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Los recursos naturales

 
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Antonio Muñoz Ballesta



Registrado: 11 Oct 2003
Mensajes: 194
Ubicación: Mazarrón (España)

MensajePublicado: Dom Ene 30, 2005 6:05 pm    Título del mensaje: Los recursos naturales Responder citando

La economía política tiene en cuenta los recursos naturales -materiales- de los que cuenta o puede contar una sociedad. Pero ¿ son limitados? El economista G.Reisman ha revolucionado la visión tradicional sobre los mismos:1. El potencial ilimitado de los recursos naturales
El potencial del crecimiento económico no está limitado en modo alguno por una posible extinción de recursos naturales. A pesar de la afirmación hecha tan a menudo de que estamos en peligro de quedarnos sin recursos naturales, el hecho es que el mundo está hecho de recursos naturales —abarrotado de recursos naturales, que se extienden desde los límites superiores de su atmósfera hasta su centro, cuatro mil millas más abajo. Esto es así porque la masa entera de la tierra no está hecha de otra cosa que elementos químicos, todos los cuales son recursos naturales. Por ejemplo, el núcleo terráqueo está compuesto básicamente de hierro y níquel —millones de millas cúbicas de hierro y níquel. Sus océanos y atmósfera están compuestos de millones de millas cúbicas de oxígeno, hidrógeno, nitrógeno y carbón y de menores cantidades, pero aún así enormes, de prácticamente cualquier otro elemento. Incluso las arenas del Sahara no están compuestas de otra cosa que compuestos de silicio, carbono, oxígeno, hidrógeno, aluminio, hierro, etcétera, todos ellos teniendo quién sabe que utilidades potenciales que la ciencia puede algún día descubrir. Tampoco hay elemento alguno que no exista en la tierra en cantidades superiores en millones a las que se hayan podido extraer mediante minería. El aluminio se encuentra en prácticamente todas partes. Hay inmensas cantidades, incluso de los elementos más raros, como oro y platino, de las que pueden encontrarse trazas en los océanos, por ejemplo.

Lo que es verdad para la Tierra puede aplicarse igualmente a cualquier otro elemento planetario en el Universo. Puesto que el Universo se compone de materia, no se compone de otra cosa que de elementos químicos y, por tanto, de recursos naturales.

Tampoco hay ninguna escasez fundamental de energía en el mundo. Se descarga más energía en una sola tormenta que la que produce toda la humanidad en un año. Tampoco la oferta de energía se reduce en modo alguno en virtud de la energía que el hombre captura de la naturaleza. El calor del sol ofrece un suministro constantemente renovado que es miles de millones de veces mayor que la energía que consume el hombre. La cantidad total de energía en el mundo permanece constante a todos los efectos, con un exceso incalculable respecto de lo que consume el hombre y seguirá así hasta que el sol empiece a enfriarse.

El problema de los recursos naturales no es en ningún sentido de escasez intrínseca. Desde un punto de vista estrictamente físico-químico, los recursos naturales son uno y lo mismo con la oferta de materia y energía que existe en el mundo y, de hecho, en el Universo. Técnicamente, esta oferta puede ser descrita como finita, pero a todos los efectos prácticos, es infinita. No constituye el más mínimo obstáculo a la actividad económica—no hay nada de lo tengamos que privarnos de hacer a causa de que la tierra (dejemos de lado el Universo) corra el riego de quedarse sin algún elemento u otro, o sin energía.

El problema de los recursos naturales es estrictamente de usabilidad, accesibilidad y economía. Esto es, el hombre necesita conocer qué diferentes elementos y combinaciones de elementos de los que ofrece la naturaleza son buenos para su uso y además ser capaz de llegar a ellos y emplearlos en la satisfacción de sus necesidades sin tener que emplear una cantidad desmesurada de trabajo para ello. Claramente, el único límite efectivo en la oferta de esos recursos naturales económicamente utilizables —esto es, recursos naturales en el sentido de que constituyen riqueza— es el estado del conocimiento científico y tecnológico y la cantidad y calidad de los bienes de equipo disponibles.

Puesto que la oferta de recursos que suministra la naturaleza es una y la misma que la oferta de materia y energía, la oferta de recursos naturales económicamente utilizables puede incrementarse de forma virtualmente ilimitada. Se incrementa a medida que el hombre expande su conocimiento y poder físico sobre el mundo y el universo.

Por ejemplo, el petróleo, que ha estado presente en el suelo durante millones de años, no se convirtió en un recurso natural económicamente utilizable hasta la segunda mitad del siglo diecinueve, cuando se descubrió su utilidad. El aluminio, el radio y el uranio también se convirtieron en recursos naturales económicamente utilizables sólo durante el último siglo aproximadamente. La utilización económica del carbón y, más recientemente, del silicio, se incrementaron grandemente mediante el descubrimiento de nuevos usos adicionales.

La oferta de recursos naturales económicamente utilizables se incrementa no sólo por el descubrimiento de utilidades para cosas que previamente no tenían utilidad en absoluto o por nuevas utilidades adicionales para cosas que ya tenían usos conocidos, sino también por los avances que permiten al hombre facilitar el acceso a esas cosas—por ejemplo, excavando minas más profundas con menos esfuerzo, moviendo mayores masas de tierra con menos esfuerzo, descomponiendo compuestos que antes no podían utilizarse o hacerlo con menos esfuerzo, consiguiendo llegar a regiones de la tierra previamente inaccesibles o facilitando el acceso a regiones ya accesibles. Todo esto incrementa la oferta de recursos naturales económicamente utilizables. Todos ellos, por supuesto, al mismo tiempo otorgan el carácter de bienes y riquezas a lo que hasta entonces eran simplemente cosas.[1]

Hoy día, como resultado de dichos avances, la oferta de recursos naturales económicamente utilizables es incomparablemente mayor de lo que era al inicio de la Revolución Industrial o incluso hace una o dos generaciones. Hoy día, el hombre puede cavar más fácilmente miles de pies en una mina de lo que antes le costaba cavar diez pies, gracias a avances como equipos de excavación más poderosos, explosivos más potentes, estructuras de acero para bóvedas de minas y bombas y máquinas modernas. Hoy día, un solo trabajador de manejando un buldózer o una pala mecánica puede mover más tierra que cientos de obreros en el pasado utilizando pico y pala. Los avances en los métodos de reducción han hecho posible obtener menas puras de compuestos con los que antes era imposible o demasiado costoso trabajar. Las mejoras en la navegación y construcción de vías férreas y carreteras han hecho posible el acceso a bajo coste a importantes depósitos minerales en regiones previamente inaccesibles o muy costosas de explotar.

A la luz de estos hechos, deberíamos considerar lo estúpido que resulta quejarse, por ejemplo, de que las menas de cobre que hoy día de extraen contengan sólo un 1 por ciento de cobre puro, mientras que a inicios del siglo veinte la menas solían contener un 10 por ciento. Con un trabajador en la cabina de una pala mecánica capaz de mover cientos de miles de veces más tierra en el mismo tiempo que un trabajador con pico y pala, el volumen de cobre puro removido en el mismo tiempo es ahora notablemente mayor, aun cuando las menas tengan la décima parte de pureza. El recursos a estas menas no es una evidencia de que estamos quedándonos sin suministro, sino de que hemos sido capaces de crear fuentes enormemente mayores de suministros que nunca antes. La verdadera realidad de que explotamos esos depósitos es la evidencia de los progresos que hemos hecho. Puesto que no podríamos explotarlos en ausencia de grandes mejoras en la productividad del trabajo.

