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La crí­tica de Bautista Fuentes al materialismo filosófico

 
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J.M. Rodríguez Pardo



Registrado: 10 Oct 2003
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Ubicación: Gijón (España)

MensajePublicado: Dom Ago 22, 2004 3:40 pm    Título del mensaje: La crí­tica de Bautista Fuentes al materialismo filosófico Responder citando

Estimados amigos:

Abro un nuevo tema para comentar la crítica que emprendió hace ya unos años Juan Bautista Fuentes Ortega al materialismo filosófico, que comenzó con el espacio antropológico y prosiguió con la crítica a España frente a Europa que Gustavo Bueno refutó en «Dialéctica de clases y dialéctica de estados», en el número 30 de El Basilisco, culminando en el año 2001 en el número 16 de la revista Cuadernos de Materiales, en el año 2001, centrándose en dos cuestiones: «El papel de la filosofía en el conjunto de la cultura» (título literal del epígrafe) y la Crítica al enfoque gnoseológico de las ciencias. Plantearé a grandes rasgos los contenidos de las críticas de Fuentes para iniciar el debate.

1) En la primera de las cuestiones, Fuentes viene a incidir en la cuestión planteada por Gustavo Bueno en 1968 acerca de la «organización social totalizadora» y su relación con la Filosofía, incidiendo en lo ya señalado en el debate sobre España frente a Europa y en su debate con Gustavo Bueno, «La filosofía, hoy», disponible en forma de documento en El Catoblepas. Fuentes parece olvidar las críticas realizadas a sus afirmaciones, y se limita a calificar de dogmático al materialismo filosófico por autoconcebirse (siempre según Fuentes) como la única filosofía del presente. Que cada uno piense lo que quiera sobre el carácter de dicha afirmación.

Pero, volviendo a lo señalado contra España frente a Europa, Fuentes afirma lo siguiente, relacionando la «organización social totalizadora» de 1968 con el «Imperio universal» de 1999:

Cita:
Ahora bien, una vez caída la Unión Soviética y su bloque geopolítico de influencia, ha sido, precisamente, la ulterior opción tomada por Bueno en el sentido de comprometerse con la sociedad hispana como portadora de aquel supuesto proyecto universal la que entendemos que precisamente le habría conducido, interna y necesariamente, a sus últimas posiciones sobre la filosofía académica, esto es, a tener que dislocar o desquiciar, como decíamos, aquella dialéctica (o con-jugación) académica que siempre había sostenido entre los momentos dogmático-metafísicos de la dialéctica y su propia crítica dialéctica, dislocación ésta que no es posible ignorar, al menos hasta el punto y en la medida en que Bueno no señale cuáles pueden ser las fuentes metafísico-dogmáticas - se debe suponer que defensoras de la estabilidad de la actual potencia de la presunta civilización hispana -, respecto de las cuales pudiera obrar críticamente su actual defensa del carácter universal de la Hispanidad en el sentido de remover aquella estabilidad y promover su curso universal infinito. La cuestión es, en efecto, que mientras que la Unión Soviética existía, con su potencial geopolítico efectivo, Bueno pudo jugar-con su metafísica dogmática oficial como con-jugada con la crítica de la misma que se suponía que representaba su propia filosofía; pero desde el momento en que ahora, caída la Unión Soviética, parece preciso jugar con la Hispanidad, se hace del todo punto necesario preguntar - preguntarle a Bueno - cuales pueden ser o dónde pueden estar esas - necesarias, según su propia concepción previa - formas metafísico-dogmáticas de defensa de la (actual potencia) de la Hispanidad con respecto de las cuales pueda con-jugarse su remoción dialéctica al objeto de mantener erguido su proyecto de universalidad. Por lo que hasta el presente Bueno nos ha dicho, ya sabemos que esas fuentes no están en la Universidad; pues bien, será entonces que, o bien están en algún otro lugar - que Bueno no menciona -, o bien será que, si no las menciona, no están en ningún otro sitio, de modo que entonces, como decíamos, es preciso constatar que ha quedado violada o desquiciada su propia concepción previa de la con-jugación dialéctica académica entre la crítica dialéctica y la metafísica, y que por tanto su defensa actual de la filosofía académica (o sea, e implícitamente siquiera, de su propia filosofía como única heredera de dicha tradición filosófica académica), defensa interna y necesariamente vinculada a su actual defensa de la Hispanidad como sociedad universal, han quedado despojadas de todo arropo académico (dogmático) y arrojadas "a la intemperie" de la filosofía mundana misma.



