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El Gran Jardín del Edén.
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J.M. Rodríguez Pardo



Registrado: 10 Oct 2003
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Ubicación: Gijón (España)

MensajePublicado: Jue Feb 04, 2010 9:17 am    Título del mensaje: Fuera del contexto, en el Gran Jardín del Edén neoliberal Responder citando

Estimados amigos:

El insensato no cesa en su empeño de mostrar su insensatez. Primero cita un fragmento del ridiculizado Castillo, diciendo algo que Marx no dice: que el valor sea igual al precio. No deja de ser curioso que Castillo no realice ni la más mínima referencia a El Capital cuando critica a Marx, pero será que su ciencia no da para más...

Respecto al insensato mismo, nos cita la siguiente referencia de Gustavo Bueno:

Gustavo Bueno escribió:
«Sin embargo hoy cabe decir que Marx se equivocó en algunos presupuestos que él consideraba axiomáticos, como por ejemplo...» (El fundamentalismo democrático, pág. 273).


Para luego curarse en salud diciendo que la respuesta será que la cita está fuera de contexto. ¡Pues claro que está fuera de contexto! ¡Hay que ser cretino para no verlo! Está bien decir que Marx se equivocó en algunos presupuestos, no hay duda, pero si no se explicitan esos presupuestos en los que se equivocó, esto es, si no se deja hablar a Gustavo Bueno, y se le corta justo en el momento culminante, la cosa queda en un coitus interruptus que deja la discusión a medias. No creo que sea difícil de entender, y espero que la referencia no resulte piarum aurum ofensiva.

Por lo demás, el insensato aún tiene qué explicar qué relación existe entre el análisis del capitalismo realizado en El Capital y el socialismo específico de la URSS, que no se ve ninguna relación por mucho que su soberana subjetividad lo diga.

Podrá ser falsa la teoría de la alienación de Marx y su tesis sobre el origen del estado, pero ello lo vemos (algunos, otros lo verán desde la soberana subjetividad de Von Mises) desde el materialismo filosófico, que se apoya a su vez en el materialismo histórico, cuyo enunciado principal es que las concepciones del mundo dependen de cómo los hombres transforman su mundo (modo de producción) y no de una conciencia subjetiva que escoge lo que le viene en gana aunque no exista. Si es así, entonces no veo yo por qué haya que hacer una enmienda a la totalidad de algo en lo que nos basamos, salvo que querramos salir del barrizal tirándonos de nuestros propios pelos, como el Barón de Munchausen.

Pronto veremos aparecer la flor del chumbo: la soberana subjetividad de Luis Von Mises.

PD: Marx nunca habló del valor «entrañado» o eterno, sino del valor resultante del trabajo socialmente necesario. Aviso a navegantes.

Un cordial saludo,
José Manuel Rodríguez Pardo.
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José Mª Rodríguez Vega



Registrado: 11 Oct 2003
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MensajePublicado: Jue Feb 04, 2010 9:30 am    Título del mensaje: Responder citando

Ya...¿Y el "valor resultante del trabajo socialmente necesario", donde está?

¿En las nubes o en las mercancías?
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J.M. Rodríguez Pardo



Registrado: 10 Oct 2003
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Ubicación: Gijón (España)

MensajePublicado: Jue Feb 04, 2010 10:03 am    Título del mensaje: Abstracciones Responder citando

Estimados amigos:

El insensato, preso de su subjetivismo, pregunta que dónde está el valor del trabajo socialmente necesario. Pues evidentemente en las mercancías, pero no por ello es un valor eterno e inmutable.

Es un valor abstracto pero sometido a la variación de la propia producción. El valor de un automóvil recién llegado al concesionario no es el mismo que cuando ese mismo automóvil es ofrecido como resto de serie, sencillamente porque han aparecido otros modelos que lo superan y mejoran. Claro que esa superación y mejora no tiene lugar en el mercado bajando precios, sino previamente en la producción de un modelo mejor en menos tiempo.

Así, la clave no es que la competencia entre concesionarios haya rebajado su precio, que ese es un error propio del necio, que como dijo Machado piensa que son iguales el valor y el precio. El precio no es más que una manifestación empírica de un valor que es abstracto, al igual que la multa de tráfico es una manifestación empírica de una ley abstracta sobre la circulación de carreteras.

Un cordial saludo,
José Manuel Rodríguez Pardo.
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José Mª Rodríguez Vega



Registrado: 11 Oct 2003
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MensajePublicado: Jue Feb 04, 2010 4:49 pm    Título del mensaje: Valor y precio...? Responder citando

Si "está en las mercancías" -en ese "lugar"- es que está "dentro" de las mercancías, o por fuera, al rededor de ellas..., y como por fuera lo que hay son cosas que nada tienen que ver con esa mercancía, está sin lugar a dudas "adentro", y "adentro" es lo mismo que "entrañado"... El valor está. pues, en las "entrañas" de las mercancías según San Marx (lo dijese o no, que no es cosa de que yo vaya ahora a averiguar)... Y no es eterno..., claro que no..., pero es "perenne" a las mercancías mismas, que es lo que dije yo:
zarpax escribió:
<Aquí Marx supone que las mercancías tienen siempre un valor perenne...("su" valor...entrañado).>


Para nada he hablado yo de que ese valor fuese un..."un valor eterno e inmutable". Eso se lo saca de la manga este mago tan "sensato" que nunca manipula nada de nada y que todo lo entiende con suma perfección.

Quedamos pues que el valor de las mercancías es "perennis", esto es="Continuo, incesante, que no tiene intermisión...Que vive más de dos años"...perennis a la mercancía, la cual no existe siempre.
Bueno..., vivan lo que vivan, los valores varían..."sometidos ahora a la "la variación de la propia producción"...

O sea que un valor X -primario- varía según varían otros valores A, B, o C -secundarios, etc.-, dados no en Marte, sino en la producción (esto es, en el mercado)...¿A distancia? ¿La influencia es a distancia -metafísica-, o es esta influencia cosa de los costes? No puede ser de ninguna manera por el hecho de que las mercancías sean ahora más caras que mañana como afirman los economistas "burgueses"...¡imposible!

