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C. Schmitt: EL ORDEN DEL MUNDO DESPUES DE LA SEGUNDA GUERRA

 
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Autor Mensaje
José Mª Rodríguez Vega



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MensajePublicado: Dom Abr 22, 2007 6:10 pm    Título del mensaje: C. Schmitt: EL ORDEN DEL MUNDO DESPUES DE LA SEGUNDA GUERRA Responder citando

«La justicia no se ha de librar por leyes sino por armas.» (Melchor Cano)

Este es el artículo o escrito de Carl Schmitt que les prometí y del cual hablaba ese tal Manuel Rivas. Estos textos de Schmitt los doy aquí por su indudable e intrínseco interés -dada la época en que están escritos y por la concepción schmitiana de la "toma del espacio y de la tierra", por la distinción entre "amigo y criminal" tan olvidada por nuestras repugnantes y actuales izquierdas- y porque están agotados o son difíciles de encontrar. O eso es lo que creo.
Como este artículo de Schmitt es algo largo, no me entra en un sólo mensaje, por lo que he de meterlo en varios mensajes consecutivos. Adiós.

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EL ORDEN DEL MUNDO DESPUES DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Por Carl Schmitt

Instituto de Estudios Políticos
Madrid 1962



Don Manuel Fraga ha interpretado mi obra de una manera magistral, con penetración científica y comprensión intelectual perfecta. Ha hablado de mi persona y de mi fama con nobleza humana y generosidad. El célebre Instituto de Estudios Políticos de Madrid me ha honrado con una distinción que ya en sí misma es grande y brillante, y que lo es todavía más por el momento histórico y la situación actual. Agradezco al Instituto y a su director, don Manuel Fraga, cordialmente, y acepto tanto honor como señal de una amistad y de una vinculación sinceras. Llevaré la insignia con orgullo y consciente de su significación.

Agradezco también a todos mis amigos españoles, tanto a los del Instituto como a los otros, y confirmo lo que he escrito y que el profesor Fraga ha citado en su discurso: este homenaje del Instituto de Estudios Políticos y este encuentro con mis amigos españoles es una fiesta sagrada en el crepúsculo de mi vida.

Don Manuel Fraga me ha llamado testigo de la crisis europea que no ha querido estar fuera de ella, sino dentro. Es exacto. Los resultados de mi investigación científica los he echado con plena conciencia en un mundo caótico y en la balanza de la Historia. Es una coincidencia significativa que el impulso sincero de investigación me haya conducido siempre a España. Veo en esta coincidencia casi providencial una prueba más de que la guerra de liberación nacional de España es una piedra de toque. En la lucha mundial de hoy, España fue la primera nación que se reafirmó por sus propias fuerzas, de tal forma que, ahora, todas las naciones no comunistas tienen que acreditarse en este aspecto frente a España.

Hace treinta y tres años he dado mi primera conferencia en lengua castellana sobre Donoso Cortés. Fue en 1929, en Madrid y en el Instituto alemán de entonces.

Hace aproximadamente dos décadas di una conferencia en Madrid, en el Instituto de Estudios Políticos, sobre el tema de mi conferencia de hoy: "Los problemas del espacio".

Mi conferencia forma parte de un ciclo en torno al problema crucial de la guerra fría. El tema de la guerra fría tiene muchos aspectos: políticos, ideológicos, jurídicos, económicos y militares. Entre estos últimos destacan los problemas de la estrategia nuclear. Todos estos aspectos se han tratado de manera diversa en una rica literatura hoy ya difícilmente abarcable. Existen también importantes contribuciones de destacados autores españoles. Quisiera mencionar de una manera especial varios trabajos de mi estimado colega Fraga Iribarne publicados en la Revista de Estudios Políticos, en el Homenaje a Barcia Trelles (1959) y en el Homenaje a Legaz y Lacambra (1960). Los he utilizado con gran provecho para la elaboración de mi trabajo sobre la situación del mundo actual.

Nos encontramos en un momento crítico de cambio brusco y radical. Desgraciadamente esto no significa que ahora, en la primavera de 1962, estemos cerca de la paz del mundo y de un definitivo orden universal; probablemente ni siquiera supone el fin de la guerra fría, sino tan sólo una nueva fase de aquél desgraciado estado intermedio entre guerra y paz.

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1. ANTICOLONIALISMO, TOMA DE ESPACIO CÓSMICO Y AYUDA AL DESARROLLO INDUSTRIAL

Naturalmente, en el curso de nuestra disertación, tendremos que hablar de la ONU, organización global con la misión de asegurar la paz y el orden del mundo. Pero estamos conscientes de que la ONU no es otra cosa que un reflejo más o menos exacto del orden existente y, por desgracia, también del desorden. La ONU no constituye nada. Como veremos, no hace más que secundar todo giro del desarrollo de la guerra fría. Sus métodos y procedimientos tienen cierto valor, nadie lo niega, pero los verdaderos problemas y fenómenos objetivos no se solucionan con discusiones normativistas o procesales. Como verdaderos problemas objetivos de la actual situación del mundo se imponen al espectador tres fenómenos nuevos, incluso se podría decir que inesperadamente nuevos. Tal y como se nos presentan hoy, eran desconocidos aún en el año 1945, al final de la segunda guerra mundial. Se trata del anticolonialismo, de la conquista del espacio y del desarrollo industrial de las zonas subdesarrolladas por los desarrollados.

Entre sí mismos, estos tres fenómenos son, aparentemente, heterogéneos por completo; a primera vista no tienen una relación inmediata los unos con los otros. El orden de la enumeración -primero el anti-colonialismo, después el problema del espacio, y en tercer lugar el desarrollo industrial de los subdesarrollados- podrá parecer arbitrario. En la segunda parte de mi conferencia hablaré más extensamente del desarrollo industrial de los subdesarrollados, porque veo ahí el problema central y sumamente actual de un orden nuevo del mundo. Es el gran tema que suelo designar con la expresión de "nomos de la tierra" para distinguirlo también terminológicamente de otras cuestiones menos fundamentales. La expresión "nomos de la tierra" tiene el sentido especial de llamar la atención sobre el hecho concreto de una nueva toma de la tierra y, junto con ella, de una nueva división, distribución y reparto de la tierra. Debe tenerse encuenta que el proceso inmenso de una nueva toma y distribución de la tierra en su realidad concreta conduce a cambios esenciales de la estructura espacial, e incluso de la noción del espacio. Con el término "nomos" queremos destacar el aspecto espacial del problema de un nuevo orden del mundo.

Perdonen ustedes esta advertencia terminológica acerca de la palabra "nomos". He creído necesario recordar el aspecto espacial del tema "orden del mundo" para que nuestra consideración no se estanque en abstractos lugares comunes y en ficciones normativistas. Como ya he dicho, trataré más adelante el tema del desarrollo industrial de los subdesarrollados, problema crucial del nomos de la tierra en nuestro tiempo. En cuanto al anti-colonialismo, se suele tratar, en general, como un asunto ideológico y, realmente, en buena parte, lo es. Es sobre todo propaganda y, con más precisión, propaganda atieuropea discriminadora. Su historia se presenta como una historia de campañas propagandísticas y, desgraciadamente, éstas han comenzado con campañas intereuropeas. En un principio tenemos la propaganda anti-española de Francia e Inglaterra, la leyenda negra de los siglos XVI y XVII; se acentúa en la ilustración humanitaria del siglo XVIII, se generaliza y, por fin, toda Europa es calificada de agresor mundial y puesta en el banquillo en la visión histórica del consejero de la ONU Arnold Toymbee. Hemos presenciado como se hundieron en pocos años, después de terminar la segunda guerra mundial, los grandes imperios mundiales ultramarinos de las potencias europeas Inglaterra, Francia, Holanda y Bélgica, coreados por las imprecaciones de esta propoaganda anti-europea creada por europeos.

Por esta razón, es necesario liberarse de las nieblas de este ideologismo anti-europeo, y recordar que todo lo que se puede denominar Derecho internacional, desde hace siglos, es derecho internacional europeo. Sobre todo hay que recordar que todos los conceptos clásicos del Derecho internacional existente son específicamente Derecho internacional europeo, ius publicum Europeaum. Esto afecta especialmente a los conceptos de guerra y paz y a dos distinciones conceptuales fundamentales: en primer lugar, la distinción de guerra y paz, es decir, evitar un estado intermedio, tan característico de la guerra fría, y, en segundo lugar, la separación de los conceptos de enemigo y criminal, es decir, evitar la discriminación y criminalización del adversario, tan características de la guerra revolucionaria, una guerra que está esencialmente integrada por la guerra fría. Uno de los portavoces de la propaganda anti-europea, al político hindú Krishna Menon, después de la violación del enclave portugués de Goa, ha dicho: "el Derecho internacional hasta hoy fue europeo; nosotros crearemos otro Derecho internacional no-europeo. Despues de todas nuestras experiencias, podemos esperar con cierta curiosidad las ideas de guerra y paz que creará este nuevo Derecho internacional".

Pero precisamente por esta actitud anti-europea, no debemos olvidar el aspecto espacial del anti-colonialismo. Parece que las conquistas, tomas de la tierra y supresiones realizadas por pueblos no-europeos no están afectadas por la maldición del anti-colonialismo. El representante norteamericano en la ONU, Adlai Stevenson, intenta con gran esfuerzo destacar la idea del colonialismo soviético. Semejantes tentativas demuestran hasta qué punto todo lo europeo se encuentra hoy día a la defensiva. Europa, en el sentido del anti-colonialismo, aún hoy, se limita geográficamente al espacio de la vieja Europa. Así resalta el carácter especial del anti-colonialismo. No debemos ignorar lo espacial al pensar en el carácter ideológico de este fenómeno. Lo que aú7n sobrevive de las ideas clásicas del Derecho internacional tiene su origen en un orden espacial puramente europeo-céntrico. El anti-colonialismo es un fenómeno que acompaña a la destrucción de este orden espacial. Está orientado exclusivamente hacia atrás, hacia el pasado, y tiene como objetivo la liquidación de un estado vigente hasta ahora. Aparte de postulados morales y de la criminalización de las naciones europeas, no ha producido ni una sola idea de un nuevo orden. En lo fundamental, está determinado por una idea espacial, aunque sólo negativamente, sin tener capacidad para fomentar, de manera positiva, los comienzos de un nuevo orden espacial. Además, este espacio se nos presentará bajo otro aspecto sorprendente y nuevo: como espacio de ayuda al desarrollo industrial. Hablaré más adelante de este problema.

