo es, que los Europeos, los cuales por lo común tienen alguna noticia de la doctrina de Maquiavelo, son ordinariamente de un gobierno justo y moderado; y los Orientales, que no saben si hubo tal hombre en el mundo llamado Maquiavelo, practican frecuentemente las mismas máximas perversas que estampó este Maestro de la maldad. Pienso, que sólo los Chinos son excepción de esta regla general de los Orientales.

Y lo que sigue...
http://www.filosofia.org/bjf/bjft504.htm
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José Mª Rodríguez Vega



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MensajePublicado: Mie Mar 07, 2007 5:37 pm    Título del mensaje: Jerónimo Feijoo y Maquiavelo. Responder citando

29. Bien sé, que en la opinión de muchos esta moneda también es corriente en estos tiempo; y que ya se dice, que las palabras o promesas de los que manejan lo sumo de las cosas no tienen fuerza sino en tanto que no se oponen al interés del Estado. He leído, que negociando un Príncipe de Italia un Tratado de Paz con un Monarca poderoso, y pidiendo entre las condiciones la restitución de una buena parte de sus Estados que la había tomado, le replicó el enviado del Monarca: ¿Qué seguridad tendrá de V.A. el Rey mi amo, si le da todo lo que pide? A lo que respondió el Príncipe: Aseguradle, que yo le empeño mi palabra; no en cualidad de Soberano, porque en razón de tal es preciso que yo sacrifique todo a mi grandeza, y a la ventaja de mi Estado, según se ofrezcan las coyunturas; sino debajo de la cualidad de Caballero, y hombre de bien.
30. Sin embargo en esto hay un buen pedazo de hipérbole. Firmemente creo, que hoy los más de los Príncipes observan religiosamente los Tratados. Es verdad, que a cada paso se acusan recíprocamente unos a otros, como [85] infractores de ellos; más esto depende de que rara vez es tan clara la justicia o injusticia, ni de uno ni de otro de los contendientes, que no de lugar a la diferencia de opiniones, Así entrambos obran probablemente, y también probablemente se acusan. Si hay uno u otro de tan ancha Teología, que con conocimiento atropelle todas las obligaciones de la equidad, justicia, y fe pública, busca por lo menos algún especioso pretexto, y procura salvar las apariencias. Esto mismo prueba, que se obra con vergüenza, y se teme la nota; lo que no sucediera, si fuera tan corriente entre los Príncipes, como quieren algunos, el faltar a su palabra.
31. Bien sé, que un Anónimo Francés escribió pocos años ha, que habiéndosele dicho al Rey Don Fernando el Católico, que Luis Duodécimo de Francia se quejaba de él, que le había engañado dos veces, respondió: Por Dios que miente el Francés, que no le he engañado dos veces, sino diez. Si ello sucedió así, podríamos creer que nuestro Don Fernando hacía gala de la perfidia. Pero estos son cuentos de corrillo, de que los cuerdos no hacen caso. Supongo, que para que llegase el chiste, o chisme desde la boca de Don Fernando a las orejas del Francés que lo escribió, sería menester cien conductos distintos; y de los ciento, por lo menos noventa serían más capaces de fingirlo que el Rey Católico de articularlo.
32. Doy que fuese verdad. Todo lo que puede seguirse, es, que entre innumerables Príncipes de nuestros tiempos, uno u otro, sin rubor alguno, practicase la mentira o el dolo en los negocios de Estado; cuando entre los antiguos era esto frecuentísimo. Todos, o casi todos parece que tenían estampada en el corazón aquella sentencia de Corebo: Dolus, an virtus quis in hoste requirat? u otra semejante.
33. ¿Pero qué mucho que pasase así, si aquel gran Filósofo, Oráculo de la antigüedad, el divino Platón, dio por doctrina constante, que a los que manejan [86] las Repúblicas es lícito mentir, siempre que se útil al Estado? Igitur Rempublicam administrantibus praecipue, si quibus aliis, mentiri licet, vel hostium, vel civium causa ad communem Civitatis utilitatem. Reliquis autem a mendacio abstinendum est, (lib. 3 de Repub.). Si tenían un tan gran Maestro, y tan autorizado los Príncipes antiguos, ¿qué falta les hacía Maquiavelo?
34. Es verdad, que Platón sólo daba por lícita la mentira en obsequio del bien público; Maquiavelo la aconsejaba como útil al interés particular del tirano. Así Platón era un mal Moralista; Maquiavelo un mal hombre. Pero esta diferencia en los Maestros no quita que los tiranos se aprovechasen de la doctrina de Platón para su interés particular, como los Príncipes desinteresados para el bien público; porque como el tirano siempre procura persuadir al Pueblo que ordena a su utilidad cuanto hace por la grandeza propia, cuando le cogiesen en la mentira, aplicaría a favor suyo la doctrina de Platón, suponiendo que habían mentido por la causa común. Pero en caso, que esta doctrina de Platón les pareciese muy diminuta a los tiranos, como en la verdad lo es, podrían hallar un copiosísimo suplemento de ella en su discípulo Aristóteles.
35. No quiero decir, que Aristóteles fuese autor de la política perversa, o escribiese con ánimo de instruir a los tiranos en los medios de adquirir o conservar la tiranía; pero lo hizo sin querer o sin pensarlo, en el libro quinto de los Políticos, cap. II. En dicho capítulo, que es bastantemente largo, está, no sólo bien exactamente aplicado al uso de las dos famosas máximas: Oderint dum metuant; Divide ut imperes; pero todas o casi todas las demás, que publicó en su libro del El Príncipe el Escritor Florentín. Yo no he visto el libro de Maquiavelo, sí sólo sus máximas capitales, citadas en otros Autores; pero óigase a Hermanno Coringio, que le leyó, y también leyó a Aristóteles. Nicolás Maquiavelo (dice), aquella Campana de las Artes Políticas, casi ningún consejo arcano para conservar [87] la dominación y la tiranía pudo enseñar a su Príncipe, que mucho antes no hubiese enseñado Aristóteles en el libro 5 de los Políticos. Acaso aquel astutísimo Maestro de la maldad transcribió de Aristóteles, disimulando el hurto, cuanto estampó en su libro. Mas con esta diferencia, que Maquiavelo aconseja a todos los Príncipes, lo que Aristóteles más rectamente había escrito que convenía sólo a los tiranos (Conring. Introduct. ad Politic. Aristotelis, cap. 3.).
36. Pero valga la verdad. Lo mismo digo de Aristóteles que de Maquiavelo. Nada inventó Aristóteles en cuanto a los arbitrios de la perversa política. Copiolos de las acciones de los Reyes de Persia, y de Egipto; de los Arquelaos, y Filipos de Macedonia; de los Falaris, de los Agatocles, de los Hierones, y Dionisios de Sicilia; de los Periandros, de los Pisistratos, y otras pestes políticas de la Grecia.
37. Ni veo yo tanta profundidad o agudeza en esas decantadas máximas de Aristóteles, o de Maquiavelo, que sea menester aprenderlas, o por la lectura o por la tradición de algunos políticos de especialísima perspicacia, Basta para alcanzarlas un entendimiento mediano; y para ponerlas en ejecución uno se ha menester más que un corazón despiadado, o torcido.
38. El que el tirano se ha de conservar con el miedo, no con el amor de los súbditos, se viene a los ojos; ¿porque cómo han de amar estos a quien los está atormentando continuadamente con una dura esclavitud? El que los empobrezca, es consecuencia inmediata y forzosa de mirarlos como enemigos; pues cualquiera sabe, que cuanto más empobrezca a su enemigo, tanto más le quita las fuerzas para ofenderle.
39. Asimismo es inmediatísima ilación del mismo principio el fiarse más de los extraños, que de los propios. ¿Quién sino un estúpido se fía del que sabe que está ardiendo en ira contra él? Tener gran cantidad de emisarios para que exploren, y le avisen de las palabras [88] y acciones de todos, es una cosa que alcanza y en su modo practica cualquiera rústico, el cual, si tiene algún enemigo, no cesa de explorar cuanto puede sus designios. El fingir mucha religión, es máxima que alcanza cualquiera mujercilla, como útil para ganar el respeto público. El fomentar discordias o facciones opuestas en la República, y procurar mantener su potencia igual, puede aprenderse de los Funámbulos o Volatines, los cuales se mantienen mientras dura el equilibrio de los dos opuestos pesos.
40. De la Reina Catalina de Médicis, que practicó mucho tiempo con vigilantísimo cuidado esta máxima, se dijo (y acaso por esto sólo se dijo), que hacía su lectura ordinaria en Maquiavelo, cuyo libro tenían siempre a mano; de modo, que un Escritor satírico le llamó el Evangelio de la Reina. ¿Pero qué, era menester para eso tener tal Maestro al lado? La positura de las cosas la mostraba bastantemente a aquella Reina, por su genio propio astuta y cavilosa, la utilidad de dispensar algunos favores hacia los Herejes, para contrapesar con ellos la potencia de los Católicos, que le era sospechosa; pero declarándose siempre Católica en la creencia, para no negarse del todo el otro partido.
41. No han faltado quienes atribuyen la misma política al gran Constantino, el cual estaba por un parte favoreciendo a los Cristianos, y por otra conservaba en el Ministerio y puestos importantes a los Gentiles. Pero esto se debe creer fue necesidad. Era menester proceder con tiento en la grande y arduísima obra de la conversión de todo el Imperio Romano. Si de un golpe sólo, y a fuerza abierta quisiese derribar el Paganismo, nunca lo hubiera logrado.
42. Lo mismo digo de todas las demás reglas o prácticas de la política tiránica y dolosa. ¿Qué discurso es menester para invadir con mano armada los [89] Estados de un Príncipe o República confinante, y sorprenderle algunas Plazas, cuando el dueño está descuidado sobre el seguro de la paz o tregua establecida? Para esto no se necesita otra cosa que haber perdido el miedo a Dios, y la vergüenza al mundo. Buscar algún pretexto aparente es facilísimo. Un niño de diez años le encuentra, cuando por interés o por ligereza quiere romper con el amiguito que tenía.
43. La bárbara máxima de deshacerse de los hermanos o parientes, para quitar la ocasión más arriesgada de las sublevaciones, no pide ingenio, sino crueldad. Así los Emperadores Otomanos la practicaron con notable desigualdad. Unos les quitaron la vida; otros la vista; otros la libertad, cerrándolos en un prisión. Todos estaban igualmente informados de la importancia de precaver aquel riesgo; pero no todos tenían igual fiereza de ánimo. Así, según los grados de ésta (o también de los del miedo) era mayor o menor el rigor de la ejecución. Mahometo Tercero, no satisfecho con matar, cuando subió al Trono, veinte y un hermanos que tenía, hizo arrojar al mar diez Sultanas que habían quedado en estadio darle otros diez. Otros se contentaron con guardar a los suyos en una prisión cómoda. Esta gran diferencia no viene de distinto estudio político, sino de la diversidad del genio.
44. Y ya que se ofrece la ocasión, no dejaré de notar aquí de error común la común creencia, de que es propia privativamente de la Estirpe Otomana la sangrienta máxima de sacrificar los propios hermanos a la seguridad de la Corona. Esta política atroz es mucho más antigua, y fue mucho más general en otras familias Reales. Plutarco, hablando de los Reyes sucesores de Alejandro entre quienes se dividieron las vastas conquistas de aquel Héroe, dice, que en sus descendencias fue tan universal aquella cruel máxima, que se miraba como invariable axioma político, y no menos infalible que aquellos primeros principios por sí mismos evidentes que llaman Peticiones [90] o Postulados de los Geómetras. Fratrum parricidia, ut petitiones Geometrae sumunt, sic concedebantur habebanturque communis quaedam petitio ad securitatem, & Regia. (Plutarc. In Demetrio).
45. Yo no sé si el Cielo de la Asia es más apto para producir estos políticos monstruos, que el de Europa; porque en todos tiempos veo Príncipes de las Regiones Asiáticas más secuaces de las máximas tiránicas, y crueles, que los de las Europeas. Pero mirando determinadamente los tiempos presentes, lo que veo es, que los Europeos, los cuales por lo común tienen alguna noticia de la doctrina de Maquiavelo, son ordinariamente de un gobierno justo y moderado; y los Orientales, que no saben si hubo tal hombre en el mundo llamado Maquiavelo, practican frecuentemente las mismas máximas perversas que estampó este Maestro de la maldad. Pienso, que sólo los Chinos son excepción de esta regla general de los Orientales.

Y lo que sigue...
http://www.filosofia.org/bjf/bjft504.htm
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José Mª Rodríguez Vega



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MensajePublicado: Mie Mar 07, 2007 7:09 pm    Título del mensaje: Cara y cruz del mismo rollo. Responder citando

LA CARA Y LA CRUZ DEL MISMO ROLLO:


Cara....

Guerra Oligarquía y la Mentira política

Por David North
?30 Mayo 2003


El pasado 30 de abril, David North, presidente del Comité de Redacción de la World Socialist Web Site, pronunció un discurso ante una reunión estudiantil en la Universidad de Notre Dame, en la ciudad de South Bend, estado de Indiana. Publicamos a continuación una copia taquigráfica de sus palabras. Esta versión ha sido editada.

Ha pasado menos de un mes desde que terminó la guerra de los Estados Unidos contra Irak. Quizás sería mejor decir que lo que en realidad terminó fue la más reciente etapa de la guerra, pues no debemos olvidar que los Estados Unidos han atacado a Irak militarmente de varias maneras durante doce años. Irak tiene la trágica distinción de ser la nación contra la cual los Estados Unidos han llevado a cabo su más prolongada guerra.

Todavía no ha aparecido ningún análisis profundo del impacto acumulativo que ha tenido sobre la sociedad iraquí la destrucción causada por las acciones militares y económicas de los Estados Unidos.

La política de los Estados Unidos dicta que no se revele ni siquiera una idea aproximada, para no hablar de la cifra exacta, del número de soldados iraquíes muertos desde el inicio de la primera Guerra del Golfo en enero de 1991. Apenas existen dudas de que durante el período más intenso de las acciones militares —entre enero-febrero de 1991, y marzo-abril de 2003—las bajas militares llegaron a decenas de miles y tal vez a cientos de miles. Tras la primera guerra, hubo informes horripilantes de la masacre de miles de soldados iraquíes, indefensos y en retirada, en la llamada "carretera de la muerte", cuando se dirigían hacia el norte desde Kuwait. Durante el último mes, miles de bombas y cohetes teledirigidos, guiados por computadoras, se usaron para destruir pelotones enteros del ejército iraquí, el cual apenas tenía los medios para ponerse a cubierto de semejante ataque.

Pero informes sobre el ataque de los Estados Unidos contra el aeropuerto de Bagdad, aunque limitados, dejan bien claro lo indefensas que estaban las tropas iraquíes. Según la prensa, entre 2,000 y 3,000 iraquíes murieron, mientras que el ejército de los Estados Unidos apenas sufrió media docena de bajas. Uno o dos días después, tanques estadounidenses arrollaron un sector de Bagdad, matando de nuevo a miles de soldados (y a una elevada cantidad de civiles) sufriendo un puñado de bajas.

Debido a la enorme diferencia de recursos entre los ejércitos en pugna resulta difícil describir sus enfrentamientos como batallas. Más bien recuerdan las masacres desproporcionadas de la época colonial, como la infame batalla de Omdurman, en la cual las tropas anglo-egipcias, que sólo sufrieron 48 bajas, masacraron entre diez y quince mil nativos sudaneses.

La información es también bastante imprecisa acerca de las muertes causadas directamente por las acciones estadounidenses durante enero-febrero de 1991 y marzo-abril de 2003, o por los incontables bombardeos durante la pasada década. Pero tenemos más información del impacto que ha tenido sobre la sociedad iraquí, especialmente en los niños, las sanciones económicas impuestas por los Estados Unidos. Se calcula que las sanciones, en vigor desde la primera Guerra del Golfo, han costado las vidas de 500,000 a un millón de niños.

Espero que nadie en esta sala haya olvidado la justificación principal del gobierno de los Estados Unidos para invadir Irak y castigar al pueblo iraquí con tanto sufrimiento desde que finalizara la Tormenta del Desierto en 1991: que el régimen de Sadam Husein poseía "armas de destrucción masiva", que eran un enorme e inminente peligro para los Estados Unidos y para el resto del mundo.

Necesitaríamos un libro entero para repasar y analizar la increíble campaña de propaganda sobre las "armas de destrucción masiva" que se organizó durante la pasada década. No fue el gobierno de Bush quien la inventó. Las "armas de destrucción masiva" de Sadam fueron invocadas por el gobierno de Clinton para justificar los bombardeos que iniciara contra Irak en 1999. En realidad, esta campaña comenzó muchos años atrás, justamente tras la primera Guerra del Golfo cuando facciones derechistas decepcionadas ante el fracaso de Bush padre en apoderarse de Bagdad, derrocar a Sadam Husein y ocupar al país buscaron una justificación para la segunda invasión de Irak.