El resto es lo mismo: un lío conceptual de uno que parece no haberse ni ojeado nada de la economía más elemental, pues si los precios de ese hipotético automóvil bajan (porque otros automóviles son "mejores" o cuestan menos "tiempo"), la trasmisión del nuevo valor a los de "restos de serie" (mermándolos) es a distancia y altera su valor antiguo del "trabajo social necesario" sito en ellos ("entrañados" y no en las nubes: "está en las mercancías", dice el sensato) con el que fueron fabricados... Y el ejemplo es muy malo porque ni falta que hace que los automóviles sean "mejores"... Es muy curioso que este gran economista crea que <"esa superación y mejora no tiene lugar en el mercado bajando precios, sino previamente en la producción de un modelo mejor en menos tiempo."> (???), ¿mejor a qué? ¿No es esto una estimación subjetiva? ¡como si eso no fuera debido a unas valoraciones menores que dan lugar a una bajada de los precios de los bienes secundarios!.., cuando es de todos sabido que cuando no hay demanda (subjetiva siempre, por las crisis o por lo que sea) los precios caen, porque por otra parte bajan también los precios de los costos..."en la producción", de los valores secundarios o terciarios. Evidentemente a veces ocurre que sin bajar los costos en la producción caen, sin embargo, por la ausencia de demanda, los precios en el mercado y hay entonces pérdidas.
Y es evidente que la competencia altera el nivel de precios, ya que el monopolio, por ejemplo, incide en los precios de las mercancías puestas a la venta encareciéndolas, etc., al limitar o controlar la oferta. Si la competencia entre concesionarios no ha rebajado su precio del automóvil tampoco lo bajará ni lo subirá el sistema del monopolio y este gran economista supersensato no pondrá ninguna objeción política a ellos. En lugar de pensar en cosas complejas podría pensar en las arenas de la playa o en las almendras o naranjas españolas cuyos precios están por lo suelos gracias a la competencia californiana y de otros lugares foráneos que las hacen superabundantes.

Sobre el valor -que no se "percibe por los sentidos" (lo único que perciben los sentidos es el precio)-, me remito a la concepción de Carl Menger: Principios de economía política. Unión editorial 1997. Cap. III. Para Menger el valor no es "inherente" a las mercancías, ya que depende de las valorizaciones subjetivas y su "precio de mercado" (ambas cosas son factores temporales), es decir: su "JUSTO" precio. Tampoco el valor de dos o más mercancías -en sentido objetivo- es nunca "equivalente". NO existe eso. La prueba está en que un pisito teniendo el mismo valor entrañado o "socialmente necesario" (???) vale menos ahora que antes de la crisis actual y que esto no puede ser debido a que hayan "aparecido otros modelos que lo superan y mejoran"..., como dice el sensatísimo, pues se trata en nuestro ejemplo del mismo pisito. Los pisos bajan porque no se venden. Desde el momento en que se vendiesen por haber liquidez y si fuesen asu debido tiempo escasos, subirían.

Cualquier productor sabe que si de lo que él produce hay mucho, la cosa tiende a valer cero y dejará de producirla. Sólo ignora esto la romántica sensatez que por lo visto no consume nada de nada ya que no "estima" nada de nada de tan supremamente objetivo que es.

Sobre el precio véase de Menger su Cap.V...(por ejemplo).

Iustum pretium... in quadam aestimatione consistit! (Santo Tomás).

Dice Gustavo Bueno:<"la importancia de la percepción sensible (estética estimativa) para la propia vida es mucho mayor que la que pueda tener la profundidad inodora de un teorema de geometría proyectiva"> (Gustavo Bueno. El fundamentalismo democrático, pág. 70-71) Cotéjese eso con esto de Carl Menger:<La significación que la satisfacción de una necesidad tiene para nosotros no tiene su medida en nuestro capricho, sino, por el contrario, en la significación -independiente de nuestro capricho- que la satisfacción de una necesidad tiene para nuestra vida o nustro bienestar.> (Op. cit. Pág. 207)

Y lo "independiente de nuestro capricho" es lo subjetivamente objetivo. pues nadie desea mandrágora o conium maculatum u adelfa para alimentarse.

Esperemos que esta vez se meta los insultos por donde le quepan! Parece mentira que un filósofo tan grande como tú, dedique su tiempo a un enano vulgar como yo.

Te estás haciendo famoso y llenando de mierda por mi roce... ¡Animo! que acabarás ridiculizándote una vez más.
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J.M. Rodríguez Pardo



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MensajePublicado: Vie Feb 05, 2010 9:16 am    Título del mensaje: El gran sofista manipulador e insensato Responder citando

Estimados amigos:

Antes de dejar aquí la gran flor del chumbo, conviene aclarar cómo razona el insensato. Comencemos con la cita que incluyó sobre el libro El fundamentalismo democrático:

Gustavo Bueno escribió:
Sin embargo hoy cabe decir que Marx se equivocó en algunos presupuestos que él consideraba axiomáticos, como por ejemplo...


Gustavo Bueno, El fundamentalismo democrático, página 272.

Ahora veamos los «ejemplos» que señala Bueno:

Gustavo Bueno escribió:
(1) Ante todo en su teoría de la alienación, según la cual la humanidad, precisamente al distribuir la propiedad de modo originario según clases antagónicas, se habría alienado. Es decir, con el Estado habría dejado de ser contingente esa desigualdad, y por tanto el Estado sería el acontecimiento histórico que habría consolidado más profundamente la alienación del Género Humano. Pero esta conclusión es de todo punto errónea, desde el punto de vista histórico. Sencillamente porque antes de esa alienación no había tampoco hombre histórico, sino hombre en sentido antropológico, en estado de salvajismo o de barbarie. Cuando el hombre comienza a ser lo que ha sido históricamente, está precisamente organizado en Estados políticos, que implican las desigualdades más escandalosas.

(2) La historiografía marxista convierte a la clase universal, al proletariado, en agente de la revolución, en «ese fantasma que recorre Europa». Pero hoy sabemos que tal fantasma no existe. Jamás hubo una tal unidad del proletariado internacional en el siglo XIX y XX, y porque hoy el proletariado mismo, como tal, ha desaparecido, al menos de los Estados del primer mundo.

(3) La dictadura del proletariado que ensayó la Unión Soviética no solamente fracasó estrepitosamente, sino que tuvo (al menos en cuanto «experimento») costes excesivos, más de cincuenta millones de asesinatos.

