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Maestros de la República

 
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Atilana Guerrero Sánchez



Registrado: 09 Oct 2003
Mensajes: 99
Ubicación: Madrid

MensajePublicado: Sab Nov 25, 2006 9:41 pm    Título del mensaje: Maestros de la República Responder citando

Queridos amigos:
Aquí os pego esta noticia, digna del libro que publicita, para que veáis que es posible que toda esta gente se reúna en Madrid en una sala y no haya heridos al menos - digo, por la reacción del público ilustrado que no tolerara el insulto. Debe ser cosa de los guardias de seguridad de la puerta, ¿no?

Cita:
24/11/2006

Homenaje de María Antonia Iglesias a los maestros de la República

Carrillo: El PP “parece la derecha del 36”

ANABEL ABRIL

El auditorio de la Palacio de Congresos de Madrid se llenó ayer hasta la bandera. La periodista Maria Antonia Iglesias presentó su libro Maestros de la República acompañada de un elenco de personalidades de lujo, como la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, o Santiago Carrillo. Entre el público, ministros socialistas y también alguna bandera republicana.

Todos los que presentaron el libro coincidieron en que hoy la Memoria histórica es necesaria. “Para consolidar el sistema democrático en nuestro país”, en palabras de Santiago Carrillo. O porque hay que “recordar para no repetir”, en las de José María Maravall. O para “evitar nuevas épocas sombrías”, según afirmó Fernández de la Vega.

Hay que recordar
El punto de vista de José María Maravall, catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid y ex ministro del Gobierno de Felipe González, es conciliador. “Hoy, una vez superadas las dos Españas, ya podemos recordarlo todo”, opina.

Ahora toca mirar atrás
Coincide sustancialmente con esa idea la vicepresidenta primera del Gobierno, Mª Teresa Fernández de la Vega: “La democracia en España se consolidó porque supo mirar hacia delante con cicatrices en el alma, y cambiar el futuro con ilusión. Ahora es hora de mirar hacia atrás y reconocer el legado de los olvidados”.

Para Carillo, el PP y la Iglesia siguen igual
Más radical es el ex dirigente del Partido Comunista, Santiago Carillo. Opina que hoy siguen existiendo rasgos en la vida política y social que recuerdan a los años de la Guerra Civil: en el Partido Popular y en la Iglesia.



Como en 1936
Del PP, Carrillo opina que “nos encontramos ante un gran partido de la derecha española que sigue pareciéndose a la derecha de 1936 como una gota a otra gota”. Le acusa de “bloquear la paz en el País Vasco”, de “oponerse al reconocimiento de las realidades nacionales que existen en España” y se queja de que “todavía nos perdona la vida todos los días”.

El pecado de ser republicano
Respecto a la Iglesia católica española, el dirigente comunista la responsabiliza de haber extendido la mentalidad en nuestro país de que “la República era un pecado, y ser republicano, una culpa que había que expiar”.

Ahora llaman a la desobediencia civil
Y añade: “Todavía hoy dicen (los representantes de la Iglesia) que la religión está perseguida en este país. Y reclaman el derecho para la Iglesia de que se siga imponiendo a la sociedad española aquella mentalidad. Y todavía hoy se oyen voces de obispos llamando a la desobediencia civil”, en referencia a las declaraciones del arzobispo de Granada, por sus declaraciones contrarias a la asignatura de Educación para la Ciudadanía.



Recuerdo de los maestros asesinados
El libro de Iglesias, Maestros de la República (La esfera de los libros) lleva un subtítulo: “Los otros santos, los otros mártires”. Narra con detalle y pasión, con “rabia y dolor”, los recuerdos de los familiares de diez maestros y maestras que fueron asesinados por las fuerzas franquistas, que se sublevaron contra la II República.

Eran blasfemos y debían morir
“Durante la República el maestro se convirtió en el referente social y político del pueblo”, señala la autora en el prólogo. Y añade: “Los incendiarios promotores de la Cruzada decidieron de antemano que los maestros republicanos eran ateos, blasfemos y, sobre todo, enemigos de los curas y de la religión. Y eso decidiría fatalmente la suerte de todos ellos”.