De forma similar, el desarrollo de fertilizantes químicos y métodos de irrigación de bajo coste han permitido al hombre no sólo incrementar radicalmente la productividad del terreno cultivable, sino de hecho crear más terreno cultivable. Hoy día, terrenos antes desérticos o semidesérticos se han convertido en mucho más productivos que las mejores tierras disponibles para las generaciones anteriores. Israel y California son buenos ejemplos.

No hay límite para los posibles avances futuros. El hidrógeno, el elemento más abundante en el universo, puede convertirse en una fuente de energía económica en el futuro. Explosivos atómicos y de hidrógeno, láseres, sistemas de detección por satélites e incluso los propios viajes espaciales abren nuevas e ilimitadas posibilidades de incrementar la oferta de minerales económicamente utilizables. Los avances en la tecnología minera que harían posibles excavar económicamente a una profundidad de, digamos, diez mil pies, en lugar de las profundidades actualmente mucho más limitadas o cavar minar bajo los océanos, también incrementarían la porción de masa terráquea accesible al hombre de forma que todos los suministros previos de minerales accesibles parecería insignificante en comparación. E incluso a diez mil pies, el hombre solo estaría, casi literalmente, arañando la superficie, ya que el radio de la tierra se extiende a una profundidad de cuatro mil millas.

Como ya se ha indicado, son posibles avances igualmente drásticos en el campo de la energía. Éstos pueden provenir del uso de la energía atómica, fusión de hidrógeno, energía solar, energía de mareas o energía geotérmica, o incluso por otros procesos aún desconocidos. Las reducciones en los costes de extracción del petróleo de sedimentos óleos y arenas bituminosas proporcionan potencial para expandir el suministro de petróleo económicamente utilizable con una enorme capacidad multiplicadora respecto de la actualidad. El volumen físico del petróleo presente en formaciones como nuestras Montañas Rocosas y Canadá excede con mucho las reservas de petróleo líquido de los países árabes. Todo lo que se necesita es la manera de reducir los costes de extracción.[2] Igualmente también hay grandes terrenos carboníferos conocidos en Estados Unidos suficientes para cubrir la demanda de consumo de carbón para varios siglos y todavía capaces de hacerlo de una forma rentable. Puesto que la mayor parte de los productos petrolíferos pueden fabricarse a partir del carbón, las reducciones en su coste para esos fines podrían representar el equivalente a un enorme incremento en el suministro de los depósitos de petróleo económicamente utilizables.

Puesto que la tierra no es otra cosa que literalmente una inmensa bola sólida de elementos químicos y puesto que la inteligencia e iniciativa humanas en los últimos dos siglos ha sido relativamente libre para operar y ha tenido el incentivo de hacerlo, no debería sorprender que la oferta de minerales accesibles y utilizables exceda hoy con mucho a la que el hombre es económicamente capaz de explotar. Virtualmente en todos los casos, hay enormes reservas conocidas de minerales que no se explotan, por que no es necesario explotarlas. De hecho, si se explotaran habría una sobreproducción relativa de minerales y una relativa escasez de otros bienes —es decir, un despilfarro de capital y trabajo. Virtualmente en todos los casos, es necesario elegir qué depósitos explotar— esto es, aquéllos que, por razón de su ubicación, la cantidad de excavación requerida, el grado de concentración y pureza de las menas y otros motivos, pueden explotarse con los costes más bajos. Hoy día, se mantienen sin tocar enormes depósitos minerales que podrían explotarse con poco trabajo más unidad que lo que costaban los mejores depósitos explotados hace pocas décadas —gracias a los avances en tecnología minera y la cantidad y calidad del equipamiento minero disponible.

Mientras los hombres preserven la división del trabajo, la sociedad capitalista y sean libres y estén motivados para pensar y construir el futuro, el cuerpo de conocimientos científicos y tecnológicos a disposición de la humanidad crecerá de generación en generación, al igual que el equipo capital.[3] Desde esta base, el hombre puede expandir constantemente su poder físico sobre el mundo y así disfrutar de una oferta cada vez mayor de recursos naturales económicamente utilizables. No hay razón para que, bajo la existencia continuada de una sociedad libre y racional, la oferta de dichos recursos naturales no siguiera creciendo tan rápidamente como en el pasado o más aún.

La clave básica para la disponibilidad económica de recursos naturales es la inteligencia humana motivada y lo que significa: una sociedad capitalista. En una sociedad de este tipo, gran parte de la gente más inteligente dedica sus vidas a la ciencia la tecnología y los negocios. Todos están altamente motivados para incrementar la oferta de recursos naturales económicamente utilizables ante la perspectiva de hacer fortuna por cada éxito significativo que obtengan en este aspecto. No puede haber mayor garantía de capacidad humana para disfrutar de una oferta creciente de recursos naturales.

Los principios esenciales relativos a los recursos naturales pueden resumirse como sigue. Los que la naturaleza ofrece es un suministro de materia y energía que a todos los efectos prácticos en infinito. Al mismo tiempo, la naturaleza no ofrece una sola partícula de recursos naturales en forma de riqueza. La concesión del carácter de bienes económicos y riqueza sobre lo que la naturaleza ofrece es la labor de la inteligencia humana. Una tarea económica esencial del hombre es aplicar progresivamente su inteligencia para lograr una creciente comprensión de la naturaleza y para construir progresivamente mayores y más poderosas formas de bienes de equipo que le den cada vez mayor control sobre la naturaleza.

En este proceso, tanto los avances en conocimiento como en bienes de equipo constituyen por sí mismos una etapa para posteriores avances en conocimiento y bienes de equipo, operando así para dar al hombre mayor comprensión y poder físico sobre la naturaleza —por supuesto, suponiendo que continúe siendo racional, esto es, que continúe pensando y actuando a largo plazo. Por ejemplo, aprender aritmética es una etapa previa a aprender álgebra, que es a su vez una etapa para aprender cálculo y así sucesivamente. Ser capaces de construir las iniciales y primitivas vías férreas y acerías da la capacidad física de poder construir más adelante más y mejores vías férreas y acerías. El desarrollo de la industria metalúrgica es una etapa para el desarrollo de una industria eléctrica y de componentes, que es una etapa para el desarrollo de una industria electrónica e informática, que a su vez es una etapa para el desarrollo de la capacidad de lanzar naves espaciales y así sucesivamente. La combinación del incremento en el conocimiento y en las capacidades físicas hace que una fracción creciente de la masa física de la Tierra y por tanto del universo está cada vez más bajo el poder del hombre para servir a sus fines y así continuamente se engrandece la fracción de la naturaleza que representan los recursos naturales económicamente utilizables y por tanto la riqueza.