(4) Fue errónea y sin sentido la condenación de cualquier filosofía realista o materialista que enseñara la imposibilidad de borrar la desigualdad, «porque lo que hace falta es cambiar al mundo y no solo conocerlo, como la filosofía ha hecho hasta ahora». Esta tesis famosa es, sin embargo, de todo punto errónea: desde Platón los filósofos quisieron cambiar el mundo, pero había que determinar qué caminos eran posibles o deseables. Y lo que los filósofos habían hecho hasta entonces no era tanto intentar conocer lo que es el hombre, sino intentar infructuosamente determinar qué caminos eran posibles y cuáles eran imposibles


Gustavo Bueno, El fundamentalismo democrático, páginas 272-273.

Los cuatro errores que Bueno le atribuye a Marx o al marxismo (de hecho, justo una línea más arriba, Bueno habla de «el proyecto de Marx y de Lenin», lo que el insensato omite de forma sofística) son: 1) La teoría de la alienación, que parece calcada de la de San Pablo, 2) El proletariado como clase universal por encima de los Estados, 3) El fracaso de la URSS, que Marx no llegó a conocer y sobre la que nada escribió (lo que más se acerca es precisamente su crítica al comunismo planificado desde el Estado, que aparece en los Manuscritos de 1844) y 4) La Tesis 11 sobre Feuerbach.

Nada se dice ahí de la teoría de la plusvalía, ni del análisis del modo de producción capitalista de El Capital, ni de la visión materialista de la Historia, que es precisamente de lo que yo hablo. Las cuatro críticas que realiza Bueno a Marx, que por cierto yo suscribo al cien por cien, no invalidan otros tramos de la doctrina. No deja de ser curioso que el insensato se dedique a recortar, retorcer y manipular sofísticamente las tesis de Bueno como si fueran dogmas de fe adaptados a sus pensamientos subjetivos, comparándolos a su vez con sucesivos dogmas de otros autores de su gusto subjetivo. Para mí ni Bueno ni ningún autor constituyen dogmas de fe. No me dedico a recortar las citas de nadie para dejarlas a mi gusto y reafirmarme en mis subjetivos pensamientos. Sic transit gloria mundi.

Pronto, como digo, la gran flor del chumbo: Von Mises.

Un cordial saludo,
José Manuel Rodríguez Pardo.
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J.M. Rodríguez Pardo



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MensajePublicado: Sab Feb 06, 2010 11:25 am    Título del mensaje: Más tergiversaciones del insensato Responder citando

Estimados amigos:

Se está cociendo en el horno la gran flor del chumbo. Pero mientras, señalemos algunas tergiversaciones más del insensato, para ilustración de las masas:

Gustavo Bueno escribió:
«la importancia de la percepción sensible (estética estimativa) para la propia vida es mucho mayor que la que pueda tener la profundidad inodora de un teorema de geometría proyectiva» (Gustavo Bueno. El fundamentalismo democrático, pág. 70-71)


Carl Menger escribió:
«La significación que la satisfacción de una necesidad tiene para nosotros no tiene su medida en nuestro capricho, sino, por el contrario, en la significación -independiente de nuestro capricho- que la satisfacción de una necesidad tiene para nuestra vida o nuestro bienestar» (Carl Menger, Principios de economía política, pág. 207)


Vemos que en el primer texto Gustavo Bueno señala la importancia de la estética (la percepción sensible) para la propia vida. Por una razón de mera supervivencia: si no tuviéramos constancia de nuestra situación en el entorno y de los objetos que nos rodean, no podríamos ni dar un paso, seríamos peor que ciegos. Es más importante, por lo tanto, que nuestros propioceptores y nuestras sensaciones cinestésicas funcionen a pleno rendimiento, que el conocimiento matemático, para poder sobrevivir en el mundo. Pero ello no supone encarecer hasta el máximo la subjetividad; al fin y al cabo, la subjetividad por sí misma no vale nada, salvo engranada en mecanismos grupales e institucionales varios.

Sin embargo, Menger no habla en su texto de la situación de descrita por Bueno en el primero. Habla simple y llanamente de la satisfacción de una necesidad. Pero todos los seres vivos satisfacen sus necesidades: las plantas al chupar el agua de la tierra satisfacen su necesidad de alimento, los depredadores satisfacen su necesidad de proteínas cazando a otros animales, etc. Lo mismo diríamos de los hombres, pero ¿qué tiene que ver esa satisfacción de las necesidades con una actividad como la Economía Política? Definir la Economía por la satisfacción de una necesidad es tanto como no decir nada, porque ¿acaso al comprar un auto satisfago mi necesidad de tener un auto? Pues vaya perogrullada, que deja de lado todo el proceso de producción donde se generan los valores económicos. Y sobre todo vaya forma de destruírse a sí misma una teoría.

Un cordial saludo,
José Manuel Rodríguez Pardo.

PD: Por cierto, tras más de dos años de crisis, la vivienda nueva no ha bajado su precio, entre otras cosas porque los salarios (los equivalentes que el insensato no ve por ningún lado) de los españoles tampoco lo han hecho. ¿A quién pretende engañar el insensato?
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José Mª Rodríguez Vega



Registrado: 11 Oct 2003
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MensajePublicado: Lun Feb 08, 2010 9:00 am    Título del mensaje: Valor para nosotros. Responder citando

Efectivamente, Bueno señala "la importancia de la percepción sensible para la propia vida por una razón de mera supervivencia"...
Suponiendo a un pata negra accidentalmente en el desierto de Túnez y muerto de sed, no sería el valor "intrínseco" (trabajo socialmente necesario entrañado en la botella de agua) lo que pagaría por ella nuestro objetivista pata negra, sino lo que el morito le pidiese según su propio criterio o "percepción sensible" de la escasez de agua en la boca del sediento pata negra.
Pues es muy cierto que "si no tuviéramos constancia de nuestra situación en el entorno y de los objetos que nos rodean, no podríamos ni dar un paso, seríamos peor que ciegos". El resto también es cierto, por eso "es más importante, por lo tanto, que nuestros propioceptores y nuestras sensaciones cinestésicas funcionen a pleno rendimiento" a la hora de pagar la botella, que no guiarnos por el "valor" objetivo del socialismo fracasado que, como no tenía ni mercado no podía tener ni precios. Habían anulado la única manera que tenían de tener "constancia de nuestra situación en el entorno y de los objetos que nos rodean"..."para poder sobrevivir en el mundo". Así les fue.