Concentrémonos únicamente en el período inmediatamente anterior a la guerra.

El 12 de septiembre de 2002, el presidente George Bush declaró ante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas que Husein "continúa desarrollando armas de destrucción masiva. Puede ser que estemos completamente seguros de que tiene armas nucleares cuando—Dios no lo permita—las use".

El 7 de octubre de 2002, Bush declaró que Irak "posee y produce armas químicas y biológicas...Cualquier día Irak puede decidir la entrega de armas químicas o biológicas a un grupo terrorista o a terroristas individuales ... Conociendo esta realidad, América no puede seguir ignorando la amenaza que se avecina. Ya que tenemos pruebas bien claras del peligro, no podemos esperar a la prueba final—la pistola humeante—que podría venir en forma de nube radiactiva".

La acusación a Irak de estar en posesión de armas de destrucción masiva proporcionó la base para las exigencias del gobierno de Bush; exigencias que no se podían discutir. Como declaró Bush el 7 de octubre de 2002, "Sadam Husein debe desarmarse; si no, para establecer la paz, lideraremos una coalición para desarmarle".

Por supuesto, esta exigencia presupone que Irak poseía las armas de destrucción masiva que los Estados Unidos afirmaban que tenía. Si Irak no poseía tales armas, la exigencia no significaba nada. No podía deshacerse de armas que no tenía. Pero los Estados Unidos insistían en que no cabía ninguna duda de que Irak tenía armas de destrucción masiva y que era su intención usarlas. Más bien, tras la llegada a Irak de los inspectores bajo la dirección de Hans Blix y Mohammad ElBaradei, su fracaso en encontrar dichas armas o pruebas creíbles de su existencia.era, para el gobierno de Bush, una prueba evidente de que existían, pues ¡sólo un régimen que poseyera armas de destrucción masiva podría esconderlas tan bien!

El 23 de enero de 2003, el New York Times publicó un artículo titulado "Por qué sabemos que Irak miente" en el que Condoleezza Rice, Asesora para la Seguridad Nacional, afirmaba lo siguiente:
"Bajo la dirección de Sadam Husein y su hijo Qusay, que controla la Organización Especial de la Seguridad, el organismo que se encarga de las actividades secretas, en lugar de comprometerse con el desarme, Irak tiene un compromiso de alto nivel para mantener y ocultar sus armas"

El alegato belicista de Powell

La campaña del gobierno de Bush contra las armas de destrucción masiva llegó a su apogeo el 5 de febrero de 2003, cuando Colin Powell, Ministro de Relaciones Exteriores, compareció ante el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas para presentar la posición favorable a la guerra de los Estados Unidos. Citaré varias partes de su discurso:

1. "Varias fuentes nos han dado a conocer que, mientras debatíamos la resolución 1441 en esta sala durante el otoño pasado, una brigada a cargo de misiles en las afueras de Bagdad distribuía, a varios lugares en el oeste de Irak, lanzadores de cohetes y ojivas con agentes biológicos para la guerra".

2. "Sabemos que Irak tiene por lo menos siete fábricas móviles para la fabricación de substancias biológicas. Las fábricas móviles disponen al menos de dos o tres camiones cada una".

3. "No cabe duda que Sadam Husein posee armas biológicas y tiene la capacidad para producir con rapidez cantidades aún mayores. Y también tiene la capacidad para distribuir estas enfermedades y substancias tóxicas mortíferas de forma que puedan causar muerte y destrucción masivas".

4. Nuestros cálculos más conservadores indican que Irak posee reservas de entre 100 y 500 toneladas de substancias para producir armas químicas, lo cual es suficiente para llenar 16,000 cohetes de guerra".

5. "Sadam Husein tiene armas químicas...Ciertas fuentes nos han informado que recientemente ha dado autorización a sus comandantes para usarlas en el campo de batalla".

6. Irak niega que apoye al terrorismo. Igualmente niega que la posesión de armas de destrucción masiva. Es toda una red de mentiras".
6. Permitir que Sadam Husein siga en posesión de armas de destrucción masiva durante meses o años no es asumible. No en el mundo posterior al 11 de septiembre".

La actuación de Powell ante la ONU dejó a los medios de prensa hipnotizados. Unánimemente proclamaron que había presentado cargos irrefutables contra el régimen iraquí. La respuesta de mayor calado político provino del sector liberal, que se valió de la oportunidad que le presentaba Powell para alinearse completamente con los planes de guerra del gobierno de Bush.

Richard Cohen, del Washington Post, proclamó en una columna publicada el día después del discurso de Powell:

"Las pruebas que presentó ante la Organización de las Naciones Unidas—varias indirectas; otras cuyos detalles congelan la sangre—deberían mostrar a todo el mundo que Irak no sólo no ha dado cuenta de sus armas de destrucción masiva, sino que no hay duda de que todavía las tiene. Sólo un tonto—o posiblemente un francés—puede llegar a otra conclusión". Ese mismo día, Mary McGrory, también del Washington Post, escribió lo siguiente:

"No conozco los sentimientos que el discurso acusatorio de Powell contra Sadam Husein suscitó en las Naciones Unidas. Lo único que puedo decir es que a mí me convenció, y yo soy tan difícil de persuadir como Francia...Ya había escuchado lo suficiente para saber que Sadam Husein, con sus reservas de gas asfixiante y substancias químicas mortíferas, es una amenaza peor de lo que creía".

Una semana después, el 15 de febrero de 2003, el New York Times afirmó que "Hay suficientes pruebas de que Irak ha producido gas asfixiante VX, de gran toxicidad, y ántrax y que tiene la capacidad para producir cantidades aún mayores. Ha escondido estas substancias, ha mentido acerca de ellas, y finalmente ha decidido no informar sobre ellas a los inspectores".

Hemos de enfatizar que el gobierno de Bush no engañó a los órganos de prensa; más bien funcionaron como cómplices conscientes para engañar deliberadamente al pueblo estadounidense. La propaganda del gobierno no fue nada sofisticada. Gran parte de los argumentos del gobierno fueron refutados por los hechos o entraron en contradicción con la lógica más elemental. Aún cuando se probó que la acusación hecha por el gobierno de que Irak había tratado de obtener material nuclear se basaba en documentos burdamente falsificados, la prensa optó por no convertir este descubrimiento tan devastador en tema principal.

Ahora la guerra ha terminado, a cambio de las vidas de un incontable número de iraquíes. El país está en ruinas. Gran parte de su infraestructura social, cultural e industrial ha quedado destruida. Durante las últimas tres semanas, fuerzas militares de los Estados Unidos han rastreado todo el país en busca de las armas de destrucción masiva con las que el gobierno y la prensa podrían justificar la guerra. ¿Y qué han descubierto? Nada.

Los órganos de prensa han adaptado su línea al fracaso que supone no encontrar las mortíferas armas, cuya presunta existencia proporcionó la justificación para la guerra y las mortíferas sanciones que la precedieron.

El New York Times publicó el pasado 25 de abril en primera página, una fotografía en primer plano de una calavera, supuestamente de una víctima del régimen de Sadam Husein. Es muy probable que lo haya sido. Nadie ha dudado jamás de la bestialidad del régimen de Sadam, aunque aquellos que conocen la historia de Irak saben que sus peores delitos fueron perpetrados cuando gozaba del apoyo político de los Estados Unidos.

Es ampliamente conocido entre los socialistas iraquíes que la primera toma del poder por el partido Baaz, en el golpe de estado de febrero de 1963, se hizo con el apoyo de la administración Kennedy. La CIA proporcionó al Baaz la lista con los nombres de los comunistas y socialistas iraquíes que deseaba fueran liquidados. Las relaciones entre el régimen del Baaz y los Estados Unidos brillaron y palidecieron durante los 27 años siguientes dependiendo de las circunstancias internacionales y regionales, y de su influencia en los matices de la política exterior de los Estados Unidos.

Con algún conocimiento de esta historia, apenas cabrían dudas de que la fotografía había sido colocada en la primera página del periódico The New York Times con unos definidos objetivos políticos, que pronto se revelaron con nitidez. Dos días después la revista publicó un artículo de Thomas L. Friedman titulado "El significado de una calavera". Comenzaba de esta manera:

"El viernes, la primera página de the New York Times salió con una imagen de una calavera rodeada por un grupo de iraquíes. La calavera perteneció a un prisionero político del régimen de Sadam Husein, como muestran los afligidos parientes que han desenterrado sus restos de una fosa llena con otras víctimas de la tortura de Sadam. Bajo la imagen, un artículo sobre la promesa del Presidente Bush de que las armas de destrucción masiva serían halladas en Irak, tal como había prometido".

"Por lo que a mí se refiere, nosotros no necesitamos encontrar armas de destrucción masiva para justificar la guerra. Esa calavera, y las otras miles que serán desenterradas, son suficiente para mi. El señor Bush no debe al mundo ninguna explicación por las desaparecidas armas químicas (incluso si resultara que la Casa Blanca ha usado de forma publicitaria este asunto)".
Friedman proseguía:

¿Qué importaría si ahora encontrásemos enterrados algunos barriles de veneno? ¿Acaso tienen más peso moral que esas calaveras enterradas? Ni hablar.

El momento elegido por el Sr. Friedman para intentar mostrar el descubrimiento de los cadáveres de las víctimas de Sadam Husein, una justificación a posteriori para la guerra contra Irak, no fue del todo glorioso. Su columna fue publicada el mismo fin de semana en que le recordaban al mundo que los Estados Unidos tienen muchísimos esqueletos de sus propias tramas y mentiras yaciendo en tumbas sin nombre por todo el mundo. Fiscales de Honduras anunciaban el descubrimiento de al menos cuatro cementerios secretos utilizados por los escuadrones de la muerte, entrenados y financiados por los Estados Unidos, para enterrar a las víctimas de la represión gubernamental. Entre los restos desenterrados en uno de esos cementerios estaban los de James Francies Carney, un sacerdote jesuita americano, que desapareció en Honduras hace veinte años. El número de muertos en ese país durante los años ochenta alcanzó las decenas de miles. Muchos de los oficiales del ejército hondureño miembros de los gubernamentales escuadrones de la muerte recibieron su entrenamiento en los Estados Unidos.
El caso de Honduras no es excepcional. No hay apenas un país de centro y sudamérica que no haya llevado a cabo execrables actos de represión con el apoyo directo de los Estados Unidos.

El significado político de las mentiras gubernamentales

Pero mi propósito esta noche no es contraponer los crímenes cometidos por los regímenes títeres de los Estados Unidos a los del estado iraquí bajo Sadam Husein. Más bien, creo que es importante que nos explayemos más sobre el más profundo significado político del hecho de que la guerra contra Irak fue justificada por el gobierno USA basándose en mentiras, y que cuando esas mentiras son reveladas, la respuesta de los media americanos es de una indiferencia incrédula, un gran ¡Y qué!.

Nunca ha habido una edad dorada en la política americana. La última administración en la historia de los Estados Unidos genuina e indiscutiblemente honorable, total e inequívocamente entregada a los ideales democráticos más altos, fue la de Abraham Lincoln. Y aun así, una representación de la historia moderna americana como una vasta e interminable saga reaccionaria sería una caricatura de la realidad.

Incluso en el marco de la política burguesa ha habido no pocos periodos de decisivas luchas sociales en las que los sentimientos democráticos e igualitarios reverberaban atravesando amplios estratos de la sociedad. Estos sentimientos encontraron reflejo incluso en los media, cuyos propietarios estaban aún obligados a reclutar al menos a algunos de sus redactores, locutores y editores entre sectores de clase media que estaban sinceramente comprometidos con los principios democráticos.

Hace una generación todavía era posible encontrar periodistas y editores que verdaderamente creían que la mentira gubernamental debía ser desvelada y condenada. El término "brecha de credibilidad" -referido al abismo entre las declaraciones con las que la administración Johnson justificaba su implicación en Vietnam y las verdades históricas, políticas y sociales de ese conflicto- fue tan popularizada por los media durante los años sesenta que se convirtió en un lugar común. Una década después, las mentiras de la administración Nixon -todavía sacudida por la publicación de los Documentos del Pentágono por el New York Times- culminaron en el estallido del escándalo Watergate que forzó la dimisión de un presidente criminal.

Ahora es obvio que la administración ha mentido grosera y abiertamente al pueblo americano y al mundo entero para justificar el lanzamiento de una guerra que incurría, en cualquier caso, en una violación de la ley internacional.

Pero la exposición de esta descomunal mentira política no provoca su condena sino nuevas justificaciones incluso más insolentes por parte de los media.

Estamos tratando un serio fenómeno político y social que necesita ser analizado y explicado. Esta situación habla a los americanos de algo importante y muy inquietante sobre la naturaleza de la sociedad en la cual están viviendo.

Primero, consideremos el significado objetivo de la mentira política. Debe ser considerada no como un problema moral sino más bien como un fenómeno social. La mentira es una manifestación de contradicciones dentro de la sociedad. Cuando un individuo miente, lo hace para salvar o encubrir el abismo entre sus intereses personales y las normas sociales aceptadas. La mentira, en este sentido, surge del conflicto inherente entre el individuo y la sociedad. La extensión, profundidad y gravedad de ese conflicto determinará el alcance y la severidad de la mentira -si asume la forma de una "mentira piadosa" relativamente benigna y bien humorada o la forma más dañina del testimonio perjuro.

Las mentiras de un gobierno son también manifestaciones de contradicciones, no de contradicciones entre individuos y la sociedad, sino entre clases sociales. En el análisis final, el estado es un instrumento de coerción que sirve y protege los intereses de la clase dominante dentro de la sociedad, es decir, de la clase capitalista. Pero en una democracia burguesa, ese papel coercitivo lo mediatiza y en gran medida lo oculta una sofisticada superestructura política y legal que permite al estado aparecer como árbitro más o menos imparcial entre clases e intereses sociales diversos, capaz de servir a la nación como a un todo. La legitimidad del estado a los ojos de la gran mayoría de la población depende de ser visto precisamente de esta manera, como el representante democráticamente elegido por el pueblo como un todo.
Mientras las condiciones políticas y económicas permiten e incluso favorecen una política de compromiso de clase, la ilusión democrática es mantenida y las mentiras políticas del estado se conservan entre límites aceptables. Pero en los periodos de progresiva agudización de las tensiones sociales, cuando los intereses de las clases sociales divergen con más intensidad, el papel esencial del estado como un instrumento de gobierno de clase tiende a desgastar más y más el barniz democrático. Es precisamente en esos periodos cuando las mentiras del estado toman un carácter más osado y odioso. Esto es, la función de la mentira es salvar el abismo creciente entre los intereses de la elite dirigente que controla el estado y los de la amplia mayoría de la población.

La campaña sobre las armas de destrucción masiva surgió orgánicamente de la necesidad de la elite dirigente de ocultar a la gran mayoría de los americanos los depredadores intereses de clase subyacentes que empujaban a la guerra.

¿Cómo habría sonado un discurso que explicara honestamente las razones para la Guerra? Imaginemos por un momento que el Sr. Bush hubiera decidido explicar al pueblo americano las verdaderas razones para la guerra contra Irak. Podría haber salido algo así:

"Compañeros americanos: Esta noche los Estados Unidos han iniciado un bombardeo masivo sobre Irak al que pronto seguirá una invasión terrestre del territorio de ese país. En tanto que esta acción es una violación total de la ley internacional, es por ello más necesario que os dé una explicación honesta de las acciones de vuestro gobierno.