Me pareció interesante destacar el aspecto espacial del anti-colonialismo, precisamente, por su tendencia negativa y destructiva. Respecto al otro fenómeno universal, que está llamativamente en primer plano, la invasión de nuevos espacios cósmicos, es evidente su aspecto espacial. Incluso parece ser exclusivamente un problema espacial. Cuando actualmente se dice que nuestra época es el siglo del espacio, y en todas partes donde se habla con insistencia o con pathos de "espacio", se piensa, en primer lugar, en el espacio cósmico y su conquista. Nuevos espacios inconmensurables se abren y, como suele ocurrir inevitablemente con cualquier acción humana y con el establecimiento de cualquier orden humano, se toman y se reparten de una u otra forma. Hablamos, hace un rato, de un nomos de la tierra: el problema parece extenderse ahora hacia lo infinito, y, en consecuencia, parece que debemos pensar en un nomos del cosmos. Comparados con las proporciones gigantescas de la toma y división de espacios cósmicos, todos los acontecimientos históricos anteriores -toma de la tierra, toma del mar e incluso la conquista del espacio atmosférico- nos parecen ahora pequeños e insignificantes.

Nos encontramos ante un curioso anti-fenómeno del fenómeno anti-colonialista, del cual hemos hablado antes. La ideología anti-colonialista se queda aquí abajo, en nuestro pequeño planeta. La conquista del cosmos, sin embargo, nos traslada a nuevos espacios inmensos, incluso nos sustrae de la gravitación de la tierra, y parece que ni siquiera tiene necesidad de un punto arquimédico. El anti-colonialismo no es otra cosa que la liquidación de un pasado histórico a costa de naciones europeas. La conquista del cosmos es puro futuro, y convierte, aparentemente, toda la historia vivida hasta hoy en un preludio insignificante. Sin embargo, sería superficial olvidar y despreciar la relevancia del aspecto espacial en el cual se encuentran los dos anti-fenómenos; porque la carrera actual por la gran toma del espacio cósmico y la rivalidad gigantesca de Este y Oeste, de Estados Unidos y la Unión Soviética, es aún, en primer lugar y fundamentalmente, el problema de la dominación de nuestra tierra, del dominio político en nuestro planeta, por muy pequeño que nos parezca desde el punto de vista cósmico. Solamente quien domine la tierra dominará los nuevos espacios cósmicos, que se hacen accesibles al hombre gracias a los nuevos medios técnicos. Y al revés: cada paso que se de en la toma del espacio cósmico significará un paso en la dominación de la tierra para el poder que lo efectúe. Este es, incluso por ahora, el verdadero y auténtico sentido de la penetración en el cosmos. La propaganda fantástica que se organiza en torno a los Sputnicks y astronautas tiene el objeto político muy concreto de impresionar a los habitantes de esta tierra y no a los eventuales habitantes de la Luna o de Marte. La dominación de la estratosfera o del cosmos tendrá su repercusión en la estrategia de las guerras que tengan lugar en esta tierra. También aquí la guerra se hace total. Pero sigue siendo una guerra, fría o caliente, que hombres de esta tierra hacen contra otros hombres de la misma tierra.

2. LA MODERNA GUERRA FRÍA ES UNA PARTE DE LA GUERRA REVOLUCIONARIA

Tenemos que considerar, por consiguiente, el aspecto espacial que implican los fenómenos anti-colonialismo y conquista del cosmos para el problema de un orden de nuestra tierra. Los dos están implicados en los frentes y destinos de la guerra fría. Hasta la actualidad, el Este aprovecha el anti-colonialismo contra Occidente; los nuevos espacios cósmicos se convitieron es escena de una rivalidad intensa entre Este y Oeste. Todo esto no nos sorprende apenas, porque hasta tal punto nos hemos acostumbrado a la guerra fría que ya nos parece un hecho natural de la existencia actual de la humanidad. Pero precisamente por esto es necesario que no perdamos de vista la peculiaridad concreta del actual género de guerra fría y que no reduzcamos sus cuestiones y problemas a ideas generales y abstractas. Existe aquí un peligro especial de generalización abstracta. En todas las épocas de la historia humana existieron estados intermedios entre guerra y paz que se pueden utilizar en la discusión moral o jurídica de la situación actual como paralelos o semejanzas. Esto produce con frecuencia la impresión de un conocimiento moral o jurídico, e incluso de una definición clara, aunque, en realidad, impide acertar lo verdaderamente concreto y peligroso de la guerra fría actual. Debemos estar muy conscientes de este peligro de generalización abstracta para poder analizar en su particularidad concreta los diversos estadios por los que pasó la moderna guerra fría desde la segunda guerra mundial hasta hoy.

Como ya hemos dicho, encontramos en todas las épocas estados intermedios entre guerra y paz. En una palabra, el llamado status mixtus existe desde que hay guerra y paz en el mundo. En este sentido es posible y perfectamente admisible, hablar de la guerra fría como un fenómeno histórico general. García Arias descubrió que el término guerra fría ya aparece en la Edad Media española en un párrafo del Libro de los Estados de don Juan Manuel, el cual dice de la guerra fría en el siglo XIV: "Ni trae paz, ni da honra al que la face" --(Nota 1: Luis García Arias: "Sobre la licitud de la Guerra moderna", en La guerra moderna. Publicación de la Cátedra General Palafox. Universidad de Zaragoza, 1 -1955-, pág. 120)-- Generalmente conocida y muy citada es la frase de Cicerón:Inter pacem et bellum nihil medium. Hugo Grotius cita esta fórmula en su libro De jure belli ac pacis, 1625, y, desde entonces, llegó a ser una frase proverbial. Ya estos dos ejemplos nos demuestran que el estado intermedio entre guerra y paz depende de la estructura de guerra y paz, que cambia según las épocas. Una guerra fría entre señores feudales cristiano-medievales o entre imperios cristianos e islámicos es otra cosa que el estado intermedio al cual se refiere Cicerón. En su octava filípica contra Marco Antonio, Cicerón tiene presente un estadio dentro de la República Romana. que es, precisamente, la guerra civil. Un status mixtus entre dos guerras civiles es, naturalmente, muy distinto de un estado intermedio entre dos guerras, que realizan, de Estado a Estado, dos Estados impermeables, sólidamente fundados. Al usar Grotius en el año 1625 la frase de Ciderón, haciendo de ella un dogma, efectúa un cambio esencial de estructura. Grotius está situado ya al principio del ius publicum Europeaum[i] entre Estados, del Derecho internacional clásico, cuya estructura implica que la guerra, en el sentido del Derecho internacional, es una guerra entre Estados, y precisamente, entre los Estados soberanos de un orden del mundo europeo-céntrico surgido en aquel entonces. La guerra civil, en cambio, se desarrolla dentro de un Estado.

Hoy día se habla mucho de los llamados conceptos "clásicos", tanto del Derecho internacional como del Derecho constitucional --(Nota 2: Véase la palabra clave "klassische Begriffe" en el indice de materias de mis [i]Verfassungsrechtliche Aufsätze, Berlín, Duncker & Humblot, 1958, pág. 512)
--. Semejantes nociones clásicas constituyen aún hoy con frecuencia la base de formación de ideas jurídicas o morales, ya sea consciente ya inconscientemente. Se siguen suponiendo vigentes, pero al mismo tiempo se problematizan y se disuelven. También en esto se refleja el estado intermedio del orden del mundo actual. Es un estado peligroso, porque es la causa de muchas perturbaciones, y facilita el abuso de palabras e ideas de prestigio tradicional, sobre todo palabras e ideas como guerra, paz y neutralidad. Los "clásicos" del Derecho internacional existente hasta ahora, y que era, como ya hemos dicho, un Derecho esencialmente europeo, fue precisamente la separación y distinción exacta de guerra y paz, de Estados beligerantes y Estados neutrales, de combatientes y no-combatientes, de militares y civiles; todas ellas distinciones precisas, que encontraron finalmente su formulación clásica en las normas del Convenio de La Haya de 1907.

La distinción fundamental, sin embargo, que es la base de todos estos conceptos clásicos del Derecho internacional, y que hace posible la idea de una auténtica neutralidad, es una distinción que se perdió, según todas las apariencias, después de la segunda guerra mundial: es la distinción de enemigo y criminal. Según el Derecho internacional clásico, se lucha con un enemigo sin declararlo criminal. Por el contrario, se respeta como soberano e igual, y, por consiguiente, después de haberlo vencido se puede concluir una paz honrada.