"Pero ello no supone encarecer hasta el máximo la subjetividad" ¡Claro que no! Lo que se encarece es la botella de agua, o mejor, el agua dentro de la botella. El morito tunecino tiene en sus manos al sediento pata negra, ya que él es un verdadero monopolio sujeto a la ley de "causa y efecto" con la que empieza Carl Menger su Teoría general del bien ( http://www.eumed.net/cursecon/textos/menger/index.htm ).

el Sensato escribió:
<Sin embargo, Menger no habla en su texto de la situación descrita por Bueno en el primer párrafo. Habla simple y llanamente de la satisfacción de una necesidad.>
¡Claro que sí! Pues eso es la economía antes que nada: satisfacción de las necesidades. Luego vienen las teorías supuestamente objetivistas a enturbiarlo todo. Menger se queda varado en el deseo del morito de esquilmar todo lo posible al purísimo pata negra y en la sed abrasadora de este pata negra perdido en el desierto de Túnez:<Cuando la necesidad de un bien, dentro del espacio temporal a que se extiende la actividad previsora humana, es mayor que la cantidad de dicho bien dentro de este espacio de tiempo, los hombres se esfuerzan por satisfacer sus necesidades de la forma más completa que les es posible en la situación dada. Y precisamente de este esfuerzo en torno al bien en cuestión surge el impulso hacia la actividad descrita en páginas precedentes y que hemos designado como su economía. Ahora bien, el conocimiento de la anterior relación promueve la aparición de otro fenómeno, cuya más exacta comprensión tiene una decisiva importancia para nuestra ciencia. Nos referimos al valor de los bienes.>

el Sensato escribió:
<...todos los seres vivos satisfacen sus necesidades.....Lo mismo diríamos de los hombres, pero ¿qué tiene que ver esa satisfacción de las necesidades con una actividad como la Economía Política?>
¡Mucho y todo!

Pues es evidente que definir "la economía por la satisfacción de una necesidad" es tanto como decirlo todo, porque ¿acaso al comprar una botella de agua en el desierto de Túnez no satisfago mi necesidad de aplacar mi imperiosa sed si no deseo morir por la falta de agua? Y el gran sensato, presa de su inmensa sensatez, nos contesta: <"Pues vaya perogrullada, que deja de lado todo el proceso de producción donde se generan los valores económicos".>

Y es que la verdad es a veces efectivamente muy perogrullesca, y deja el valor como aquello que surge en un cambio en el desierto al valorizar los sujetos la escasez del bien del agua. Ya que el valor -según Marx incluso, como el precio- se realiza en la venta, no en el "proceso de producción", que allí lo que se producen no son "valores" sino mercancías o bienes aún no situados en el mercado (y que si son situados a destiempo para su posible venta pueden llegar a estar desprovisto de valor alguno futuro.
¿Qué valor podría tener para nuestro pata negra perdido en el desierto una botella de agua situada en el "proceso de producción" situado en Oviedo o en la misma ciudad de Túnez cuando él se halla en ese desierto de Túnez a expensas del acuífero monopolista del morito? Nos hablarán ahora del "costo" del transporte y etc., pero si nuestro morito puede no nos cobrará los costos, sino su antojo mientras sepa que el sediento pata negra tiene suficientes euros para pagar si no quiere morir de sed.

Evidentemente, los "valores" (costos) dentro del "proceso de producción" también existen para el productor, como pudiera ser por ejemplo el plástico para la fabricación de las botellas de agua, o la botella de vidrio o plástico misma para su llenado de agua... Pero el morito no vende el agua en la ciudad de Túnez o de Oviedo, sino en medio del desierto. Si no fuera así sería el morito el que se vería obligado a bajar el precio del agua so pena de morir de hambre, ya que en Oviedo el agua es "estimada" en mucho menos que en el desierto de Túnez.

Por otra parte, si es en el "proceso de producción donde se generan los valores económicos", no vemos como y parta qué sirve eso de "la importancia de la percepción sensible (estética estimativa) para la propia vida es mucho mayor -para nosotros- que la que pueda tener la profundidad inodora de un teorema de geometría proyectiva" si al final nos compramos un automóvil inseguro y que no funciona... Pudiendo, nadie se compra lo peor y más caro, sino lo mejor y más barato... Ningún pata negra muerto de sed se comprará en el desierto -si puede- una botella de agua vacía o un Audi..., (tan tontos no los creemos) se comprará una botella llena de agua al precio que pida el morito, y lo que pague..., ese será su precio y su valor, porque es así como la ha valorizado. No el que supuestamente se "genera en el proceso de producción"..., ya que suponiendo al pata negra forrado de euros y muerto de sed, y si la botella llena de agua fresca vale en Túnez 2 euros y el transporte hasta el desierto vale 5 euros, su hipotético valor debería ser de 7 euros, ni uno más ni uno menos..., pero el morito que no ama precisamente a los infieles católicos pata negras pide el muy aprovechado 15 euros... Está muy claro que si nuestro pata negra no es muy tonto pagará esa suma y lo que se tercie rápidamente por una botella de agua para así aplacar su imperiosa sed. Ese es su valor pues que es así, ya que la percepción sensible (estética estimativa) del sediento para la propia vida es mucho mayor aquí que cualquier otra consideración.
La economía no se da en el "proceso de producción" (aunque en este proceso de producción hay a su vez también unos "cambios") sino en el mercado, en el cambio mercantil. Se produce para cambiar, no se cambia para producir, y se cambia para vivir y para nada más. Ya me he cansado. Adiós.

<Por tanto, aquel fenómeno vital que llamamos valor de los bienes brota de la misma fuente que el carácter económico de estos últimos, es decir, de la antes descrita relación entre necesidad y masa de bienes disponible [2]. La diferencia entre ambos fenómenos radica en que el conocimiento de aquella relación cuantitativa impulsa por un lado nuestra actividad previsora y, con ello, los bienes que se hallan en esta relación se convierten en objetos de nuestra economía, es decir, en bienes económicos. Por otro lado, este conocimiento nos lleva a la conciencia de la significación que tiene para nuestra vida o, respectivamente, para nuestro bienestar, el poder disponer de cada cantidad parcial concreta [3] de la masa de bienes que poseemos. De este modo, los bienes que se encuentran en la relación antedicha adquieren valor para nosotros [4]..> (Ed. Unión editorial, pág. 173).
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J.M. Rodríguez Pardo



Registrado: 10 Oct 2003
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MensajePublicado: Lun Feb 08, 2010 10:53 pm    Título del mensaje: La gran flor del chumbo: Von Mises Responder citando

Estimados amigos:

Lo prometido es deuda. Aquí está la gran flor del chumbo, Von Mises y su artículo de 1961, publicado en Schoeck and Wiggins, eds., Relativism and the Study of Man, que es todo un resumen de su magna obra.