"Como sabéis, la mayoría de los miembros de mi gabinete han ocupado puestos muy lucrativos en importantes corporaciones, y no pocos de nosotros estamos íntimamente conectados con la industria del petróleo. Mi papá, como sabréis, hizo su fortuna en ese negocio y continúa en él de lleno. El único trabajo serio que yo he realizado antes de entrar en la política fue también en el negocio del petróleo y, aunque no tuve gran éxito, estoy extremadamente sensibilizado hacia lo que representa. Nuestro vicepresidente, Dick Cheney, un buen hombre, fue hasta hace poco Director Ejecutivo de Halliburton, una empresa puntera en el negocio de las prospecciones petrolíferas, y aún recibe de esa compañía pagos anuales de 600.000 dólares.
"Esto hace a mi administración extremadamente sensible a los problemas de la industria internacional del petróleo. El petróleo resulta ser un recurso finito y hay muchos que creen que el mundo afrontará escaseces críticas hacia el año 2025. Así, aunque la industria del petróleo puede dar una gran cantidad de dinero, nuestra decisión de ir a la guerra no está impulsada exclusivamente por consideraciones personales. También pensamos que es importante que los Estados Unidos aseguren su posición dominante en el mundo estableciendo por medios militares un acceso total a las reservas de petróleo de la región del Golfo Pérsico.
"De hecho, durante una década más o menos se han hecho planes para la conquista de Irak. Después de la caída de la Unión soviética, quedó muy claro que nadie podría evitar que los Estados Unidos hicieran lo que quisieran; y, así, Estados Unidos empezó a desarrollar planes para establecer una posición de hegemonía global incuestionable. En esos planes el petróleo juega un gran papel e Irak, que es la segunda reserva mundial de crudo conocida, pasó a ser el primer objetivo a atacar. Por supuesto, no podíamos decir que los Estados Unidos querían Irak sólo por su petróleo, por lo que tuvimos que airear otras razones. Así es como dimos con la idea de las armas de destrucción masiva.
"En especial después del 11 de septiembre, el tema de las armas de destrucción masiva tomó cuerpo por sí mismo. Francamente, sabíamos que Irak no tenía nada que ver con el 11 de septiembre como tampoco con los ataques con ántrax en Estados Unidos, perpetrados por algunos de los maníacos exaltados derechistas que me apoyan. Pero, ¿quién hace preguntas?.

"De cualquier modo, hoy comienza la Guerra. Costará Dios sabe cuantos miles de millones de dólares. Pero imaginamos que podemos mantener el recorte de impuestos planeado y todavía pagar la guerra mediante recortes adicionales en Medicare, Medicaid, Seguridad Social y educación.
"Probablemente no os gustarán las consecuencias, pero, ¡ah!, así es la vida. En cualquier caso, el año 2004 está a la vuelta de la esquina, y para entonces querremos todos tener elecciones.

"Gracias y que Dios os bendiga a todos. Mis amigos y yo cuidaremos de nosotros mismos."

Nadie, por supuesto, espera esta especie de candor en un discurso de un presidente americano, especialmente de uno que está en posesión del poder gracias a un fraude electoral.

Con todo, el carácter masivo y desvergonzado de las mentiras que han servido de fundamento para la guerra y la respuesta cínica e indiferente de los media son manifestaciones significativas del colapso general de las normas democráticas burguesas. La vida política de los Estados Unidos refleja, en formas incluso más grotescas, el carácter cada vez más oligárquico del estado americano.

Mientras que un porcentaje mayor que nunca de la riqueza de la nación se concentra en un muy pequeño porcentaje de la población, las élites dirigentes son incapaces de generar un respaldo mayoritario genuino a las políticas del estado. Como las coincidencias entre los intereses de la oligarquía que controla el estado y a la mayoría de la población se vuelven más y más débiles, las mentiras juegan un papel crítico en la manipulación diaria de la conciencia popular y en la elaboración de lo que los media muestran como "opinión pública". Temporalmente y a corto plazo se pueden tener éxitos de este modo. Pero el resultado a largo plazo de este proceso diario de manipulación y engaño es el irremediable alejamiento del pueblo respecto a la política oficial. --(¡¡Vaya un pardillo!!)--

Este alejamiento inicialmente asume una forma que el observador superficial confunde con indiferencia y apatía. Pero bajo la superficie de la política oficial opera un complejo proceso social e intelectual. Las presiones de la vida cotidiana impactan lenta pero de forma segura sobre la conciencia de las masas.

Es verdad que la conciencia va por detrás del vivir. Pero el vínculo entre el imperialismo y la explotación intensiva y la opresión de la clase trabajadora no es un mito socialista sino un hecho objetivo. De forma inevitable, las implicaciones sociales de esta nueva erupción del imperialismo americano se dejarán sentir con mucha más severidad en la clase trabajadora de los Estados Unidos.

Los socialistas deben no sólo anticipar sino también acelerar la renovación de la conciencia de clase política estableciendo, social y programáticamente, nuevos cimientos para la lucha política. Esto equivale a reconocer que la base mayoritaria real para el desarrollo de un movimiento contra el imperialismo, tanto dentro de los Estados Unidos como internacionalmente, es la clase trabajadora. Y esto implica comprender que la lucha contra la guerra no puede ser separada de la lucha contra el sistema capitalista.

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Y cruz... de Alicia...

Urge el rearme moral de las conciencias
La mentira, ¿arma electoral?


Asistimos perplejos al lamentable espectáculo de la confrontación política: mutuas descalificaciones, agresiones verbales, mentiras políticas. Para mantenerse en el poder o para conquistar el poder nuestros políticos mienten descaradamente. Ocultan la verdad, niegan la verdad, disfrazan la verdad. La mentira se ha convertido en arma normal de estrategia política. Es el afán de los políticos por apoderarse de las conciencias de los ciudadanos. Todo vale si da votos, si humilla al adversario, si domina la opinión pública.
Cada día nos sorprende la prensa, pero ya nada nos asusta. Hemos sobrepasado con mucho los límites del estupor y de la sorpresa. Terminaremos por hacernos insensibles, si nuestra sociedad se desarma moralmente. Dudas. Confusión. Desconfianza. Todo acabará en indiferencia, resignación, silencio. Lo más cómodo será dejar pasar. Pocos se rebelan ya contra el cinismo de tantos políticos que imponen sus ideologías, manipulan las conciencias, hipotecan la libertad. ¿Nos resignaremos a semejante indignidad? Nada hay más antidemocrático ni más inmoral.
El deber, tanto de los políticos como de los ciudadanos, consiste en esforzarse por acelerar el rearme moral de la vida pública para no ceder ante el cinismo y el juego sucio de la propaganda. No aceptaremos el argumento de muchos de que la política nada tiene que ver con la moral, porque en todo comportamiento humano hay un aspecto ético. Para que la política sea ética, tiene que respetar los valores fundamentales del hombre; y la forma concreta de realizar esos valores depende de las posibilidades reales en cada momento histórico.
Sin embargo, la ética política no puede reducirse a la ética de la eficacia, al éxito de resultados prácticos; no es puro pragmatismo. La ética de resultados sólo atiende a la conquista del poder. --(¡¡Pues de eso se trata, imbécil!!)--Se considera que todo vale, como en una acción de guerra: la presión, el engaño, la mentira, la intriga, el soborno, las amenazas, la violencia. Por todos los medios se intenta manipular las conciencias de los ciudadanos para remover pasiones que favorezcan los propios intereses. Ciertas técnicas de propaganda son verdaderos lavados de cerebro.

REGENERACION ETICA

Hay que aprovecharse de las técnicas de propaganda para defender las propias ideas, para dar a conocer los propios programas y luchar por las propias opiniones políticas. La clave está en la honradez de su uso. Esta honradez excluye el intento de imponerlas. Sería una falta de respeto a la libertad de las personas que forman la sociedad. El respeto a los ideales éticos de las personas y la plena garantía de sus derechos son otra base de convivencia y seguridad democrática. Se deben respetar también los propios sentimientos que tienen incluso un gran valor ético y emotivo.
La ética política es una combinación equilibrada de resultados, ideales y sentimientos con sentido de responsabilidad moral. El político reconoce los ideales no en absoluto, sino en concreto, aunque no sean de aplicación inmediata. Son la meta hacia la que se dirige la acción política, aunque sabe que nunca podrán ser realizados plenamente. En la determinación de las estrategias y de las tácticas se guía por la ética de los resultados, pero siempre con un horizonte de moral ideal. La conciencia pone límites a la eficacia. Hay medios que quedan excluidos. No acepta resultados que suponen la aniquilación de las personas.
La educación y formación de las conciencias de los ciudadanos es la esencia de la democracia. Cada uno de los ciudadanos interviene, en condiciones de igualdad, en las decisiones últimas del poder: aquí estriba la grandeza y la miseria de la democracia. El ciudadano debe actuar en conciencia, aun a riesgo de equivocarse. Tiene el derecho al error, siempre que queden a salvo su independencia y la libertad de su propia conciencia. La madurez de una sociedad democrática progresa en la medida en que los ciudadanos se van haciendo cada vez más capaces de comprender, valorar y elegir en conciencia entre las distintas opciones políticas, realistas y morales, dentro de los límites constitucionales del Estado de derecho.
Es hora de hacer un esfuerzo supremo por la regeneración política: los medios de comunicación y los formadores de opinión, informando con honradez sin miedo a la verdad; las instituciones culturales y los educadores de la juventud, promoviendo con honradez los valores humanos sin trampas ni espejismos de libertinaje; los jueces y las autoridades espirituales, defendiendo con honradez los bienes jurídicos y morales sin ambigüedad ni servidumbres sospechosas.
Actuando en conciencia todos podemos contribuir a la regeneración moral de nuestra democracia. Contra la corrupción y el cinismo no valen sofismas ni pretextos. Cada vez será más difícil resistir a la mentira y al engaño. Estamos demasiado comprometidos para permanecer fieles a nuestra propia conciencia, pero no hay otro camino para la regeneración de la ética política.
Luciano Pereña.

http://www.archimadrid.com/alfayome/menu/pasados/revistas/2000/mar2000/num203/desdlafe/deslafe1.htm
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¡¡Pobrecito!!

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José Mª Rodríguez Vega



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MensajePublicado: Mie Mar 07, 2007 7:30 pm    Título del mensaje: Derrida y la mentira. Responder citando

SOBRE LA MENTIRA EN POLÍTICA?Jacques Derrida
?Entrevista a Jacques Derrida de Antoine Spire en Staccato, programa televisivo de France Culturel, del 7 de enero de 1999; traducción de Cristina de Peretti y Francisco Vidarte. Edición digital de Derrida en castellano.

A. Spire: —La política es sin duda un lugar privilegiado de la mentira. Hannah Arendt lo recuerda varias veces en Verdad y política, insistiendo en los estragos de la manipulación de masas, dado que la reescritura de la historia, la fabricación de imágenes sobrecogedoras son lo propio de todos los gobiernos. El trabajo de Jacques Derrida va más allá, proponiéndonos una pequeña historia filosófica de la mentira. Desde Aristóteles hasta Heidegger, san Agustín, Rousseau y Kant han pensado los recorridos de una concepción de la mentira de la que se infiere que la intención de mentir está en el origen de un engaño al otro o a uno mismo, que hay que diferenciar de la mentira por error o de las incertidumbres más o menos deseadas que fecundan las ambigüedades del lenguaje. Kant, como es evidente, es quien rechaza el supuesto derecho de mentir por humanidad en nombre de principios meta-jurídicos.
Nos preguntaremos, con Jacques Derrida, si el discurso político es, por esencia, mentiroso o si la clase política francesa ha resultado desde hace años más fácilmente gangrenada que otras por el rechazo de la verdad. Trataremos de saber si el general de Gaulle y François Mitterrand se movían en la mentira cuando se negaban a reconocer la responsabilidad del Estado francés durante el período de 1940-1944, al decir Jacques Chirac la verdad un famoso día del mes de julio en que celebraba el aniversario de la redada del Vel d’Hiv [Velódromo de Invierno]. El carácter mediático de la toma de posición presidencial nos permitirá interrogarnos tanto sobre la dimensión performativa de su discurso como sobre el peso de inconsciente colectivo que provoca en esta ocasión. ¿Verdad por fin proclamada o nueva condición para un discurso transformado sobre el período y sobre la culpabilidad del Estado de Vichy? Los titubeos de seis presidentes de la República que precedieron a Jacques Chirac dan testimonio de la dificultad de escribir e incluso de la vanidad de tratar de pensar una historia de la mentira cuyas condiciones de aplicación son extremadamente cambiantes. No obstante, la intención de verdad sigue siendo un imperativo categórico.
 
Pr.: —Actualmente, usted dirige un seminario sobre el testimonio. Esto es lo que
nos permite hoy pensar con usted la mentira en política.
Se puede decir que usted se desmarca de una determinada historia de la filosofía que ha confundido demasiado fácilmente la historia del error con la historia de la mentira. Para mostrar que ambas historias son distintas, usted afirma que se puede decir lo falso sin querer y sin mentir; y, al contrario, que se puede mentir diciendo algo que es verdad. ¿Nos puede dar un ejemplo de este «mentir diciendo algo que es verdad», que parece más difícil de comprender?
J. Derrida: —Cuando testifico, prometo decir la verdad, ya sea ante un tribunal o en la vida cotidiana; y es preciso, por consiguiente, disociar desde el principio la veracidad de la verdad. Cuando miento, no digo necesariamente lo falso y puedo decir lo falso sin mentir. Este es un ejemplo canónico: Freud, en El chiste, cuenta la siguiente historia judía que Lacan cita con frecuencia: uno le dice al otro: «Me voy a Cracovia», y es verdad, dice la verdad; pero el otro, que sospecha que está mintiendo, le dice: «Pero ¿por qué me dices que te vas a Cracovia si te vas a Cracovia?, ¿es para que crea que te vas a Varsovia?». Dicho de otro modo, éste es un ejemplo en donde alguien ha intentado mentir diciendo algo que es verdad. Esto nos permite disociar lo verdadero de lo veraz, lo falso de lo mentiroso. Puedo perfectamente proponer un enunciado falso porque creo en él, por consiguiente, con la sincera intención de decir la verdad, y no se me puede acusar de mentir sin más porque lo que digo es falso. En cambio, si digo algo que es verdadero sin pensarlo o bien con la intención de confundir al que me está escuchando, miento. Falto a la verdad cuando digo algo distinto de lo que pienso. Faltar a la verdad supone una intención de engañar al otro, de confundirle. Por lo tanto, la mentira implica la intención de engañar.
 
Pr.: —Esa voluntad de engañar al otro, esa intención detrás de la mentira, es lo que usted llama el concepto clásico y dominante de la mentira. Sin embargo, la experiencia cotidiana es más bien la de la «mentira a medias», la de «una cuarta parte de mentira», de algo que ocurre entre lo voluntario y lo involuntario, entre lo intencional y lo no-intencional. ¿Qué pasa entonces con todas esas experiencias en las que se miente en parte por timidez, en parte por vergüenza a veces, y otras veces incluso por hacer un favor? ¿Son también mentiras?
J. Derrida: —Todo lo que usted apunta que se ventila aquí es muy grave porque tenemos la sensación de que debemos mantener la validez de ese concepto clásico y dominante. Si lo pusiéramos en tela de juicio, estaríamos arruinando todo el fundamento de la ética, del derecho, de la política. Por lo tanto, hay que mantener ese concepto que denomino el concepto cuadriculado, cabal, de la mentira: alguien dice deliberadamente algo distinto de lo que sabe con la intención de confundir al que le está escuchando.
Naturalmente, una reflexión sobre la mentira es una reflexión sobre la intencionalidad: ¿qué quiere decir la intencionalidad? Toda la tradición filosófica dominante de la mentira se refiere a un concepto de voluntad intencional y temática: es preciso que tanto el que habla como el que escucha tengan, ambos, una representación temática de lo que quieren decir y entender; y en todas partes en donde esa representación temática falta, se torna borrosa o equívoca a causa de la retórica, del contexto, etc., carecemos de criterios para disociar la mentira de la no-mentira. Es necesario mantener un concepto tradicional de la mentira que es el axioma mismo del vínculo social y, a la vez, permanecer atentos ante los equívocos, los presupuestos de dicho concepto.
Por lo tanto, no están sólo los claroscuros, el subconsciente, la marginalidad de la conciencia. Están también, ya que la mentira es algo que pertenece al lenguaje, todos los efectos retóricos, los tropos, los equívocos debidos al hecho de que no digo exactamente lo que quiero decir tal y como quiero decirlo. Por eso, resulta siempre imposible probar que ha tenido lugar una mentira, porque el único árbitro al respecto es el que, en su conciencia, en su fuero interno, sabe lo que ocurre. Puedo probar que alguien no ha dicho la verdad, que alguien, en efecto, ha engañado a alguien, pero no puedo probar, en el sentido estricto y teórico del término, que alguien ha mentido. De ahí un gran número de aporías y de dificultades sobre las que volveremos.
 
