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sandinismo de Ortega: deriva hacia el socialismo irracional

 
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Eliseo Rabadán Fernández



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MensajePublicado: Jue Dic 11, 2008 10:02 pm    Título del mensaje: sandinismo de Ortega: deriva hacia el socialismo irracional Responder citando

Según la galardonada poetisa nicaragüense Gioconda Belli, quien fue durante la primera era sandinista parte del movimiento político que luchó para quitar a Somoza de su corrupta tiranía y para implantar un modelo de socialismo que al final fue derrotado por la derecha con Violeta Chamorro, ahora hace una crítica dura a Daniel Ortega por su modo de gestionar la presidencia de Nicaragua, tras suvuelta al poder, pues según Belli el lider del sandinismo ha virado de tal modo que ya no queda gran cosa de los ideales revolucionarios de la etapa anterior tras la revolución sandinista de los 80.

Pareciera como si las revoluciones estén incapacitadas para lograr consolidarse en tiempos de neoliberalismo globalizado dominante...

Este artículo- ( el hecho de que lo publicara ElPaís,es de tenerse encuenta,dada su filiación socialdemócrata, con lo que quiero decir que habría que analziar más estas ideas que plantea G Belli; de cualquier manera, he contrastado con personas conocedoras de primera mano en Nicaragua sobre ello y parece ser que no está muy alejado de los hechos ...)- que pongo a continuación a mi juicio puede ser de utilidad para analizar la posibilidad real de una séptima generación de izquierda en Iberoamérica...al menos por medio de la observación de lo que al parecer está pasando con estas izquerdas derivadas y transformadas de movimientos que fueron los postreros de antes de la caída del socialismo real de ese comunismo vinculado más o menos a la ex URSS.

Me parece muy destacable en el artículo de G Belli la mención al hecho de que Daniel Ortega ahora tenga tan excelentes relaciones con el cardenal Obando que fue topo contra el sandinismo revolucionario en tiempos de la lucha contra la dictadura somocista.

¿ Podría tratarse de una ecualización derecha/izquierda por la vía de un socialismo derechizante de tipo irracionalista? En el cual el sandinismo haya procedido a un cambio de ortograma, desde el revolucionario con líneas de acción con componentes marxistas relevantes a uno con componentes conservadores de ese status quo donde el catolicismo es parte importante de la estructura de este Estado dirigido por el Gobierno de Ortega?

El proyecto socialista universalista y racional de que habla el Materialismo Filosófico se contrapone a este modo de gestionar el Estado que al parecer está llevando a cabo Ortega en la actual Nicaragua. Pero es posible que a Ortega le parezca la mejor política para mantener el poder en una Nicaragua que acaso sea mucho más católica en su base (capa basal) de lo que podemos pensar...

Una curiosidad:
el Papa Juan Pablo II reprimía a Ernesto Cardenal, cura de la línea de ese cristianismo impregnado de marxismo que fue la herejía de la teología de la liberación, esa teología más radical que hacía de Jesucristo un verdadero guerrilero marxista... ahora Daniel Ortega el líder de esas luchas revolucionarias de los 80 , y ya hoy con Ratzinger en el papado, dialoga y pacta con el cardenal Obando y reprime a su vez a Ernesto Cardenal...
Cita:

El País, 26 de noviembre de 2008


TRIBUNA: GIOCONDA BELLI
Nicaragua: de revolución a farsa
A quienes siguieron con admiración la conquista del poder por los sandinistas
les sorprende hoy la deriva autoritaria y neobíblica de Daniel Ortega. Sin
embargo, oscuros episodios jalonan toda su trayectoria política

GIOCONDA BELLI 26/11/2008

Para defender los fraudulentos resultados de las recientes elecciones
municipales del 9 de noviembre en Nicaragua, Daniel Ortega no encontró mejor
salida que instaurar la anarquía en varios sitios del país. Para acallar las
protestas de la población al conocerse las evidencias del fraude, mandó a sus
seguidores para que impidieran con lluvias de piedras y amenazas de palos que
ésta se manifestara.