Sin embargo, Fuentes no se da cuenta que la concepción de una «organización social totalizadora» no es propiamente el Imperio universal, pues la Grecia clásica funda la tradición filosófica académica, pero no se constituye como imperio efectivo, a la manera que pudo hacerlo Roma, España, etc. La relación entre la Filosofía y la «organización social totalizadora» se encuentra en que la Filosofía no se constituye como un discurso más de una sociedad cualquiera (algo que desde la perspectiva sociológica de Fuentes -«marxista» gusta de llamarla- es imposible percibir, pues sería un discurso ideológico más), sino que es un discurso que se ha constituido en sociedades que intentan exportar sus concepciones de la política, el hombre, etc., a toda la Humanidad, del mismo modo que la Filosofía busca analizar las relaciones «de segundo grado» entre los saberes existentes, «totalizándolos», en la medida que es capaz de encontrar los fundamentos abstractos que explican lo que es la Ciencia, la Política, etc., más allá de las esferas categoriales, particulares.

De todos modos, Fuentes no parece percibir que la supuesta «toma de partido» por la Hispanidad no es tal, ni es un deseo de recuperar un Imperio fenecido (ni tan siquiera una translatio imperii, como señala en posteriores párrafos, demostrando que es impermeable a las críticas aparecidas en el número 30 de El Basilisco): lo que se señala en España frente a Europa, y se repite en otros libros, como El mito de la izquierda, es que la actual comunidad hispánica es ya mismo una plataforma política que puede jugar un papel destacado en la Historia Universal, aunque sea dirigida por otros (como EEUU en la actualidad), cosa que una comunidad como Europa, dada su dispersión lingüística y de proyectos políticos enfrentados, no podrá jugar nunca.

Es decir, que en ningún momento se insinúa algo así como que sólo se puede pensar en español, como algunos maliciosamente han planteado en algún foro, o que sólo se pueda pensar en una sociedad universal que sea la Hispanidad. De hecho, hoy día el Imperio universal es Estados Unidos, donde hay que destacar la enorme importancia que el idioma español está alcanzando. Por ahí precisamente van los tiros cuando se habla de la Hispanidad como plataforma, plataforma que puede desarrollarse en las situaciones y desde los postulados más diversos, como sucede ahora con ese frente débil y escasamente incipiente que forman Cuba, Venezuela, Argentina y Brasil.

2) En la segunda de las cuestiones, Fuentes comienza resumiendo con gran acierto -mucho mayor que el resto de los críticos a esta distinción- que la distinción entre las situaciones alfa y beta operatorias no implica señalar que haya ciencias «alfa» y ciencias «beta»: todas las disciplinas pasan por estos dos momentos, pero las llamadas ciencias humanas no pueden nunca superar del todo la situación beta, que implica a los sujetos que realizan esas construcciones.

Sin embargo, la crítica de Fuentes va al olvido de la perspectiva que él denomina epistemológica.

Cita:
Así pues, la estrategia (pseudo)argumental que estamos considerando se reduce, en definitiva, a esto: A partir de una definición del enfoque gnoseológico (mediante la conjugación entre la materia y la forma de las ciencias concebidas como construcciones formalmente demostrativas de verdades materiales objetivas, a través de las cuales construcciones las operaciones constructivo-genéticas de los sujetos científicos quedarían neutralizadas en sus resultados objetivos), enfoque "gnoseológico" éste que se supone inaccesible o inaprensible desde la perspectiva correlativamente mentada como "epistemológica" (y sólo genérico-indiferenciadamente caracterizada por la conjugación sujeto/objeto), para luego, en el momento de habérnoslas con el problema de las ciencias humanas, limitarse a asumir la "traducción", mediante el supuesto de la mencionada "analogía rigurosa", de estas situaciones mentadas como epistemológicas, que son las que precisamente figuran como contenidos temáticos de las posibles ciencias humanas, a la escala o el formato de los sujetos científicos tal y como éstos han sido definidos gnoseológicamente. Semejante "traducción" no pasa, en efecto, de ser una petición de principio vacía, y no dialéctica, en la medida en que, en vez de ofrecer ulteriores determinaciones de su presunto alcance analógico-gnoseológico que, desde el marco gnoseológico de partida, afectasen a otras posibles determinaciones, nos limitamos a postular la "restricción" analógica de dichas posibles determinaciones a su pre-supuesta "determinación gnoseológica". De este modo se nos difumina la construcción efectiva de una "analogía gnoseológica de proporción propia" que es lo que sin embargo se está pretendiendo.