Pr.: —Da usted dos ejemplos extremadamente interesantes que permiten comprender lo que son esas «verdades a medias». El primer ejemplo es uno del que habla Montaigne: no puedo decir todo lo que tengo en la cabeza, pero esa verdad a medias no pertenece necesariamente al orden de la mentira. El segundo ejemplo es el de la mujer que finge el orgasmo por amor hacia el hombre con el que está, para hacerle creer que es estupendo; al fingir el orgasmo, engaña a su amante. ¿Lo engaña por su interés y, de forma más general, se puede mentir por el interés de aquel a quien se está mintiendo?
J. Derrida: —Éstas son dos grandes arterias del problema. En primer lugar, con respecto a que no se puede decir todo: se trata del concepto clásico de la mentira por omisión. Existen dos formas de omisión: la que consiste en disimular algo adrede y la que remite a la finitud del discurso y que consiste en no decirlo todo aunque yo quiera hacerlo. Sólo un ser finito puede mentir, tiene capacidad para mentir. Remito aquí, para complicar todavía más las cosas, al célebre Hipias menor de Platón: en este tratado sobre lo falso Platón utiliza la palabra pseudos (de la que ya resulta difícil dar una traducción adecuada en la medida en que pseudos, en griego, quiere decir a la vez lo mentiroso, lo falso o lo ficticio). Es esta noción de ficción la que resulta interesante, pues cuando la ficción se inmiscuye en el discurso, ¿en qué momento se puede decir que esa ficción es mentira? Rousseau, que dice cosas preciosas sobre la mentira en Las confesiones y en Las ensoñaciones, afirma que la ficción, y por consiguiente la literatura, no miente desde el momento en que no perjudica al otro.
El orgasmo fingido, o fake orgasm, por citar la expresión en inglés (en Estados Unidos hay mucha bibliografía sobre este enorme tema), ¿constituye una mentira o un fingimiento? ¿Qué ocurre en los casos en que ese orgasmo fingido está destinado a agradar, a arreglar las cosas?
Se trata de otra gran arteria del problema, la del mendacium officiosum, o mentira útil, gran tema de la literatura sobre la mentira, especialmente presente en Agustín y en Kant. Platón planteaba ya la cuestión de la mentira útil desde el punto de vista político: en interés del ciudadano, algunos pueden considerar que es bueno mentir. La censura oficial en tiempos de guerra procede de esa mentira útil: es bueno para el estado de la nación, para la moral de los soldados, disimular ciertas informaciones.
Pero, por volver al orgasmo fingido, su naturaleza depende sin duda de cada caso. No obstante, ya no se trata aquí de un enunciado declarativo, mientras que, por lo general, se suele inscribir el problema de la mentira dentro de la cuestión no sólo del lenguaje proferido, sino de un determinado tipo de lenguaje declarativo, constatativo: digo lo que es o lo que no es. Aquí tenemos que vérnoslas con manifestaciones, con testimonios, que no son necesariamente hablados, que pueden ser gritados o silenciosos, y que pueden tener efectos de disimulo, de falsificación, útil o no útil y, ya que tendremos que hablar más adelante de política y de información, resulta evidente que la filtración de la información, la selección, el hecho de dejar al margen determinados hechos y sacar otros a relucir, ya puede ser interpretado como una especie de falsificación para la que el concepto de mentira no resulta muy seguro.
 
Pr.: —Lo que también está implícito en el concepto clásico y dominante de la mentira como engaño intencional y consciente es la idea de que la relación de alguien consigo mismo sería clara y transparente. Por lo tanto, no habría mentiras para con uno mismo. En psicoanálisis, sin embargo, las cosas son mucho más complicadas, como bien lo ha mostrado Freud. A la pregunta «¿existe una diferencia entre la mentira para con uno mismo y la mentira a los demás?», un psicoanalista con el que nos encontramos nos respondió: «Cuando uno se miente a sí mismo es porque se toma por otro. La mentira para con nosotros mismos es ante
todo protectora del narcisismo, nos defendemos de la imagen desfavorable que nos hemos podido dar a nosotros mismos. Nos mentimos cuando nosotros mismos tenemos ganas de resguardarnos».
Como recordará, Rousseau dice que es una locura mentirse a sí mismo, que cada cual se debe a sí mismo la verdad, y que la mentira para con uno mismo no engaña a otro sino al existente mismo frente a sí mismo.
J. Derrida: —Dentro de cualquier lógica rigurosa y de la tradición de lo que llamamos el concepto dominante de la mentira, la mentira para con uno mismo es imposible. En efecto, por definición, de acuerdo con dicho concepto, el mentiroso sabe lo que tiene en la cabeza y que está disimulando, falsificando. Por lo tanto, mentirse a sí mismo es una contradicción. Admitir semejante posibilidad es suponer que me miento a mí mismo como a otro y que, por consiguiente, excedo la dimensión de la conciencia intencional o representativa. Eso es precisamente lo que ocurre con el psicoanálisis. Por eso, la gran problemática filosófica de la mentira, incluso renovada por pensadores como Hannah Arendt o Koyré, excluye el psicoanálisis. Al no poder asumir ese concepto tradicional de la mentira, el psicoanálisis está obligado a transformarlo. En sentido clásico, por ejemplo, un síntoma no es ciertamente una mentira. La alternativa es, pues, la siguiente: o bien nos referimos a la tradición dominante de la mentira y entonces no hay lugar ni para el inconsciente ni para el síntoma, o bien integramos esas dimensiones y, entonces, conviene transformar el concepto de mentira o, incluso, abandonar esa palabra. Por eso, Freud no habla mucho de la mentira. Lacan ha reintroducido el término: para él, sólo un ser parlante puede mentir, un ser en relación con la Verdad. El animal, por ejemplo, según Lacan, no miente; puede usar de ardides, disimular, pero no puede mentir. Sólo puede mentir alguien que promete la verdad. Ahora bien, no se puede prometer la verdad sino al otro. Si me la prometo a mí mismo, es que estoy dividido. No puedo mentirme a mí mismo más que allí donde soy radicalmente otro para mí mismo. En otras palabras, no me miento a mí mismo como a mí, miento a otro.
 
Pr.: —Para volver a la filosofía, es preciso evidentemente abordar la gran polémica sobre la mentira en la historia del pensamiento que opuso a Kant y a Benjamin Constant en los ultimísimos años del siglo XVIII. En Sobre un supuesto derecho a mentir por humanidad Kant explicaba que una de las condiciones formales del derecho, de la vida en sociedad, era que es absolutamente preciso ser veraces en toda circunstancia, que es un deber para con el otro, incondicionalmente, no abusar de su buena fe. Usted expresa una especie de desasosiego ante este texto, pues, en su opinión, esa postura es quizás irrefutable.
J. Derrida: —Mi desasosiego es doble: conecta, en primer lugar, con el de los lectores de Kant, empezando por Benjamin Constant. Para Kant hay que decir la verdad en toda circunstancia. Por ejemplo, dice, si alojo a un amigo y unos criminales llaman a mi puerta y me preguntan si ese amigo está ahí, aun a riesgo de exponer a mi amigo al cuchillo de sus agresores, debo no mentir. A Benjamin Constant, y no fue el único, le chocó muchísimo esa afirmación de deber incondicional de veracidad (Wahrhaftigskeit; ¡cuidado!: no se trata de la verdad, sino de la veracidad). En un texto al que Kant respondió Constant mantiene que adoptar el punto de vista de Kant es, contrariamente a lo que pretende el filósofo, hacer que la vida en sociedad sea imposible: si a cada momento yo tuviese que decir la verdad, el vínculo social se destruiría.
La respuesta de Kant sume efectivamente al lector en el desasosiego. Se trata de un pequeño texto que también es un gran texto, e inquietante, pues su argumentación resulta difícil de rebatir. Kant muestra en él que si se pone en tela de juicio ese «deber incondicional sagrado» que consiste en ser veraz, se traiciona precisamente lo que constituye el vínculo social. Kant refuta, de hecho, toda la tradición de la mentira útil. Añade que si acepto la más mínima fisura en dicho imperativo, la estructura misma de mi relación con el otro queda arruinada.
Esa afirmación es indiscutible. En el momento en que abro la boca, prometo implícitamente al otro decir la verdad. Además, la existencia de esa promesa implícita y performativa de decir lo que es verdadero, de decir lo que en todo caso pienso, es lo que hace que la mentira sea posible.
Si el texto de Kant me parece inquietante e irrefutable es porque Kant no dice que no se miente nunca (ni siquiera estoy seguro de que él mismo haya podido no mentir jamás en su vida) sino que, cuando se miente, lo cual le ocurre a todo el mundo de forma total, parcial, equívoca o crepuscular, se traiciona la esencia y la finalidad misma del lenguaje que son la promesa de la verdad; y, por consiguiente, en cierto modo, no se habla, se falta a la palabra.
 
Pr.: —Si Kant hubiese vivido hasta los años 1990, habría descubierto el texto de Ciencia-ficción de un autor americano, James Morrow, titulado Ciudad de verdad, en el cual el autor imagina una sociedad en la que todos sus miembros tienen la obligación de decir la verdad en toda circunstancia. Descubrimos, pues, un campamento de vacaciones que se llama «Ahí os quedáis, chavales», unos anuncios que señalan los defectos de sus productos, unos políticos que hablan de los sobornos que han recibido, unas fórmulas de cortesía extrañas, como «Suyo hasta cierto punto». No obstante, pronto nos damos cuenta de que la incapacidad total de mentir se convierte en una pesadilla. En efecto, en una sociedad absolutamente transparente en donde todo el mundo dice la verdad a todo el mundo, se ve cómo la verdad se puede convertir en una tortura, una violencia, una crueldad intolerable. Se da uno cuenta de que, finalmente, no se recupera el calor de la mentira de la comedia social en la cortante frialdad de la verdad.
Da la impresión de que, a pesar de todo, hace falta un mínimo de mentira para que estemos bien juntos. Usted recuerda en su texto que Heidegger dijo, cuando era muy joven, que el Dasein conllevaba ya la posibilidad de la mentira…
J. Derrida: —Para decir la verdad, para ser veraz, hay que poder mentir. Un ser que no puede mentir tampoco puede ser sincero o veraz. Esta noción de posibilidad es fundamental. Remite a la controversia entre Aristóteles y Platón respecto a la mentira. Para Platón el mentiroso es alguien que es capaz de mentir. Para Aristóteles es alguien que decide mentir. La posibilidad debe existir siempre. Por eso, Kant no habría suscrito la conclusión de la obra [que usted acaba de citar]: cuando se está programado para decir la verdad, no se es sincero. En la tradición del intencionalismo Kant mantiene que es la voluntad intencional la que debe empujarnos a ser sinceros y veraces, incluso si —y aquí es donde contradice parte de esa tradición— se interroga la veracidad de forma inmanente, es decir, sin tener en cuenta sus efectos. Al contrario, pues, de lo que ocurre con el concepto de mentira útil. El condicionamiento de los seres que torna mecánica la verdad está en contradicción con la idea de intencionalidad, la condición misma de la mentira.
 
Pr.: —Me gustaría ahora abordar la mentira en política propiamente dicha. Hannah Arendt decía que la política es el lugar privilegiado de la mentira, en la medida en que ésta es considerada un instrumento necesario y legítimo, no sólo para el político sino también para el hombre de Estado. ¿Qué significa esto, por un lado, en cuanto a la naturaleza y a la dignidad del terreno político y, por otro lado, en cuanto a la verdad y a la buena fe?
Da la impresión de que, para todo lo que concierne al presente y al porvenir, el discurso político se sitúa más allá de la verdad y de la mentira, pero que, en lo que respecta al pasado, las cosas resultan más complicadas.
J. Derrida: —Creo, en efecto, que el paradigma de la mentira no es el mejor instrumento para analizar lo que ocurre hoy en día con el discurso político. Un sociólogo necesita instrumentos más sutiles. Sin embargo, reconozco que eso no debe obligarnos a abandonar la referencia a la mentira, a olvidar la diferencia entre el discurso mentiroso y el discurso veraz, porque la cuestión reside en saber cómo delimitar lo político. Para Hannah Arendt hay una historia de la mentira: en las sociedades «premodernas», en cierto modo, la mentira estaba ligada a la política de forma convencionalmente aceptada en lo que concierne a la diplomacia, a la razón de Estado, etc., pero estaba circunscrita a un campo limitado de la política mediante contrato. La mutación moderna de la mentira, y Hannah Arendt analiza este fenómeno de la modernidad siguiendo las huellas de Koyré, es que esos límites ya no existen, que la mentira ha alcanzado una especie de absoluto incontrolable. A través de un análisis del totalitarismo vinculado con la comunicación de los mass media, con la estructura de esa comunicación de los instrumentos de información y de propaganda, con los ojos fijos en esta mutación moderna, Hannah Arendt declara que la mentira política moderna ya no tiene límites, que ya no está circunscrita. Cabe preguntarse si el concepto de mentira sigue siendo todavía adecuado, si resulta suficientemente potente para el análisis de esta modernidad. La dificultad con la que se encuentra cualquier ciudadano de una democracia es, a la vez, mantener una referencia incondicional de la distinción entre la mentira y la verdad, por consiguiente, mantener el viejo concepto, sin por ello privarse de instrumentos más sutiles para analizar la situación actual reforzada por el marketing político, la retórica, el apremio de los papeles que hay que desempeñar, etc.
 
Pr.: —Usted recuerda que, cuando Hannah Arendt pretende delimitar el orden de lo político, establece dos barreras: la jurídica y la universidad. Ahora bien, la articulación de lo jurídico y de la universidad tiene una actualidad en el proceso Papon que tuvo lugar en Burdeos, puesto que algunos se han preguntado sobre la incompatibilidad del testimonio histórico con el cuestionamiento del proceso penal. Dicho de otro modo, ¿puede el tiempo de la Historia alinearse con el tiempo del derecho para hacer que la mentira desaparezca?
J. Derrida: —Cuando Hannah Arendt recuerda que, contrariamente a una tradición aristotélica, el hombre no es absolutamente político de arriba abajo y que hay lugares de su responsabilidad que trascienden lo político, nombra efectivamente el derecho y la universidad. El derecho puede, más allá de lo político, convocar a los implicados, a los testigos, a los historiadores, a los archivistas, para hacer que aparezca la verdad que la máquina política tiende a disimular. Naturalmente, esto puede producir una serie de perversiones y todos nosotros conocemos el gran debate que hay actualmente en torno al poder de los jueces. Hannah Arendt se refiere en cualquier caso, al tiempo que dice que la mentira política ya no conoce límites, a un más allá de lo político desde el que se podría denunciar la mentira.
Me gustaría poner un ejemplo que concierne a las creencias fundadoras o a las ilusiones fundamentales del terreno político, como por ejemplo la idea de soberanía. En los debates recientes hemos oído por una parte a Charles Pasqua, en el momento en que anunció que iba a confeccionar una lista para las elecciones europeas, pedirles a todos los que están de acuerdo en defender la soberanía nacional, amenazada por Europa y el tratado de Ámsterdam, que se unieran a él. Frente a él, Dominique Strauss-Kahn afirmaba que Europa iba a otorgarnos una mayor soberanía. Podemos concederles a ambos el crédito de que son sinceros, que creen lo que dicen; sin embargo, sus enunciados son incompatibles en lo que respecta a la soberanía. Para que fuesen compatibles, habría que elaborar esa cuestión de la soberanía, lo cual no hacen ni uno ni otro por omisión: ¿De qué soberanía se trata? ¿Porqué un bretón, por ejemplo, no tiene derecho a reclamar la soberanía cuando sí lo tiene, en cambio, un francés? ¿De qué soberanía gozará el francés europeo cuando no cabe duda de que abandona una parte de su soberanía nacional? Al no haber ningún análisis filosófico verdadero del concepto de soberanía en la actualidad, ambos pecan por omisión y no por decir ninguna mentira, ya que piensan sinceramente —concedámosles al menos ese voto de confianza— lo que dicen.
 
Pr.: —Uno de los ejemplos más interesantes en su trabajo sobre la mentira en política es, sin duda, el de las condiciones en las que Jacques Chirac reconoció la culpabilidad del Estado francés el día del aniversario de la redada del Vel d’Hiv. Antes que él, como usted recuerda, seis presidentes de la República se negaron a hacerlo. Charles de Gaulle en primer lugar y, después, Mitterrand invocaron la ausencia de legitimidad de dicho Estado para justificar el no-reconocimiento de su responsabilidad. Y también insiste usted en el hecho de que, en el fondo, Jacques Chirac ha abierto la puerta para la reflexión de Jean-Pierre Chevènement sobre el riesgo de reconocer el Estado francés de la época de Vichy en cuanto tal, si se admite su culpabilidad. Sin embargo, aquél ha dado su aprobación a la postura de Chirac. ¿Con ese gesto, ha dicho Jacques Chirac la verdad, la culpabilidad del Estado francés y, viceversa, los presidentes de la República que le precedieron estaban instalados en la mentira? O ¿acaso amañaron voluntariamente la Historia al afirmar que el Estado francés no fue más que un paréntesis, como decía Mitterrand? ¿Quién miente en este asunto?
J. Derrida: —Quizá nadie. Esta cuestión exige unos análisis largos y sutiles. Se puede pensar que Mitterrand mentía si se sospecha que conservaba ciertas simpatías por el régimen de Vichy, pero eso es otro asunto. En el discurso explícito, y muy justificado en ciertos aspectos, que mantuvo, se podía entender que no tenía por qué hacer responsables a la nación y al Estado francés de lo que ocurrió en la época de Vichy, puesto que, en aquel momento, el Estado no era legítimo sino que estaba compuesto por una banda de impostores. Esta postura es muy defendible. Pero yo formo parte de aquellos que le pidieron a Mitterrand que hiciese lo que Chirac ha hecho…
 
Pr.: —…Mediante una petición que usted firmó junto con Régis Debré, Piccoli, Boulez, etc.
J. Derrida: —Sí. No obstante, el discurso posee cierta solidez. Por eso, no hay una verdad al respecto. Para establecer si es verdad o mentira que el Estado francés de la época de Vichy es culpable, es preciso, en primer lugar, ponerse de acuerdo en lo que se entiende por Estado francés, en su legitimidad o no. Ni Mitterrand ni de Gaulle ni Giscard ni Pompidou consideraron que el Estado francés de la época de Vichy fuera lo suficientemente legítimo como para que se le acusase en tanto en cuanto Estado-nación francés y, aparte de eso, todos ellos sin excepción han mantenido, sobre todo, el discurso de la reconciliación nacional. Ésa es, precisamente, una de esas creencias fundadoras del terreno político: un jefe de Estado tiene el deber de hacer todo lo que esté en su mano para no encentar la unidad de la nación.
 