Cita:
Relativismo epistemológico en las ciencias de la acción humana

Ludwig von Mises

I

Hasta el siglo XVIII, los historiadores casi no prestaron atención a los problemas
epistemológicos de su disciplina. Al referirse al tema objeto de sus estudios hablaban, una y
otra vez, de algunas regularidades que tanto ellos como su público consideraban válidas
para cualquier tipo de acción humana, independientemente del tiempo y del lugar
geográfico, así como de las cualidades personales e ideas de los individuos actuantes. Sin
embargo, no se plantearon la cuestión de si estas regularidades eran inherentes a la
verdadera naturaleza de la acción humana o, por el contrario, ajenas a ella. Aunque sabían
muy bien que el hombre no puede conseguir todo lo que desea, no se preguntaron si las
limitaciones de su poder estaban determinadas completamente por las leyes de la naturaleza
y por la milagrosa intervención de la Divinidad en ellas o por el poder superior de otros
hombres.

Los historiadores, como todos los demás, también distinguieron entre la conducta acorde
con las leyes morales y aquella que las transgrede. Pero también, como todos los demás,
tenían plena conciencia de que en esta vida la violación de las leyes de la ética no impide
necesariamente alcanzar los fines deseados. Cualquiera que sea la suerte que le espera al
pecador después de la muerte y en el día del Juicio Final, los historiadores no pueden menos
que darse cuenta de que en la tierra a veces le va muy bien, mejor que a muchos hombres
piadosos.


¿Pero era economía? Realmente, lo que preparaban esos autores anteriores al XVIII era normalmente Teología o, en el caso de lo que denominan como «precursores de la Economía de libre mercado», autores que trataban temas de filosofía moral. No conviene confundir los términos.

Cita:

Cuando los economistas descubrieron que en la secuencia e interdependencia de los
fenómenos del mercado prevalece la regularidad, se abrieron perspectivas totalmente
nuevas. Éste fue el primer paso hacia una teoría general de la acción humana, la
praxeología. La gente se dio cuenta por primera vez de que el éxito de la acción humana
depende de que esté subordinada no sólo a las llamadas leyes de la naturaleza sino también
a las leyes específicas que rigen dicha acción. Algunas cosas, que si se las considera desde
el punto de vista de las ciencias naturales no parecen imposibles, no pueden ser realizadas
ni siquiera por los funcionarios más eficientes de un gobierno poderoso.

Es obvio que las pretensiones de esta nueva ciencia no pueden dejar de ser ofensivas, y esto
desde tres puntos de vista. En primer lugar, están los gobiernos. Ni a los déspotas ni a las
mayorías democráticas les gusta saber que su poder no es absoluto. Emprenden una y otra
vez políticas destinadas a fracasar, y fracasan porque no toman en cuenta las leyes de la
economía. Pese a ello, no aprenden la lección y recurren a numerosos seudoeconomistas
para desacreditar lo que llaman las enseñanzas “abstractas” (i.e., vanas) de la economía
correcta
.


Esto no deja de ser una proclama anarquista: el rechazo a cualquier forma de gobierno, ya sea despótica, ya democrática, porque degenera en absolutista. Pero por muy absolutista que llegue a ser, ninguna fórmula es rechazable en nombre de una economía pura, porque la economía pura no existe sino involucrada en las sociedades políticas. Por lo tanto, habrá que rechazar esas enseñanzas «abstractas» o más bien etéreas de Von Mises, en tanto que no se engarcen con ningún régimen político concreto. Este anarquismo desacredita a quien pretende dar lecciones a cualquier gobierno. Anarcocapitalismo en estado puro, basura doctrinal.

Cita:
Hay, pues, doctrinas éticas que echan sobre la economía el fardo del materialismo ético, por
considerar que el hombre debe apuntar exclusivamente, o en primer lugar, a la satisfacción
de los apetitos de los sentidos. Se niegan obstinadamente a aceptar que la economía es
neutral con respecto a la elección de los fines últimos y que sólo le interesan los métodos
para alcanzar dichos fines, sean éstos cuales fueren.

Algunos autores, por último, rechazan la economía por su supuesto “enfoque ahistórico”.
Los economistas pretenden que se reconozca validez absoluta a lo que llaman leyes de la
economía; afirman que en el curso de los asuntos humanos interviene un factor que
permanece inmutable con el fluir de los acontecimientos históricos. Para muchos autores
ésta es una tesis indefendible que, si se la acepta, conduce a los historiadores a una
irremediable confusión.

Al ocuparnos de esta clase de relativismo debemos tener en cuenta que debe su popularidad
a consideraciones prácticas, no epistemológicas. La economía ha hecho notar que muchas
políticas ampliamente promovidas no tuvieron como resultado los efectos que esperaban
conseguir los gobiernos que las implementaron sino otros que -desde el punto de vista de
los que defendieron y aplicaron esas políticas- fueron aun más insatisfactorios que las
condiciones que se trataba de cambiar con ellas. La única conclusión que puede inferirse de
esto es que esas medidas eran contrarias a la finalidad que se perseguía y que su derogación
habría de favorecer los intereses de todos a largo plazo, o sea, el interés general bien
entendido. Esto explica las acerbas críticas dirigidas contra la “funesta ciencia” por todos
aquellos cuyos intereses a corto plazo habían sido beneficiados por esas políticas. Los
escrúpulos epistemológicos de algunos filósofos e historiadores hallaron una respuesta
entusiasta por parte de los aristócratas y terratenientes que ansiaban preservar sus antiguos
privilegios y de los pequeños comerciantes y asalariados que deseaban adquirir privilegios
nuevos. Las “escuelas históricas” europeas y el institucionalismo norteamericano ganaron
un apoyo político y popular que por lo general se niega a las doctrinas teóricas.


No obstante, el establecimiento de este hecho no debe hacernos menospreciar la seriedad e
importancia de los problemas involucrados. El relativismo epistemológico que se expresa
en las obras de algunos historicistas, por ejemplo en las de Karl Knies y Max Weber, no
está motivado por el celo político. Estos notables exponentes del historicismo estaban
exentos, hasta donde era posible estarlo en los medios académicos de la Alemania de su
tiempo, de cierta predilección emocional en favor de las políticas intervencionistas y del
prejuicio chauvinista contra la ciencia económica desarrollada en otros países, i.e.,
Inglaterra, Francia y Austria. Knies escribió, además, un libro muy importante acerca de la
moneda y el crédito y Weber demostró el carácter anticientífico de los juicios de valor, con
lo cual dio el golpe de gracia a los métodos aplicados por las escuelas de Schmoller y
Brentano. Sin duda, en los argumentos de los campeones del relativismo histórico hay
ciertos puntos que deben ser aclarados.