Pero Fuentes, al realizar su crítica, ha olvidado el componente clave del enfoque gnoseológico del materialismo filosófico. A saber: que las ciencias no son simplemente conocimiento. Son parte de la realidad. En tanto que son construcciones operatorias de sujetos corpóreos, las ciencias son realidades tan sólidas como los muros de la ciudad que señalo Heráclito (para señalar las implicaciones políticas que tanto obsesionan a Fuentes). Por lo tanto, la perspectiva epistemológica, que sólo relaciona las Ideas de Sujeto y Objeto, debe ser completada con la Idea de Verdad, pues sólo el conocimiento verdadero es verdadero conocimiento (Platón, Teeteto 186 d).

Para concluir este mensaje inicial, me gustaría señalar el estilo tremendamente tortuoso que Fuentes utiliza para exponer sus críticas. Y no tanto por la forma de su discurso, de una sintaxis defectuosa, sino por la manera, a veces acertada, a veces muy incompleta, de exponer las tesis rivales, de tal modo que las suyas parecen más potentes aun no demostrándose tal potencia dialécticamente. Creo que esta crítica constante de Fuentes no acaba de tener capacidad de criba suficiente para analizar y clasificar aquello que se critica.

Un cordial saludo,
José Manuel Rodríguez Pardo.
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J.M. Rodríguez Pardo



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Mensajes: 1423
Ubicación: Gijón (España)

MensajePublicado: Lun Ago 23, 2004 11:41 am    Título del mensaje: Abundando sobre Fuentes Responder citando

Estimados amigos:

Abundando en lo ya señalado por Bautista Fuentes, sin duda que una explicación plausible de tal fenómeno hipercrítico se encuentra en lo señalado por Sharon Calderón en su artículo sobre las oleadas del materialismo filosófico: la incapacidad no ya para discrepar, sino para asimilar determinadas obras que el materialismo filosófico haya podido ir publicando. Por eso ese abandono del sistema, interpretando como descortesía del maestro la no respuesta personal, o la respuesta efectiva(caso de Fuentes). En todo caso, el dominio de la Gnoseología o la Ontología parece autorizarles a saberlo todo y a dominar el sistema mejor que su «maestro». Algunos podrán dudar de su superación; otros, como Alberto Hidalgo, han confesado públicamente que desde la perspectiva sociológica [sic] ya se ha superado al «maestro». En fin, realizo estas acotaciones para ir completando y contextualizando esta crítica a la crítica de Bautista Fuentes.

Un cordial saludo,
José Manuel Rodríguez Pardo.
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Antonio Romero Ysern



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Ubicación: Aracena (España)

MensajePublicado: Mie Mar 21, 2007 12:04 pm    Título del mensaje: ¡Artículo de Fuentes! Responder citando

Aparece Fuentes en Libertad Digital, ¿aceptando algunas tesis de España frente a Europa? ¿vindicando el carlismo? Juzguen ustedes:

CARLISMO VERSUS NACIONALISMO
Navarra, foral y española
Por Juan B. Fuentes
El carlismo tiene hoy muy mala imagen, y muy mala prensa. Se dice que es un tradicionalismo atávico fundado en un patriotismo local medieval y en un integrismo católico, y, por tanto, una oposición furibunda a todo atisbo de modernidad liberal en España. No pocos piensan que el nacionalismo vasco, incluido el terrorista, no es sino una variedad evolutiva del carlismo. Puede, sin embargo, que este análisis sea demasiado superficial y tosco, y que las cosas sean bien distintas.

Ya comprendo que no es de buen tono, en los tiempos que corren, intentar penetrar en el espíritu de fondo del tradicionalismo carlista, pero creo que no queda más remedio que hacerlo. Pues la cuestión es, a mi juicio, que, más allá de sus determinaciones históricas concretas –más allá de la cuestión de la legitimidad sucesoria, más allá incluso de su oposición al constitucionalismo moderno liberal–, yace en el fondo del tradicionalismo carlista un espíritu que forma parte esencial e irrenunciable de la historia espiritual y moral de España. Y es que el carlismo supo captar el sentido de la muy singular forma en que se constituyó históricamente nuestra nación.

Debido a las circunstancias concretas de su formación histórica –la inexorable confluencia de los grandes reinos cristianos en su reivindicación, común e independiente, de la unidad hispánica visigótica previa frente a la invasión musulmana–, España fue adquiriendo una morfología histórica muy singular, que contrasta con la de cualquier otra nación política moderna de Europa.