Pr.: —Discurso que puede ser asimilado a algo relacionado con la razón de Estado…
J. Derrida: —Ya, pero resulta difícil poner radicalmente en tela de juicio la razón de Estado. Es discutible en algunos casos, pero pedirle a un jefe de Estado que prescinda de la razón de Estado es muy grave, igual que lo es pedirle que prescinda del motivo de la reconciliación nacional. ¿Por qué entonces Chirac, con un gesto que yo aplaudí lo mismo que otros, ha podido hacerlo? Tal vez se trata de un problema generacional. Tal vez no lo ha hecho para obedecer al imperativo categórico kantiano, sino que tenía otros cálculos en su cabeza. No entro en ese debate. En cualquier caso, para establecer si hay mentira o no, verdad o no, habría que estar seguro de saber de qué se está hablando y de lo que era el Estado francés en la época de Vichy. La actitud de Chevènement que usted recordaba es muy interesante porque, por un lado, da su aprobación a Chirac, pero [objeta], mala consecuencia posible, [que] ese paso puede conducir a reconocer implícitamente la legitimidad del petainismo. No se puede zanjar esta cuestión sin un gran número de análisis, digamos, protocolarios.
 
Pr.: —En su texto habla usted también de Bill Clinton, que sigue legitimando la intervención de los Estados Unidos en Hiroshima, pero lo que usted nos dice es que si mañana, incluso por razones de política interna extremadamente interesadas, el presidente de Estados Unidos decidiese confesar esa culpabilidad, sería un progreso, cualesquiera que fuesen las razones para ello.
J. Derrida: —Sí, creo que sería un progreso en primer lugar en lo que concierne a la extensión del campo del derecho internacional, a la conciencia de la verdad. Ahora bien, como usted sabe, aunque él reconociese eso, el derecho internacional, tal y como existe o tal y como se anuncia, no permitiría que se juzgase a un Estado en cuanto tal, y eso plantea problemas respecto al porvenir del derecho internacional. Cuando usted ha pronunciado el nombre de Clinton pensaba que íbamos a hablar de otra cosa…, de Mónica Lewinski. Ése es un magnífico ejemplo de acusación de perjurio, de mentira. Sea cual sea la histeria inquisitorial y fuertemente motivada de Kenneth Starr y de sus apoyos republicanos, lo que se le reprocha a Clinton no es su vida privada, sus asuntos sexuales con Lewinski u otras, sino haber mentido estando bajo juramento, haber cometido perjurio ante una institución ante la cual él se había comprometido a decir la verdad. El problema se plantea por lo tanto en términos de derecho americano. Clinton habría obstruido la justicia, por una parte, al ocultar una serie de testimonios y, por otra, al haber mentido. Fíjese bien, porque su defensa actual es muy interesante, ya que está dispuesto a arrepentirse, a admitir que ha hecho o dicho cosas «inapropiadas» (si nos remitimos al texto literal en inglés), pero jamás reconocerá haber mentido, porque sabe que, si lo confiesa, no sólo podrá ser destituido sino también perseguido tras su destitución. Su estrategia o la de sus abogados consiste, por lo tanto, en no reconocer la mentira en ningún caso. Y se ha hecho célebre por haber respondido, cuando se le preguntó acerca de la cuestión de saber si había mantenido o no relaciones sexuales, y si dichas relaciones eran o no sexuales, «It depends on what ‘is’ is», «depende lo de que ‘es’ es». Y ahí vemos cuáles pueden ser los recursos de la casuística en lo que concierne a lo que es verdadero, a lo que es, a lo que no es, así como todos los protocolos que son necesarios antes de plantear la cuestión del perjurio y de la mentira.
Dicho esto, en la cultura anglosajona, sobre todo americana, la referencia al perjurio es mucho más grave que en Europa, que en Francia al menos. En Estados Unidos se habla todo el tiempo de perjurio, no se puede firmar un texto, ni siquiera un compromiso anodino, sin la [explícita] amenaza de ser perseguidos por perjurio. Esto se debe a la tradición religiosa de ese país. Ciertamente, en Francia también existe el perjurio, podemos ser perseguidos ante los tribunales si, en situación de testificar, después de haber jurado decir toda la verdad, faltamos a nuestra palabra, especialmente ante la justicia. Sin embargo, es verdad que la cultura americana está mucho más obsesionada por el perjurio que la nuestra. Un presidente de los Estados Unidos se refiere constantemente a Dios, a esa tradición religiosa, jura, presta juramento sobre la Biblia, cosa que no hace un jefe de Estado occidental, en todo caso francés. La cuestión del perjurio es una cuestión de fe.
 
Pr.: —Si le parece bien, le propongo pasar a otro aspecto de la cuestión de la mentira que concierne a la imagen y a las utilizaciones que de ésta se hacen hoy en día. Imágenes trucadas, manipuladas o, simplemente, reencuadradas, seleccionadas, filtradas, alteradas. Sin que se pueda verdaderamente hablar de mentira, la imagen está efectivamente en el centro de todos los análisis relativos a las mentiras políticas de nuestro tiempo.
¿Estamos obligados a deformar para informar? ¿Deformar para informar proviene de la mentira?
J. Derrida: —Sin duda alguna, si se hace de forma deliberada con vistas a engañar, con fines políticos, al oyente o al espectador.
 
Pr.: —En el asunto de la falsa entrevista a Fidel Castro de Patrick Poivre d’Arvor no se puede decir que intentó engañar al telespectador. ¡Lo hizo simplemente para hacerse valer!
J. Derrida: —Sin duda, pero que quisiera o no engañar al telespectador que creía estar viendo una entrevista en directo de Castro realizada por Poivre d’Arvor, como usted sabe, es un asunto complicado… Una asociación, TV carton jaune, quiso demandar a la cadena en cuestión. Al final, no pasó nada. ¿Por qué? El abogado en cuestión me pidió comparecer como amicus curiae, para testificar no sobre el fondo de las cosas, sino sobre los principios. La propuesta no fue aceptada por el magistrado, que no dio curso a esa denuncia con el pretexto de que 1) Poivre d’Arvor no había querido hacer daño, y que 2) nadie tenía la potestad para representar al pueblo francés como destinatario del mensaje de Poivre d’Arvor.
Si suponemos que hay un contrato implícito entre una emisión titulada «Información» y los telespectadores que, de acuerdo con ese contrato, esperan, si no que se les diga toda la verdad, sí al menos que lo que se les muestra no esté falsificado, hubo engaño, sin duda alguna. Ésa es la gran cuestión de la filtración, de la selección de las informaciones.
En un asunto como éste, dado que nadie representa [estatutariamente] a los demandantes, dado que no hay instancia alguna que represente a los telespectadores y que tenga potestad para plantear una demanda, la única corporación con capacidad para culpar al periodista es la corporación de periodistas, que, por razones profesionales, puede considerar que éste ha faltado a su deber profesional.
 
Pr.: —En su trabajo usted se basa mucho en un texto de Alexandre Koyré, una reflexión sobre la mentira, y nos dice usted que la idea de Hannah Arendt de mentira para con uno mismo y de mentira moderna ya está presente en Koyré. Contrariamente a lo que se dice a veces acerca de un más allá de la distinción verdad/mentira que sería propia del totalitarismo, Koyré nos habla de la primacía de la mentira en un sistema totalitario.
J. Derrida: —Sí. Su texto, escrito —hay que recordarlo— en 1943 y publicado en Estados Unidos, en donde se había refugiado por aquel entonces, habla de la función política de la mentira moderna. Naturalmente, su objeto principal es el desarrollo del totalitarismo, de las máquinas propagandísticas, a las que, como dice, contrariamente a lo que suele creerse, les interesa mucho mantener la distinción entre mentira y verdad. En lugar de socavar en cierto modo el valor de esa distinción, a esas máquinas propagandísticas les interesa mantener esa vieja pareja de conceptos para poder hacer justamente que lo falso pase por verdadero. Lo que dice Koyré es interesante por dos razones al menos: por una parte, discursivamente, [se pregunta] si la «palabra» mentira sigue conviniendo todavía para describir esos nuevos fenómenos; y, por otra parte, sospecha que cualquiera que plantee cuestiones filosóficas fundamentales sobre la historia de la mentira está empezando [a «relativizar» y] a hacerle el juego a esas fuerzas políticas que están interesadas [en que lo falso pase por verdadero].
Una vez más, creo que hay que mantener la vieja axiomática de la mentira, sin por ello dejar de interrogar su historia, su fundamento, sus bases.
 
Pr.: —La otra lectura crítica que hace usted concierne a la teoría del secreto desarrollada por Koyré y que, según él, amenaza al espacio democrático. Para usted su postura es demasiado radical, ya que la idea de transparencia absoluta procedería de lo que usted denomina un «politismo integral», que es, le cito a usted, «otra simiente de totalitarismo con aire democrático».
J. Derrida: —Es una cuestión muy grave. Si se incrimina, como hace Koyré, a todas las organizaciones del secreto, y si se exige por lo tanto que el ciudadano diga todo a cada momento, ya no se deja sitio para ningún secreto. Aquí ya no se trata de la cuestión de la mentira, sino de la vieja tradición de la politeia, de la política, de la fenomenalidad política: se ha de decir todo en la plaza pública y no hay lugar para una retirada fuera de lo político, para una dimensión no política. El hombre, el individuo, es ciudadano de arriba abajo. Creo que se puede a la vez mantener el derecho al secreto en ciertas condiciones, no permitirse exigir que todo el mundo lo diga todo a cada momento, al tiempo que se desconfía de algunos tipos de prácicas del secreto, como la conspiración.
Lo que dice Hannah Arendt es que, hoy en día, la extensión de la mentira se debe al fenómeno que ella denomina la «conspiración a plena luz»: antes se mentía allí donde los ciudadanos no sabían, porque no podían saber; hoy se miente a los ciudadanos allí donde, en principio, pueden saberlo todo. Hoy existe, por consiguiente, una especie de exposición absoluta en la mentira. Éste es el fenómeno que Hannah Arendt interroga con mucha fuerza, pero también ahí podemos preguntarnos si la palabra mentira conviene para describir esta situación.

Jacques Derrida.

http://www.jacquesderrida.com.ar/textos/mentira_politica.htm
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José Mª Rodríguez Vega



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MensajePublicado: Jue Mar 08, 2007 10:28 am    Título del mensaje: Más estupideces. Responder citando

Más estupideces:

La mentira política

Antonio Gallego | Miembro del Foro Ciudadano de Zamora


Publicado por Foro Ciudadano de Zamora | 6 de diciembre de 2006

Decía recientemente José Saramago que estamos inmersos en la “Era de la Mentira”, usada principalmente como instrumento por cualquier tipo de poder, especialmente el político y económico. Hay otros poderes pero suelen servir de correa de transmisión a los anteriores. En los momentos que vivimos, la mentira camina bien con el poder, con la autoridad. Todos sabemos que la mentira es consustancial al hombre y está enraizada en su lenguaje y en la argumentación de sus pensamientos. La mentira no es un error, es la voluntad clara de engañar, de no decir la verdad, evidentemente para sacar alguna ventaja personal o colectiva.

Si miramos a nuestro alrededor, tanto a nivel nacional como internacional, vemos que la mentira impregna una parte importante de la acción política. Como decía Maquiavelo, la política es un espacio para los embaucadores, donde “el Príncipe vence por fuerza o por fraude”. Algunas decisiones o estrategias políticas nacen con el signo claro de la mentira, en otras se comprueba que allí anidaba al cabo de un tiempo. En muchos casos, los mentirosos pagan sus mentiras con la pérdida o debilidad de su poder, algunos pueden llegar hasta la cárcel, otros, al contrario, siguen inmunes y, en este acontecer, parte de los ciudadanos acaban cayendo en la antigua práctica usada por Goebbels, ministro de propaganda de Adolf Hitler, conocido por sus dotes retóricas y su capacidad persuasiva: "Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad". A algunos políticos se les castiga por mentir pero las consecuencias de sus mentiras siempre las sufren los ciudadanos, ya sea a nivel mundial como a nivel del país.

El grado de tolerancia con respecto a la mentira política debía ser un indicador barométrico de la calidad de la democracia, que para que funcione correctamente necesita que sus decisiones sean informadas correctamente a los ciudadanos. Aquí empieza uno de los problemas ya que esta información procede, en muchos casos, de los distintos partidos políticos, vía sus medios afines, que anteponen el mantenimiento o conquista del poder a costa de engañar al ciudadano, buscando más el voto que la transmisión veraz de la información. Un ejemplo reciente lo tenemos en la última marcha de la AVT en Madrid, al igual que ha sucedido en las anteriores. Tanto la Delegación del Gobierno en Madrid, algunos diarios nacionales e incluso Google, usando fotos y cálculos de planimetría, han demostrado que las cifras de asistentes a la concentración no pasan nunca de las 140.000 personas mientras que el Gobierno de la Comunidad de Madrid, sin aportar bases, planos y justificaciones se queda tan oreada diciendo que han sido 1.300.000 asistentes.

La mentira no siempre es total, como en el caso anterior, a veces se viste de matices que la hacen más velada: se cambias las cifras, se comparan contextos diferentes que invalidan las conclusiones, se hace una interpretación estadística parcial y extrapolada y lo más importante, se envuelve en grandes declaraciones ya sea de patriotismo, de identidad, de creencias y de catastrofismo.

Parecería que en una sociedad plural como la existente, con múltiples medios y canales de comunicación, debería facilitar la información veraz al ciudadano pero parece demostrado que la multiplicación de los medios, con su ruido, ha incrementado la incomunicación. Por otro lado se sabe que el noventa por ciento de los contenidos de un medio, incluida la política internacional, se dedica al espectáculo; el nueve por ciento sería para la información pura y el uno por ciento para el análisis. Como es evidente, a ese uno por ciento no llega casi nadie.

Para usar la mentira como arma política se necesitan colaboradores y los medios de comunicación suelen ser, en muchos casos, sus aliados. Por ejemplo, muchos analistas piensan que en la gran mentira que originó la guerra de Irak, el gobierno de Bush no engañó a los órganos de prensa; más bien funcionaron como cómplices conscientes para engañar deliberadamente al pueblo estadounidense. La propaganda del gobierno no fue nada sofisticada. Gran parte de los argumentos del gobierno fueron refutados por los hechos o entraron en contradicción con la lógica más elemental. Aún cuando se probó que la acusación hecha por el gobierno de que Irak había tratado de obtener material nuclear se basaba en documentos burdamente falsificados, la prensa optó por no convertir este descubrimiento tan devastador en tema principal.

¿Qué podemos hacer? Soy bastante pesimista que podamos hacer algo, salvo a toro pasado, más como desahogo y ello no nos puede servir de consuelo porque las acciones tomadas bajo la mentira dejan, en muchos casos, secuelas importantes que jamás se pueden restaurar.

Zamora, 2 de diciembre de 2006.

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¿Similitud en las estrategias del régimen nazi y el gobierno de EU???La mentira como política de Estado
Rodolfo Martínez
Periodista

La comparación entre Bush hijo y Adolfo Hitler ya no debiera causarnos tanta sorpresa, más aún si tomamos en cuenta que dentro de su política de seguridad nacional, la administración estadunidense no sólo ha considerado objetivamente la utilización de la mentira como un arma que ayudaría a crear las condiciones mediáticas que facilitarían la aceptación internacional de la invasión norteamericana a Irak, como lo hizo Hitler para ocultar el bombardeo incendiario a Guernika, sino que además también utilizó la forma de agresión militar denominada guerra preventiva para adelantarse a destruir el presunto peligro que representaban la supuesta presencia de armas de destrucción masiva en poder de la dictadura de Saddam Hussein.