Amenazaban la hegemonía de la Iglesia
“¿Por que a los maestros?” se pregunta José Álvarez Junco, director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.”Porque amenazaban el orden social dominado por la Iglesia y de la enseñanza tradicional, que estaba en manos de los curas”, responde.

Prólogos
Los relatos de los diez maestros desaparecidos están prologados por diversas personalidades, que narran sus experiencias personales o explican su interpretación de los hechos. Entre ellos escritores como Manuel Vicent, Javier Cercas o Almudena Grandes, y políticos como Joaquin Leguina, el catalán Carod- Rovira, el gallego Xosé Manuel Beiras, dirigente del BNG (Bloque Nacionalista Gallego), o Santiago Carrillo.

Choque de ideas
Joaquín Leguina, ex presidente socialista de la Comunidad de Madrid explica en su prólogo que las “ideas pedagógicas modernas y modernizadoras chocaron con las ideas y los intereses de la Iglesia tradicional, pese a que la mayor parte de estos maestros fueran católicos”.

El pilar de la educación
Josep Lluís Carod Rovira, secretario general de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), relata que los ideales republicanos “se basaban en la educación y la cultura como pilares fundamentales en la construcción del nuevo edifico cívico”.

Personalidades
Al acto asistieron, entre otros, las ministras de Educación, Mercedes Cabrera, la minstra de Cultura, Carmen Calvo, el portavoz del Gobierno, Diego López Garrido, la ex ministra de Educación, Maria Jesús Sansegundo, y el líder de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares.
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Íñigo Ongay de Felipe



Registrado: 09 Oct 2003
Mensajes: 371
Ubicación: Bilbao

MensajePublicado: Dom Nov 26, 2006 4:32 pm    Título del mensaje: Responder citando

Muy bien hace Atilana en colgar este texto acerca de la presentación del libro ese "Los maestros de la república" ( sobre las entendederas de su autora, Maria Antonia Iglesias, mejor no digamos nada) porque tal noticia resulta bien significativa- insultos, como bien dice Atilana, incluídos- para comprobar la "función" que tiene la "memoria histórica" en el presente...

En fin, para que se vea el revuelo que está causando tal obra, copio aquí otra nota acerca de la misma... a cargo de Rosa Regás que publicaba el siguiente texto en la edición de hoy de El Correo ( diario como se sabe dle grupo Vocento... es decir, el mismo que publica ABC):

Cita:
Los otros mártires
ROSA REGÀS r.regas@diario-elcorreo.com/
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La República, convencida de que sólo la cultura puede cambiar a los pueblos y hacer más felices y mejores a sus ciudadanos, dio prioridad al modo de transmitirla: la enseñanza. Coeducación, el principio de igualdad que defiende la democracia; educación para todos con la fundación de cientos de nuevas escuelas o el despliegue de las misiones pedagógicas; convivencia y educación en el respeto de la naturaleza, con las colonias de vacaciones; o cursos a presos y más tarde misiones en los frentes de batalla; promoción exhaustiva de la lectura, el teatro, las ciencias y las artes.

El nivel en la enseñanza que se consiguió en aquel breve periodo todavía no ha sido alcanzado hoy, al menos en el prestigio y respeto de que gozaban sus maestros y docentes, en el entusiasmo y buenos resultados de los alumnos, en la formación en materia de derechos cívicos en un alumnado que logró crecer milagrosamente hasta llegar a los rincones más abandonados de la península. «Los maestros, los primeros ciudadanos del país», decía el presidente de la República.

Sin embargo todo este portentoso despliegue de recursos, de ideales, de preparación, y todos los éxitos alcanzados, habrían servido de bien poco sin la intensa colaboración de los maestros, que fueron su mejor y más eficaz aliado.

Fueron los maestros los que, tal vez hartos de una educación que se limitaba a imponer en las mentes de los alumnos creencias ancestrales con las que no era posible desarrollar el criterio, ni elaborar un pensamiento libre, germen de la creación, sembraron con su palabra y su ejemplo la semilla de valores universales y cívicos, indispensables para que una sociedad sea partícipe de su propio destino.
Era, por supuesto, un ambicioso objetivo y habrían hecho falta dos o tres generaciones para que la sociedad acusara el benéfico bálsamo de la cultura, ciudadana y profesional, que hiciera retroceder hasta acabar desapareciendo tantas creencias inamovibles con las que se había formado el país durante siglos de oscurantismo. Cuando en 1939 el golpe de Estado ganó la guerra e implantó la dictadura, los maestros fueron represaliados, encarcelados e incluso asesinados.