España, ciertamente, antes que ser una nación política más, analogable a las de su entorno, fue un proyecto espiritual (o metapolítico) universal, en cuanto que católico, de fraternidad comunitaria ilimitada entre fraternidades comunitarias locales; una fraternidad que, por tanto, no quería ni podía limitarse a sus iniciales fronteras geográficas ibéricas, sino que, movida por su propio impulso, universal en cuanto que católico, se veía impulsada a extenderse ilimitadamente por el orbe. De ahí que ya antes, pero sobre todo después, de la unificación nacional realizada por los Reyes Católicos los patriotismos locales, lejos de ser incompatibles con el patriotismo común español, siempre hayan requerido y exigido a éste como garantía de su propia existencia.

Los patriotismos locales y el patriotismo español, lejos de oponerse, se han conjugado inexorablemente en la formación histórica de España. Ésta es la singularidad histórica a la que desde siempre supo ser fiel, en su espíritu último, el tradicionalismo carlista.

Por lo demás, creo que no está de más recordar que este doble patriotismo comunitario trajo consigo una forma propia de liberalismo, hispano en cuanto que católico, anterior y distinto al moderno y puramente económico del librecambio (aunque no necesariamente incompatible con él). Un liberalismo que descansaba en la liberalidad o generosidad propia de la vida comunitaria local (generosidad que, por su propio impulso, no podía dejar de propagarse entre las distintas comunidades de su órbita espiritual) y que servía de freno a toda posible intromisión del Estado en las libertades y formas comunitarias de vida tradicionales, así como en la libertad y dignidad de cada persona.

En este sentido, puede que el viejo tradicionalismo español no resulte una rémora tan atávica y oscurantista, sobre todo cuando pensamos en que el moderno Leviatán –ése cuyo prototipo hemos de cifrar en la Revolución Francesa– ha mostrado sobradamente una irrefrenable compulsión totalitaria a hacer y deshacer en la vida civil y en la de las personas.

Sólo cuando se alcanza a ver esta singularidad de la morfología histórica de España, a la que el tradicionalismo carlista supo ser fiel en su espíritu último, pueden comprenderse las diferencias esenciales que lo distinguen del nacionalismo vasco. La tenue línea de continuidad genética que pueda haber entre uno y otro no debe impedirnos ver la nítida discontinuidad estructural que los separa.

Puede, en efecto, que el nacionalismo vasco prosiguiera, en el ámbito territorial que inventó, con la defensa carlista del patriotismo local, pero se dejó por el camino ni más ni menos que el sentido español de dicha defensa, reduciendo de paso el contenido de ésta a su forma más siniestra y pervertida: el racismo.

Sabido es que el señor Sabino Arana llegó a delirar con la idea de una presunta raza vasca incontaminada por ninguna otra, ni española ni del resto del mundo, como fundamento de su programa político nacionalista, organizado en torno a un odio racista sistemático hacia España.

Difícilmente se puede pervertir más el espíritu hispano, en cuanto que católico, del viejo carlismo español. El nacionalismo vasco es intrínsecamente racista, y por eso es siempre potencialmente terrorista. No es de extrañar, entonces, que llegara a combinarse, en una de sus facciones, siempre útiles al conjunto, con una de las formas más depuradas del terrorismo totalitario moderno, la debida a los métodos marxistas revolucionarios de guerrillas de liberación nacional, formando de ese modo una mixtura tan siniestra en la teoría como letal en la práctica.

Una vez comprendidas estas profundas e insoslayables diferencias entre el carlismo español y el nacionalismo vasco, puede que comencemos a vislumbrar, con una nueva esperanza acaso no esperada, el horizonte que se nos abre a todos los españoles en el momento mismo en que la bestia del nacionalismo vasco se ha decidido a ir a por Navarra. Pues lo cierto es que el viejo reino de Navarra es el único que tendría derecho histórico a incluir en su unidad política buena parte de las tierras vascongadas, justo aquéllas que ingresaron en la historia de la mano de la historia de Navarra, y con ello en la historia de España, y por lo mismo en la historia universal; así como otras partes vascongadas deberían ser políticamente integradas en la vieja Castilla por las mismas razones históricas (en realidad, las provincias vascongadas no deben tener derecho a otro tipo de unidad más que a la propia de una suerte de comarca de tipo folclórico).