Todo lo que se puede celebrar hasta la actualidad como progreso humanitario en la Historia del Derecho internacional se basa en esta distinción clásica. Hoy día comprendemos muy bien que el diplomático francés Talleyrand celebrara esta distinción con tanto entusiasmo y con tan gran pathos, en un famoso memorándum del año 1805, como el mayor progreso de la humanidad. Hoy, en la época de la guerra total, de la guerra exterminadora, de la guerra organizada de partisanos la conciencia de este progreso se pierde, evidentemente, y una recaída en el barbarismo parece casi inevitable. Según las famosas tesis de Lenin y Mao Tse Tung, solamente la guerra revolucionaria es una guerra justa; es decir, una guerra que tiene por objeto la destrucción del orden social en el país del adversario, exterminar sus capas dominantes y realizar un reparto nuevo de poder y propiedad, sin tener en cuenta la distinción de guerra ofensiva y guerra defensiva. Esta guerra revolucionaria no tiene otro interés u orientación que su fin objetivo, que es la subversión social en el otro país. Todo lo demás, incluida la distinción de guerra y paz, no significa para ella más que un asunto táctico o estratégico de la beligerancia revolucionaria. La utilización de métodos militares o no militares es una cuestión de circunstancias, de la misma manera que se usan medios legales o ilegales para subir al poder. Este es el primer principio fundamental y determinante de la guerra revolucionaria. Mao Tse Tung, en una disertación famosa sobre este especie moderna de guerra, ha calculado la relación cuantitativa y cualitativa de medios bélicos y pacíficos en ella, es decir, su proporción de guerra caliente y guerra fría. Opina que la guerra caliente se aplica sólo cuando la guerra fría de los medios pacíficos ya haya madurado la situación para la invasión militar. Solamente entonces aparece un ejército rojo y ocupa el país. En cifras, Mao calcula la proporción de estas dos especies de guerra en 10 por 1. Con otras palabras: la guerra revolucionaria está constituida en nueve décimos por la guerra fría, y sólo el último décimo, aunque decisivo, es guerra caliente. Es una proporción que deberíamos tener en cuenta cuando reflexionamos sobre la guerra fría. Porque la enemistad, que constituye la esencia de cualquier guerra, no es menor en los nueve décimos de la guerra fría que en el último décimo de la llamada guerra caliente.

La guerra revolucionaria se sirve de los conceptos clásicos del Derecho internacional exclusivamente para sus fines revolucionarios, tal como se sirve del Derecho constitucional clásico y, en definitiva, del Derecho civil. Los convierte en armas e instrumentos de sus objetivos tácticos y estratégicos. Los instrumentaliza, y esto implica, en un sentido determinado, que los relativiza y los neutraliza. Es una destrucción desde dentro, y algo muy distinto de la neutralidad en el sentido de la objetividad jurídica, en la cual suele pensar el jurista al oír hablar de relativización y neutralización. También los juristas del mundo occidental tienen hoy día una tendencia a relativizar las ideas clásicas. Fraccionan especialmente el concepto de la guerra según las múltiples leyes particulares cuya aplicación está en cuestión. Así, existe una guerra en el sentido del Convenio de La Haya además de otra guerra muy distinta en el sentido de las normas del Derecho mercantil -por ejemplo, de la cláusula sash and carry- o una guerra en el sentido de ciertas normas del Derecho de seguro, etc. --(Nota 3: Fritz Grob:The relativity of War and Peace, 1949; además el trabajo de Helmut Rumpf: "Die Relativität des Krieges", en [i]Archiv des Völkerrechts, tomo 6, pág. 51 (1956); Manuel Fraga Iribarne, en Homenaje a Camilo Barcia Trelles, 1959, pág. 344)--. Esto es una solución prácticamente positivista; tiene su ventaja para la aplicación de múltiples leyes dentro de la guerra fría. Pero el peligro está en que el método de la relativización jurídico-positivista da, en muchos casos, el mismo resultado final que el método revolucionario de relativización que, naturalmente, tiene intenciones de carácter completamente distinto. La atención se desvía y deja de fijarse en el problema crucial del ordenamiento del mundo, que es siempre un problema político, y se legaliza un estado intermedio cuya legalidad se pone sin gran esfuerzo al servicio de la guerra revolucionaria.

Se debe conocer esta problemática de ideas para interpretar justamente la situación mundial de este momento. Un estado intermedio entre guerra y paz en el cual un contrincante poderoso hace una guerra revolucionaria es algo completamente distinto de lo que se llamaba en siglos anteriores status mixtus o guerra relativa y parcial. Un nuevo estado intermedio había ya empezado desde el fin de la primera guerra mundial. El sistema colectivo de seguridad de la Sociedad de las Naciones de Ginebra y las tentativas de una proscripción de la guerra agresiva han destruido el concepto clásico de neutralidad jurídico-internacional. El sistema de seguridad colectiva no era ni un sustitutivo de paz ni una garantía contra la guerra. La Unión Soviética, admitida como miembro en la Sociedad de las Naciones en 1935, aprovechó sus instituciones y procedimientos para lograr sus fines de revolución mundial. Se intercaló intensamente en las discusiones sobre desarme, proscripción de la guerra y definición del agresor, y presentó las propuestas más radicales. Se ,lo podía permitir, porque la guerra revolucionaria que estaba haciendo era solamente en una décima parte guerra militar, y, por lo demás, se desarrollaba en otro plano que la guerra del clásico Derecho internacional, la cual se había proscrito con tanto celo.

3. LOS TRES ESTADIOS DE LA GUERRA FRÍA: MONISTA, DUALISTA Y PLURALISTA

Ya antes de empezar la segunda guerra mundial, exactamente el 26 de abril de 1939, el primer ministro inglés Chamberlain, declaró en la Cámara de los Comunes, con motivo de la introducción del servicio militar obligatorio: "Verdad es que no tenemos guerra, pero tampoco tenemos paz" --(nota 4: A esta frase de Chamberlain se refiere un trabajo que publiqué unos meses después, en octubre de 1939, en la Zeitschrift der Akademie für deutsches Recht, 6, Jahrgang, Heft 18, págs. 594-95 con el título "Inter pacem et bellum nihil medium".)-- Durante la segunda guerra mundial, la discusión jurídica de la guerra fría se orientaba en torno a la idea de la neutralidad. Esta neutralidad se parcelaba con nuevas distinciones, se relativizaba y se disolvió cada vez más, pero nunca abandonó por completo su punto de referencia: la idea clásica de neutralidad jurídico-internacional. Así surgieron fenómenos intermedios como no beligerancia, y la práctica de las [i]measures short of war. Los Estados Unidos practicaron esta clase de media o cuarta neutralidad hasta su entrada franca en la guerra, es decir, hasta la declaración de guerra de Hitler en 1941. Pero siempre que exista plana, media o cuarta neutralidad, existirá también plena, media o cuarta guerra. Este era el camino hacia un estado intermedio, que ya no dejaba distinguir dónde terminaba la paz y comenzaba la guerra. La amistad que unía a Roosevelt y Stalin y la lucha común contra Hitler evitaba el conocimiento crítico de que ya en aquel entonces Stalin, por su lado, practicaba frente a los Estados Unidos una especie de estado intermedio entre guerra y paz, que formaba parte de su estrategia de guerra revolucionaria.

Así empezó la primera fase de la moderna guerra fría. Podemos calificarla de fase monista, porque se basaba en la idea de que la unidad política del mundo en 1943 existía ya en el fondo, y que solamente habría que eliminar algunos obstáculos, como la Alemania de Hitler, para realizar, por fin, la paz universal y un nuevo orden del mundo. Desde 1942, la alianza entre Estados Unidos y la Unión Soviética se convirtió en la base de todo un sistema de construcciones político-mundiales que todavía hoy tienen su repercusión en muchas imaginaciones poco críticas. Especialmente se estableció la nueva organización de la paz universal, la ONU, sobre el fundamento problemático de una amistad entre Roosevelt y Stalin.

Esta primera fase no era, en el fondo, más que un preludio. Ya en el año 1947, dos años después de terminada la segunda guerra mundial, la guerra fría entró en su segunda fase. A diferencia del primer estadio, que era monista, aunque solamente en el sentido de una unidad ilusoria, aparece ahora una estructura pronunciadamente dualista o bipolar. Ya no se trataba de que un protagonista de la amistad mundial observara una neutralidad, aunque fuera parcial, en una guerra que hiciera el otro protagonista contra una tercera potencia; más bien surge una enemistad intensa entre las dos potencias mundiales, hasta ahora aisladas, y que son las dos columnas firmes de la organización mundial de la ONU. La ilusión de una unidad del mundo se rompió. Stalin cambió totalmente su estrategia de la guerra revolucionaria. En 1947, su portavoz Shdanov, proclamó la doctrina de los “dos campos”, es decir, el reparto total del mundo entero entre Estados Unidos y Unión Soviética según el criterio amigo-enemigo; y entre estos dos campos ya no sería posible una neutralidad auténtica.

En este momento se volatizaron las ideas del mundo único, del One world y del Estado mundial. No eran más que un fenómeno ideológico que acompañaba al pre-estadio monista, y no tenía más sustancia política que aquél. De la idea del One World no quedó más que las antiguas utopías progresistas y las fantasías tecnicistas. La unidad del mundo no es un problema cibernético, sino un problema político que implica una tarea seria, incluso trágica: la superación de la enemistad entre hombres y pueblos, entre clases, culturas, razas y religiones –(nota 5: El término bipolar resulta casi demasiado neutral para la tensión hostil de semejante dualismo mundial, porque polaridad es un concepto proveniente de las ciencias naturales, y enemistad política entre hombres significa otra cosa que una polaridad química o física.)--. En la fase dualista, las dos grandes potencias enemigas toleran la neutralidad de otros Estados solamente hasta cierto grado, mientras que la relación de enemistad entre los dos contrincantes del dualismo no admite la neutralidad ni siquiera una neutralidad parcial, sin dejar de ser enemistad y convertirse en otro estadio. La neutralidad parcial que observó el presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt, en los primeros meses de la segunda guerra mundial, frente a Hitler era, por consiguiente, cosa distinta de la llamada neutralidad actual entre los dos bloques enemigos en la fase dualista de la guerra fría. El dualismo puede permitir un pequeño grado de libertad de bloque, como fenómeno marginal o excepción sin importancia. Pero cuando los países fuera de bloques constituyan por su cantidad y por su importancia un tercer frente, que represente un poder político independiente, la guerra fría entrará en su tercera fase.