Para quienes siguieron de cerca la Revolución Sandinista en los años 80,
resulta difícil entender lo que sucede. Figuras emblemáticas de aquellos años,
como Ernesto Cardenal, Dora María Téllez, Sergio Ramírez, han denunciado que
en el país se está gestando otra dictadura. A menudo, he comprobado el
desconcierto de quienes apoyaron con su solidaridad lo que semejaba entonces
una gesta de David contra Goliat. Preguntan sorprendidos: ¿qué le ha pasado a
Daniel Ortega? ¿Cómo fue que cambió tanto? Confieso que me da un poco de
vergüenza responderles. Para muchos de los que formamos parte de aquella masa
intrépida que derrocó a la tiranía somocista el 19 de julio de 1979, los
bandazos y arbitrariedades de Ortega eran un secreto a voces que guardábamos
en casa. Atribuíamos ese comportamiento a su falta de experiencia, al poco don
de gentes de su inescrutable personalidad, al impacto psicológico de los siete
años que pasó en la cárcel. Lo aclamábamos en medio del fervor idealista, pero
en la intimidad criticábamos su constante necesidad de ser desafiante sin
medir las consecuencias. Nuestro consuelo era saber que, aunque el mundo lo
considerara el líder de la revolución, en realidad él era solamente uno más.

La dirección del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y del
Gobierno revolucionario era colectiva y varios de los nueve hombres que
conformaban el directorio eran personas capaces e ilustradas cuya autoridad
era un contrapeso a la peculiar manera del presidente de hacer política.
Recuerdo incluso una conversación que sostuve, antes del triunfo de la
revolución nicaragüense, con Fidel Castro. Cuando le reclamé su aparente
preferencia por la facción dirigida por los hermanos Ortega, Humberto y Daniel
-el FSLN se encontraba dividido entonces en tres grupos-, Fidel me contestó
diciendo que precisamente porque las ideas y la disposición de los Ortega era
menos predecible, él consideraba que no podía dejarlos solos. No sé qué
pensará Fidel ahora.

La supremacía de Daniel Ortega entre aquel grupo de primus inter pares fue
asentándose gracias, en gran medida, al poder indiscutible que la llamada
Guerra de la Contra, confirió a su hermano, Humberto, el comandante en jefe
del Ejército Popular Sandinista. Más astuto que Daniel, su habilidad para
salirse con la suya a cualquier costo le había ganado el sobrenombre de Puñal.
Durante los 10 años que duró la Revolución, Humberto Ortega fue inclinando el
fiel de la balanza a favor de su hermano hasta asignarle un protagonismo que
justificaba con el argumento de que la autoridad de un presidente confería
institucionalidad a la revolución. Ni él mismo, creo, imaginó lo aventajado
que resultaría su hermano como aprendiz de sus mañas.

Paradójicamente, la hora más alta de Daniel Ortega no sobrevino en ninguno de
sus momentos de triunfo, sino ante la inesperada derrota del FSLN en las
elecciones de 1990, las más vigiladas en la historia del país. En el discurso
en que concedió la victoria a su contrincante, Violeta Chamorro, destacó la
trascendencia de aceptar la voluntad popular, aun cuando la guerra financiada
por Ronald Reagan, hubiese puesto al pueblo de Nicaragua a votar con una
pistola en la sien. No quedó ojo seco entre quienes lo escuchaban, fuera por
tristeza o por alivio. Al día siguiente, sin embargo, Ortega cambió su tono
conciliador y ante una azorada multitud prometió "gobernar desde abajo".

El debate sobre lo que esto significaba para un FSLN en la oposición fue el
origen de la primera gran fractura interna del sandinismo. Ortega y tras él
las disciplinadas estructuras partidarias reclamaban que jamás renunciarían al
derecho a ejercer la violencia "revolucionaria", que hacerlo era traicionar al
pueblo. La otra posición planteaba que el partido debía adaptarse a las nuevas
condiciones del mundo. La caída del bloque socialista demostraba el fracaso de
la "dictadura del proletariado". El país requería una izquierda moderna que
descartara la violencia como método de resolver diferencias y se apuntara con
brío a radicalizar la democracia y abogar por los intereses populares
respetando la diversidad y las leyes.