Así pues, puede que esta vez el nacionalismo vasco haya pinchado en hueso, en el hueso de la sustancia histórica de España, acaso mucho mejor representada hoy por Navarra, la vieja tierra foral española, que por el conjunto de nuestra debilitada y acobardada España constitucional. Y puede que las palabras con que el presidente de la Comunidad Foral terminó su discurso en la manifestación del pasado sábado tengan un fondo y un alcance históricos mucho más profundos de lo que podamos imaginar: "Viva la libertad de Navarra, viva Navarra foral y española".

Sí, ya sé que el carlismo tiene hoy muy mala imagen –y muy mala prensa–. Pero, no sé, tengo para mí que puede que la bestia artificial y antiespañola del nacionalismo vasco haya comenzado a cavar su propia tumba donde el viejo carlismo arraigó con tan honda fuerza, en las viejas tierras navarras, forales y españolas.

JUAN B. FUENTES, profesor de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid.
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J.M. Rodríguez Pardo



Registrado: 10 Oct 2003
Mensajes: 1423
Ubicación: Gijón (España)

MensajePublicado: Mie Mar 21, 2007 1:30 pm    Título del mensaje: Retrueque de Fuentes Responder citando

Estimados amigos:

Ya Bautista Fuentes en el año 2005 afirmó que Bueno llevaba la razón en lo esencial de la crítica a España frente a Europa. Pero ¿qué es lo esencial según Fuentes?

Cita:
Entrevista a Juan Bautista Fuentes, por Carlos Aguirre
«España es, antes que una nación política moderna, un Imperio católico»

[...]

—Por lo que dices deduzco que compartes con Bueno sus análisis sobre España.
—En principio, sí; pero sólo en principio, porque me parece que en Bueno se mezclan todavía desigualmente una concepción de la realidad histórico-política de España como imperio católico con una defensa actual de España que tiene algo de meramente (o abstractamente) estatal-nacionalista, y el caso es que ambos conceptos no terminan de encajar. Estoy de acuerdo con Bueno en que España es, antes que una Nación política moderna más, un Imperio católico, y ello ya desde su modo de articulación de los diversos reinos españoles durante la Reconquista y, por supuesto, durante su expansión americana. Ello quiere decir, básicamente, que su estructura política es la de una creciente coordinación, indefinidamente universal, asegurada por un tejido civilizatorio, básicamente político-jurídico, que asegura el apoyo político mutuo de unas unidades socio-políticas grupales dentro de las cuales se preserva a su vez siempre el apoyo social mutuo. Sólo, de este modo, puede conjugarse el respeto a las libertades y derechos propios de cada unidad, o sea de cada una de las «Españas» [SIC], con aquel tejido universal que garantiza el apoyo mutuo tanto intragrupal como intergrupal, o sea España como unidad imperial católica.
Por esto, la contradicción más dramática de la historia de España ha sido, a mi juicio, la de tener que constituirse como Estado nacional moderno, ya a partir de la dinastía Borbónica, pero más aún a partir del siglo XIX, debido sobre todo a la competencia y a la presión que llegó al ser colonial, de los estados nacionales modernos europeos de su entorno. El problema de España ha sido entonces el de cómo coordinar esta obligada condición de Estado nacional moderno con su fondo histórico, a mi juicio irrenunciable, de catolicidad política. En este sentido la malograda I República tenía algo muy interesante en su primer proyecto federal, pues me parece que su federalismo era la forma política estatal moderna más proporcionada y acorde precisamente con la estructura histórico-política de las Españas del Imperio español católico [SIC]. Aquel federalismo enraizaba con el tejido sociopolítico de las Españas de una manera distinta al culto moderno al Estado centralista que introdujeron los Borbones, y que luego siguieron las diversas Constituciones liberales borbónicas distintas de la Republicana federal. En este sentido, me parece que la idea de República en España es una consecuencia de la federación, y no una imitación de las modernas Repúblicas centralistas de los Estados nacionales del entorno, o sea, me parece que la idea de la República española ha de ser la de una República «patriota» a la vez que «tradicional».
En este sentido, aunque Bueno ha tenido, después de la caída del muro de Berlín, la innegable sagacidad filosófico-política de ponernos de manifiesto la dimensión histórico-universal del Imperio español en cuanto que católico, su pensamiento todavía está en alguna medida, que no es fácil de determinar, sujeto al culto moderno del Estado, y muy en particular a ese culto que culmina en la filosofía del Estado de Hegel, que es la que estuvo detrás de los totalitarismos fascistas y comunistas del pasado siglo [SIC]. Y me parece que es esta idea de Estado la que todavía está detrás de su actual defensa de la unidad de la nación política española como una defensa que es, como decía, en alguna medida meramente, o abstractamente, nacionalista-estatal, y además de estirpe totalitaria. Y la cuestión es que ambos aspectos no sólo no engranan bien, sino que en realidad son completamente incompatibles.