El ocultamiento de la barbarie es sin duda un rasgo distintivo claro del poder destructivo de los regímenes autoritarios en la historia reciente de la humanidad. Tal es el caso del nacional socialismo alemán o nazi.
En la posmodernidad, los medios de comunicación son un punto central de tránsito de las operaciones de ocultamiento de la verdad histórica de la barbarie. En este fenómeno mediático, la mentira representa un elemento sistémico imprescindible en la política oficial de globalización del dominio de cualquier gobierno imperial. Otra característica preponderante hoy día la constituyen los métodos de ocultamiento reforzados y fortalecidos por los cada vez más abundantes y sofisticados recursos financieros y técnicos que son empleados para su ejecución.
Doctos en la utilización de la mentira como política oficial, es decir en la aplicación de sofisticados recursos para oficializar públicamente la mentira del Estado, los nazis dejaron para la historia un paradigma compuesto por métodos y mecanismos utilizados en el ocultamiento de su barbarie contra la humanidad. Dicho paradigma tejido por mentiras, prejuicios, irracionalismo, xenofobia, desinformación, proxenetismo y engaño, muy bien puede servirnos para criticar los mecanismos que los imperios de nuestro tiempo ponen en práctica para ocultar sus actos de barbarie que resultan como consecuencia de sus invasiones sobre países más débiles.
A propósito del conjunto de mentiras oficiales que precedieron a la invasión de Estados Unidos e Inglaterra contra Irak y el posterior derrocamiento del dictador Saddam Hussein, en no pocos medios de comunicación surgió en forma reiterada la comparación de George Bush hijo con el dictador nazi Adolfo Hitler. Sin embargo solamente en contados casos tal comparación fue documentada de manera consistente. Y es que, guardando las debidas diferencias históricas entre ambos personajes, en los hechos, al invadir Irak, el presidente norteamericano dejó ver el fondo y el sustento principal de su política de Estado: la mentira como política oficial, asunto que los nazis no sólo aplicaron sino, más aún, perfeccionaron hasta crear un sofisticado sistema de engaños y ocultamiento de información acerca de sus crímenes, dentro del cual su ministerio de propaganda, dirigido por Joseph Goebbels, era el ámbito burocrático donde se daba forma y salida a la política oficial de desinformación.
Si observamos la comparación Hitler-Bush hijo desde la perspectiva histórica de la evolución del fascismo en la modernidad con su paso continuado hacia la posmodernidad convertido en neofascismo, entonces podremos advertir que tal propuesta comparativa no sólo no resulta descabellada, sino que más bien resulta afortunada, pues permite advertir que sí existen similitudes entre ambos regímenes. Entre otras coincidencias aparece el mismo patrón de utilización de mentiras en las acciones políticas en que el gobierno de Estados Unidos basó su invasión militar en Irak.
La comparación entre Bush hijo y Adolfo Hitler ya no debiera causarnos tanta sorpresa, más aún si tomamos en cuenta que dentro de su política de seguridad nacional, la administración estadunidense no sólo ha considerado objetivamente la utilización de la mentira como un arma que ayudaría a crear las condiciones mediáticas que facilitarían la aceptación internacional de la invasión norteamericana a Irak, como lo hizo Hitler para ocultar el bombardeo incendiario a Guernika, sino que además también utilizó la forma de agresión militar denominada guerra preventiva para adelantarse a destruir el presunto peligro que representaban la supuesta presencia de armas de destrucción masiva en poder de la dictadura de Saddam Hussein, tal como lo hizo Hitler, guardando las debidas proporciones, para invadir Polonia. ?Bush hijo, igual que Adolfo Hitler, pasó de la aplicación oficial de eufemismos para ocultar la verdad de su barbarie, a la agresión y eliminación de todos aquellos que resultaran enemigos del régimen. De manera directa, la política imperial de invasión en Irak se encargó de eliminar aquellos medios de comunicación que se dieron por tarea descubrir esos puntos oscuros que ocultaron la verdad histórica de la invasión norteamericana e inglesa a Irak, es decir, la redistribución en favor de Estados Unidos e Inglaterra del poder sobre los recursos de la región petrolera del Golfo Pérsico.
La invasión militar de Estados Unidos a Irak constituye una de las expresiones más acabadas de la barbarie que en los hechos significa la política imperialista norteamericana de nuestros días. En ese contexto uno de los tantos elementos que caracteriza a dicha barbarie es el conjunto de acciones represivas de parte del gobierno estadunidense contra aquellas expresiones de prensa que no acataron sus dictados de censura sobre los medios de comunicación, los periodistas, el manejo de la información, los criterios de edición de noticias.
La creación de la así llamada Oficina de Influencia Estratégica como instrumento del gobierno de la administración de Bush para ocultar la realidad de sus actos de agresión en contra de la soberanía de otros países más débiles, como es el caso de Irak, viene a sustentar en la realidad toda esta hipótesis.
La creación de tal Oficina, cuya autoría presuntamente sería obra del propio presidente norteamericano, con el estrecho apoyo convencido del secretario de Defensa estadunidense, Donald Rumsfeld, sólo constituye la expresión aparente de una subterránea y compleja política de Estado que tiene en la mentira, la desinformación y la propaganda los instrumentos que le sirven para conseguir el ocultamiento de la barbarie que constituye en los hechos su programa expansionista y anexionista imperial.
En febrero de 2002, en las páginas del diario El Universal apareció un artículo originalmente publicado en el periódico norteamericano The New York Times, firmado por James Dao y Erich Schmitt, quienes reportaron que el Pentágono había creado la denominada Oficina de Influencia Estratégica.

Según esa información, la creación de tal Oficina se enmarcaba en el contexto de los ataques a las torres gemelas de New York del 11 de septiembre de 2001 y la guerra informativa orquestada desde el Pentágono en contra de todas aquellas naciones consideradas enemigas de Estados Unidos. Ya desde los primeros meses de 2002, el Pentágono desarrollaba "planes para distribuir noticias falsas" a organizaciones periodísticas extranjeras, como parte de la estrategia permanente de Estados Unidos tendiente a influir en la opinión pública global para conseguir la aceptación de su carácter como policía del mundo.
Las expectativas de esa política de desinformación proyectaron influir en todo el orbe, particularmente en las naciones del Medio Oriente. La susodicha Oficina de Influencia asumió en los hechos las acciones que en el pasado desempeñaban distintas agencias, así como el Departamento de Estado, y constituye una respuesta estratégica del gobierno norteamericano por lo que considera la pérdida de apoyo en el extranjero respecto de su guerra contra el terrorismo.
Según los autores del artículo, en los primeros días de febrero del 2002, Donald Rumsfeld aún no recibía la aprobación final de la administración Bush para concretar abiertamente la operación de la Oficina de Influencia Estratégica. Sin embargo, aunque en esos días tal entidad no contaba con la autorización oficial del Presidente de Estados Unidos, en los hechos funcionaba a toda su capacidad mediante la instrumentación de una política de desinformación y ocultamiento. Y aunque para su operación la Oficina contó en todo momento con los más altos recursos financieros y los más sofisticados recursos tecnológicos, durante varios meses el Pentágono la mantuvo oculta.
Durante ese tiempo de clandestinidad, los asesores militares declaraban a la prensa saber muy poco sobre los planes y objetivos que perseguía la Oficina. Aunque no había nada oficial, trascendió que el general brigadier Simón P. Worden, de la Fuerza Aérea, encabezaba la Oficina que ya había empezado a emitir propuestas de campañas con apoyo de medios de comunicación extranjeros, Internet y operativos encubiertos para aplicar la política de desinformación del gobierno norteamericano. Una de las propuestas de operación ofrecía sembrar noticias a medios periodísticos extranjeros.
De manera reiterada, los imperios de ayer y de hoy han usado todos sus recursos para imponer la mentira y el terror como principal sustento de sus políticas de agresión. Sin embargo, ante la mentira sistémica, la verdad histórica prevalece, impulsada por las partes más vivas e inteligentes de la sociedad mundial que se resisten al silencio de los medios de comunicación y a la sumisión ante los imperios, pues por ningún motivo están dispuestas a aceptar el triunfo de la barbarie sobre la humanidad.
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En: http://www.mexicanadecomunicacion.com.mx/Tables/RMC/rmc84/mentira.html
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José Mª Rodríguez Vega



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MensajePublicado: Jue Mar 08, 2007 12:26 pm    Título del mensaje: Prioridades. Responder citando

Prioridades:

1) Dios o el Estado. Como lo mejor (Todo por la Patria / Amarás a tu Dios sobre todas las cosas). Imperio.

2) El buen gobierno. Eutaxia.

3) El gobierno.

4) La paz.

5) La justicia.

6) La verdad.

7) La mentira.

8) La injusticia.

9) La guerra.

10) El mal gobierno.

11) La anarquía, el desgobierno.

12) La guerra civil o interna.

13) El Demonio o la Francia, el desaparecer, el Averno. Distaxia.

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Se supone que la mentira y su uso es menos grave que todo lo que le viene debajo: la injusticia, la guerra, etc. Así será mejor para el uso todo lo que le cae encima: la verdad, la paz, etc.

Todo se puede permitir excepto un limite cuya transición nos mete de boca en la otra potencia y nos hace traidores, condenados por la eternidad. La mentira es buena y es muy buena cuando va en pos del Bien general. Mejor sería la verdad, etc.
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José Mª Rodríguez Vega



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MensajePublicado: Jue Mar 08, 2007 3:58 pm    Título del mensaje: Arcana simulacra. Responder citando

Hola.

Todos los poderes constituidos se contraponen a un poder constituyente, fundamentalmente de la Constitución (Ver el apartado 12 del Art. 20 de nuestra Constitución donde se regula el uso de la mentira política). Este poder constituyente es por principio ilimitado y todo lo puede, porque no está sometido a la Constitución, la cual es él quien la da. Aquí es completamente inconcebible cualquier coacción o cualquier forma jurídica, cualquier autovinculación, cualesquiera que sea su sentido, e incluso los derechos inalienables del hombre resultan superfluos allí donde impera la volonté générale, en el sentido de la teoría de Rousseau...La Ley no es una norma de justicia, sino un mandato, un mandatum de quién tiene el poder supremo, en virtud del cual quiere determinar las acciones futuras de los súbditos del Estado. Alguien es inocente cuando le ha absuelto el juez estatal aunque haya mentido a todos. El soberano decide sobre lo mío y lo tuyo, el beneficio y el perjuicio, lo decoroso y lo reprobable, lo justo y lo injusto, la verdad y la mentira, lo bueno y lo malo. La ley estatal ha de ser la suprema obligación de conciencia para cada uno porque es la que establece los fines.

La ratio status permite (¿quién se lo iba a prohibir?) el uso de los arcanum políticos: (de imperii y de dominationis, y por supuesto de los simulacra, de los secretos de Estado y por tanto la ocultación, el engaño, la mentira, (lo que sea y como sea) de parecida manera a como lo tiene el concepto moderno de secreto industrial y secreto comercial y los usos que eso conlleva en el mundo hipercompetitivo empresarial y no pasa nada ni nadie se escandaliza por nada.

Para ser "arcanum" hay que ocultarlo de la mejor manera que se pueda (más aún los arcana bellum)..., y si la única manera en ese momento es mintiendo, pues se hace mintiendo y en paz. La cuestión es el fin... Pero el fin lo pone una norma, la Norma suprema, la Constitución, el valor supremo, la salus populis..., a cuya permanencia ha de ser sacrificada la verdad y la sinceridad siempre que sea necesario. Cuando no hay otro remedio es muy bueno mentir al pueblo..., al pueblo y a la Francia o al moro, que para el caso es igual.
Hablar de mentiras inútiles es un absurdo. Siempre se habla, pues, de mentiras útiles..., útiles al gobierno de una Polis o Unidad política, de una empresa si se quiere y de un individuo.

Platón defiende la opinión de que un hombre justo -lo cual significa en este sentido un hombre que obedece la ley-, y sólo él, es feliz; mientras que un hombre injusto -un hombre que viola la ley- es infeliz. Platón dice que "la vida más justa es la más agradable". Sin embargo, admite que en alguna ocasión tal vez el hombre justo puede ser infeliz y el hombre injusto puede ser feliz. Pero, afirma el filósofo, es absolutamente necesario que los individuos, sujetos a un orden legal, crean en la verdad de la afirmación de que sólo el hombre justo es feliz, incluso si no es cierta, ya que de otro modo nadie obedecería la ley. Por tanto, según Platón, el gobierno tiene el derecho de divulgar mediante propaganda la doctrina según la cual el justo es feliz y el injusto infeliz, incluso si esta doctrina es falsa. En el caso de que fuera falsa, dice Platón, es una falsedad muy útil, ya que garantiza la obediencia a la ley. <¿Podría un legislador, digno de tal nombre, encontrar una falsedad más útil que esta, o más efectiva para persuadir a todos los hombres para que actúen voluntariamente y sin forzarlos de modo justo?...Si yo fuera legislador, intentaría que todos los poetas y ciudadanos afirmaran que la vida más justa es la vida más feliz.> Al gobierno le está plenamente justificado utilizar una mentira útil. Platón sitúa la justicia -y aquí quiere decirse lo que el gobierno considera justicia, es decir, la legalidad- por encima de la verdad; pero existen razones suficientes para no poder situar la verdad por encima de la legalidad y para repudiar por inmoral una propaganda gubernamental que se basa en falsedades, incluso aunque persiga con ello un buen fin...
Bien. El repudio subjetivo y moral de los individuos lo único que puede hacer es derribar a un gobierno y poner en su lugar a otro, para, si llega la ocasión, tener que derribarlo por los mismos inmorales motivos.

Es cierto, no todas las morales son iguales. Se trata pues de mancharse.
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Felipe Giménez Pérez



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MensajePublicado: Jue Mar 08, 2007 7:39 pm    Título del mensaje: La mentira política Responder citando

Estimados contertulios: Uno de los instrumentos del gobernante es la mentira política, que debe usar el político si no queda otro remedio. Es un eficaz modo de gobierno y de dirección. No olvidemos nunca que lo político es una relación de mando y de obediencia y que algunas veces es necesario mentir. Esto es una obviedad. El engaño hay que hacerlo algunas veces por el bien del pueblo. Mejor dicho, por la eutaxia política. La política no tiene nada que ver con la ética. Es una dimensión diferente. No podemos mezclar la ética con la política. Creo que no convendría insistir en este tópico, puesto que todo el mundo lo comprende perfectamente. Atentamente, Viva España y viva la pena de muerte.
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José Mª Rodríguez Vega



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MensajePublicado: Jue Mar 08, 2007 11:05 pm    Título del mensaje: Mentiras de Estado y Simón Royo el verídico. Responder citando

¡Epsilones y cibernántropos!

Enemigos del Leviatán todos... Todo lo que aquí se os cuenta sobre la mentira, puede ser mentira.

La mentira general burguesa consistía antes en la profunda hipocresía y la barbarie propias de la civilización burguesa y que se presentaba desnuda ante nuestros ojos cuando, en lugar de observar esa civilización en su casa, donde adopta formas honorables, la contemplábamos en las colonias, donde se nos ofrecía sin ningún embozo: allí la verdad era manifiesta. Aquí era mentida, ocultada, callada, desconocida, como eran desconocidos los esclavos y las esclavas de los españoles en Guinea, Río Muni, etc., hasta la independencia de esos territorios. Y nunca importó quién gobernaba, para darles un trato angular a los negros, aunque a la hora de violar a las negras se convirtiera ese trato instantáneamente en circular, a menos que fueran zoofólicos todos, claro.

"Existe un principio que se resiste a toda información, que nunca deja de mantener al hombre en una ignorancia perenne...Es el principio de desestimar lo que nunca se ha investigado". (Herber Spencer).

La mentira de El Roto: http://webs.demasiado.com/elpalleter/elroto.JPG
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Caso Alcásser: Mentiras de Estado durante el gobierno de Felipe González siendo ministros de Interior José Luis Corcuera Cuesta, y de Justicia Juan Alberto Belloch Julbe.