Parece que estamos presenciando dicho momento, y que el sistema dualista bipolar del mundo se revela por una estructura pluralista multipolar. El momento merece, por consiguiente, un análisis especial. El hecho de que la organización mundial de la ONU esté sufriendo una transformación evidente es síntoma de que llegó un momento crítico. Esta transformación evidencia un cambio en el orden del mundo, semejante al de hace diez años. Después del breve preludio de la ilusión monista, la fase dualista de la guerra fría se caracterizó por la paralización del Consejo de Seguridad de la ONU, provocada por el veto permanente de la Unión Soviética. Solamente hasta febrero de 1957, la Unión Soviética opuso 80 veces su veto; desde entonces son ya más de 100 vetos. Hay que tener en cuenta que el Consejo de Seguridad debía ser, originariamente, el verdadero órgano político-mundial para la garantía de la paz. Precisamente este órgano se convirtió en escenario de la guerra fría que las dos potencias mundiales siguieron haciendo incluso dentro de este foro ilustre. En el año 1953, los Estados Unidos se vieron obligados a provocar una resolución que cambió el procedimiento: ahora era la Asamblea General, en vez del Consejo de Seguridad, quien, con mayoría de dos tercios, tomaba las decisiones para la seguridad de la paz mundial. No tiene mayor importancia si este cambio correspondió al carácter originario de los estatutos; el hecho es que con la ayuda de este traspaso del Consejo de Seguridad a la Asamblea General, la ONU funciona bastante bien, y la Unión Soviética toleró prácticamente este sistema.

Pero en los últimos años surgió una cantidad asombrosa de nuevos Estados africanos y asiáticos que se admitieron sin más en la ONU. El anti-colonialismo antieuropeo sustituyó cualquier legitimidad o legalidad. Con la irrupción de estos nuevos miembros en la Asamblea plenaria se transformó también el carácter de este organismo de la ONU. La mayoría de dos tercios ya no estaban con seguridad en manos de los Estados Unidos. Mencionaré solamente los nombres de Argelia, el Congo y Goa para recordar lo que esto significa prácticamente. Surge una nueva situación imponderable. Un conocido publicista norteamericano, Joseph G. Harsch, hizo incluso la proposición de que los dos contrincantes de la guerra fría, Estados Unidos y Unión Soviética, se pongan otra vez de acuerdo, de cualquier manera, para salvar por lo menos un resto de estabilidad del caos amenazador que está provocando lo que él llama el imperialismo de color.

4. EL ACTUAL PLURALISMO DE ESPACIOS DE DESARROLLO INDUSTRIAL

Así, pues, al estadio dualista sigue ahora una fase pluralista. Sería equivocado considerarlo simplemente como un aumento del dualismo, e ignorar la transformación profunda de la estructura del espacio, que afecta incluso a la misma idea del espacio. La superficie de la tierra nos ofrece hoy la imagen de una multitud de más de cien Estados que pretenden ser soberanos. Todos viven a la sombra del equilibrio atómico de las dos potencias mundiales. Hay aproximadamente una docena que se sustraen a la alternativa entre los dos bloques mundiales. Ninguno de estos Estados puede eludir la tendencia al gran espacio (Grossraum), a no ser que prefiera caer en la insignificancia política. El desarrollo técnico no condujo aún, ni mucho menos, a la unidad política de la tierra y de la humanidad. Pero parece que los límites de los múltiples Estados particulares y sus mercados interiores se hicieron demasiado pequeños. Entre la unidad del mundo, utópica hasta ahora, y la época pasada de dimensiones espaciales anteriores se intercala, por algún tiempo, el estadio de la formación de grandes espacios.

El pluralismo de espacios con que nos encontramos hoy es, en realidad, un pluralismo de grandes espacios. Pero “gran espacio” significa algo muy distinto de un espacio al estilo antiguo simplemente aumentado. Al pensar en espacio, lo primero que hacemos es pensar en espacios de dos dimensiones. El Estado, en el sentido del Derecho internacional, es, en primer lugar, un territorio delimitado, dentro del cual se realiza la legislación, el gobierno y la justicia nacionales. También nuestra idea tradicional y clásica de guerra y batallas nos retiene en un pensamiento de planos. Nos imaginamos la guerra como una serie de batallas que tienen lugar en campos de batalla, donde también se deciden. Esta es una idea barroca que concibe la guerra como un teatro. Frente a esto debemos recordar que la guerra revolucionaria de la situación actual es, como hemos visto, solamente en una décima parte guerra en un sentido espectacular. Su mayor parte no se efectúa en semejantes planos y campos de batalla abiertos, sino en los espacios multidimensionales de la guerra fría. Se suma a todo esto, además, la idea difundida del llamado bloque continental, de tal manera que las palabras espacio y gran espacio nos sugieren, en primer lugar, unas áreas bien definidas y no un conglomerado multipolar de volúmenes permeables.. Nosotros, los europeos, estamos aún bajo las impresiones de la disolución de los grandes imperios ultramarinos de las potencias europeas, como Inglaterra, Francia, Holanda y Bélgica. Ni siquiera el Commonwealth inglés se ha podido conservar como unidad política. Para nosotros es lógico querer deducir de este precedente que sea inevitable la existencia de grandes bloques unidos, continentales e impermeables.

Todo esto no enfoca exactamente el núcleo del problema, porque en este momento se está formando una base de partida para un nuevo orden espacial de la tierra. Verdad es que los Estados del bloque oriental siguen aparentemente en una fuerte cohesión continental. Pero también hay allí rupturas de continuidad. Un ejemplo llamativo es Albania, que salió del área de defensa soviética para entrar en contacto inmediato con la china comunista, mucho más lejana. Pero quedémonos por ahora en el Occidente para contemplar mejor la particularidad de los grandes espacios que nos interesan. El ejemplo de los Estados Unidos –el mayor potencial militar y económico del mundo, la primera fuerza atómica- nos aclarará el pluralismo moderno de los grandes espacios. Si ya el ejemplo de los Estados Unidos nos demuestra el contraste con la estructura espacial anterior, que tenía un carácter de área relativamente sencillo, mucho más nos sorprenderán los múltiples Estados pequeños y medianos de esta tierra, bajo el aspecto de una estructura espacial transformada.

Como es sobradamente claro, los Estados Unidos son, en primer lugar, un espacio delimitado en el sentido del Derecho internacional clásico. Tienen sus fronteras territoriales determinadas, que cualquier niño puede reconocer en un atlas geográfico por el color. Suele añadirse, además, la famosa zona de tres millas a lo largo de la costa marítima y alguna cosa más. Las reclamaciones que existen frente a la plataforma submarina nos indican otro volumen distinto, cuya problemática no vamos a profundizar ahora. Pero para nuestro tema es de interés el hecho sobradamente conocido de que los Estados Unidos fijaron, merced a la práctica de la doctrina Monroe, un amplio distrito geográfico, esto es, el hemisferio occidental. Sus límites geográficos se discutieron a fondo, en casos particulares, durante la segunda guerra mundial; por ejemplo, en la cuestión de los límites en el Océano Pacífico o en el caso de Groenlandia –(Nota 6: Vid. Carl Schmitt: Der Nomos der Erde, Berlín, 1950 (Verlag Duncker & Humblot), págs. 259-60.)--. Pero el verdadero espacio político de los Estados Unidos pertenece no solamente su territorio, en el sentido de esfera de competencia estatal en donde rige su legislación, gobierno, administración y justicia, y no sólo también la esfera de la influencia de la doctrina de Monroe, sino que los Estados Unidos son, además, el factor más importante de la comunidad de defensa atlántica, de la OTAN, que abarca quince Estados, americanos y no americanos. Los Estados Unidos tienen, además, su lugar en el espacio global de la ONU. La zona de defensa de la OTAN no es una “región” en el sentido del artículo 52 de los estatutos de la ONU, porque en el Consejo de Seguridad no hay unanimidad sobre su carácter pacífico; basándose en el artículo 51 de los estatutos de la ONU, que reconoce el derecho de la autodefensa, la esfera de defensa de la OTAN está entresada del espacio global de la ONU. Y es mejor no hablar del espacio que surge del hecho de que los Estados Unidos son una fuerza atómica pero la OTAN no.

Estos cuatro espacios de densidad y permeabilidad muy distinta –territorio estatal, hemisferio occidental de la doctrina de Monroe, esfera de defensa de la OTAN y espacio global de la ONU-, todos estos espacios, repito, se suelen imaginar como superficies espaciales. Pero en realidad son campos de fuerzas magnéticas de energía y de trabajo humanos. Se podrían evocar aquí otros espacios: el espacio de auténtica influencia americana, que no es idéntico al espacio de la doctrina de Monroe, ni mucho menos; además, el espacio de alcance económico del mercado interior y exterior de Norteamérica, el espacio de influencia del dólar americano, y también el espacio de la expansión cultural, del idioma y del prestigio moral. No quiero entrar aquí en una discusión sin fin sobre el problema espacial, y les pido perdón a ustedes por haberme ido ya tan lejos. Pero era imprescindible llamar la atención sobre las múltiples interferencias y compenetraciones de los diversos espacios, para resaltar la particular característica de la clase de espacio que nos interesa especialmente en este momento y que determinará el destino de todos los pueblos de la tierra: es el espacio del desarrollo industrial y la división de la tierra en regiones y pueblos industrialmente desarrollados o subdesarrollados. Es, al mismo tiempo, el problema de la ayuda al desarrollo industrial que prestan los desarrollados a los menos desarrollados, invirtiendo su riqueza en otros.