Por tanto, la porción de la naturaleza que representa riqueza debe entenderse como una diminuta fracción que empieza virtualmente en cero e incluso aunque desde entonces se haya multiplicado en varios centenares, todavía es virtualmente cero cuando se considera cuán pequeña es la porción de masa terráquea, no digamos del Universo, que está sometida al control del hombre y cuán lejos está el hombre de entender todos los aspectos y utilidades potenciales de lo que ha llegado a estar bajo su control. Parafraseando la afirmación de Ayn Rand de que lo bueno es un aspecto de la realidad en relación con el hombre: A todos los efectos prácticos, la naturaleza en su infinitud siempre permanecerá lejos de aquellos bienes en relación al hombre que queden por descubrir y dominar respecto de los que hasta ahora se hayan descubierto y dominado, siendo los requerimientos esenciales para avanzar en este proceso la razón y el capitalismo.[4] La razón y el capitalismo posibilitan el progresivo engrandecimiento del carácter de bien y riqueza de la naturaleza y por tanto un incremento continuo en la oferta de recursos naturales económicamente utilizables. No sólo no puede encontrarse mejor garantía de la capacidad de la humanidad para disfrutar de una oferta creciente de recursos naturales, sino que la metafísica subyacente en una naturaleza virtualmente infinita que se enfrenta a una inteligencia humana motivada, que expande continuamente el conocimiento y las capacidades físicas del hombre, asegura que no es necesaria ninguna otra garantía para el éxito de la humanidad.

La creciente amenaza a la oferta de recursos naturales de la que la gente empieza a quejarse no es el resultado de nada físico—no más de lo que lo era cuando se escribieron estas terribles y desesperadas palabras:

Debéis saber que el mundo se ha hecho viejo y no mantiene si antiguo vigor. Él mismo da testimonio de su propio declinar. Las lluvias y el calor del sol están disminuyendo; los metales están prácticamente agotados; el agricultor fracasa en los campos, el marinero en los mares, el soldado en el campo de batalla, la honradez en el mercado, la justicia en las cortes, la armonía en las amistades, la habilidad en las artes, la disciplina en la moral. Esta es la sentencia dada al mundo, que todo lo que tiene un inicio perece, que las cosas que llegan a la madurez envejecen, la fortaleza se debilita, lo grande empequeñece y después de la debilitación y el empequeñecimiento viene la disolución.[5]

Este pasaje no es una cita de algún ecologista o conservacionista contemporáneo. Se escribió en el siglo tercero—mucho antes de que el primer trozo de carbón, gota de petróleo, onza de aluminio o cualquier cantidad significativa de cualquier mineral hubiera sido arrancado de la tierra. Entonces como ahora, el problema no era físico, sino filosófico y político. Entonces como ahora, la gente se alejaba de la razón y se dirigía al misticismo. Entonces como ahora, crecían menos libres y se encontraban cada vez más bajo el poder de la fuerza física Por eso creían, y por eso la gente en nuestra cultura empieza a creer, que el hombre está indefenso frente a la naturaleza. No hay indefensión en absoluto. A los hombres que usan la razón y son libres de actuar, la naturaleza les da cada vez más. A aquéllos que se alejan de la razón o no son libres, les da cada vez menos. Y nada más.


La crisis energética
Se ha hablado mucho de escasez de energía. Obviamente no hay escasez de energía en la naturaleza y no hay razón inherente por la que la humanidad no pueda ser capaz de continuar con el progreso de los dos últimos siglos y obtener un acceso económico a más y más oferta de una energía natural virtualmente infinita.

Incluso si se secaran los depósitos de petróleo líquido en los próximos cincuenta años, no hay razón por la que, antes de que se sequen, los hombres no puedan ser capaces de producir productos petrolíferos a partir de sedimentos óleos, arenas bituminosas o carbón con menos trabajo que el que se emplea hoy día para el petróleo líquido—tal y como actualmente se produce hierro y cobre a partir de menas relativamente de menor pureza con bastante menos trabajo que el que se empleaba en menas de mayor pureza. De hecho hoy hay productos petrolíferos que se pueden producir a partir de estas fuentes con bastante menos trabajo del que se podía emplear en el pasado para producirlos a partir del petróleo líquido. El poder de la mente humana, operando en el contexto de una sociedad capitalista y de división del trabajo es evidentemente tal, que no deja lugar a dudas de que se podrían logran resultados beneficiosos similares con respecto a los productos petrolíferos en los próximos años.

La crisis energética de los años 70 fue puramente política. Esencialmente, fue el resultado de hacer completamente ilegal producir energía. En casi todos los países extranjeros, la propiedad de los depósitos de petróleo y gas natural se ha convertido en monopolio del gobierno. Simplemente, es ilegal para los ciudadanos privados producir esos bienes y por tanto su producción se ha restringido por todas las ineficiencias de la propiedad gubernamental.[6] En Estados Unidos, el Gobierno Federal se atribuye la propiedad de la plataforma continental y de la mayor parte de los terrenos de los Estados del Oeste. A partir de esta atribución, y bajo la justificación de la “preocupación por el medio ambiente” ha vetado el aprovechamiento de muchas de las más prometedoras áreas de prospección de petróleo y gas. Se han dejado aparte como “reservas de la vida salvaje” y “áreas silvestres” y así se ha prohibido su explotación. De esta forma, y mediante otras que explicaremos más adelante en este libro, el gobierno hizo ilegal producir energía. Ésta es la única razón por la que hubo una crisis de energía.[7] La reducción sustancial en el intervencionismo estatal que se llevó a cabo a inicios de los 80, sobre todo la eliminación de los controles de precios en el petróleo, hizo desaparecer la crisis energética. Lograr un mercado de la energía completamente libre aseguraría la recuperación de la creciente abundancia de la energía y la disminución del coste real que caracterizó al mundo occidental en los doscientos años anteriores a los 1970.

Sin embargo, lamentablemente, la política gubernamental de restringir la oferta de energía continúa. Continúa preservando cada vez más territorio de su exploración y explotación: prácticamente toda la plataforma continental de los Estados Unidos tiene vetadas nuevas perforaciones petrolíferas y es dudoso que se autoricen nuevas explotaciones en Alaska. El gobierno incluso prohíbe el uso de instalaciones ya existentes para producir energía, siendo los dos casos más conocidos la planta de energía atómica de Shoreham, en Long Island, en el estado de Nueva York y la refinería de fuel y gas Gaviota, cerca de Santa Barbara, California. La planta de Shoreham, completada en 1984, con un coste de cinco mil quinientos millones de dólares (5.500.000.000$), tiene capacidad para cubrir la tercera parte de las necesidades de energía de los más de 900.000 hogares de Long Island. Sin embargo, nunca se le ha permitido operar más allá del nivel de pruebas y en octubre de 1994 se desmanteló de hecho su reactor nuclear.[8] La planta Gaviota, completada en 1987 con un coste de dos mil quinientos millones de dólares (2.500.000.000$), tiene capacidad para refinar 100.000 barriles de petróleo diario. Pero tampoco ha recibido nunca permiso para operar, a causa de las políticas medioambientales del Estado de California y el Condado de Santa Barbara.[9]


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[1] La mayor parte de esta sección apareció previamente en mi libro The Government Against the Economy (Ottawa, Ill.: Jameson Books, 1979), páginas 15-19.

[2] En los últimos años se han hecho progresos considerables en la reducción de los costes de extracción de petróleo de arenas bituminosas, hasta el punto de que constituyen aproximadamente una cuarta parte de la producción de crudo de Canadá. El petróleo recuperable sólo de los depósitos de Alberta se estima en 300 mil millones de barriles, frente a los 265 mil millones de barriles estimados para Arabia Saudí. Ver el New York Times de 28 de diciembre de 1994, página C5.