El magnífico libro de María Antonia Iglesias 'Maestros de la República, Los otros santos, los otros mártires', publicado por La Esfera de los Libros, y su multitudinaria presentación en Madrid son un profundo y merecido homenaje a la ingente labor de estos maestros y un recuerdo a su vocación, a su vida y a su triste y cruel destino.



Resalto el parrafito ese para que se vea hasta qué cotas de sublimidad metafísica llega el infantilismo "humanista" de estos impostores... que parece, para decirlo con Schopenhauer, que se desayunasen con el "espíritu" cada día... luego dirán de los curas...
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Atilana Guerrero Sánchez



Registrado: 09 Oct 2003
Mensajes: 99
Ubicación: Madrid

MensajePublicado: Jue Dic 07, 2006 2:58 am    Título del mensaje: Responder citando

Muchas gracias, Íñigo. Es verdad que el párrafo que subrayas es especialmente llamativo. No se entiende, salvo como tú dices, por el Espíritu que les sopla, cómo unos maestros que llevan esa "semilla" que no ha podido fructificar por culpa del erial franquista, pues hubiera necesitado, como dice, al menos dos o tres generaciones de trabajo sostenido para penetrar en las almas juveniles, sin embargo, al mismo tiempo, fueron ellos mismos educados en el oscurantismo secular español: no parece concederse que habían disfrutado de dos o tres generaciones anteriores, al parecer tiempo necesario para que una educación logre implantarse, de esa maravilla que les hizo portadores de la "semillita". Y lo mejor, ¿de qué maestros fascistas, aniquiladores del libre pensamiento, aprendieron estos que hoy rinden homenaje a los "santos laicos", si es que los pobres fueron eliminados sistemáticamente y no pudieron ejercer? En fin, como dice el clásico, si no te hubiera conocido de cerezo...Precisamente hoy -6 de diciembre- Losantos cita, entre otras damas de la progresía, a Rosa Regás por su decisión de desalojar la estatua de Menéndez Pelayo de la Biblioteca Nacional, en su artículo de El Mundo "Analfabéticas", muy bueno.
Pues siguiendo con el libro de marras -cuya autora, por cierto, debe estar de promoción y fue invitada al programa de debate de Telemadrid de Buruaga donde tuvo ocasión de intoxicar a mansalva, frenada eso sí, y con contundencia, por García Abadillo especialmente- he ido a la página de la editorial, La Esfera de los Libros, y aparecen las primeras páginas para abrir boca. Es nada menos que un prólogo de José Mª Maravall, precisamente, uno de los que colaboró en la quiebra de la educación como ministro del ramo en la primera etapa socialista. Creo que merece la pena colgarlo aquí como ejemplo del peor maniqueísmo que se puede hacer sobre la guerra civil. Especialmente estúpido es el pasaje en el que cree profundizar sobre la maldad del franquismo diciendo, atención, que más que a un ensañamiento irracional, la eliminación sistemática de la disidencia entre las filas de los maestros por parte del bando nacional obedeció a un plan político, disculpando así a los "buenos", los románticos republicanos, que no llegaron a tanto, o sea, que no llegaron a hacer política, porque sus represalias eran "sentimentales". Qué bonito.

Cita:
MAESTROS DE LA REPÚBLICA

María Antonia Iglesias

ISBN: 8497345711


PRÓLOGO DE JOSÉ MARÍA MARAVALL
VÍCTIMAS Y VERDUGOS

ste es un libro sobrecogedor. Cada uno de sus capítulos conmociona al lector: narran experiencias de dolor muy profundo, de dignidad ejemplar. Se trata de testimonios de crueles sucesos que tuvie¬ron lugar setenta años atrás, pero que permanecen vivos: familiares de maestros republicanos, sus hijos o sus nietos, rememoran las ejecuciones de sus padres o abuelos por el franquismo. Es difícil imaginar un contraste mayor que el que existió entre estas víctimas y sus verdugos. Por un lado, la dignidad y la humildad personales; un altruismo expresado en el compromiso de proporcionar a los niños y las niñas un futuro mejor a través de la escuela. Por otro, el rencor, la crueldad, la obsesión por exterminar.