Al principio de mi conferencia utilicé la palabra nomos como denominación característica para la división y distribución concreta de la tierra. Si me preguntan ahora, en este sentido del término nomos, cual es, hoy día, el nomos de la tierra, les puedo contestar claramente: es la división de la tierra en regiones industrialmente desarrolladas o menos desarrolladas, junto con la cuestión inmediata de quién le da a quién ayuda de desarrollo. Esta distribución es hoy la verdadera constitución de la tierra. Su gran fuente documental es el artículo 4.º de la doctrina de Truman, de 20 de enero de 1949, que estatuye expresamente esta distribución y proclama con toda la solemnidad el desarrollo industrial de la tierra como plan y fin de los Estados Unidos. La importancia fundamental de este documento no pasó inadvertida y se discutió ya hace años –(Nota 7: Véase mi conferencia en el seminario filosófico del profesor Joachim Ritter, Universidad de Münster, el 9 de marzo de 1957; además la glosa cinco en mis Verfassungsregchtliche Aufsätze aus den Jahren 1924-54, Berlín (Verlag Duncker & Humblot), 1958, páginas 403-4)--. Pronto se utilizó en vez de undeveloped la expresión más suave uncommitted nations o regions. Pero solamente en estos últimos años el fenómeno llegó en gran medida a la consciencia y se reconoció como punto de partida para un nuevo orden del mundo; y más aún, en algunas partes del mundo occidental el tema de la ayuda al desarrollo se puso de moda de una manera casi inquietante, y se maneja como una clave cómoda para la solución de todos los problemas mundiales.

Bajo el aspecto de la ayuda al desarrollo industrial, la imagen del mundo actual está llena de contradicciones. Los Estados Unidos y otros países occidentales, entre ellos la República Federal alemana, conceden esta ayuda de desarrollo no solamente a sus aliados y amigos políticos, sino también a los neutrales del espacio anti-colonialista. Invierten allí cantidades enormes de capital y de trabajo. La Unión Soviética, que tiene la fama de haber realizado sin ayuda exterior alguna su desarrollo industrial, ayudó no solamente a la China a levantar su industria, con sacrificios enormes y renuncias al consumo sin ningún parangón de la población soviética, sino que también está ayudando a países no comunistas o neutrales. El espacio anteriormente colonizado parece ser el ambiente predestinado para esta nueva clase de neutralidad. Quizá tenga alguna explicación, porque la ideología del anti-colonialismo es común a los Estados Unidos y a la Unión Soviética. Pero hay una profunda contradicción: por un lado, el nuevo espacio del desarrollo neutral se presenta como un escenario de competencia apolítica, puramente comercial, para el progreso industrial de la humanidad; y por otra parte representa, al mismo tiempo, un campo de batalla de una modalidad especialmente intensa y maligna de enemistad y guerra fría.

Así, pues, tenemos a la tierra cubierta por una red tupida de inversiones industriales tanto públicas como privadas; una red que está tejiendo dos contrincantes enemigos. Haría falta un gran iniciado en hacienda, economía y comercio mundial para penetrar en todos los arcanos de este complejo, y haría falta un especialista expertísimo de Derecho internacional privado y público para formular con exactitud jurídicas todas las relaciones que resultan de este piélago. Para nuestro tema es importante que una idea decisiva como la neutralidad haya cambiado completamente de contenido y de sentido. La India, por ejemplo, el campeón más radical del anti-colonialismo antieuropeo, se deja desarrollar industrialmente por Rusia, Inglaterra y Alemania al mismo tiempo. Este es el núcleo de su neutralidad. Creo que puedo ahorrarme más ejemplos. Lo esencial es que, a pesar del contraste de Este y Oeste, que proyecta su gran sombra sobre todo, aún no se han fijado definitivamente unos espacios del desarrollo bien definidos. Todo está planteado y en trámite. Tampoco la Comunidad Económica Europea abarca un desarrollo unitario y bien definido, a pesar de que entró a comienzos de este año en su segunda fase más concentrada. La Comunidad Económica Europea tiene sus regiones desarrolladas, y, sin embargo, admite que algunos de sus miembros den ayuda de desarrollo industrial a lejanos países africanos y asiáticos. Muchos expertos pronostican que la Comunidad Económica Europea conducirá forzosamente a una unidad política de Europa. Pero la cuestión primordial es si Europa se constituirá en portador convincente de una ayuda de desarrollo homogénea; con otras palabras: si una Europa políticamente unificada no tendrá que hacer, sobre todo, una política de inversiones homogénea y unificada, tanto hacia el interior como hacia el exterior, y sin que ningún Estado miembro pueda apartarse de esta línea invocando su neutralidad.


EPÍLOGO

Con este problema llego al fin de mi conferencia. No es más que una cuestión subordinada. El problema decisivo, que sobrepasa todos los demás es el siguiente: ¿En qué sentido se solucionará la cuestión entre el dualismo de la guerra fría y el pluralismo de los grandes espacios que acabamos de explicar? ¿Se agudizará el dualismo de la guerra fría, o se formarán una serie de grandes espacios autónomos que produzcan un equilibrio en el mundo y, de esta manera, la condición previa para un orden estable de la paz? Las dos posiciones están abiertas. Aquí tenemos, por consiguiente, un campo para la libre decisión política y para la responsabilidad histórica. Las naciones del mundo y sus líderes tienen que decidirse aquí. No es mi intención anticiparme a su juicio. Mi misión es el diagnóstico objetivo de la situación actual. Se lo hice a ustedes según mis posibilidades. Para finalizar, me gustaría añadir una nota personal.

Expuse el espacio de desarrollo industrial como principal problema de mis consideraciones, y hablé de lo irresistible del desarrollo industrial. Pero no crean ustedes que fue por entusiasmo hacia el industrialismo actual ni por admiración ciega para la clase de ciencia que se pone a su servicio. Era más bien bajo el imperativo de un conocimiento claro del mundo actual y de lo que hoy día puede ser el punto de partida para un nuevo orden. Hablo del desarrollo industrial con la misma actitud espiritual y moral con la que habló Tocqueville del moderno desarrollo democrático. Sigo admirando la frase de Unamuno: “¡Que inventen ellos!” Esta exclamación del grán filósofo trágico es y sigue siendo un síntoma de superioridad espiritual. No debe cegarnos para las necesidades objetivas del desarrollo industrial, pero nos puede preservar de creer en la técnica moderna como los mejicanos creyeron en los dioses blancos. El mundo entero de la industria y de la técnica modernas no es más que la obra de hombres. Los nuevos grandes espacios que están formándose encontrarán su medida a tenor de las dimensiones de una planificación y administración humanas y, con más precisión, según una planificación y administración que se organice por hombres frente a hombres, con el objeto de garantizar a las masas de población de las regiones industrializadas una seguridad racional de existencia, con pleno empleo, moneda estable y amplia libertad de consumo. Solamente cuando los nuevos espacios hayan encontrado la medida inmanente que corresponda a aquellas exigencias, el equilibrio de los nuevos grandes espacios podrá funcionar. Entonces se verá qué naciones y pueblos tuvieron la fuerza suficiente para mantenerse en el desarrollo industrial y quedarse fieles a sí mismos, y, por otra parte, qué naciones y pueblos perdieron su faz, porque sacrificaron su individualidad humana al ídolo de una tierra tecnificada. Entonces quedará manifiesto que los nuevos espacios reciben su medida y contenido no solamente por la técnica, sino también por la sustancia espiritual de los hombres que colaboraron en su desarrollo, por su religión y su raza, su cultura e idioma y por la fuerza viviente de su herencia nacional.

FIN
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José Mª Rodríguez Vega



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MensajePublicado: Jue May 03, 2007 7:38 am    Título del mensaje: LA ÉPOCA DE LA NEUTRALIDAD Responder citando

CARL SCHMITT


LA ÉPOCA DE LA NEUTRALIDAD


Trascripción íntegra de la traducción de Francisco Javier Conde.

Ed. Cultura española. Madrid 1941.

…………………

PRÓLOGO DEL AUTOR A LA EDICIÓN ESPAÑOLA

Allí donde la “diferenciación de los espíritus” comienza, se encuentra el punto extremo de la distinción del amigo y del enemigo.
Todos los pueblos europeos están hoy empeñados en un torneo espiritual de signo universo, en el que tal vez caben algunos cambios tácticos de situación, pero no una neutralidad espiritual. El que quiere permanecer neutral se excluye a sí mismo. Menos que otro pueblo cualquiera podía renunciar a la decisión un pueblo como el español, que en todos los momentos cumbres de la Historia universal ha acreditado su arrojo para decidirse en lo que atañe al espíritu. Más bien cumple a otros pueblos medir sus fuerzas mirando esta energía española para la decisión.

Por eso el hecho de que se dé a la estampa en lengua española esta publicación mía, que es mi contribución a tan magno torneo, tiene para mi una significación infinitamente mayor y harto diferente de la puramente literaria. Es un llamamiento desde un frente y compensa muchos esfuerzos y muchas amarguras; su valor primordial estriba en que acaso mi trabajo resultará fructífero en un pueblo cuyo espíritu y cuya ejemplaridad me han dado a mi mucho más de lo que yo pudiera devolverle.

El que conoce la dureza del presente torneo universal sabe que no importan los aliados tácticos, sino los verdaderos amigos. Por eso es mi mayor alegría que la traducción española sea obra de Francisco Javier Conde, cuyo espíritu y cuya alma he tenido ocasión de conocer y admirar en años henchidos de destino y a través de muchos e intensos coloquios.

Berlín, marzo de 1939.


Carl Schmitt

…………………



La época de la neutralidad


(PRIMERA EDICIÓN, 1929.
SEGUNDA EDICIÓN 1932)





Los pueblos de Europa vivimos bajo la mirada de los rusos. Su ojo sutil ha penetrado el secreto de las máximas y de las instituciones del siglo XIX. Dotados de enorme vitalidad, consiguen adueñarse de nuestros conocimientos y de nuestra técnica y con ellos forjan sus armas. Su valor, fundado en la ciega afición al racionalismo, su fuerza constituída por su apego a la ortodoxia, sin diferenciar lo bueno de lo malo, son sus virtudes sobresalientes. Han sabido atemperar el socialismo a las necesidades del alma eslava y tal acontecimiento, como proféticamente escribiera Donoso Cortés en 1848, iba a ser el hecho decisivo de nuestro siglo.