Es decir, lo que afirma Fuentes es que España no es una nación moderna, sino un imperio católico, por lo que es normal el federalismo y el separatismo. Lo de hablar de Hegel como inspirador del fascismo, de Bueno y de su totalitarismo, eso ya se comenta solito. Fuentes en el fondo sigue creyendo que Bueno es franquista y él, al darle la razón, se ha vuelto más franquista que el propio Franco. Ahora es carlista. Retrueque de Fuentes para demostrar que todo lo entiende al revés.

Un cordial saludo,
José Manuel Rodríguez Pardo.
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Antonio Sánchez Martínez



Registrado: 26 Oct 2003
Mensajes: 339
Ubicación: Rivas Vaciamadrid (España)

MensajePublicado: Vie Mar 23, 2007 12:37 am    Título del mensaje: Subjetivismo y espiritualismo en Juan B. Fuentes Ortega Responder citando

Aparte de lo dicho por José Manuel creo que Juan Bautista está preso (quizá por deformación profesional) de una tendencia a reducir ciertos aspectos de la realidad histórico política a componentes subjetivos o subjetuales. No atiende a la importancia de los componentes objetivos y objetuales que canalizan la conducta de los sujetos (por muy generosa que ésta sea en abstracto). La idea de Imperio generador (constituido a través de ortogramas, proyectos e instituciones y empresas múltiples) no se puede reducir a una <<fraternidad>> abstracta (psicológico-etológica) que se desarrollase (políticamente) sin saber muy bien cómo:

Dice Juan B. Fuentes:

<<fraternidad comunitaria ilimitada entre fraternidades comunitarias locales; una fraternidad que, por tanto, no quería ni podía limitarse a sus iniciales fronteras geográficas ibéricas, sino que, movida por su propio impulso, universal en cuanto que católico, se veía impulsada a extenderse ilimitadamente por el orbe>>

Las “vivencias” de los españoles fueron canalizadas a través de una determinada política (“oficial”, planificada especialmente por los gobernantes) que desbordaba dichas vivencias genéricas (del “pueblo”), y que las canalizaba de una determinada manera frente a otras potencias..
Fuentes cae en el error de tantos otros al pensar que el estado (lo oficial, supuestamente “totalitario”) somete al “pueblo” (a su espontaneidad…, su “libertad”, etc.), en vez de ver que si el pueblo (atributivamente) era libre se debía a la canalización de su “vida” a través de proyectos e instituciones que resultaron ser eficaces para mantener su independencia frente a otros grupos humanos (estados). Si los españoles somos tan “guais” como parece admitir Juan B., no se debe a propiedades psicológicas, ni sólo a circunstancias históricas, que han vivido casi todos los pueblos al enfrentarse a enemigos, sino a virtudes canalizadas a través de una política que supo aprovechar la moral católica en un sentido peculiar. Aún está preso de la visión de los progres que entiende la II República como expresión de "libertad" del "pueblo" frente a los gobernantes y militares "oficiales" que intentaban imponer una política totalitaria (aunque fuese de sentido opuesto al que promovían los amantes de la URSS). Pero, para empezar, el "totalitarismo" es imposible.
Pretender que hay un “fondo” valioso hispánico (la fraternidad liberal…) en la España actual, aunque nuestra política sea desastrosa, y no fomente un determinado tipo de moral, de costumbres, etc., supone caer en el espiritualismo más metafísico e hipostático, a pesar de que se pretenda evitarlo. De hecho como sigamos así, embobados en el democraticismo, el humanismo de Alicio Maravillas, etc., España acabará siendo el culo del mundo, entre otras cosas porque dejará de ser.
Y suponer que los navarros de hoy en día son como los de antaño (que si empezaron a pintar algo fue gracias a su integración en los proyectos de España) supone estar en la inopia. Si Navarra cae en las manos de los etarras, éstos intentarán educarlos convenientemente para idiotizarlos, para que odien todo lo español, etc.. La consecuencia más palpable será, posiblemente, su incorporación paulatina a otro estado con una potencia de obrar más eficaz. Ya veremos si en España hay la suficiente claridad de ideas para hacer frente a tales proyectos….
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