[3] Ver George Reisman, Capitalism (Ottawa, Illinois: Jameson Books, 1998), páginas 123-128, para una explicación de cómo la división del trabajo ofrece un marco para el crecimiento económico continuo. Ibídem, páginas 176-180, una explicación de cómo, en una sociedad con división del trabajo la expectativa de ganancias conlleva un crecimiento económico continuo y también, páginas 622-642 para una explicación del proceso de acumulación del capital.

[4] Ver Ayn Rand, Capitalism: The Unknown Ideal (New York: New American Library, 1966), página 14.

[5] En W. T. Jones, The Medieval Mind, volumen 2 de A History of Western Philosophy (New York: Harcourt, Brace, and World, 1969), página 6.

[6] Ver George Reisman, Capitalism, páginas 303-304, para conocer las razones por las que la propiedad gubernamental de una industria causa ineficiencia.

[7] Ibídem, páginas 234-237.
[8] “Completado el desmantelamiento de la Planta Nuclear de Shoreham”, New York Times, 13 de octubre de 1994, página B6. Ver también “Nuevo episodio en Shoreham: New York pleitea para quedarse con la Planta”, Ibíd., 29 de junio de 1990, página B3. Es de destacar que los ecologistas que destruyeron la planta de Shoreham atacaron a su propietaria, la compañía Long Island Lighting (Lilco), por tener tarifas eléctricas altas, aunque sus políticas no tengan nada que ver con estas tarifas. Además, parece que la aceptación de Lilco en su eliminación total se obtuvo mediante una oferta de adquisición de 9 mil millones de dólares por parte del Estado de Nueva York, que se va a financiar con la venta de bonos municipales por esa cantidad. Si se hace efectiva esta oferta, se repetiría la secuencia evidenciada previamente en la adquisición gubernamental de la industria ferroviaria americana, esto es, en primer lugar, la destrucción gubernamental de la rentabilidad de una industria o compañía, seguida por el alivio comparativo de la socialización a un precio que al menos ofrezca en cierto modo una compensación. A partir de un comunicado oficial sobre la oferta de adquisición, que incluía un precio de compra de acciones de Lilco a 21,50$ la acción, éstas subieron de 25 céntimos a 17.375$ en la Bolsa de Nueva York. (Wall Street Journal, edición Oeste, 28 de octubre de 1994, página A9.)

[9] Ver “Las crisis de Oriente Medio pone de nuevo la atención en una refinería abandonada en California”, New Tork Times, 1 de septiembre de 1990, página 1.
Gentileza de Mariano Bas Uribe.
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Eliseo Rabadán Fernández



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MensajePublicado: Dom Ene 30, 2005 11:54 pm    Título del mensaje: Ha oído usted hablar del Pick Oil item ? Responder citando

Ante esta cantidad de argumentos sobre la supuestamente falsa tesis de la limitación de los recursos naturales, lo que me interesa es preguntar:

1-¿ Ha oído usted, don Muñoz Ballesta, hablar del Pick Oil item ?

2-¿Conoce usted el grave problema que hay para repartir y controlar el agua en la frontera EEUU - México desde hace ya alfgunos años?

3-¿El recurso acuífero y la enorme relevancia estratégica qe tiene para Oriente Medio y para el Conflicto árabe israelí en las Zonas Ocupadas no es muestra de la falsedad de la tesis de los recursos naturales como algo que se supera o es inexistente, si pensamos teosóficamente al modo de Ayn Rand ( véase su cita , en nota Nº 4) ?


Para terminar:
¿Cree usted realmente viable analizar esta cuestión echando mano de Ayn Rand, la fundadora de la Teosofía ?

Un saludo

Eliseo Rabadán
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Antonio Muñoz Ballesta



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MensajePublicado: Dom Feb 06, 2005 1:16 am    Título del mensaje: Los recursos naturales II Responder citando

Para resolver la cuestión hay que seguir el análisis de la recurrencia económica de las sociedades políticas, expresado por el materialismo filosófico. El materialismo filosófico no admite como racional tal "teosofía".
Obviamente el conflicto entre las unidades políticas puede expresarse o estar causado por motivos concretos de adquisición de determinados recursos naturales que consideran, en un determinado momento, como escasos.
Atentamente,
Antonio
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Antonio Muñoz Ballesta



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MensajePublicado: Dom Feb 06, 2005 1:25 am    Título del mensaje: Cien años Responder citando

Por otro lado la vida e ideas de Ayn Rand son muy interesantes.A. Greespan llegó a besarle los píes.Hace cien años, el 2 de febrero de 1905, nació Ayn Rand. Es una buena ocasión para recordar su vida y obra.
El peso del yugo rojo

Nació, como digo, hace un siglo, en la Rusia zarista. A muy pronta edad, por lo tanto, tuvo que ser testigo del terror desatado por la Revolución de Octubre y el caos en que se sumió ese inmenso país. Su familia perdió sus propiedades y ha habido quien ha especulado con la posibilidad de que alguna persona muy especial para ella fuese deportada a los campos de Siberia .

Apenas había cumplido los veintiún años cuando en 1926 logró viajar a los Estados Unidos con un permiso temporal para visitar a unos parientes. Obviamente, jamás regresó a su tierra natal.

Pronto empezó la Gran Depresión con lo que las perspectivas de encontrar trabajo para una inmigrante rusa que todavía no dominaba el idioma eran más bien escasas. Así que fue alternando empleos en la industria cinematográfica de Hollywood. Trabajando como extra conoció a Frank O’Connor, que más tarde se convertiría en su marido. Trabajó después en el servicio de guardarropa de los estudios RKO; fue allí donde empezó a trabajar en Los que vivimos, una novela semibiográfica sobre una joven, Kira Argounova, que ha de enfrentarse al comunismo ruso protegerse a sí misma y a su amado Leo Kovalensy.

Pero antes de terminarla, en 1931, empezó a escribir el guión para una película titulada Red Pawn (Peón Rojo) que presenta fortísimas similitudes con Los que vivimos. Consiguió venderlo por 1.500 dólares a los estudios Universal Pictures, que después lo revendieron a la Paramount. De momento, sin embargo, la película sigue inédita si bien su guión está publicado . Aunque es su primer escrito de importancia, ya se encuentran en él todas las características de Rand.

Estas características, que después irán desarrollándose en las demás obras, son principalmente la lucha de un hombre justo contra un entorno hostil. Y el amor con una mujer que comparte sus valores. Pero más importante todavía es la fe razonable en el triunfo del bien sobre el mal; con esa eclosión del espíritu libre que contempla las recompensas del haber obrado rectamente.


Las principales novelas

En 1932 volvió a ponerse manos a la obra con Los que vivimos, pero de nuevo interrumpió esta tarea para escribir un guión. Esta vez se trató de La noche del 16 de enero, que se estrenó primero en Hollywood en 1934 y más tarde en Broadway. Finalmente, a finales de 1933, se publicó Los que vivimos. Una década después, sirvió de guión para dos películas italianas: Noi vivimi y Addio Kira.

En 1935 empezó a escribir El manantial pero, como con su primera novela, interrumpió la empresa varias veces para componer obras menores.

Entre ellas, destaca la que apareció en 1938, ¡Vivir!, un cuento breve sobre los efectos terribles del colectivismo sobre el espíritu humano. El protagonista se inmuniza contra el letargo de unos hombres que no se atreven a pensar por sí mismos y que, por lo tanto, conforman una sociedad en la que el progreso y la felicidad triunfal son completamente desconocidos mientras la más brutal sumisión al caudillo es rutina.