Conocíamos ya la historia, pero el libro le da una vida de tremenda fuerza. Sabemos el papel de la educación y la cultura en el proyecto inicial de la Segunda República, antes de que fuera destruido por unos y otros.Y también que el objetivo de acabar con el progreso educativo y cultural fue fundamental en la insurrección del 18 de julio de 1936. En guerras civiles, la violencia fuera de los frentes se ha basado con mucha frecuencia en motivos sórdidos, venganzas personales, envidias y rencores. Pero en el caso de las matanzas sistemáticas de maestros al desencadenarse la Guerra Civil española, razones políticas guiaron las crueldades personales. Por eso, este libro ofrece no sólo unos inol¬vidables testimonios personales de unas tragedias familiares, sino tam¬bién una ilustración terrible y genuina de lo que fue el franquismo.

Al iniciarse la década de los años treinta, el sistema educativo español se hallaba en condiciones muy precarias. El Estado tenía una presencia débil, subordinado a la actuación de la Iglesia católica en la enseñanza. La desidia pública se manifestaba en los niveles primarios de la educación, en la discriminación que tenía lugar entre quienes podían cursar el bachillerato y quienes no tenían la posibilidad de estudiar tras la primaria, en la dejación de la enseñanza secundaria. Francisco Giner de los Ríos señalaba así: «De todos los problemas que interesan a la regeneración político-social de nuestro pueblo, no conozco uno solo tan menospreciado como el de la educación nacional». De esta forma, la Segunda República nació con un programa de reforma global del sistema educativo que incluía la construcción urgente de escuelas, la dignificación del maestro con un aumento sustancial de sus retribuciones, el establecimiento de un sistema unitario de tres ciclos, el fomento de una pedagogía activa y participativa, una concepción laica de la enseñanza. Por poner un ejemplo, en cuatro años, entre abril de 1931 y abril de 1935, el número de maestros nacionales pasó de 37.500 a 50.500. La reforma concitó la hostilidad de sectores poderosos de la sociedad española. La Guerra Civil sirvió así para que los franquistas eliminaran la educación como «escudo y defensa de la República».

Por detrás de los asesinatos, de la crueldad, el dolor y el miedo, existía la política del franquismo: una campaña sistemática de erradicación de la política educativa y cultural de la República. En 1937, José Pemartín, jefe del Servicio de Enseñanza Superior y Media, declaraba lo siguiente: «Tal vez un 75 por ciento del personal oficial enseñante ha traicionado —unos abiertamente, otros solapadamente, que son los más peligrosos— la causa nacional (...). Una depuración inevitable va a disminuir considerablemente, sin duda, la cantidad de personas de la enseñanza oficial». En nueve provincias de las que existen datos sistemáticos, fueron ejecutados en torno a 250 maestros. Y 54 institutos públicos de enseñanza secundaria creados por la República fueron cerrados. Por añadidura, en torno a un 25 por ciento de los maestros sufrieron algún tipo de represión y un 10 por ciento fueron inhabilitados de por vida. En Euskadi y Cataluña, todos los maestros de la enseñanza pública fueron dados de baja y tuvieron que solicitar su readmisión a través de un costoso proceso.

Éste no es solamente un libro sobrecogedor, sino necesario. Revela la vileza moral de argumentos pro franquistas que han aflorado en España en la última década y que cambian los papeles de víctimas y verdugos. Sus páginas ayudan a entender por qué, en el imaginario internacional de dictaduras crueles, el franquismo haya ocupado siempre un lugar destacado. Fue universalmente percibido en el mundo civilizado como un régimen abyecto a lo largo de cuarenta años. Así fue desde su comienzo. Adviértase al leer este libro que la abrumadora mayoría de las ejecuciones de maestros tiene lugar al inicio de la Guerra Civil, entre julio y octubre de 1936. Todos los episodios son despiadados.