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Reuniones secretas, aseveraciones, desmentidos, pruebas falsas, donde dije digo digo Diego, mentiras en España, en Francia, en Estados Unidos, un poco de memoria histórica y datos, muchos datos; como por ejemplo que la tan espectacular rescate de la soldado Jessica fue un montaje: “El doctor Anmar Uday relató la escena a John Kampfner de la BBC: «Era como en una película de Hollywood. No había ni un solo soldado iraquí, pero las fuerzas especiales estadounidenses utilizaron sus armas. Disparaban balas de fogueo y se oían explosiones. Gritaban: ‘Go! Go! Go!’» [...].
Las escenas fueron filmadas con una cámara de visión nocturna por un ex asistente de Ridley Scott en la película “La caída del halcón negro” (2001). Según Robert Scheerm del Los Angeles Times, esas imágenes fueron enviadas luego al Comando central del ejército estadounidense que se hallaba en Qatar, para el montaje. Una vez supervisadas por el Pentágono fueron difundidas a todo el mundo.”
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¿Mentira de Estado?

Para el ministro del Interior y para el Gobierno, el “informe” exculpatorio es como “un regalo de Navidad”, que les permitirá –creen– cerrar un caso que les quema las manos

Juan Martínez Galdeano, el agricultor almeriense muerto en el cuartel de la Guardia Civil de Roquetas de Mar el pasado 24 de julio de 2006 cuando, inmovilizado en el suelo por media docena de agentes, recibía un aluvión de golpes con porras eléctricas, tras ser rociado con un spray irritante, falleció “por una reacción adversa a la cocaína”. Tal es la insólita conclusión a la que ha llegado el Instituto de Medicina Legal de Almería en su informe de “ampliación de la autopsia”, solicitado por el Juzgado de Instrucción, que más parece un monumento a la falsedad y a la infamia que a la ciencia y a la verdad.

En un lenguaje que a veces parece kafkiano y a veces sacado de la hemeroteca de los archivos de la antigua KGB, el informe culpa al muerto de su propia muerte “por haber tomado cocaína”, y exculpa al oficial y a los números de la Benemérita que lo golpearon inmisericordemente, a la vista del público y de unas cámaras de grabación, eximiéndoles de cualquier responsabilidad, aduciendo que las torturas que le infligieron fueron meros “factores generadores de estrés” que, como mucho, sólo “aceleraron la muerte”. El informe asegura que el fallecido se encontraba en un estado de “delirio agitado inducido por la cocaína”; pero quienes verdaderamente parecen sumergidos en un auténtico “delirio inducido” son los redactores del informe, que para exculpar a los guardias civiles de un crimen cometido “con luz y taquígrafos” se ven obligados realmente a “delirar”.

Este infame informe es el último eslabón de una cadena de falsedades, encubrimientos y maniobras de todo género, tendentes a correr un espeso velo e instaurar una monstruosa “mentira de Estado” que eche tierra encima del crimen de Roquetas y deje indemne el “prestigio” de la Guardia Civil ante lo que tiene todos los visos de ser un asesinato “inexplicable”.

Para el ministro del Interior y para el Gobierno, el “informe” exculpatorio es como “un regalo de Navidad”, que les permitirá –creen– cerrar un caso que les quema las manos. Su inacción inicial, sus torpes movimientos después, cuando se hizo evidente la gravedad del caso, su contemporización en todo momento con esta atrocidad cometida por las “fuerzas de seguridad del Estado”, todo quedará “lavado” por virtud de este oportuno informe. Pero todas las mentiras, como dice el dicho popular, “tienen las patas cortas” y no pueden ir muy lejos. Además, los muertos siempre acaban por hablar. Lasa y Zabala acabaron “hablando” pese a que llevaban muchos años enterrados en cal viva. ¿Volvemos a los ominosos tiempos de Barrionuevo, Vera y Corcuera?
J. Albacete
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SALUD PUBLICA
?Mentiras de estado

Jaime Leygonier

LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org) - A nadie extraña en Cuba que el pueblo se pudra de epidemias sin que su Estado informe al respecto. Porque en Cuba todo es secreto de Estado.
No sería tan malo si por secreto de Estado sólo entendieran ocultarle al pueblo lo que ocurre -aunque sobrado peligroso resulta no prevenirlo en caso de epidemia- pero además se manipula la opinión con mentiras.
"Los focos de mosquitos son erradicados." "Califican de abnegada la labor de los delegados de circunscripción y de los consejos de barrio en la erradicación de los focos", tales son los mensajes en los medios. A la palabra obscena "epidemia" sólo la mencionaron en una ocasión en TV, pero con la coletilla "está controlada"
Así el asunto aparenta ser de "focos de mosquitos" y no de la enfermedad que éstos propagan y que azota a todo el país. Y si alguien piensa más allá, en términos de "epidemia", pues se le dice que "está controlada".

Tan controlada que empezó en abril por Santiago de Cuba y ahora -a los tantos meses- abarca toda la Isla, con pueblos en cuarentena, hospitales dedicados sólo a enfermos de dengue, con toda la población enfermándose a la par -o por turnos. Cuadro que jamás vieron los cubanos que hoy viven, salvo que algún centenario recuerde la influenza de 1915.

Ese "control" parece que empezó con las guerrillas de los 60 - si los hombres de Ernesto Che Guevara en el Congo cruzaban las fronteras con pasaporte checoslovaco no era posible aplicarles los controles sanitarios previstos internacionalmente para los viajeros a Africa.

Luego, no fueron centenares de hombres, sino centenas de millares involucrados en las aventuras africanas y la revolución mundial. La creación de "dos, tres, muchos Viet Nams", "La solidaridad con la lucha de los pueblos hermanos" dieron al traste con la salud del pueblo cubano.

La salubridad en Cuba se retrotrajo al siglo XIX con la importación y endemismo actuales de enfermedades que se debía a la trata de esclavos africanos y se eliminó durante el siglo XX para recuperarlas a partir de sus años 70 por el voluntarismo y descontrol de los mandantes nacionales.

La desinformación y la mentira son tácticas y estrategia sistemáticas. Cuando a Castro le han preguntado por qué negó en 1959 que pretendía instaurar un régimen socialista, él ha contestado que porque "el pueblo aún no estaba preparado para aceptar el socialismo y había que "prepararlo", y que "cuando el pueblo estuvo listo" él se lo dijo.

Pero concentrémonos sólo en parte de la manipulación de la información sobre salud:
Cundo la epidemia de dengue de 1981, el popular programa humorístico "Detrás de la fachada" se burló de quienes se preocupaban, y allí una presentadora muy querida -Consuelo Vidal- afirmó que el dengue no mataba a nadie, y que sólo había que beber abundante líquido y no tomar aspirinas.

Hasta muchos años después de aquel buen rato de risas y bromas no nos enteramos de que en esa epidemia habían muerto 158 personas, de ellas 101 niños. Información recibida "por carambola", desde la OPS.
Por aquel entonces el Estado culpaba a voces a Estados Unidos de la epidemia, y afirmaba que había sido introducida en Cuba mediante la "guerra bacteriológica".

Durante los 90, una misteriosa polineuritis atacó a decenas de miles de cubanos, a quienes limitó, baldó y hasta mató. El gobierno informó que "investigaba las causas", vinieron investigadores hasta de Estados Unidos, pero jamás informaron las causas de la epidemia.
?El rumor culpó a la carencia de vitaminas en la alimentación y a intoxicación con picadura de tabaco contaminada.

El verano de 2005 una epidemia arrebató la vida a decenas de personas, sobre todo a niños. El Ministerio de Salud pública rompió su silencio para emitir una "Nota informativa", en que cometió la indecencia de mencionar ocho niños fallecidos, cifra muy por debajo de la realidad ocultada. Con todas sus limitaciones, las fuentes independientes -como el Centro de Salud y Derechos Humanos que dirige el doctor Ferrer- supieron de unas 30 muertes.

La nota de 2005 aseguró que todo estaba bajo control y que "estudiaban" las causas de la epidemia. La epidemia se fue como vino y jamás informaron ni el origen ni el nombre del virus o intoxicación masiva causante de tantas muertes.

En una información que supuestamente escribió Castro sobre su última operación quirúrgica, se afirmó que la salud del Comandante era "secreto de Estado", pero a partir de tan rotunda afirmación, menudean los partes y mensajes según los cuales el Comandante está mejorando a diario, "hecho un caiguarán"-un roble- y otras tonterías.

En estos regímenes la razón de Estado justifica toda sinrazón, desde que los fiscales y jueces -simbólicos- "no vean" que es sistemática la práctica de detenciones arbitrarias, allanamientos de domicilios a las 2 de la madrugada y actos que según normas de la ONU tipifican como tortura.

Curioso que la O.M.S y la O.P.S. también callen sobre el descalabro de la salubridad y del sistema de salud en Cuba. Increíble que en el mundo sigan hablando de "los logros de la Revolución cubana".

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Fuente: Le Monde del 19/07/2003

Irak: esas mentiras de Estado que desestabilizan Bush y Blair

Ninguna arma de destrucción masiva no se a descubierto aún en Irak, los dirigentes americanos y británicos, que habían justificado su entrada en guerra por las amenazas de esas supuestas armas, deben hacer frente a las críticas cada vez más virulentas de sus opiniones públicas. Se acusa a George W. Bush y Tony Blair de haber exagerado el peligro, manipulado los informes de expertos y mentido. El Presidente americano debió así reconocer que Irak no había, contrariamente a lo que dijo, pretendido obtener uranio a Nigeria.

Tony Blair, quien fue recibido, el jueves 17 de julio, en la Casa Blanca, respondió a las críticas. En un discurso de 40 minutos pronunciado ante el Senado y la Cámara de Representantes, fue largamente aplaudido, el Primer Ministro británico consideró que la Historia daría, de todas maneras, razón a la coalición. "Si tenemos culpa añadió, habremos al menos destruido una amenaza responsable de matanzas inhumanas y sufrimientos (...) Si vacilamos frente a la amenaza, la Historia no nos perdonará." Por a otra lado, el Comité Internacional de la Cruz Roja se declaró preocupado por las condiciones de detención de 680 “prisioneros"de Guantanamo, sujetos a una " enorme presión psicológica "

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¡Epsilones y cibernántropos!
¿Crees de verdad, Felipe, que lo obvio -o lo tópico- lo entiende todo el mundo?..
Atentos!! cibernántropos!

Simón Royo (el mismo que agredió a Pedro Insua en el 2005 y del cual se trató en estos Foros) Este amante de la verdad propia de los mentirosos, echa su rollo en Rebelión verídica.org: http://www.rebelion.org/medios/030710royo.htm

Doy sólo una buena muestra:
.............
¿Hay que mentir por la causa?

<<Por mi parte y para empezar a encuadrar el espinoso problema que nos ocupa, yo me atrevería a afirmar, platónicamente, que la verdad, el bien, la belleza y la justicia han de ir de la mano, y también que la falsedad, la maldad, la fealdad y la injusticia han de caminar bien juntitas, si bien la prudencia y el escepticismo me protegen de creerme siempre situado en la verdad y sus acompañantes y siempre alejado de la mentira y sus secuaces, siempre en poder de la sabiduría y la inteligencia, y siempre alejado de la ignorancia y la estupidez (a este respecto véase mi artículo: Cuando las informaciones son contradictorias y no sabemos qué pensar ni a quién creer. Rebelión: 11-5-2002). Me importa tanto la justicia que no soy muy capaz de realizar acciones estratégicas si ello conlleva mentir o ser injusto por motivos políticos, aunque creo que, con el tiempo, voy logrando mantener un equilibrio entre el apoyo a una causa y el decir lo conveniente a la misma, con lo cual pienso que quizás voy consiguiendo meter menos la pata y resultar menos quijotesco. Y es que don Quijote, por querer hacer el bien demasiado perfectamente y demasiado ajustado a la noción que de éste aparecía en los libros de caballerías, acababa muchas veces provocando grandes males.??A diferencia de Savater no pienso que sólo debamos la verdad a los allegados y a los correligionarios sino que creo que debemos la verdad a los demás ciudadanos y seres humanos, incluso a los que no sean de nuestro bando, aunque sí que coincido con él en que si alguna vez tenemos que ejercitar la mentira por la causa, habrá de ser por la causa de los allegados y de los correligionarios y no por otras causas, como que nos compren por dinero o nos chantajeen con los garbanzos. Pues obviamente, en una sociedad capitalista, habrá quienes sólo persigan y sólo se deban a la causa oportunista del medrar y enriquecerse, como las recientes elecciones a la Comunidad de Madrid han puesto de manifiesto.??Habría que diferenciar en este punto la mentira por la causa individual de la colectiva, la mentira de las personas y las mentiras de los partidos y de los Estados, y dejar claro que las mentiras de Estado son mucho peores y más perjudiciales para la sociedad que la mentira individual. En el caso de la guerra contra Irak las mentiras acerca de las armas de destrucción masiva y acerca de las relaciones entre el régimen de Sadam Hussein y el terrorismo de Ben Laden, constituyen un recrudecimiento enorme de aquellas históricas mentiras de Estado que facilitaron acciones bélicas como la guerra de Vietnam: "El presidente de Estados Unidos, por lo tanto, mintió. A la busca desesperada de un casus belli para esquivar a la ONU y sumar a su proyecto de conquista de Irak a algunos cómplices (Reino Unido, España), Mr. Bush no vaciló en la fabricación de una de las mayores mentiras de Estado (…). Reproducidas y ampliadas por los grandes medios belicistas convertidos en órganos de propaganda, todas esas denuncias han sido repetidas ad nauseam por las cadenas de televisión Fox News, y MSNC, la cadena de radio Clear Channel (1.225 emisoras en EE.UU.) e incluso por prestigiosos periódicos como Washington Post y Wall Street Journal. En todo el mundo, esas acusaciones mentirosas han constituido el principal argumento de todos los partidarios de la guerra" (Ignacio Ramonet Mentiras de Estado. Le Monde Diplomatique & Rebelión 3-7-2003). Pero una cosa es la mentira de Estado y otra la estrategia de un Estado, que no siempre ha de ser o tenerse por mentirosa, aunque en el caso del Neoimperio neofascista existente en la actualidad, ambas, se identifiquen a menudo plenamente.>>
..............
Y lo que sigue aquí: http://www.rebelion.org/medios/030710royo.htm

Curiosidades a resaltar de esta perla, de este rollo maniqueísta, y dichas por este vomitivo y maniqueo Royo adicto a la doctrina del "verismo estatal":
<la verdad, el bien, la belleza y la justicia han de ir de la mano, y también que la falsedad, la maldad, la fealdad y la injusticia han de caminar bien juntitas,>

<la verdad y sus acompañantes......la mentira y sus secuaces.>

<Me importa tanto la justicia que no soy muy capaz de realizar acciones estratégicas si ello conlleva mentir o ser injusto por motivos políticos,>

<creo que debemos la verdad a los demás ciudadanos y seres humanos, incluso a los que no sean de nuestro bando>

<y dejar claro que las mentiras de Estado son mucho peores y más perjudiciales para la sociedad que la mentira individual>


Este pájaro bizco debe ser un consuelo para los amantes de la verdad verídica, de la doctrina del "verismo estatal bizcorneado"... Pero decir política, decir polémica, lucha, lucha a muerte a veces, es decir mentiras y verdades, según convenga, para imperii o para dominationis. Y estará bien o mal, pero eso será así hasta que se marche escaldado y bizcorneado el último jinete del Apocalipsis. Adiós.
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José Mª Rodríguez Vega



Registrado: 11 Oct 2003
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MensajePublicado: Sab Mar 10, 2007 3:00 pm    Título del mensaje: Si no fueses un epsilon... Responder citando

¡¡¡Proles y epsilones!!! Me gusta este estilo mío en decir cosas por boca de otros sin desvelar sus nombres!!..., (como hasta ahora ingenuamente hacía...) Además esto me ahorra trabajo y confunde la fama.

Esto se hace así -no para engañar- sino para que algunos se confundan y equivoquen y por su perfidia muerdan el hierro y el polvo!!

Como ya sabéis, mentir supone, en suma, la intención expresa de engañar. Pues considerar que alguien miente, no es preciso, pues, que engañe: basta con que lo intente. Con la intención basta.
Algo que ya nos había enseñado San Agustín: «La mentira –escribe– consiste en decir falsedad con intención de engañar.» Esta es seguramente la razón de que nuestros políticos, con exquisita cortesía parlamentaria, en lugar de tildarse de embusteros, se acusan, eufemísticamente, de faltar a la verdad.

Escuchadme, epsilones: Lo primero que os digo es que cuanto más hartos estéis de comer a dos carrillos y beber a saco, más grandes serán las mentiras que habréis de escuchar si son necesarias, ya que estaréis más dispuestos a ser engañados o a no pensar ni en eso, de distraídos como estáis en vuestro suculento banquete. Cuanto más produzcáis, más comeréis y beberéis y más engañados seréis obnubilados por vuestros propios productos. Vuestra mayor producción reproduce no sólo vuestra dependencia de los mentirosos, sino también de la mentira misma, pues la favorecéis tanto más cuanto más borrachos y gordos estáis en vuestra pocilga del Mercado pletórico, ya que así nunca os enteraréis de nada!

