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Escrito en el agua.

 
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Francisco Sanz Vilanova



Registrado: 13 Dic 2004
Mensajes: 17
Ubicación: Lérida (España)

MensajePublicado: Mar Jul 18, 2006 6:49 pm    Título del mensaje: Escrito en el agua. Responder citando

  La escritura se hace en soledad. En estos tiempos que se dicen descreídos y laicos es el equivalente a la oración. Se diría a veces que sólo creemos en Dios para evitar el torturante monólogo de la soledad ¿A quién si no dirigirse? Al parecer Él accede de buena gana el diálogo y no nos guarda rencor por haberle elegido como pretexto teatral de nuestros abatimientos.
Decía Nietzsche, harto y al tiempo orgulloso de su soledad, pidiendo al tiempo a la vida que fuera “más vida” y “más que vida” : “Vivir en compañía de este vicio irónico y alegre: la cortesía. Y permanecer dueño de sus cuatro virtudes: el valor, la lucidez, la simpatía y la soledad. Pues entre nosotros la soledad es una virtud; es una tendencia sublime hacia la limpieza, en tanto que presentimos que el comercio con los hombres -“la sociedad”- es inevitablemente sucio. Porque de un modo u otro, por una cosa o la otra, toda comunidad vuelve-”común”.

La oración, las palabras, son el límite interno de toda filosofía, cada vez está más claro que no se elaboran ideas, se lanzan consignas. Cada vez es menos importante qué podemos referir con nuestras palabras, nos impacientamos por qué no sabemos qué queremos hacer con ellas. Sentimos al proferirlas la prisa, el aliento del diablo, en nuestro cogote. Inventamos dioses para alzar las cejas. Bajar las cuartillas que has escrito hoy con los restos de comida, a la basura, no está al alcance de cualquiera. Hoy basta darle al no guardar y uno ha escrito verdaderamente en el agua. Como aquél que había dejado de hacerlo por no poderlo hacer sólo para su Criador. El segundo punto sería no verbalizar siquiera. No se hace porque tenemos miedo de volvernos tontos, no por otra cosa. Puestos a ser tontos o innobles hoy no caben dudas.

Sin embargo en este mundo al hacerse cada vez más difícil el comprender; escuchar, leer bien se vuelve cada vez un poco menos necesario. ¿Que transformaciones sociales y personales si no, hacen posible que las personas acepten una concepción del universo que no sólo es emocionalmente decepcionante, sino que además contradice sus propios sentidos?
No sólo nuestros prejuicios nos preceden, lo hacen también nuestras decepciones. ¿Quién no ha sentido un secreto alivio al sentirse decepcionado? Toda tarea intelectual es esencialmente humorística. Los hermanos Marx: “Fulano habla como un idiota, se comporta como un idiota; pero no decepciona, es un idiota”.

Decía R.L. Stevenson: “Desde nuestra niñez nos hemos instalado por decisión propia en una deliciosa vaguedad acerca de nosotros mismos”. Es cierto, además muchas veces hemos sentido el impulso de muerte, la voluntad de darnos caza, de acabar sabiendo quiénes somos, de ignorar activamente cómo o de qué estamos vivos. Muchas situaciones de la vida conviene cargarlas de emotividad para que puedan compartirse. Y nada se comparte mejor que los prejuicios y las decepciones. En la magnífica película El Señor de la Guerra el protagonista que es un traficante de armas, dice de la bondad de no usarlas si se aspira a sobrevivir, y de hacer lo que a uno le va, es decir de firmar la paz con uno mismo.

Armas y defensas se solapan y complementan como prejuicios y decepciones. Escribía Jünger, un viejo guerrero:

“No es lícito que nos encuentren en aquellos sectores del frente que hay que defender sino en aquellos donde se actúa. Es preciso atraer a sí las reservas de tal manera que resulten invisibles y se hallen más seguras que si estuvieran encerradas en casamatas blindadas. No hay banderas salvo las que uno lleva sobre su cuerpo. ¿Es posible poseer una fe sin dogmas, un mundo sin dioses, un saber sin máximas y una patria que no pueda ser ocupada por ningún poder del mundo? Son estas las preguntas en que la persona singular ha de examinar la categoría de sus armas”.

Bueno, murió centenario y para algunos haciendo verdad aquello que un soldado encanecido era una desgracia, que Roma no se enorgullecía de las canas de sus senadores.
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