En 1929, mil signos han dejado entrever que nos encontramos aún en uno de esos períodos de cansancio que acompañan generalmente a las grandes guerras y se caracterizan por la invocación infructuosa del pasado. La Europa del siglo XIX trastornada por una formidable coalición dirigida durante veinte años contra Francia, vió nacer, poco después de 1815, una generación de hombres similares que, salvo algunas excepciones, se podían definir con esta simple fórmula:<legitimidad del statu quo>.

En estas circunstancias poco importa, en realidad, hacer renacer una manera de vivir desaparecida. Aferrarse desesperadamente a las tradiciones antiguas, tanto en política interior como en la exterior, obedece simplemente a este argumento que uno se hace a sí mismo: ¿Después del statu quo, qué nos espera? Pero pronto, bajo la máscara de la restauración del pasado, vuelven las cosas ha transformarse con rapidez, y sin llamar la atención siquiera, sin que quepa fijar ni su sentido ni su alcance, nacen nuevas situaciones y se establecen relaciones nuevas. Y cuando llega el momento de la legitimidad, se esfuman como un fantasma.

Los rusos se han asido a la letra de nuestro siglo XIX; han estudiado el funcionamiento de todas las cosas con todos sus pormenores y, una vez sentadas las premisas, han sacado sus últimas consecuencias. El más audaz siempre impone sus condiciones a su semejante, se erige en su carcelero, y le obliga a realizar su propio parecer. No es mi intención estudiar aquí la realidad política de Rusia, sino recordar un hecho de primordial importancia: en tierra rusa la lucha contra el cristianismo, favorecida por el prodigioso desarrollo de la técnica, ha sido erigida solemnemente en símbolo; en este vasto Imperio ha nacido un Estado que aventaja en refinamiento y en poder de realización a todo lo que los príncipes absolutos como Felipe II, Luis XIV o Fedrico el Grande, soñaron jamás realizar. Quien intente, pues, explicar este fenómeno, no puede perder de vista la historia europea de los últimos siglos. El espectáculo de Rusia es la última etapa de una evolución que comienza en Europa Occidental; simboliza el coronamiento de una idea; en él se puede analizar como a través de un cristal de aumento, ese germen vivo de la historia moderna de nuestro continente.
……

DE CÓMO CADA SECTOR DEL CONOCIMIENTO HUMANO PUEDE CONVERTIRSE, SUCESIVAMENTE, EN CENTRO DE ATRACCIÓN INTELECTUAL DE UNA ÉPOCA

Recordemos la etapa recorrida por el espíritu humano a lo largo de estos cuatro últimos siglos, los diferentes sectores desde los cuales se ha dignado contemplar alternativamente a la humanidad. Estas etapas son cuatro: aparecen de una manera curiosa. Llevan los nombres siguientes: Teología, Metafísica, Moral y Economía. Algunos interpretes de la historia universal, Vico y Comte, han elevado esta observación, propia de una época de nuestra historia continental, a regla general rectora de los destinos de la humanidad, y de ella ha salido la famosa <ley de los tres estadios>; teología, metafísica, ciencias o positivismo.

Pero a la verdad, lo único que cabe afirmar es que Europa, a partir del siglo XVI, ha gravitado sucesivamente sobre cada uno de estos diferentes sectores y que toda nuestra civilización ha sido influída por esta evolución. En el curso de los cuatro siglos transcurridos, la actividad intelectual de nuestros antepasados ha conocido cuatro zonas de atracción diferente y, por su parte, las minorías activas, que formaban antaño la opinión avanzada, han consagrado alternativamente su pensamiento a sectores diferentes, a medida que los siglos se sucedían.

Estas variaciones constituyen la clave para el que aspira a comprender el espíritu de las generaciones sucesivas. No se trata aquí, sin embargo, de considerar ese desplazamiento de los valores que conduce de la teología a la metafísica, de la metafísica a la moral y luego a la economía, como una teoría sobre las ideas dominantes aplicables a la historia general del pensamiento y la sociedad, ni como una ley filosófica del mismo tenor que la ley de los tres estadios. ¿Qué nos importa a nosotros la historia de las civilizaciones extrañas y el ritmo de la historia universal? Tampoco nos preocupa saber si se trata de un progreso o de una regresión. Además, sería necio imaginar que fuera de las preocupaciones dominantes de cada época no hubo otro pensamiento.
Por el contrario, no es raro que coincidan diferentes estadios en una misma época, que muchos contemporáneos, compatriotas y hasta hermanos, aparezcan repartidos en los diferentes peldaños de la escala. Limitémonos a recoger los hechos tal como la observación nos los muestra: en el curso de los cuatro últimos siglos de nuestra historia, a medida que las minorías se sucedían, sus convicciones y sus medios de prueba han ido variando continuamente. Su atención se ha dirigido hacia nuevos objetos; su manera de razonar se ha transformado, las grandes líneas ocultas de su política y los medios de persuasión de las masas han recibido cada día fórmulas nuevas.

Bien clara es en ese aspecto la primera fase de esta evolución, que evoca el paso de la teología del siglo XVI a la metafísica del XVII, periodo de gloria no sólo para la metafísica, sino también para la ciencia, durante el cual florece la edad heróica del racionalismo occidental y brillan nombres como los de Suárez y Bacon, Galileo, Kepler, Cartesio, Grocio, Hobbes, Spinoza, Pascal, Leibniz y Newton. Todos los conocimientos matemáticos, astronómicos y científicos que hicieron a este siglo para siempre célebre, no eran más que piezas sueltas de un vasto sistema metafísico o <natural> que los englobaba; todo pensador era un gran matemático y hasta la superstición tomaba entonces la apariencia del racionalismo cósmico y se llamaba astrología. El siglo XVIII, fundado por entero sobre una filosofía deísta, pareció olvidar la metafísica para consagrarse a la magna obra de la divulgación, a las aplicaciones científicas, a los trabajos literarios que relataban los grandes acontecimientos del siglo XVII, al humanismo y al racionalismo. Suárez continúa ejerciendo su influencia a través de las obras populares de aquél tiempo: Pufendorff, cuando trata de la moral o del Estado, no es más que el heredero de Suárez y el Contrato social no es, a su vez, sino una vulgarización de Pufendorff. El verdadero <pathos> del siglo XVIII estriba en su estimación mística de la virtud, en alemán “Tugent”, “Pflicht”. Ni siquiera el romanticismo de Rousseau consigue desterrar abiertamente la moral. Una de las manifestaciones características de este siglo es la definición que Kant da de Dios: <un parásito de la moral>, como suele llamársele en forma irreverente. En esta expresión: <crítica de la razón pura>, cada uno de los términos –crítica, razón y pura- se opone rigurosamente a los vocablos dogma, ontología y metafísica.

El siglo XIX se propuso una empresa evidentemente irrealizable, pretendiendo conciliar la tendencia estética y romántica con la economía y la técnica.
El romanticismo del siglo XIX –si nos atenemos a su significación histórica- constituye a manera de un guión, un enlace estético entre la moral del siglo XVIII y la economía del XIX; supo, sin gran esfuerzo, granjearse el favor de su época, mediante la transposición al plano estético de todas las conquistas del espíritu. La estética está, en efecto, en el camino que conduce de la metafísica y de la moral a la economía; el consumo y el goce estéticos, que siempre rozan lo sublime por alguna parte, tienen por consecuencia necesaria la sumisión de la actividad intelectual a las leyes de la economía y la reducción de nuestro ser a las dos funciones de producción y consumo. La economía nació, por decirlo así, de la estética romántica. En cuanto a la técnica, se nos presenta en el siglo XIX estrechamente ligada a la economía, bajo la forma del industrialismo. Nada más típico a este propósito que las teorías históricas y sociales de la doctrina marxista; la economía aparece por doquier como base fundamental de toda construcción idealista. Aquí es donde la técnica entra en escena por primera vez. En efecto, esta doctrina distingue las grandes épocas de la humanidad según el método técnico, pero el sistema no deja por eso de ser económico y el porvenir cuidará de divulgar sus elementos técnicos. En una palabra, el marxismo, conforme en todo punto con el espíritu económico, pertenece enteramente al siglo XIX, siglo esencialmente económico.

El desenvolvimiento de la técnica se acentúa de tal manera a lo largo del siglo XIX, tan rápida es la evolución de las relaciones sociales y económicas, que todas las cuestiones morales, sociales y económicas se resienten de ello. Bajo el impulso formidable de los descubrimientos y de las realizaciones cada día más perfectas y más maravillosas, surge una <religión del progreso técnico>. Todo se resuelve en última instancia por el progreso. Ningún dogma más evidente ni más elemental que éste para las grandes aglomeraciones industriales.

Las masas no tienen consideración alguna al largo trabajo preliminar de ensayo necesario para la formación de las minorías. Renegando súbitamente de una religión que descansa en los misterios y en la creencia en el más allá, han conseguido crear para su uso, sin transición, una religión de los misterios técnicos, una religión terrestre del esfuerzo humano y de la superioridad del hombre sobre los elementos. Han sustituído el sentimiento religioso por un sentimiento técnico, que, como su predecesor, proviene del misterio. El siglo XX ha nacido de esta fe religiosa en la técnica. Suele llamársele generalmente el siglo de la técnica; en realidad, esta expresión es incompleta. Cuando decimos <fe religiosa de la técnica>, queremos designar con ello no sólo una relación aparente, sino el resultado de una lenta progresión que sólo en caso de llegar felizmente a término podía dar nacimiento a una religión.
No existe la unidad de lo espiritual: el espíritu de una época está ligado a las circunstancias políticas de hecho que han determinado esa época. Y a la manera como cada nación fija a su antojo y sin recurrir a otro lo que ella misma entiende por nación, así cada época tiene una noción de la cultura que le pertenece en propiedad. Todo pensamiento original que guarde relación con el desenvolvimiento espiritual de la humanidad, ha de tener en cuenta las circunstancias determinantes: son éstas las únicas leyes válidas en este dominio. A medida que se desplaza el centro de atracción de la vida espiritual, como vimos que acontece en el curso de los cuatro siglos precedentes, cada vocablo y cada concepto reciben significaciones diversas, adecuadas a las preocupaciones dominantes de la época. No se pierda esto de vista. Gran parte de las confusiones que hicieron la fortuna de algunos impostores provienen de un abuso del vocabulario: no es lícito trasladar a otro sector un término modelado por la metafísica, la moral o la economía. Las catástrofes y los grandes acontecimientos históricos que más impresionaban a las generaciones pasadas no eran enteramente ajenos a las preocupaciones dominantes de su tiempo: el temblor de tierra que causó la destrucción de Lisboa en el siglo XVIII dio origen a toda una literatura moral, al paso que en nuestros días, este acontecimiento no tendría ninguna repercusión intelectual; en cambio, una devaluación o una quiebra en el sector económico, no sólo acarrean consecuencias prácticas, sino que una parte considerable de la humanidad se apasiona por los problemas teóricos a que da lugar.