No creo que de las palabras de Von Mises se deduzca neutralidad. ¿Neutralidad ante la intervención del Estado? Para nada. ¿Neutralidad ante sus rivales económicos? Ni en sueños. Vaya manera de ponerse en ridículo.


Cita:
II
Antes de abocarnos a un análisis de las objeciones que se plantean contra el “absolutismo”
de la economía es necesario señalar que el rechazo de ésta por parte de los representantes
del relativismo epistemológico no tiene nada que ver con el repudio que manifiestan los
positivistas hacia los métodos empleados actualmente por los historiadores.
El positivismo considera que el trabajo de los historiadores no es más que charlatanería o, a
lo sumo, acumulación de enormes cantidades de materiales que no saben cómo usar. Lo que
hace falta es una ciencia de las leyes que rigen los acontecimientos históricos, ciencia que
debe ser desarrollada empleando los mismos métodos de investigación que hacen posible
desarrollar empíricamente las ciencias naturales.
La refutación de la doctrina positivista con respecto a la historia se debe a varios filósofos
alemanes, sobre todo a Wilhelm Windelband y a Heinrich Rickert, quienes señalaron en qué
consiste la diferencia fundamental entre la historia, o sea, el registro de las acciones de los
hombres, y las ciencias naturales. La acción humana es deliberada, dirigida hacia fines
previamente elegidos y definidos y no se la puede considerar independientemente de ellos;
en este sentido -y sólo en este sentido-, la historia es finalista. En cambio, el concepto de
fines y causas últimas es ajeno a las ciencias naturales.


Lo dudo mucho: la finalidad no es algo unívoco ni basado en intenciones y deseos. Hay una finalidad de múltiples modulaciones. Ver el artículo de Bueno sobre el Fin de la Historia de Fukuyama, http://www.filosofia.org/rev/bas/bas21101.htm

Cita:
Hay otra diferencia esencial. En las ciencias naturales es posible realizar experimentos de
laboratorio que permiten observar los cambios que se producen al alterar sólo uno de los
factores intervinientes, permaneciendo invariables todos los demás. De este modo se puede
encontrar lo que esas ciencias denominan hechos experimentalmente establecidos. En el
ámbito de la acción humana no se pueden aplicar esas técnicas; cada experiencia es
histórica, i.e., una experiencia de fenómenos complejos, de cambios producidos por la
operación conjunta de un sinnúmero de factores. Una experiencia de esta índole no puede
tener como resultado “hechos”, en el sentido en que emplean este término las ciencias
naturales. No hay un teorema que pueda ser verificado o falsado. Si no se la pudiera
interpretar valiéndose de una teoría derivada de otras fuentes distintas de la experiencia
histórica, sería un enigma inexplicable.
Por supuesto, Rickert y los otros autores del grupo al que pertenecía, los “filósofos de la
Alemania sudoccidental”, así como los historiadores que compartían sus concepciones, no
llegaron tan lejos como para arribar a la conclusión que hemos expuesto. Para ellos,
profesores de las universidades alemanas a fines del siglo XIX y comienzos del XX, la sola
idea de que pudiera haber una ciencia que postulara la tesis de la validez universal de toda
acción humana, independientemente del tiempo, el lugar geográfico y las características
raciales y nacionales de las personas, era desconocida. En el clima espiritual del Segundo
Reich se daba por sobreentendido que las pretensiones de una teoría económica “abstracta”
eran vanas y que la wirtschaftliche Staatswissenschaften (los aspectos económicos de la
ciencia política), una disciplina enteramente histórica, había reemplazado a las
insustanciales generalizaciones de la escuela de Hume, Adam Smith y Ricardo. Desde el
punto de vista de esos hombres, la única manera de considerar científicamente la acción
humana -fuera de los ámbitos de la teología, la ética y la jurisprudencia- era la historia. Su
empirismo radical les impedía cualquier consideración de la posibilidad de una ciencia a
priori de la acción humana.

El dogma positivista que demolieron Dilthey, Windelband, Rickert y sus seguidores no era
relativista. Por él se postulaba una ciencia -la sociología- que extraería del tratamiento de
los datos empíricos proporcionados por la historia un cuerpo de conocimiento que sería tan
útil para el pensamiento, con referencia a la acción humana, como la física lo era respecto
de los fenómenos naturales. Estos filósofos alemanes demostraron que no era posible
elaborar tal ciencia general de la acción con un razonamiento a posteriori. Ni siquiera se les
ocurrió la idea de que podía ser producto de un razonamiento a priori.


Al declararse heredero, en cierta medida de estos filósofos neokantianos, Von Mises confiesa su formalismo, que se apreciará a lo largo de este plácido e idílico artículo.

Cita:
III
Los economistas clásicos intentaron trazar una neta línea de demarcación entre las
“actividades puramente económicas” y todos los demás intereses y acciones humanas; éste
fue su error. Su gran proeza fue el descubrimiento de que en la concatenación y en la
secuencia de los fenómenos del mercado predomina una regularidad comparable con la que
existe en la concatenación y secuencia de los fenómenos naturales. No obstante, al ocuparse
del mercado y de sus relaciones de intercambio se vieron frustrados porque no habían
podido resolver el problema de la valuación. Pensaban que en los intercambios
interpersonales los objetos no eran valuados de acuerdo con su utilidad, ya que si fuera así
el “hierro” tendría un valor más alto que el “oro”. No advertían que la aparente paradoja se
debía únicamente a su formulación viciosa del problema. Los juicios de valor que realizan
los hombres actuantes no se refieren al “hierro” o al “oro” como tales, sino siempre a
cantidades determinadas de cada uno de esos metales entre las que se ven obligados a
elegir, ya que no pueden tener las dos. Los economistas clásicos no descubrieron la ley de la
utilidad marginal, lo cual les impidió llegar al origen de las transacciones del mercado, a
saber, las decisiones de los consumidores. Solamente se ocuparon de las acciones de los
comerciantes, para quienes las valuaciones de los consumidores son simples datos. Sólo
para ellos tiene sentido la famosa regla según la cual “hay que comprar en el mercado más
barato y vender en el más caro”; para los consumidores no significa nada.
De esta manera los economistas clásicos, obligados a limitar su análisis a las actividades
comerciales, elaboraron el concepto de una ciencia de la riqueza o de la producción y
distribución de la riqueza. Según su definición, riqueza es todo aquello que puede ser
comprado o vendido. Desde el punto de vista ventajoso de esta ciencia, los esfuerzos
destinados a la obtención de riquezas eran considerados como una esfera de actividades
particular, y todos los demás intereses humanos, sólo como elementos perturbadores.
En realidad, pocos economistas clásicos estaban conformes con esta limitación de la esfera
de acción de la economía, pero sus esfuerzos
para encontrar un concepto más satisfactorio fueron infructuosos hasta que los marginalistas
sustituyeron las diversas tentativas frustradas de los economistas clásicos y de sus epígonos
por la teoría del valor subjetivo. Como se consideraba que el tema del análisis económico
era el estudio de la producción y distribución de la riqueza, era preciso distinguir entre las
acciones económicas y no económicas del hombre. Por ende, la economía aparecía como
una rama del conocimiento que se ocupaba sólo de un segmento de la acción humana.