Al año siguiente, en 1939, escribió una adaptación de Los que vivimos, que se estrenó en Broadway bajo el título The Unconquered (El inconquistado) y Think Twice (Piensa dos veces), que jamás llegó a estrenarse.

Durante la Segunda Guerra Mundial, en 1943, se publicó El manantial. Y tres años después Warner Brothers la llevó a la gran pantalla con Gary Cooper en el papel de Howard Roark, el arquitecto innovador que se niega a rendir su obra a los burócratas. Su rival es Ellsworth Toohey, el arquetipo del parásito que no soporta contemplar el éxito de los demás pero cuyos frutos reclama para sí en nombre de la sociedad. Entremedio hay una serie de personajes, principalmente el mediocre arquitecto Peter Keating, el editor populista Gayl Winnand y la bella Dominique Françon que se debaten entre el bando de los creadores y el de los aprovechados.

A principios de enero de 1945, Rand comenzó a escribir una novela a la que tituló The Strike (La huelga), en la que narraba la lucha de unos empresarios contra la sovietización de la sociedad americana. Su intención era describir el mismo duelo entre el genio creador independiente y el parásito que se esconde detrás de las faldas de la turba para hacerse con lo que él jamás se esforzó por crear. Aunque si bien el segundo se nutre del primero, no se da a la inversa; así que la autora planteó la situación de un creador que se declara en huelga. Y el pánico del parásito que se queda sin su odiada víctima. Sin embargo, en esta ocasión no iba a tratarse de un cara a cara entre dos hombres sino de un choque a nivel mundial que trazaría las líneas de batalla a lo ancho de toda la sociedad. Si El manantial se centraba en el creador para glorificarlo en su búsqueda de la prosperidad a pesar de los parásitos, The Strike tenía que centrarse en las consecuencias a las que ha de enfrentarse una sociedad que se traga el credo del parasitismo. Según las propias notas que escribió cuando estaba empezando a trabajar en esta obra:

En El manantial no mostré cuán desesperadamente el mundo necesita a Roark; excepto por implicación. Lo que sí enseñé fue cuán viciosamente el mundo le trata y por qué. Mostré principalmente lo que él es. Era la historia de Roark. Ésta ha de ser la historia del mundo; en relación con sus principales motores. (Casi una historia de un cuerpo en relación con su corazón; un cuerpo muriendo de anemia). [Las cursivas son de Rand]

Once años después de empezar a trabajar en este gran proyecto, aceptó un título diferente que su marido le sugirió. Se publicó en 1957 en Estados Unidos como Atlas Shrugged (literalmente: “Atlas se encogió de hombros”, pero en los países de habla hispana se publicó como “La rebelión de Atlas”).

Después de La rebelión de Atlas, Rand jugueteó con la posibilidad de escribir una nueva novela larga pero sin la densidad filosófica de aquella. Quería volver al espíritu colorido y vital de aquellos guiones que escribió en los locos años veinte, al estilo de la colorista y enamoradiza Good Copy. Debía tratarse de una glorificación de la felicidad triunfal, algo fresco y estimulante como la Sinfonía de Halley que se menciona en La rebelión de Atlas o la Canción de las Luces Danzarinas de Red Pawn. Llegó a ponerle nombre al protagonista, Faustin Donnegal, pero nunca la concluyó.
En 1962 escribió la introducción a la traducción que hizo Lowell Bair de El noventa y tres de Victor Hugo, su autor preferido :

La distancia entre su mundo y el nuestro es sorprendentemente corta (murió en 1885), pero la distancia que separa su universo del nuestro ha de medirse en años luz estéticos [...] No digas que las acciones de estos gigantes son “imposibles” pues son heroicas, nobles, inteligentes y hermosas. Recuerda que lo cobarde, lo depravado, lo descerebrado y lo feo no son todo lo que le es posible ser al hombre [...] Descubrí a Victor Hugo cuando tenía trece años, en la sofocante y sórdida fealdad de la Unión Soviética. Uno tendría que haber vivido en algún planeta pestilente para comprender plenamente lo que sus novelas, y su radiante universo, significaron para mí entonces y significan ahora. Y el que esté escribiendo una introducción a una de sus novelas para presentarla al público americano tiene, para mí, un aire al tipo de drama que él habría aprobado y entendido. Él hizo posible que yo esté aquí y que sea una escritora. [Las cursivas son de Rand]

Aparece el objetivismo

Al cerrar la etapa novelesca, Rand se centró en los ensayos filosóficos. Sólo un lustro después de La rebelión de Atlas, apareció el primer número de la revista The Objectivist Newsletter. Así empezó a divulgar su particular manera de entender el mundo, el objetivismo, abarcando desde cuestiones epistemológicas hasta críticas de arte pasando por la teoría política y el comentario social. La revista, bajo diversos nombres, siguió publicándose hasta 1976 . Todos sus libros de no ficción se publicaron en ese mismo periodo, excepto Philosophy: Who Needs It, que no vio la luz hasta 1982.

La elección de la palabra “objetivismo” ha creado alguna confusión pues si bien Rand defendió el laissez-faire en términos inequívocos, los principales defensores de este sistema económico han destacado por abogar la llamada teoría del valor subjetivo por lo que se les suele llamar “subjetivistas”. Hasta qué punto son incompatibles?

El subjetivismo, dentro de la teoría económica, viene a decir que el valor de un determinado bien no depende exclusivamente de las características del objeto en sí, sino también, e incluso principalmente, de las del sujeto que lo valora. Por ejemplo, uno no valora igual un mismo vaso de agua cuando está sediento que cuando está saciado.

El objetivismo al que se refería Rand consiste en poner el énfasis en que la realidad es independiente de los caprichos del sujeto, esto es, por mucho que me fastidie que esté lloviendo, ese asco no altera la situación meteorológica.

Por lo tanto, la compatibilidad es posible, al menos hasta cierto punto, entre, digamos, el subjetivismo de Ludwig von Mises y el objetivismo de Ayn Rand. Prueba de ello es la obra de George Reisman, que fue discípulo de ambos y es autor del tratado de teoría económica que lleva el explícito título Capitalism.



El desarrollo del objetivismo

En una ocasión le preguntaron que definiera el objetivismo en pocas palabras y respondió:

Metafísica: Realidad objetiva.
Epistemología: Razón.
Ética: Interés propio.
Política: Capitalismo.
Los primeros dos puntos se refieren a lo que ya he esbozado: que la realidad es la que es. A es A. No sólo existe una realidad en este universo (punto primero) sino que ésta es discernible (punto segundo). No vivimos en un infierno caótico. Tampoco vivimos en una magma de confusión del que sólo puedan salvarnos las élites intelectuales platónicas con sus conexiones sobrenaturales. Nada de una verdad reservada a los elegidos. Si Victor Hugo fue su inspiración estética, Aristóteles fue la filosófica.

Este racionalismo a ultranza era incompatible con cualquier forma de misticismo o sentimiento religioso. Pero Rand lo llevó hasta el extremo de desechar todas y cada una de las religiones como dogmas totalmente erróneos y viciados de origen. Si bien es innegable que todas las religiones, como todos los hombres, han cometido errores y que la teología está plagada por necesidad de elementos incompatibles con la razón, ello no quita que exista en el sentimiento religioso un anhelo de bondad. Es más, en el caso de la tradición judeocristiana de su amado Occidente, es difícil no considerar la humanización de Dios como, en cierta medida, una divinización del hombre; la exaltación de la felicidad triunfal del hombre creador. Pero el objetivismo, léase Rand, prefirió considerar que si algo bueno había tenido la iglesia en Occidente se lo debía a la filosofía secular.