Las acusaciones de los sectores más dogmáticos contra quienes sosteníamos
estas ideas no se hicieron esperar. A los disidentes se nos endilgaron
adjetivos que iban desde cobardes hasta traidores. Daniel Ortega dirigió la
embestida y se erigió como el único capaz de preservar la amenazada unidad.
Renovó así el discurso de confrontación de los años 80, esta vez contra los
miembros de su propio partido. Mientras tanto, en la práctica, él y otros
dirigentes como Bayardo Arce y Tomás Borge, se encargaban de asegurar la
supervivencia económica del FSLN y de ellos mismos, distribuyendo propiedades
del Estado y otros recursos y acumulando fortunas personales.

La llamada piñata sandinista fue vergonzosa. Si bien la propiedad de la tierra
fue legalizada a las cooperativas, en un acto de democratización del área
propiedad del pueblo compuesta por los bienes confiscados a Somoza y la
dictadura, cuadros sandinistas alertados sobre el valor de estas tierras, las
compraron a los cooperados y pasaron a ser dueños, entre otras cosas, de las
anchas costas del Pacífico nicaragüense que hoy son vendidas a inversores
europeos y norteamericanos por millones de dólares. La piñata causó nuevas
deserciones en el interior del FSLN por desacuerdos éticos, pero generó, al
mismo tiempo, complicidades estrechas ya no basadas en ideales y sueños, sino
en negocios o en el mutuo encubrimiento. El FSLN se apropió de emisoras de
radio y equipos de televisión. Fundó un banco y formó empresas usando los
nombres de cuadros leales que también se enriquecieron.

Esta incursión en el mundo de los negocios no impidió, sin embargo, que
continuara el discurso populista. Y fue este divorcio entre el discurso y la
práctica lo que, en 1999, le permitió pactar la división del país con el
entonces presidente y jefe máximo del Partido Liberal Constitucionalista,
Arnoldo Alemán. Acusado de corrupción, Alemán se encontraba en una posición de
debilidad. Para asegurar su supervivencia política aceptó el pacto con Ortega.
Se amplió el número de magistrados y miembros de la Corte Suprema, del Consejo
Electoral, de la Contraloría, de la Asamblea Nacional para incluir a los
sandinistas y se inició un cogobierno. Eventualmente, Ortega le arrancó a
Alemán la concesión clave: bajar el porcentaje de votos necesario para ser
electo presidente de un 45% a un 35%.

Hecho esto, Ortega escenificó el regreso del hijo pródigo a los brazos de la
Iglesia católica, a quien atribuía una influencia decisiva en sus previas
derrotas electorales. Empezó a visitar a su antiguo némesis, el cardenal
Miguel Obando y Bravo. Poco después, éste ofició la misa en que el líder
sandinista se casó por la iglesia con su compañera de vida, Rosario Murillo
(cuya hija lo acusó en 2003 de abuso sexual desde los 11 años), y sus
discursos se llenaron de frases bíblicas y alabanzas a Dios. Como ofrenda
final, Ortega apoyó la revocación de una disposición constitucional del siglo
XIX que autorizaba la interrupción del embarazo si hacía peligrar la vida de
la madre.

Tras tres intentos fallidos, el tozudo comandante logró coronar su ambición de
regresar a la presidencia el 10 de enero de 2006, al alcanzar una votación del
38%. Su actitud desde entonces y en las recientes elecciones municipales
parece indicar que esta vez no está dispuesto a jugarse el poder más que en
simulacros democráticos cuyos resultados le favorezcan.

Mientras escribo esto, la carretera de acceso a mi casa está cortada por
grupos de choque orteguistas. Apostados allí, intentan impedir que medios y
diplomáticos lleguen a una iglesia donde Eduardo Montealegre, el candidato a
alcalde de Managua por la oposición, mostrará las actas de votación que
demuestran el fraude perpetrado en su contra. Aparentemente, para salirse con
la suya, Daniel Ortega también está dispuesto a incendiar el país. Lo mismo
hizo Somoza en 1979. El revolucionario se ha convertido en su propia antítesis.

© Diario EL PAÍS S.L
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