Un sencillo ejemplo pondrá al descubierto hasta qué punto puede variar la significación de un vocablo a medida que el centro de gravedad de una época pasa de un sector a otro. La noción de <progreso>, del mejoramiento y perfeccionamiento –hoy día racionalización- no cesó de agitar al siglo XVIII, preocupado por la moral humanitaria. Se entendía entonces por progreso el adelanto de las ciencias morales, el desarrollo de la personalidad, el señorío de sí mismo, la educación y el progreso moral. Luego, con el desenvolvimiento del espíritu económico y técnico, el progreso moral, aunque todavía suscita alguna atención, queda preterido en segundo plano, detrás del progreso económico. En cuanto un sector asume la primacía sobre los demás, todas las cuestiones que interesan a éstos se convierten en secundarias, y su solución queda subordinada a la de los grandes problemas del día. Durante el reinado de la teología, todo parecía resuelto cuando lo habían sido satisfactoriamente las cuestiones de orden teológico; lo demás, lo que no dependía de la teología, se abandonaba a la iniciativa privada. La misma tendencia caracteriza a las épocas siguientes; a medida que se entra en la época de la moral, la única preocupación es dar al hombre una formación moral: todos los problemas gravitan sobre la educación. Cuando entramos en el reinado de la economía, ya sólo importa la producción y distribución de las riquezas. Las cuestiones morales y sociales no tienen ya defensores; por último, el esfuerzo técnico propiamente dicho, los descubrimientos de la técnica, sirven para zanjar las cuestiones económicas, y los progresos técnicos señorean todo lo demás.

Citemos todavía otro ejemplo: el representante por excelencia del nivel intelectual de una época determinada, el <clerc>, no es más que el portador de las preocupaciones dominantes de esa época. Tras el teólogo y el predicador del siglo XVI, viene el erudito del XVII; vive, retirado en una república de sabios, sin contacto con las masas. Viene luego, en un siglo que todavía no ha dejado de ser aristocrático, la pléyade de escritores de gran difusión científica. En cuanto el siglo XIX, sería un error grave detenerse en el intermedio romántico y no tomar en consideración más que los grandes pontífices de la religión nueva. El <clerc> del siglo XIX (cuyo primer representante se llama Carlos Marx) es, ante todo, un especialista en cuestiones económicas. Cabe, sin duda, que uno se pregunte cómo el tipo social del <clerc> se atempera a la mentalidad económica y cómo los representantes de la economía política y de los sindicatos comerciales pueden llegar a formar una minoría intelectual. Por lo que a la técnica respecta, ya veremos más adelante cómo prescinde deliberadamente del <clerc>.

Estos dos ejemplos son suficientemente claros para permitirnos enunciar ahora la ley general. Todos los conceptos del espíritu y todas las imágenes que se proponen herir la imaginación –Dios, libertad, progreso, hombre, naturaleza humana, dominio privado y dominio público, razón y racionalización, y, por último, las nociones de naturaleza y de cultura- aparecen en el curso de la historia desprovistas de todo contenido y puestas constantemente bajo la acción determinante, <bajo la mirada>, si se nos permite explicarnos así, del centro de atracción de la época.

Pero el Estado es el principal tributario de este centro de atracción intelectual: a él debe sus cualidades y su fuerza; de él depende, en efecto, la orientación de la antítesis amigo-enemigo. Así, mientras la teología ocupó el puesto dominante, el principio <cujus regio ejus religio> tuvo un alcance político que luego perdió. Pero este axioma reaparece más tarde, al formarse las naciones, bajo la apariencia del principio de las nacionalidades (<cujus regio ejus natio>), y todavía se le distingue fácilmente bajo el reinado de la economía, cuando nos dice, por ejemplo, que dentro del mismo Estado no puede haber dos sistemas económicos contrarios. Capitalismo y comunismo se excluyen entre sí. Después que el Estado Soviético ha logrado sacar tan ventajoso partido del principio <cujus regio ejus aeconomia>, bien se puede, cro yo, ver en él la expresión de una ley general cuya aplicación varía evidentemente según la naturaleza del centro de atracción intelectual dado, pero cuyo alcance es mayor que el de las guerras de religión del siglo XVI o el de la historia de los pequeños Estados de Europa central. El socialismo de Estado trata de instituir un Estado conforme al espíritu económico. El Estado intervencionista quiere ser moderno, es decir, hallarse impregnado del espíritu del siglo. Debe poner todo su estudio en conocer bien las tendencias vigentes del espíritu: de esa condición pende su soberanía. El Estado que en una era económica vacila en tomar la delantera y no se decide a regular las relaciones de este linaje, tiene que resignarse a adoptar una posición neutra frente a los problemas y las decisiones políticas y a renunciar, por tanto, a sus pretensiones soberanas.

¡Extraño fenómeno el de este Estado liberal del siglo XIX que así mismo se titula: "Stato neutrale ed agnostico", y se obstina en ver en su neutralidad un derecho a la existencia! Este hecho inesperado no es fácil de explicar en pocas líneas. La doctrina del Estado neutro del siglo XIX es la expresión de una tendencia general que se desprende del estudio de la historia europea de los últimos siglos y viene a parar en la neutralidad intelectual. Tal vez sea ésta la explicación de lo que se llamó la <época de la técnica>. Veamos cómo.


EL DESENVOLVIMIENTO PROGRESIVO DE LA NEUTRALIDAD Y EL DESTINO DE LA POLÍTICA


La evolución que hemos considerado en el capítulo precedente y cuyo centro de gravedad pasa sucesivamente de la teología a la metafísica, la moral y la economía, trae consigo la neutralización creciente de esos diferentes sectores. Ninguna revolución intelectual ha tenido mayor repercusión que tuvo en el siglo XVII el paso de la teología al espíritu científico. Todavía estamos pagando hoy las consecuencias. Ese es el punto de partida de todas las grandes leyes generales sobre las cuales se ha intentado construir la historia: la <ley de los tres estadios de Comte, la teoría de Spencer, que atribuye al desenvolvimiento de la industria moderna la desaparición necesaria del espíritu militar y todas las demás construcciones análogas.

La causa profunda de esta primera gran revolución se explica simplemente por la preocupación harto característica de procurar al espíritu humano un terreno de conciliación común y neutro. Después de las polémicas y de las luchas del siglo XVI, a nadie puede ya extrañar esta necesidad. Abandonando a la disputa todas las cuestiones controvertidas de la teología cristiana, se elaboró un sistema <natural> de la teología, de la metafísica, de la moral y del derecho. En una obra justamente célebre, ha descrito Dilthey este estado del espíritu, llamando principalmente la atención hacia el papel de la tradición estoica. Yo, por mi parte, estoy convencido de que si la teología ha sido destronada es porque era un terreno de lucha y se buscaba un terreno de conciliación.

Se ha neutralizado la teología, que ha dejado de ser el centro de atracción intelectual. Y el centro de atracción se fijó en otro dominio, jactándose de haber logrado aunar simultáneamente la seguridad, la evidencia, la concordia y la paz. Sonó entonces la hora de la neutralidad y del menor esfuerzo intelectual tres siglos antes del triunfo definitivo de la técnica. Nuestra sociedad europea no tenía ya más que seguir la corriente y perfeccionar su nueva imagen de la verdad.

Todas las nociones teológicas concebidas en el curso de los siglos se han tornado cuestiones privadas. Hasta el mismo Dios, con la aparición del deísmo en el siglo XVIII, dejó de formar parte de este mundo. Se ha transformado en un poder neutro y ha asistido, ajeno a todo, a los combates y a las luchas cotidianas. Dejó de ser un ente para convertirse en un concepto. En el siglo XIX, el monarca primero y después el Estado, van a convertirse también, a su vez, en órganos neutros; y la neutralidad cierra así un ciclo, que luego se hace clásico bajo el nombre de teología política, gracias a la doctrina liberal del poder neutro, que pone el poder político al alcance de su mano. Pero esta evolución supone, después de cada etapa, la creación de un nuevo terreno de lucha, y esa es precisamente la razón del desplazamiento del centro de atracción intelectual. El nuevo centro, que en un principio fue declarado neutro, no tarda en ser presa de los intereses y de las luchas entre los hombres; cuanto mayor es su atracción más violenta la lucha. La humanidad pasa sin cesar de un terreno de lucha a un terreno neutro; pero siempre este último vuelve a transformarse casi instantáneamente en terreno de lucha, obligando a los hombres a buscar la paz en otra parte. Tampoco el naturalismo ha conseguido instaurar la paz. Después de las guerras de religión vinieron las guerras nacionales del siglo XIX, ya en buena parte económicas, luego las guerras puramente económicas. Si hoy se ha concedido a la técnica un margen tan grande de confianza, es porque se cree haber descubierto, por fin, el terreno neutro por excelencia. Nada parece, en efecto, más neutro que la técnica. Todo el mundo tiene derecho a disponer de ella a su arbitrio; la telefonía sin hilos sirve indistintamente para la difusión de todas las noticias y el correo cumple su papel de mensajero sin cuidarse del contenido de nuestros envíos. Comparados con las cuestiones teológicas, metafísicas, morales y aún económicas, sujetas siempre a disputa, los problemas puramente técnicos tienen, sin duda, una objetividad bastante consoladora. Sus soluciones son de una evidencia deslumbradora y fácilmente se comprende que el hombre, después de haber conocido la duda y la incertidumbre en otros dominios, haya buscado asilo en la técnica. Dentro de su ámbito, todos los pueblos y todas las naciones, todas las clases y confesiones, las edades todas sin distinción de sexos, se ponen de acuerdo en un instante para disfrutar por igual de las ventajas y comodidades de la técnica. Al conjuro de este nombre, las rivalidades de origen religioso, nacional o social, se esfuman, y este sector perfectamente neutro parece brindar a todos los beneficios de la armonía y de la reconciliación.