Pero, volviendo a los dos puntos de partida, esa racionalidad, esa capacidad de entender el mundo no es automática. Requiere un esfuerzo, es un acto volitivo. Rand se refirió a la tentación tan frecuente de no querer enfrentarse a la realidad. La traición de preferir no saber algo pues podría ser demasiado desagradable, la tentación de desear caprichosamente y sentarse a esperar a que suene la flauta. Como el que no hace una pregunta al cónyuge para así no tener la certeza de un desamor. O como el que apretando una tecla espera que un aparato obedezca sus deseos, independientemente de la función de esa tecla en concreto.

Por lo tanto, el éxito depende de cada uno, ese es el tercer punto: el propio interés. El objetivismo rechaza la noción de que debamos ayudar a los demás siempre y en todo lugar antes que a nosotros mismos. Las necesidades de los demás no pueden representar una hipoteca sobre la felicidad de uno. Esa sería una cuenta imposible de saldar. La máxima comunista del “a cada cual según sus necesidades, de cada cual según sus posibilidades” condena a cada ser apto al agujero negro de deslomarse sacrificando todo su ser en el altar colectivo a cambio de nada. No hay nada de ético en la crueldad de aceptar culpas inmerecidas. Si no te ayudas primero a ti mismo, de poco valdrás a los demás.

Y de ahí, Rand pasa al cuarto punto, el derecho a la propiedad privada, basándose en el principio de autoposesión:

El hombre ha de trabajar y producir para poder sustentar su vida. Ha de sustentar su vida mediante su propio esfuerzo y su propia mente. Si no puede disponer del producto de su esfuerzo, no puede disponer de su esfuerzo; Si no puede disponer de su esfuerzo, no puede disponer de su vida. Sin los derechos de propiedad, ningún otro derecho puede practicarse .

Estos cuatro puntos fueron desarrollados extensamente en la revista que he citado antes y en una serie de libros. Los dos primeros aparecieron en 1963 con la intención de combatir el embiste izquierdista, fueron For The New Intellectual (En pos del nuevo intelectual) y The New Left: The Anti-Industrial Revolution (La nueva izquierda: la revolución anti-industrial).

Al año siguiente apareció The Virtue of Selfishness (La virtud del egoismo). Como en el caso del objetivismo-subjetivismo, cabe aclarar a qué se refería exactamente Rand cuando defendía el egoísmo y atacaba el altruismo.

Ella se ciñó a la palabra inglesa “selfishness”, que se refiere a la atención hacia los propios intereses. Consideró, por el contrario, que el altruismo consiste en considerar buena toda acción cuyo beneficiario sea distinto al que la emprende. Es decir, por altruismo ella entendía, en realidad, esa monstruosidad de reclamar la atención y el esfuerzo de los demás como un privilegio propio. O, dicho de otra forma, la repulsa a cualquier tipo de acto beneficioso para uno mismo; el negarle a uno del derecho de vivir su propia vida. En suma, la total sumisión del individuo a la muchedumbre. Aclarado esto, no puede resultar tan sorprendente que considerara el altruismo una “apabullante inmoralidad”.

En 1966 se publicó Capitalism: The Unknown Ideal (Capitalismo, el ideal desconocido), una recopilación de artículos en defensa de la libertad económica. Como en otras ocasiones, algunos de los artículos eran de colaboradores. Así, por ejemplo, Alan Greenspan, actual jefe de la Reserva Federal americana, escribió un notable artículo en defensa del patrón oro y otro criticando las leyes antimonopolio. Nathaniel Branden escribió sobre cuestiones relacionadas con la psicología y, en especial, sobre su tema predilecto: la autoestima.

Tres años después, en The Romantic Manifiesto expuso sus ideas estéticas en la que se incluyó, entre otros escritos, la mencionada introducción al Noventa y tres.

Un mundo que iba mal

Cuando la chapuza monumental de la Guerra del Vietnam, Rand escribió sobre el tema en uno términos que, como de costumbre, no encajaban ni con los Republicanos ni con los Demócratas. Como con los individuos, Rand consideraba que era una aberración exigir el sacrificio de un país para sacarle las castañas del fuego a otro. Peor todavía, era una cruel hipocresía derramar sangre americana en las junglas lejanas en nombre de la libertad cuando los Estados Unidos se estaban desplomando por el precipicio de la dictadura socialdemócrata hacia el abismo rojo. Como cuando en Vietnam la Fuerza Aérea no podía bombardear los santuarios del enemigo por orden presidencial o cuando tras el 11 de Septiembre se piden cuentas al sátrapa de Irak pero no al de la monarquía wahabista que financia y jalea el terrorismo.

Y así, lamentablemente, como seguimos viendo hoy, el aberrante ideal de sacrificarse por los demás a cambio de nada bueno sigue guiando la política exterior de Washington.

La política exterior americana es tan grotescamente irracional que la mayoría de la gente piensa que debe de tener algún motivo sensato. La magnitud de la irracionalidad actúa como su propia protección: como en la técnica de la “Gran Mentira”, la gente asume que un mal tan grande no podría ser tan malvado como parece y, por lo tanto, alguien debe de entender su significado, aunque a ellos se les escape.


El grupo cerrado

Pero, con el paso de los años, el grupo de objetivistas fue cerrándose sobre sí mismo. Y el control de Rand era total. Triste contradicción de la que tan vehementemente había defendido la independencia de cada individuo. Pero buscando a personas que coincidieran al máximo con sus propias ideas se aisló, privándose de la capacidad para contrastar y batirse con sus rivales.

Dicen las malas lenguas que en una ocasión Alan Greenspan llegó a besar literalmente los pies de la maestra. Pero eso no es nada en comparación con lo que se dice de la relación de Rand con Branden. Hoy es conocido que los dos mantuvieron relaciones íntimas con el consentimiento de sus respectivos cónyuges pero, previsiblemente, a pesar de tan generosa aprobación, la cosa acabó con un sonado desplante.

No fue este el único trapo sucio que salió de la “secta” objetivista, como algunos la llamaron. Murray Rothbard fue un miembro destacado del seminario de Rand e hizo esfuerzos por acercar a ésta y a su mentor, Ludwig von Mises. Estos esfuerzos se fueron a pique cuando el joven economista fue expulsado del grupo de Rand. Se dice que el detonante fue la negativa de Rand de dar su visto bueno al matrimonio de Rothbard con una persona que mantenía creencias religiosas. Justamente decepcionado pero manteniendo su humor, Rothbard escribió una breve obra teatral mofándose de Rand y su forma claustrofóbica de acaudillar su movimiento objetivista.



La diáspora

Cuando Rand murió en 1982, legó el control del grupo objetivista a Leonard Peikoff. Peikoff no sólo se encastilló en el ateismo militante sino que ha llegado a abogar por una política exterior americana de intervencionismo galopante. Si a Rand la habían llamado sectaria, a Peikoff llegaron a colgarle el sanbenito de ‘estalinista’. Lo cual ha tendio, de hecho, un efecto muy saludable: los seguidores de Rand se dispersaron en una multitud de grupos que reinterpretaron a la escritora, al margen del objetivismo oficial de Peikoff.