Aquellas acciones de los hombres que caían fuera de este campo no eran de la incumbencia
de los economistas. Precisamente el hecho de que los adeptos de la nueva ciencia no
abordaran aquellos asuntos humanos que, a su juicio, eran extraeconómicos aparecía ante
los ojos de muchos como una desestimación de esos asuntos dictada por un insolente
prejuicio materialista.

La economía moderna, con su doctrina de la interpretación subjetiva de la valuación, ve las
cosas desde un ángulo diferente. En este contexto carece de sentido la distinción entre fines
económicos y otros que supuestamente no lo son. Los juicios de valor que hacen los
consumidores no sólo expresan sus esfuerzos en procura de más bienes materiales,
tangibles, sino además los que realizan en favor de todos los demás intereses humanos.
Se
ha superado el estrecho punto de vista de una ciencia de la riqueza material. Más allá de la
disciplina de la riqueza se desarrolla una teoría general de todas las elecciones realizadas
por los hombres actuantes, una teoría general de la acción humana, cualquiera que sea: la
praxeología. La conducta de los hombres en el mercado pone de manifiesto, además de sus
deseos de adquirir más bienes materiales, todas sus otras preferencias. Los precios de
mercado reflejan no sólo el “lado materialista” del hombre sino sus ideas filosóficas, sus
conceptos éticos y sus convicciones religiosas.
La observancia de los preceptos religiosos -
la construcción y el mantenimiento de templos para el culto, la prohibición de trabajar en
los días santos, la evitación de ciertos alimentos, siempre o en días y semanas específicos,
la abstención de bebidas alcohólicas y de tabaco, la obligación de ayudar a los necesitados,
y muchos otros- es uno de los factores determinantes de la oferta y la demanda de bienes de
consumo y, con ello, del manejo de los negocios. En lo que respecta a los fines últimos que
los individuos aspiran a alcanzar, la praxeología es neutral; lo que le interesa no son los
fines, sino simplemente los medios para llegar a ellos, el hecho de que sean adecuados o no
para lograr los fines buscados.

En los últimos ciento cincuenta años se ha publicado una enorme cantidad de obras
contrarias al enfoque de la economía, todas las cuales desarrollan un único argumento. Sus
autores repiten una y otra vez que el hombre, tal como verdaderamente es y actúa, no sólo
se esfuerza por conseguir más comodidades materiales sino que tiene además otras metas
más elevadas, o ideales. Desde este punto de vista la autodenominada escuela histórica ha
dirigido sus ataques
contra lo que llama el absolutismo de la doctrina económica y ha propugnado un enfoque
relativista. No tenemos el propósito de investigar en este trabajo si los economistas de la
escuela clásica y sus epígonos son realmente culpables por no haber prestado la debida
atención a las preocupaciones no materialistas del hombre. Pero es necesario destacar que,
en relación con las enseñanzas de la economía moderna, todas las objeciones planteadas por
la escuela histórica, e.g., por Knies en su famoso libro, son insustanciales y carentes de
valor.


Ahora Von Mises acomete su habitual diatriba de la utilidad marginal, con el ejemplo del hierro y el oro. Pero si así fuera el tema de la utilidad, ¿por qué nunca se usó como moneda el hierro y sin embargo el oro, que es menos útil que el hierro, era hasta reclamado como equivalente por la Escuela Austríaca? Eso del a priori y de la utilidad marginal no deja de ser el cuento de la lechera: como todo depende de la subjetividad, y ésta se basa en algo tan genérico como la acción humana, no hay modo de comprobar tales extremos. No existe tal cosa como la praxeología, en tanto que disciplina global de la acción humana, sencillamente porque la acción humana para comprar un bien es muy distinta de la acción humana para ejercer de controlador aéreo. No puede hablarse de una praxeología como disciplina a priori de la acción humana. Es falso que los juicios de valor de los humanos se hagan siempre en favor de los demás intereses humanos. Eso es una mera fantasía digna del Gran Jardín del Edén, donde la oferta se coordina de manera perfecta con la demanda, y todas las acciones humanas están armonizadas de forma preestablecida.

Cita:
En la literatura política alemana se acostumbra distinguir entre una escuela histórica antigua
y otra más reciente. Los exponentes más destacados de la primera son Roscher, Bruno
Hildebrand y Knies. La segunda está formada por los seguidores de Schmoller que
ocuparon las cátedras de economía de las universidades alemanas después del
establecimiento del Reich en 1870. Esta división de la historia de las ideas en períodos es
una consecuencia de la estrechez de miras que indujo a los autores alemanes a desdeñar
todo aquello que se hacía en los demás países. No se dieron cuenta de que la oposición
“histórica” contra lo que se denominó el absolutismo de la economía comenzó fuera de
Alemania. Su representante más destacado fue Sismondi, no Roscher ni Hildebrand. Pero es
mucho más importante comprender que todos los que después de la publicación de las obras
de Jevons, Menger y Walras criticaron la doctrina económica a causa de su supuesto
materialismo, tanto en Alemania como en otros países, estaban luchando contra molinos de
viento.

IV
Si bien el concepto de Max Weber de una ciencia general de la acción humana -a la que dio
el nombre de sociología- ya no se relaciona con la distinción entre la acción económica y
las demás actividades del hombre, este autor virtualmente hace suyas las objeciones
historicistas respecto de la economía al diferenciar entre la acción auténticamente racional,
por un lado, y otros tipos de acción, por el otro. Su doctrina está estrechamente conectada
con ciertas peculiaridades intraducibles de la lengua alemana, por lo que resulta un poco
difícil exponerla en otro idioma.