No se trataba solamente de odios y rencores personales: se buscaba implantar un miedo generalizado. El régimen futuro habría de ser un régimen totalitario, no una dictadura benevolente.Y un régimen totalitario tiene como una de sus características «un sistema de terror, impuesto a través de los controles del partido y de la policía». Así fue desde la insurrección del 18 de julio de 1936 y duró mucho tiempo. El objetivo era explícito: el punto 6º de los 26 Puntos de la Falange declaraba que «nuestro Estado será un instrumento totalitario». El recuerdo de aquello ha permanecido vivo, pese a los cuarenta años de dictadura y tras treinta años de democracia. Forma parte de ese término un tanto vaporoso: la «memoria histórica».

Entre 1971 y 1974, en las postrimerías del franquismo, estudié los movimientos obrero y estudiantil clandestinos. Entrevisté a un centenar de dirigentes, grabando cuatrocientas horas de sus historias personales. En su mayor parte, esos dirigentes procedían de familias que habían vivido la represión y el miedo. Sus testimonios refuerzan las historias de los maestros que recoge este libro. Voy a reproducir algunos, a modo de ilustración.

A mi padre le pusieron ocho penas de muerte cuando los «nacionales» entraron en Murcia. Se lo llevaron de Murcia y le tuvieron mucho tiempo encarcelado. Mi madre se solidarizó con él: tenían dos hijas, que iban por delante de mí, que mi madre se las llevó con ella a la cárcel (...). Cuando por fin mi padre pudo salir, dejaron esas tierras y emigraron a Andalucía. En un plazo de una semana murieron las dos niñas porque en la cárcel cogieron algo (...). Es decir, que son gente que sufre las represalias de la Guerra Civil, que en cierta medida destrozó sus vidas. Yo fui el siguiente hijo.

Mi padre es comunista y luchó con la República (...). Hasta el 66 ha estado en libertad vigilada.Trabajaba de día en una fábrica en la que estaba represaliado y no podía ascender de categoría, ¿no? Y por la noche trabajaba en un garaje. Y mi madre asistía. Pero, así y todo, nosotros teníamos que ir a por leche americana, de caridad, etc. Y a mí era una cosa que me sublevaba. Pensaba que trabajando los dos, no teníamos que ir a por fiao, y trabajando como bestias por la noche (...). Primero vivimos en casa de mis abuelos, que había una manada de gente allí. Después en una portería con un tío que teníamos, un mutilado (...). Vivíamos en un ambiente de miedo, ¿no? Pues por ejemplo yo me acuerdo que cuando estuve en el colegio y las monjas me hablaban de los «rojos», es una cosa que me produjo mucho espanto. Yo llegué a casa y le pregunté a mi madre: «Oye, mamá, ¿y qué son los rojos?», y la tía se echó a llorar y dijo: «Pues los hombres que tienen rabos y cuernos como tu padre, ¿no ves lo rojo que es?» y tal.

En este libro de María Antonia Iglesias los testimonios revelan el miedo provocado por la crueldad, la saña y la vileza de los verdugos, por la indefensión y la impotencia. La experiencia es similar en todas las historias.

Las razones de las ejecuciones eran erradicar el espíritu de la República encarnado en los maestros y en la educación; provocar un miedo generalizado. Esas razones fueron reforzadas por las venganzas. A la hora de llevar a cabo la represión, no sólo fueron los verdugos los responsables.Aquéllos eran generalmente grupos de falangistas armados y matones, que luego alardeaban en el pueblo de los asesinatos y amedrentaban a los vecinos. Una buena parte de la responsabilidad correspondió a curas de la Iglesia católica: elaboraban listas negras y acompañaban los fusilamientos. Los testimonios son abru¬madores.