Ha habido, como he comentado, autores que han compaginado las visiones de Rand con las de la Escuela Austríaca. Ha habido quien ha matizado la cuestión del ateismo y quien ha reconsiderado la epistemología randiana.

Han aparecido, incluso, cierto grupo de homosexuales, principalmente en Nueva Zelanda, defendiendo su estilo de vida basándose en el objetivismo, a pesar de que la propia Rand dijo bien a las claras que eso le resultaba repugnante.

Otros, han llevado las premisas iniciales de Rand en materia política hasta sus últimas consecuencias y, más allá del minarquismo que ella defendió, han abogado por el anarcocapitalismo.

En definitiva, Rand ha entrado a formar parte de las referencias obligadas en el pensamiento liberal y su influencia, combinada con la de otros, sigue surtiendo su efecto. /Gentileza de A.Mascaró R.
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Antonio Muñoz Ballesta



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MensajePublicado: Mar Mar 01, 2005 4:58 pm    Título del mensaje: Responder citando

Reisman y Gustavo Bueno coinciden en negar las ideologías tipo Zerzan.
La naturaleza real de la civilización industrial
Antes de considerar las afirmaciones concretas que hacen los movimientos ecologistas referidas a los supuestos peligros del progreso económico, es necesario reconocer la enorme contribución que el motor esencial del progreso económico, esto es, la civilización industrial, ha aportado a la vida y el bienestar humanos desde su nacimiento hace más de dos siglos, en la Revolución Industrial.

La civilización industrial ha incrementado drásticamente la esperanza de vida: desde cerca de treinta años a mediados del siglo dieciocho a unos setenta y cinco hoy día. En el siglo veinte, en Estados Unidos, la esperanza de vida se ha incrementado de unos cuarenta y seis años en 1900 a los actuales setenta y cinco. La enorme contribución de la civilización industrial a la vida humana se muestra aún mejor en el hecho de que el recién nacido estadounidense medio tiene una mayor posibilidad de vivir setenta y cinco años que la que tiene de vivir cinco años el recién nacido medio de una sociedad no industrial. Estos maravillosos resultados se han logrado por una oferta siempre creciente de comida, ropa, refugio, cuidados médicos y todas las ventajas de la vida y una progresiva reducción en la fatiga y agotamiento humanos. Todo ello ha tenido lugar sobre una base de ciencia, tecnología y capitalismo, que ha hecho posible un continuo desarrollo e introducción de productos nuevos y mejorados y métodos de producción más eficientes.

En los últimos dos siglos, la lealtad a los valores de la ciencia, la tecnología y el capitalismo ha permitido al hombre de los países industrializados del mundo occidental poner fin a hambrunas y plagas, y eliminar las antes temibles enfermedades del cólera, difteria, viruela, tuberculosis y fiebres tifoideas, entre otras. Las hambrunas han terminado porque la civilización industrial ha producido la mayor abundancia y variedad de alimentos en la historia del mundo y ha creado los sistemas de transporte y almacenamiento necesarios para ofrecérselos a todos. Esta misma civilización industrial ha producido la mayor abundancia de ropa y calzado y de alojamientos de la historia del mundo. Y aunque algunas personas en los países industrializados pueden pasar hambre o no tener un hogar (casi siempre como consecuencia de las destructivas políticas gubernamentales), lo cierto es que en los países industriales nadie tiene que pasar hambre o no tener dónde alojarse.<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]--> La civilización industrial también ha fabricado las tuberías de hierro y acero, los sistemas de bombeo y purificación y las calderas, que permiten a todo el mundo tener acceso inmediato a agua potable, caliente o fría, cada minuto del día. Ha fabricado los sistemas de alcantarillado y los automóviles que han eliminado los desechos humanos y animales en las calles de las ciudades y pueblos. Ha fabricado las vacunas, anestésicos, antibióticos y demás “drogas milagrosas” de los tiempos modernos, junto con todo tipo de nuevos y mejores equipos de diagnóstico y cirugía. Han sido esas mejoras en las bases de la salud pública, junto con la mejor nutrición, vestido y alojamiento, las que han acabado con las plagas y reducido drásticamente la incidencia de casi todos los tipos de enfermedad.

Como consecuencia de la civilización industrial, no sólo sobreviven miles de millones de personas más, sino que en los países más desarrollados lo hacen a un nivel que excede con mucho el de los reyes y emperadores de toda la historia anterior—a un nivel que hace pocas generaciones habría sido considerado posible sólo en el mundo de la ciencia ficción. Girando una llave, apretando un pedal y moviendo un volante, se transportan por autopistas en asombrosas máquinas a sesenta millas por hora. Pulsando un interruptor, iluminan una habitación en medio de la oscuridad. Tocando un botón, ven sucesos que tiene lugar diez mil millas más allá. Pulsando otros botones, hablan con otras personas al otro extremo del pueblo o del mundo. Incluso vuelan por el aire a seiscientas millas por hora, a cuarenta mil pies, viendo a la vez películas y saboreando martinis al confort del aire acondicionado. En Estados Unidos, la mayoría puede tener todo esto, y casas y pisos espaciosos, enmoquetados y completamente amueblados, con fontanería, calefacción central, aire acondicionado, neveras, congeladores y radiadores eléctricos y de gas, así como librerías personales de cientos de libros, discos, CDs y casetes, pueden tener todo esto junto a una vida larga y buena salud—como consecuencia de trabajar cuarenta horas a la semana.

La consecución de este maravilloso estado de cosas se ha hecho posible por la utilización de equipos y maquinaria cada vez mejores, lo que suele ser el objetivo principal de progreso científico y tecnológico. La utilización de estos equipos y maquinaria cada vez mejores es lo que permite a los seres humanos conseguir siempre mejores resultados con la aplicación cada vez menos esfuerzo muscular.

Ahora bien, inseparablemente ligado al uso de equipos y maquinaria cada vez mejores ha estado el incremento en la utilización de energía artificial, que es la característica que distingue a la civilización industrial y a la Revolución Industrial que constituye su inicio. A los relativamente débiles músculos de los animales domésticos y los todavía más débiles de los seres humanos, y a las relativamente pequeñas cantidades de energía disponibles en la naturaleza en forma de viento y caídas de agua, la civilización industrial ha añadido la energía artificial. Primero lo hizo en forma de vapor generado por la combustión de carbón y después como combustión interna de petróleo y energía eléctrica basada en combustibles fósiles o energía atómica.

Esta energía artificial y la que se deriva de su uso es igualmente esencial para todas las mejoras económicas conseguidas durante los últimos doscientos años. Es lo que nos permite utilizar la maquinaria y equipos mejorados y es indispensable para nuestra capacidad de producir las propias máquinas y equipos. Su utilización es lo que nos permite a los seres humanos conseguir con nuestros brazos y manos, simplemente pulsando botones o moviendo palancas, los asombrosos resultados productivos que llevamos a cabo. A las débiles energías de nuestros brazos y manos se añade el enormemente mayor poder que nos da la energía en forma de vapor, combustión interna, electricidad o radiación. De esta manera, el uso de la energía, la productividad del trabajo y el nivel de vida se relacionan inseparablemente, de forma que los dos últimos dependen completamente del primero.