Sin embargo, la neutralidad de la técnica presenta un aspecto nuevo. La técnica es un instrumento, un arma y, precisamente por estar al servicio de todos, no es neutra. La técnica no puede por sí misma ejercer sobre el espíritu una acción determinante, ni hacerle adoptar una actitud neutra. Todos los órdenes de civilización, todos los pueblos, todas las religiones, la guerra como la paz, pueden recurrir a la técnica para forjarse sus armas. Y como el instrumento y las armas prestan cada día mayores servicios, todo autoriza a pensar que cada día serán usados con más frecuencia. Un progreso técnico no entraña necesariamente un progreso de orden metafísico, moral o económico. Si todavía hay muchos de nuestros semejantes que esperan de la perfección técnica un progreso de orden moral, es porque confunden de una manera mística la técnica y la moral, y porque imaginan ingenuamente que este poderoso medio no ha de servir más que para el bienestar social, su propia razón de ser, que serán siempre dueños de ese temible medio de combate que la técnica pone en sus manos y que el poder que de ella nace les será siempre favorable. Pero, desgraciadamente, la técnica nunca vuelve su mirada hacia el lado de la civilización. Reducida a sí misma, es estéril, y en eso se distingue de los centros de actividad que la han precedido: no produce ni cultura ni <clerc>, ni minoría, ni sistema político. En vano esperamos una minoría política compuesta de ingenieros y de inventores. El <sansimonismo> y todos los demás sistemas que se proponen la creación de una sociedad industrial, no se basan únicamente sobre la técnica, sino, en parte, sobre la moral humanitaria, en parte sobre la economía. Ni la misma economía está actualmente dirigida por técnicos, y, además, cuando una organización social no tiene a su frente más que técnicos, es una sociedad sin jefe y sin dirección. Sorel fue más que un ingeniero: se hizo <clerc>. Ningún invento dentro del dominio de la técnica permite prever su alcance político. Los inventos del siglo XV y XVI sirvieron a la libertad, al individualismo y a la revolución; el descubrimiento de la imprenta ha conducido a la libertad de la prensa. Hoy el progreso técnico se revela como un formidable medio de dominación; pone en manos del Poder público el monopolio de la telefonía sin hilos y la censura del cine. Vemos, pues, que la técnica es perfectamente indiferente a nuestra orientación espiritual; puede ser revolucionaria o reaccionaria; lo mismo sirve a la causa de la libertad que a la del poder, a la de la centralización o a la de la autonomía. En una palabra, sus datos y sus aplicaciones no sirven para plantear, ni para dilucidar una cuestión de orden político.

En Alemania, el espectáculo de decadencia que ofreció la generación pasada tiene origen más antiguo que la guerra mundial: no hacía falta para que se manifestara, ni la revolución de 1918, ni la <decadencia de Occidente> de Spengler. Se adivina a través de las declaraciones de Ernst Troeltsch, de Max Weber y de Walter Rathenau. La fuerza irresistible de la técnica, es, a sus ojos, el triunfo de la inepcia sobre el espíritu. Fué el reinado de la mecánica, y bien puede afirmarse que si la mecánica no está del todo desprovista de espíritu, por lo menos, carece enteramente de alma.

Con la técnica, la neutralidad espiritual llega a su expresión más simple: la nada. Tras de haber reducido a abstracciones la religión y la teología, y, más tarde. la metafísica y el Estado, nuestro patrimonio intelectual y moral parece haberse convertido enteramente en una abstracción, y la neutralidad absoluta fué. por último, el anuncio de su completa dilapidación. Sin embargo, cuando una religión grosera se esforzaba por asentar los goces de su paraíso en la aparente neutralidad de la técnica, algunos sociólogos de nombre presintieron que esta ola de neutralidad, que invadía todos los dominios del pensamiento, amenazaba arrollar también toda nuestra cultura. Sobrevino el espanto al ver que nuevas capas sociales se erguían en ese desierto moral e intelectual de la técnica. Afluían sin cesar de esa nada masas de seres humanos, completamente extraños, si no hostiles, a la herencia del pasado. Y esta angustia, que de mil maneras se traslucía, no tenía más fundamento que el temor que se sentía de no poder adueñarse del instrumento de la técnica, que, sin embargo, estaba allí sólo para servir. La técnica era el resultado de un trabajo considerable del espíritu humano, el producto de una disciplina; fué un desatino hacer de ella un mundo aparte, separado de sus factores espirituales y vitales, y favorecer el florecimiento de una mística independiente. El genio de la técnica, que ha conducido a las masas populares al deísmo, no es por eso menos espíritu, espíritu maléfico y satánico si se quiere, pero que, en modo alguno, se puede reducir a puro organismo técnico. Cabe que se le tenga aversión, pero no sería lícito confundirlo con el <mecanismo de la técnica>. Proviene de la metafísica, y es su fe, el poder sin límites y el señorío absoluto del hombre sobre la naturaleza, incluso sobre la humana, el vencimiento de las fronteras naturales, que alcanza hoy su punto culminante, y la existencia de fuentes inagotables de distracción, de lujo y de goce para los mortales. Todo este despliegue de fuerzas tiene algo de maravilloso; es digno de la intervención de potestades infernales; jamás se le podrá considerar como un fenómeno económico, privado de alma y de espíritu, y salido de la nada.

La idea de un derrumbamiento cultural y social se asoció al pánico provocado por los atentados sucesivos al <statu quo>, en vez de brotar normalmente como consecuencia de un examen ponderado del desenvolvimiento intelectual y de sus consecuencias. Todo choque creador de cierta envergadura, toda reforma, toda minoría social nueva debe su origen a una disciplina del espíritu y a un renunciamiento voluntario o forzado, que implica, ante todo, la renuncia al <statu quo>. El cristianismo primitivo y todas las grandes reformas que suscitó a través de los siglos, todos los renacimientos que hicieron volver a los príncipes primitivos, ese <ritornar al principio>, todas las tentativas para acercarse a la naturaleza pura y sin mácula, cuando se las mira a la luz del <statu quo> en vigor, parece que entrañan la negación de la cultura y de la sociedad. Todo en un principio acontece sin ruido y en la sombra: nada llama la atención del historiador o del sociólogo. Cuando llega la hora de la consagración oficial, se está ya en presencia de un momento crítico, cuyos vínculos con un pasado misterioso y oscuro, amenazan romperse.

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Después de haber inaugurado la era de la técnica, la neutralidad ha alcanzado hoy la última etapa de su desenvolvimiento progresivo. La técnica ha dejado de ser el terreno neutro anunciado por sus profetas, y se ha puesto al servicio de la política. Por eso sería imprudente emplear la expresión <siglo de la técnica> en un sentido absoluto. La última palabra se dirá el día que sepamos qué género de política ha logrado adueñarse de la técnica y podamos examinar las características de la antítesis <amigo-enemigo> nuevamente formada.

Son todavía muy numerosas las falanges obreras que en las comarcas industriales se afilian a la religión confusa de la técnica: como acontece siempre a las masas, quieren realizar las cosas extremas, creen firmemente sin haberse tomado la molestia de reflexionar, que tras muchos siglos de infructuosas investigaciones, se ha arbitrado, por fin, un medio de abolir la política, de acabar con las guerras y de hacer que la paz reine en todo el universo.

En realidad, la técnica no puede sino acentuar la paz o la guerra y ofrecer sus servicios a una y a otra; ninguno de los nombres destinados a disimular la guerra, ningún juramento pacifista será capaz de mudar las cosas. Bien claro se ve cuán fácil es sugestionar a las masas velando el sentido de las palabras. La ley secreta de este vocabulario mágico harto la conocemos; a la más atroz de todas las guerras, se da el nombre de paz, a la opresión, libertad, y las cosas más horrorosas contra el género humano se ejecutan en nombre de la humanidad. Ahora comprendemos bien el estado de espíritu de esa generación que en el imperio de la técnica veía la decadencia moral y espiritual. Conocemos el pluralismo que impera en toda actividad espiritual, sabemos que ningún centro de atracción espiritual puede ser dominio neutro y es erróneo pretender resolver un problema político con antítesis tales como <mecánico> y <orgánico>, <muerte> y <vida>. Una vida que sólo tiene delante la muerte, no es vida, es impotencia y desesperación. El que no tiene más enemigo que la muerte y ve en ella un simple mecanismo sin consistencia, más cerca está de la muerte que de la vida; la fácil antítesis que consiste en contraponer las nociones de lo orgánico y lo mecánico no es en suma, más que una construcción mecánica. Poner el espíritu y la vida frente a la muerte y la mecánica, es renunciar al combate, y esta táctica no puede engendrar más que los suspiros del romanticismo. La vida, en efecto, no combate contra la muerte, y el espíritu no tiene por adversario la falta de espíritu. Lucha el espíritu contra el espíritu, la vida contra la vida y la armonía aquí abajo halla su fuerza en el conocimiento integral de las cosas humanas. Ab integro nascitur ordo.
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