La Iglesia jugó un papel fundamental en la represión y la depuración del magisterio. Yo creo que básicamente por el papel que los maestros de la República jugaron en la aplicación de la normativa sobre la supresión de la enseñanza religiosa, cuando se apartó de las funciones educativas a las congregaciones religiosas. Por eso bastantes miembros del clero de la Iglesia católica jugaron un papel fundamental en la represión. En los archivos provinciales de Cádiz y en los municipales se con¬servan pruebas de la intervención que tuvieron los clérigos,las denuncias concretas que pusieron, básicamente contra maestros. En la enseñanza, cuando se pusieron en marcha las comisiones de depuración, uno de los requisitos que establecía el procedimiento para la depuración era el informe que tenía que presentar un cura párroco sobre la actuación de ese maestro (...). En el caso de don Teófilo hay un informe del párroco de la iglesia de Jerez en el que hace una relación de maestros, que le solicita la Comisión de Depuración. (Testimonio de Manuel Santander, profesor de la Universidad de Cádiz e Inspector de Educación, sobre el fusilamiento en agosto de 1936 de Teófilo Azabal, maestro en Jerez de la Frontera. El párroco, Francisco Corona, lo era de la iglesia de San¬tiago y la Victoria, en esa ciudad).

Por la relevancia de la Iglesia en la insurrección militar y en el nuevo régimen, el catolicismo formó parte de las estrategias para sobrevivir y para hacer frente al miedo. En la investigación que incluyó el centenar de entrevistas a dirigentes obreros y estudiantiles clandestinos, a la que hice referencia anteriormente, los testimonios fueron recurrentes. Pondré algunos ejemplos:

Vivíamos en una aldea en Asturias. Mi madre era maestra y teníamos algo de ganado. Mi padre muere en la guerra, poco después de que yo naciera, en 1938. Mi madre y mi tío eran los rojos del pueblo. Era una mujer de izquierdas, pero después de la guerra era una persona abso¬lutamente aislada. Teníamos muy poco dinero. Hasta el punto de que, a falta de otras posibilidades, mi madre toma la decisión desesperada de meterme en un seminario porque piensa que es el único camino de que salga adelante.

Yo sabía que mi madre era agnóstica pero yo empecé entonces a ir a un colegio de curas y ella empezó a mostrar un interés aparente por la religión.Y un día empezó a decirme que quería aprender el rosario y eso, claro, ¡me provocaba unos desajustes! Me daba mucha vergüenza que mi madre quisiera aprender el rosario.

Yo, de los diez a los 12 años fui miembro de la Legión de María (...). Iba allí al colegio Menéndez Pelayo en Atocha, y en los recreos está¬bamos formados, que nos hacían cantar el Cara al sol. Quinientos niños cantábamos el Cara al sol todas las tardes, todas las tardes y todas las tardes, que desde luego era la hostia, que si izar bandera, el rollo...

En este libro de María Antonia Iglesias, uno de los testimonios más elocuentes es el de Hilda Farfante, hija de dos maestros de Cangas del Narcea, ambos fusilados.

Yo iba a la iglesia y lloraba y todo el mundo creía que lloraba por mis pecados (…). Pero yo aquello lo asumía de otra manera porque era una niña, lo asumía como que mis padres eran culpables (...). Yo me acuerdo de levantarme a las siete de la mañana antes de ir a la escuela, para ir a misa a comulgar y a confesar, todos los días (...). Recuerdo una costumbre que decía que si el Día de los Difuntos entrabas a la iglesia y rezabas siete padrenuestros y salías a la calle, y volvías a entrar y a rezar, cada vez sacabas un alma del purgatorio... Yo entraba y salía setenta veces, era la que más entraba y salía.

Eso era el nacional-catolicismo. En el terreno de la educación y la cultura, el aniquilamiento de la tradición humanista, liberal y reformista. Paralizó durante largos años la construcción de escuelas; el magisterio fue diezmado; la enseñanza pública fue maltratada porque era vista como el germen del mal «laizante»; se fomentó la desigualdad entre centros y alumnos; el adoctrinamiento fue inmisericorde. Recuérdense las palabras del catecismo Ripalda: «¿Hay otras libertades perniciosas? Sí señor, la libertad de enseñanza, la libertad de propaganda y de reunión. ¿Por qué son perniciosas esas libertades? Porque sirven para enseñar el error y propagar el vicio».