Por tanto, no es sorprendente, por ejemplo, que los Estados Unidos disfruten de los más altos niveles de vida del mundo. Esto es consecuencia directa del hecho de que los Estados Unidos tienen el índice más alto del mundo de consumo de energía per capita. Estados Unidos, más que cualquier otro país, es donde seres humanos inteligentes han confiado en la maquinaria mecanizada para que ofrezca resultados en su favor. Todo incremento sustancial posterior en la productividad del trabajo y el nivel de vida, tanto aquí en Estados Unidos como en todo el mundo, dependerá igualmente de la energía artificial y el consiguiente incremento en su uso. Nuestra capacidad de hacer más y más cosas con la misma y limitada energía muscular de nuestros miembros dependerá completamente de nuestra capacidad de aumentarla con la ayuda de aún más energía de ese tipo.

Se comprenden tan poco estos hechos elementales que se ha puesto de moda un concepto pervertido de la eficiencia económica, un concepto cuyo significado real es precisamente el contrario al de la eficiencia económica. La eficiencia económica se centra en la capacidad de los seres humanos para reducir la cantidad de trabajo que se necesita emplear por unidad de producto y por tanto para ser capaz de producir más y más empleando la misma o menos cantidad de trabajo. Por supuesto, esto requiere un uso creciente de energía, tal como acabo de explicar. Sin embargo en la práctica hoy en día cada vez más se ve la eficiencia económica centrándose cuánta menos energía puede consumirse por unidad de producto, lo que, evidentemente, implica necesariamente una necesidad de incrementar el trabajo humano por unidad de producto. Por ejemplo, un artículo de primera página del New York Times, del 9 de febrero de 1991 titulaba “El Plan Energético de Bush hace énfasis en los incrementos en la producción en lugar de en la eficiencia” (Bush’s Energy Plan Emphasizes Gains in Output over Efficiency). Aunque el título parece referirse específicamente a la producción de energía, la postura real del artículo reduce al absurdo lo que sugiere el título, esto es, que los incrementos en la producción global de bienes fabricados con la misma cantidad de trabajo humano contradicen a la eficiencia, porque cualquier incremento de ese tipo requiere una mayor producción y uso de energía per capita, a lo que el articulo califica de ineficiente. En la misma línea, un titular posterior en el mismo periódico decía “Malas noticias: El combustible está barato” (Bad News: Fuel Is Cheap).La argumentación posterior aclarará que la perversión del concepto de eficiencia es filosóficamente consistente con los valores fundamentales del movimiento ecologista.

No sólo el movimiento ecologista o medioambientalista responde a los magníficos logros de la civilización industrial con la sensibilidad propia de un tronco seco, sino que virtualmente en todos sus aspectos representa un ataque a la civilización industrial, a los valores de la ciencia, la tecnología y el capitalismo sobre los que descansa la civilización y a sus frutos materiales, del aire acondicionado y los automóviles a los aparatos de televisión y las máquinas de rayos X. El movimiento ecologista es, como acertadamente lo calificó Ayn Rand, “la Revolución Anti-IndustrialConsecuentemente con lo que dije anteriormente en relación con los valores del capitalismo, nada de lo precedente dice que la vida en el mundo moderno no tenga serios problemas, especialmente en muchas de las grandes ciudades actualesSin embargo hay que decir que los problemas no son consecuencia del progreso económico, el capitalismo, la tecnología, la ciencia o la razón humana. Por el contrario, son precisamente consecuencia de la ausencia de estos valores. La solución a todos los problemas, del crimen al desempleo, es una combinación de uno o más de estos atributos esenciales de la civilización industrial. Así por ejemplo, si el control de las rentas inmobiliarias destruye la calidad de los alojamientos en las ciudades, si la legislación del salario mínimo y a favor de los sindicatos causa desempleo, si la inflación y los impuestos confiscatorios causan pérdidas en el capital y decrecimiento económico, si la aceptación de la doctrina del determinismo impide el castigo a los criminales—sobre la base de que eso no les ayuda—y aumentan los índices de criminalidad, si la gente está enferma y busca salud, si son pobres y quieren ser más ricos, la solución no es destruir la civilización industrial. La solución es más de aquello sobre lo que descansa la civilización industrial. Es la libertad económica—el capitalismo. Es el reconocimiento del poder de la razón y por tanto el poder del individuo para mejorar. Y es la ciencia, la tecnología y el progreso económico./Gentileza de Mariano Bas/
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Martín González Martínez



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MensajePublicado: Mie Mar 02, 2005 11:21 am    Título del mensaje: Responder citando

Qué fuerte, amigos. Casi podría inferirse que la moda zapateril de los molinos eólicos y demás caharrería alternativa, y la paralización de proyectos de producción de energía eléctrica por fisión nuclear... ¡resulta que están favoreciendo la desaparición de la capa de ozono, la deforestación del Amazonas, el cacareado calentamiento global que hace que ésta mañana me haya levantado más helao que los pies de Cristo!

De hecho, ¿no sería "anti-medioambiental", incluso, la financiación con dinero público de esos monstruosos proyectos de producción de electricidad por fusión? ¿No habría que aguardar a que la fusión nuclear se desarrolle solita y tranquilita y en manos privadas, aunque nosotros no lo veamos y/o inauguremos con cinta y fotógrafos?

Saludos medioambientales.
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Martín González Martínez



Registrado: 16 Jun 2004
Mensajes: 196
Ubicación: Valencia

MensajePublicado: Jue Jun 30, 2005 2:57 pm    Título del mensaje: Arranca la orgía presupuestaria del ITER Responder citando

Parece ser que ya está todo apalabrao, será el gobierno francés, que como todo el mundo sabe se halla en una situación óptima para embarcarse en experimentos mastodónticos a cuenta del erario, el principal encargado de llevar adelante la construcción del engendro. Aproximadamente la mitad de diez mil millones de euros en treinta años, y una legión de políticos listos y arremangados para chapotear en el tsunami de dinero público que se acerca.

Los ecologistas mascan ajenjo, mientras tanto, inquietos ante la posibilidad (remota) de que todo el tinglado acabara efectivamente por dar lugar, hacia la mitad del siglo, a una fuente de energía efectivamente limpia e inagotable. Opino que pueden estar tranquilos, el uso de la energía de fusión, como el de TODAS las demás, conlleva un coste de oportunidad (en su caso, los enormes costes fijos), el cual no se reducirá más rápido gracias a los políticos. Por lo demás, los eco-guais no dejarán de vender su indulgencia a cambio de alguna subpartida, si no al tiempo... Aducen, para justificar sus reniegos, los consabidos plantos al paisaje, consideraciones apocalíptico-estéticas, que vienen a unirse a la cruzada contra el cemento, a favor de la quincalla renovable, y el resto de alternativas verdes. Alternativas que no dejarán tampoco de ser exploradas, a buen seguro, por los políticos verdosamente corruptos, siempre y cuando el contribuyente siga igual de verde, es decir, agradeciendo los estacazos con su voto.

Pero lo más triste de todo, a mi modesto entender, es que los beneficios que reporte el ITER en relación sobre todo con el I+D, se nos venderán como un éxito total de sus promotores; cuando en realidad no se tratará más que de un fracaso relativo (en relación con la oportunidad perdida, a saber, el no haber dejado libre el mecanismo de los incentivos privados en el desarrollo de la industria energética mundial), y más o menos atenuado por los beneficios extraordinarios, no buscados a priori en el proyecto, que siempre pueden tener lugar, nadie lo niega, en este tipo de joint-ventures públicas. Recemos pues.
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