A pesar de todo esto, parece que la nota distintiva vuestra, oh, proles y epsilones! es la de tener un espíritu débil y limitado, y que por ello puede ser útil para el pueblo ser engañado, tanto en política como en religión, y ello bien por inducción al error, bien por mantenimientos en errores anteriores, siempre en el bien entendido de que no se haga más que para su mayor felicidad y contento (que por esto también es la felicidad cosa de plebayos). O sea que es muy bueno inducir al error por los arcana imperii, pero es negativo y malísimo inducirlo a lo mismo persiguiendo los arcana dominationis y si la cosa acaba sólo en eso... Sin embargo, y a pesar de todo, el tirano Hierón se verá obligado a ser suave y a contentar al pueblo de alguna manera si desea seguir chupando. Por lo cual a veces hasta sus arcanas dominationis repercuten positivamente en la eutaxia o duración de su gobierno: que para preservar su manduca habrá de gobernar bien y mentir mejor (para los arcana imperii), o sea, que para durar hay que acabar siempre desechando los dominationis y acabar de bruces en los arcana imperii y mirando por el pueblo con verdadera simulacra, pues si el populacho se enfada le quitará al tirano todo, los arcanas y los dominationis, y se los dará a otro, o a otros..., o hasta puede creerse ese populacho, oh, epsilones, el dárselo a muchos!, pero esto es indiferente, se lo de a quién se lo de, el tirano lo habrá perdido irremisiblemente (y esto sucede cuando hay sangre, pues cuando no hay sangre ha mudado el collar, pero sigue el mismo cornudo carnero atado a él).
Todo esto de la mentira es muy necesario que el pueblo lo ignore, pues si acabase sabiéndolo el invento perdería toda su eficacia: ¡hasta tal punto está probado que para algunos espíritus el error es más útil que la verdad!

Sin embargo, proles y epsilones, la verdadera felicidad vuestra aquí abajo consiste en ser tan sanos de espíritu como de cuerpos (y en eso para eso se os educa, eso es la urbanidad y la civilidad), y siendo el error una enfermedad del espíritu que, muy lejos de inocular o propagar, hay que tratar de curar, parece claro que inducir al pueblo a un nuevo error o mantenerlo en un error antiguo, sin ninguna necesidad, sin que resulte de ello ningún bien palpable para él, es cometer una acción malvada, punible (punible por el mismísimo pueblo, pues si no, ¿quién lo iba hacer?). Por tanto, un buen gobierno que se proponga como fin la verdadera felicidad de su pueblo, no lo inducirá a error más que en la menor medida posible o en tanto que sea necesario para su mayor bien, y trabajará constantemente para destruir sus prejuicios, por ilustrarlo insensiblemente, sin atropellarlo nunca.
Según el significado que le damos al pueblo y que es el verdadero, su nota distintiva -como he dicho- es la de tener un espíritu débil y limitado (o por lo menos es espesamente masivo y repugnantemente informe), y si se le pudiera librar de esta enfermedad no deberíamos dudar en tratar de hacerlo y esto sería un deber que deberíamos llevar a cabo sin duda alguna..., pero en el mismísimo momento en que lográsemos hacer tal cosa, el pueblo dejaría de ser pueblo y desaparecería, y creo que se convendrá conmigo en que esto no es posible.

Parece que lo más cuerdo sea el suavizar las mentiras y su descubrimiento cuando no haya otro remedio, oh, brutos proles!, pues ya se sabe que la mentira sólo es un mal real cuando se la conoce, y que más vale un error útil que una verdad triste y estéril de la que no se sabe hacer ningún uso y que, con frecuencia, no es para el pueblo otra cosa que una especie de curiosidad, una gratificación por así decirlo, puramente especulativa, mientras que su indiscreta revelación arrastra o puede arrastrar todo tipo de desórdenes. Quién ve a Dios se muere, dice el Eclesiastés, y la verdad no está hecha más que para los ojos del águila, que no puede presentársele a nadie más sin cegarle, salvo envuelta en velos que atemperen su excesivo brillo. Cierto es que hay cuestiones que deben ocultarse, verdades que no deben ser dichas, pero hay otras en las que el silencio es en sí mismo culpable, y el callar sinónimo de mentir. De vez en cuando deben ser desclasificados todos los papeles, pero esto hay que hacerlo con prudencia, evitando que el resplandor de la verdad queme los ojos del bendito pueblo.

El engaño es una (EEE) Estrategia Evolutivamente Estable, dice un sabio mono.

Que alguien mienta buscando un beneficio (cualquiera que éste sea) puede resultar comprensible, aunque no necesariamente justificable, pero que alguien lo haga sin más razón que la mentira misma es, cuando no entra directamente en el campo de la psicopatología, una de las singularidades más notables de la naturaleza humana, como el caso de aquel sastre del que afirma Montaigne que «nunca le oí decir una verdad, aunque le conviniese». Pero en política nada se hace sin que convenga, pues si conviniese más la verdad, sería peor, y de necios decir la infame mentira.
Dice el mono que la mentira supone rebajar al otro al papel de mero instrumento, convirtiéndolo en espejo sobre el cual proyectar y ver reflejada la imagen distorsionada de la realidad o de nosotros mismos que la mentira comporta, pero cuando el Estado nos miente (que de esta mentira se trata), no nos puede rebajar más abajo de lo que ya estamos, pues no siendo individuos, sino Pueblo, colectividad, epsilones y proles, etc, no nos miente como a personas, sino como a grupo irrefrenable que al hablar o actuar se traicionaría a sí mismo sin tan siquiera saberlo. La mentira y el engaño político, de Estado, es una mentira y un engaño social, no individua, aunque para lograr esto hay que mentir al individuo concreto. El Estado no tiene ningún interés en mentir a Pepito Grillo, sino sólo a su Pueblo o a otros Estados cuando por lo que sea estos son remisos a sus Soberanos designios y estupendos intereses.
Las mentiras particulares envenenan las relaciones sociales -dice el sabio mono-, haciéndolas descansar sobre la desconfianza mutua, con lo que institucionalizada la mentira al orden de norma rectora de la interacción social, la mentira habría acabado por convertirse en seria traba para la supervivencia de la especie misma (una especie particularmente necesitada de «ayuda mutua», como diría Kropotkin), y por ello también dice Santo Tomás de Aquino que: «Los hombres no podrían vivir juntos si no tuvieran confianza recíproca, es decir, si no se manifestasen la verdad.»
Entre los Padres de la Iglesia no fue insólita la opinión de que mentir era lícito si ésa era la única forma de proteger a la Iglesia de quienes la perseguían; opinión, reprobada, no obstante, por el primero de ellos, San Agustín, para quien la mentira era siempre condenable (aunque entonces se mintió); postura que llega hasta el imperativo categórico kantiano y sus exigencias de universalidad y validez incondicionada y a priori y llega luego hasta el mismísimo Simón Royo el bizcornudo o bizcorneado (que ya no me acuerdo)y otros especímenes atontados. Pero al margen de estos puristas timoratos y un poco cándidos, considero, no obstante, que en este punto no está de más una cierta dosis de utilitarismo: mentir será lícito siempre que con la mentira se evite un mal mayor que la propia mentira (el mono Stuart Mill sostenía una posición similar). Convendría examinar si ese mismo criterio no podría aplicarse a la desconexión excepcional de cualquier otro principio ético o moral. Supongo que el problema reside ahora en determinar cuándo un mal es mayor o menor que otro. Habrá casos, sin duda, en que la respuesta la dictará el sentido común o el juicio moral mínimamente desarrollado, pero en otros, ciertamente, la controversia será inmediata e inevitable.

Como veis, oh, epsilones y proles! este mono es muy sabio y sabe lo que se pesca con eso de la <desconexión>, pero está claro que las esencias superiores al hacerse nuestra misma pregunta (a saber:¿En qué circunstancias la mentira, que es mal ético y moral a un tiempo, podría considerarse lícita?), lo hacen de manera más bella y parsimoniosa, y eso es, a mi parecer, porque las esencias superiores a nosotros, más divinas, reciben, por decirlo así, mayor corriente de suave olor, pues están más cerca de la fuente... La fuente odorífera oculta sus ojos limpios a las inteligencias inferiores menos receptivas, como somos nosotros.

De todas formas hay que acabar diciendo que saber cuándo un mal es mayor o menor que otro, no corresponde ni al mono por muy sabio que sea, ni a la fuente de nuestras profundas cuitas, sino al Estado, aunque al hacerlo, nos mienta otra vez.

En fin, que debéis saber, oh, epsilones y proles, a más de los cibernántropos!, que los animales brutos como nosotros, incluso los licántropos, siendo todo cuerpo -y a veces muy henchido de tanto tragar- sólo tenemos capacidad para obedecer sin chistar, no para ordenar como decir la verdad o como mentir o engañar para imperar..., en consecuencia debemos, cuando sea necesario y hallamos enflaquecido demasiado, enseñar únicamente los colmillos. A eso le tienen mucho miedo y a esa mueca le llaman Revolución... Y es entonces, cuando esta Revolución aparece que todo es ya verdad. Es entonces cuando ya nadie se miente pero ya todo es sangre y lágrimas, miseria y muerte. Pues se mentía para vivir, para poder vivir. Adiós mis amigos.
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Felipe Giménez Pérez



Registrado: 14 Oct 2003
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Ubicación: Leganés (Madrid, España)

MensajePublicado: Dom Mar 11, 2007 9:37 pm    Título del mensaje: No mentir demasiado Responder citando

Estimados contertulios: De todos modos, el gobernante no puede ni debe mentir demasiado. La mentira puede ser descubierta y puede suscitar el odio de sus conciudadanos. Es mejor ser temido que ser amado, pero ser odiado, es el final. ZP, por ejemplo, miente tanto que ya ha suscitado el odio de sus conciudadanos. No se puede gobernar y ser odiado por muchos. El uso de la mentira debe restringirse al máximo y reservarse su uso para lo absolutamente imprescindible. Atentamente, Viva España, Arriba España y Viva la Pena de Muerte.
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José Mª Rodríguez Vega



Registrado: 11 Oct 2003
Mensajes: 1429

MensajePublicado: Dom Mar 11, 2007 10:18 pm    Título del mensaje: Responder citando

Ciertamente, Felipe, ciertamente...
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José Mª Rodríguez Vega



Registrado: 11 Oct 2003
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MensajePublicado: Lun Mar 12, 2007 6:48 pm    Título del mensaje: Pito pito colorito. Responder citando

<El castigo del embustero es no ser creído, aun cuando diga la verdad.> (Aristóteles).



¡¡Atentos, desgraciados del mundo entero!!


<Hubo un tiempo en que los hombres eran iguales y no existían los nombres de Plebe y Nobleza.> (Cf. Paul Hazard) ¿Esto es verdad o mentira?
.................

Yo os hablo con mi terca lengua: <El uso de la mentira debe restringirse al máximo y reservarse su uso para lo absolutamente imprescindible. Y esto es lo que responde José María: Ciertamente, Felipe, ciertamente.>>> ¡CIERTAMENTE!>

Esto ya es un buen tema y me da igual que el yugo y las flechas lo inventase un socialista de no sé qué generación o un fascista. Y es que la verdad a veces no es lo que aparenta, lo que "aparece"..., pues el yugo y las flechas, como saben ustedes, lo inventó uno de "izquierdas"...y aparece como inventado por uno del insulso fascio, lo cual, por lo menos, es falso.

La tesis dice que la mentira debe restringirse y usarse lo mínimo (nuestras intenciones subjetivas aquí han de servir para bien poco). Y se comprende eso si uno se acuerda de lo mal que las gastan esos epsilones y proles cuando se cabrean (cunde el desorden). ¿Pero qué o cuando es "lo mínimo"? Dependerá supongo, de la doma del pueblo: cuanto más socialista sea el pueblo o crea serlo, mejor y más grandemente se le podrá mentir. El único Uno es el Stalin y el Neostalin. Todo depende del bocado que lleve en la boca la acémila de carga.

En la época de Felipe II, por ejemplo, plagada de hugonotes, luteranos, calvinistas y demás tropel hereje y protestante del averno..., en esa época tan mala para la fe católica, proliferó tanto el espionaje entre la España y la Francia y la Suiza y los Países Bajos, que era muy lucrativo el robo y se convirtió en un buen negocio entonces eso de meterse a salteador de postas. Los espías que andaban mandando mensajes en claves se llamaban 007 Chantonnay, 008 Guisa, etc. Nunca mentían... y de ahí viene el que empezáramos a perder por aquél entonces todas nuestras posesiones europeas, ya que los herejes -como se sabe- mienten como bellacos, mientras como es sabido, nosotros nunca, por eso usábamos las claves. La realidad de entonces era alicio-zapateril: la sonrisa en Las lanzas de Velázquez es la verdad de una rendición con gusto y placer.
Los espías de entonces -lo mismo que los industriales y comerciantes de ahora- se decían siempre la verdad unos a otros por temor a ir al Infierno o ser achicharrados en la parrilla de la propia Inquisición suya. Todo era verdad y el sol entonces brillaba más.

El único gran imbécil era nuestro monarca Felipe II, que creía el muy zarpón, que la mentira existía incluso en cosas de religión, y el muy malicioso decía:<...y así, se lo debéis acordar a la Reyna y a los cathólicos que están cerca della, y que ya es tiempo que muestre su valor determinadamente contra los rebeldes de su hijo, hereges, cuyos fines se han descubierto tanto, que ya no hay que esperar más>..........<Hemos visto a los términos que ha llegado la desvergueça y atrevimiento de los herejes, rebeldes del Rey Cristianissimo, y como no aprovechan las diligencias ningunas para que dexen las armas, antes ocupan cada día ciudades y tierras y hazen otras insolencias, por donde se ve bien que no es su fin e intento sólo lo de la religión, sino que han tomado esa color para rebelarse y descubrir sus dañados fines e intenciones.> (Felipe II a Chantonnay, Aranjuez, 7. VI 1562, K 1496 nº 89) (Cf. Valentín Vázquez de Prada. Felipe II y Francia. Ed. Eunsa, 2004. Pág. 141)


Por lo visto este Felipe II ya descubría mentiras..., ¿o eran verdades? ¿No le llamaron a Felipe II "El embrujado"?... No lo sé...

Sea como fuere -y en las relaciones internacionales por ahora-, me imagino que las mentiras de unos son -cuando cuelan- beneficiosas para ellos, pero no para el contrario... Parece que el espía Chantonnay era muy eutáxico para Felipe II pero no para la Reina madre, que lo temía y odiaba a muerte..., y a su vez, cualquier mentira útil para los hugonotes era muy eutáxica para la Inglaterra y otras potencias enfrentadas a la España... Y es que nunca llueve a gusto de todos: si aquí hay distaxia, hay eutáxia allá.

Mi abuelo me decía cuando yo era niño: Si dices siempre la verdad no podrás ir nunca a la guerra..., a la guerra hay que ir mintiendo, por la Patria o por lo que sea... Nadie quiere la guerra..., bueno..., aparte del patriotismo, inventamos el terrorismo ( o la religión) y así podremos hacer la guerra para que la Francia no crezca, pues si ella crece nos cerrará a nosotros el paso a la Europa y al mundo entero... O viceversa.

<Que han tomado esa color para rebelarse y descubrir sus dañados fines e intenciones...> La "color" de Felipe II eran sus claves y sus 007 Chantonnay y su interés la debilidad de la Francia.


Oh, epsilones, oh, proles... No les creáis ni una palabra: No hay mayor mentira que la verdad mal entendida...De vez en cuando di la verdad para que te crean cuando mientes...La falsedad es tan antigua como el árbol del Edén.


¿Cuando vendrá eso de que la mentira de la oligarquía da como resultado so pena de perecer el buen gobierno? Porque la mentira ahí, no es lo que dice la oligarquía, sino la oligarquía misma, como forma despótica de gobierno.


Proles y epsilones: no os fiéis de ellos, pues son de los que dicen que dicen la verdad. Adiós.
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Felipe Giménez Pérez



Registrado: 14 Oct 2003
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Ubicación: Leganés (Madrid, España)

MensajePublicado: Lun Mar 12, 2007 11:20 pm    Título del mensaje: Límites de la mentira Responder citando

Estimados contertulios: La mentira tiene sus limitaciones. No siempre sale bien. Sus efectos son limitados en el tiempo, el espacio y en la población. Grandes filósofos la han defendido. La razón de Estado es un instrumento del poder, del Estado, del gobernante. Creo que está claro, que la mentira es necesaria, pero con prudencia. En fin, es un instrumento más, pero que puede volverse contra los mentirosos, puede ser peligrosa. Puede tener efectos perversos. Atentamente, Arriba España, Viva España, Viva la pena de muerte.
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