Así fue la educación bajo el franquismo. Después de concluida la guerra, en 1943, el ministro de Educación, José Ibáñez Martín, declaraba ante las Cortes que «lo verdaderamente importante desde el punto de vista político es arrancar de la docencia y de la creación científica la neutralidad ideológica y desterrar el laicismo, para formar una nueva juventud, poseída de aquel principio agustiniano de que mucha ciencia no acerca al Ser Supremo». El concordato de 1953 entre el Estado español y el Vaticano confirmó el monopolio católico sobre la educación española. El Estado aseguraba la enseñanza de la religión católica como parte obligatoria de los planes de estudio en todos los centros educativos del país, de cualquier clase y nivel, así como la conformidad de todas las enseñanzas con los principios de la Iglesia católica. Ésta se encargaba de la pureza de la fe, de las buenas costumbres y de la enseñanza de la religión.También podía prohibir y retirar libros, publicaciones y material docente contrarios al dogma y a la moral católica.

Para configurar la educación bajo el franquismo, los maestros republicanos tenían que ser eliminados.Así fue desde el inicio de la guerra, como este libro muestra. Sabemos que después de la guerra las purgas continuaron de forma masiva. No sólo entre los maestros, claro está. La legislación sobre Responsabilidades Políticas y de Represión de la Masonería y el Comunismo condujo a una depuración muy extensa: Gabriel Jackson ha estimado que el número de muertes de prisioneros republicanos alcanzó las 200.000; existieron, además, muchas otras formas de sanciones políticas, que iban desde purgas profesionales hasta largas condenas de cárcel. Veinte años después de terminada la guerra, la ley de Principios del Movimiento Nacional de 1958 reiteraba los fundamentos de la dictadura y, entre ellos, que la nación era católica y que tan sólo la religión católica podía ser practicada.

Desde hace un tiempo, los intentos por disfrazar el franquismo de «dictablanda desarrollista» se han complementado con la pretensión de hacer recaer sobre la República la responsabilidad de la Guerra Civil. Presentan a los protagonistas de la dictadura como los padres de la democracia. Ésta no sería, al fin y al cabo, sino el resultado político inevitable de los cambios en las condiciones materiales de vida entre 1963 y 1973. Un burdo materialismo histórico sirve para llevar a cabo esta apología del franquismo: el cambio en las fuerzas de producción habría eventualmente determinado la transformación de la superes¬tructura política.

Ese disfraz es falso al menos por tres razones. En primer lugar, el desarrollo económico español fue tan sólo consecuencia de la gran expansión económica europea a partir de mediados de los años cincuenta. Como ha escrito Gabriel Tortella, «la recuperación económica de Italia y Francia tras la Segunda Guerra Mundial se logró en unos tres años. La de España tras la Guerra Civil se prolongó por espacio de entre once y catorce años». En segundo lugar, el paso de una dictadura a una democracia no se debe al crecimiento económico. No ha sido la expansión lo que ha generado los cambios de régimen en América Latina o en el Este de Europa. Finalmente, las políticas económicas en España tuvieron como objetivo estabilizar la dictadura, nunca facilitar la democracia. Dos décadas después de la guerra, tras fundamentar la dictadura en la represión y el miedo, se buscó el acatamiento pasivo de la población a través de mejores condiciones de vida y de una despolitización generalizada. Como ha señalado Raymond Carr, «la dictadura de la victoria había pasado a ser la dictadura del desarrollo». De lo que se trató siempre, en cualquier caso, fue de preservar la dictadura. Una dictadura que hasta su último momento no dudó en rapar la cabeza a mujeres de trabajadores en huelga, deportar disidentes, encarcelar a sindicalistas y estudiantes, censurar libros masivamente, torturar y ejecutar cruelmente.

«Recordar para no repetir»: ése ha sido un lema político en muchas nuevas democracias tras la caída de las dictaduras. El lema implica concordia, pero también exige no olvidar. En esto consiste lo que se ha llamado «memoria histórica». Posee, por un lado, un contenido moral imprescindible, de respeto y homenaje a las víctimas. Y, por otro lado, la importancia política de evitar que, falseando la historia, los franquistas y sus herederos socaven la democracia. Ése es el valor del recuerdo, mantenido vivo durante décadas por personas como las que hablan en este libro.

Septiembre de 2006





Por cierto, qué alegría que vivimos en una democracia de mercado pletórico y la editorial lo mismo vende este libro de Maria Antonia Iglesias que el último de Jiménez Losantos...
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