La distinción que hace Weber entre la “acción social” y otras acciones tiene poca
importancia para el problema que estamos tratando. Lo principal es que diferencia
correctamente la sinnhaftes Handeln de las reacciones fisiológicamente determinadas del
organismo humano. La sinnhaaftes Handeln está regida por el Sinn que el individuo
actuante le atribuye, es decir, por el sentido que el actor asigna a su acción y por el fin que
trata de alcanzar mediante ésta. En esta definición aparece una neta separación entre la
acción humana, a saber, el esfuerzo para lograr un fin determinado, y las reacciones
fisiológicas -casi automáticas- de los nervios y células del organismo humano. Ahora bien,
dentro de la clase de las sinnhaftes Handeln Weber distingue cuatro subclases diferentes.
Denomina a la primera zweckrationales Handeln, y la define como la acción que se dirige a
un fin específico. Da a la segunda el nombre de wertrationales Handeln, definiéndola como
la acción determinada por la creencia en el valor intrínseco incondicional (unbedingter
Eigenwert) de cierto tipo de conducta en sí misma, independientemente de su éxito, desde
el punto de vista de la ética, la estética, la religión u otros principios. Pero lo que Weber no
advierte es que también la aceptación de ciertas ideas específicas, éticas, estéticas y
religiosas, es un fin en sí misma, no menos importante que los otros fines que el hombre
trata de alcanzar.
El católico que se persigna, el judío que se abstiene de tomar alimento y
bebida en el Día del Perdón, el melómano que se olvida de cenar para escuchar una sinfonía
de Beethoven, apuntan a fines que son, para ellos, más deseables que las cosas a las que
tienen que renunciar para alcanzarlos. Unicamente un juicio de valor personal puede negar a
sus acciones el calificativo de zweckrational, es decir, que se orienta hacia un fin definido.
¿Y qué significan, en la definición de Weber, las palabras “independientemente de su
éxito”? El católico se persigna porque considera que este acto es un eslabón en una cadena
de conductas que lo conducirán al fin que, para él, representa el logro más importante que el
hombre puede alcanzar en su peregrinaje sobre la tierra. Es trágico que precisamente Max
Weber, el hombre que trató de liberar al pensamiento sociológico alemán de su ingenua
sujeción a los juicios de valor, no haya advertido las contradicciones de su doctrina.


Eso del «fin en sí mismo» es regresar al formalismo kantiano: todo el mundo tiene intereses que van más allá del mero conocimiento, no hay un conocimiento puro, luego el fin en sí mismo no existe más que en la débil mente de Von Mises y otros insensatos de su cuerda. Otra cosa es que podamos considerar que, aunque el fin que moviliza la acción humana sea ilusorio, éste puede movilizar diversos medios, pero no a nivel puramente subjetivo como pretenden Weber y Von Mises, sino a un nivel objetivo; de lo contrario estaríamos cayendo en el delirio psiquiátrico. Como bien decía Sartre, si alguien dice hablar con Dios diremos de él que está rezando. Pero si cree que Dios le habla a él, diremos que está loco, independientemente de la fe que deposite en ese fin al que el creyente piensa que se llega por medio del rezo.

Cita:
Hubo asimismo otras tentativas destinadas a establecer una distinción entre la acción
racional y las acciones no racionales o irracionales, que fracasaron por estar basadas en
crasos errores de interpretación. La mayoría de ellas tildaron de “irracional” la conducta
dirigida por ideas y expectativas erróneas con respecto a los efectos de determinados
procedimientos. Por ejemplo, hoy en día se consideran irracionales las prácticas de la
magia. Aunque, por cierto, no eran adecuadas para lograr los objetivos deseados, las
personas que recurrían a ellas creían que eran correctas, así como a mediados del siglo
pasado los médicos pensaban que las sangrías eran efectivas para prevenir y curar diversas
enfermedades. Al hablar de la acción humana nos referimos a la conducta que, para el
individuo que actúa, es la más apropiada para la consecución del fin deseado,
independientemente de que esta opinión sea compartida o no por un espectador más
informado o por un historiador. El modo como los médicos luchan en la actualidad contra
el cáncer no es irracional, aunque esperamos que algún día se descubrirán métodos de
profilaxis y terapéutica más eficaces. Si se tilda de irracionales las actividades de otras
personas cuyos conocimientos son más imperfectos que los del informante, el informe será
confuso. Como nadie puede considerarse omnisciente, al calificar una acción como
irracional por lo menos hay que hacer la salvedad de que lo es desde el punto de vista
personal del observador.

El epíteto de “irracional” se aplica a menudo de otra manera, no con referencia a los medios
sino a los fines de ciertas conductas. Así, algunos autores califican como “irracional” la
conducta de quienes prefieren sustentar intereses relacionados con la religión, la
independencia nacional u otros objetivos comúnmente considerados
no económicos en lugar de optar por satisfacer mejor sus necesidades materiales (y esta
calificación puede tener un matiz de aprobación o de desaprobación). Con respecto a esta
terminología tan inconveniente y confusa es necesario hacer hincapié, una y otra vez, en el
hecho de que ningún hombre puede tomarse la atribución de juzgar los juicios de valor de
otros hombres con respecto a los fines últimos. No se puede considerar “irracional” la
conducta de los hugonotes, que prefirieron perder todas sus posesiones materiales, los
castigos más crueles y el exilio a la adopción de un credo que para ellos era idolátrico.
Tampoco merece esta calificación la de Luis XIV, cuando privó a su reino de muchos de
sus ciudadanos más distinguidos para seguir los dictados de su conciencia.
Por cierto, el
historiador puede estar en desacuerdo con los fines de los perseguidores y de sus víctimas,
pero esto no le da derecho a tildar de irracionales los medios a que recurrieron para alcanzar
sus fines. Los términos “racional” e “irracional” están tan fuera de lugar cuando designan a
los fines como cuando se los aplica a los medios. En lo que respecta a los fines últimos, al
hombre sólo le cabe aprobar o desaprobar, según sus juicios de valor personales. En lo que
respecta a los medios, lo único que interesa es si son adecuados o no para alcanzar los fines
previstos.


Seguramente las acciones de los hugonotes y de Luis XIV tienen una racionalidad intrínseca, independientemente de sus aciertos o fracasos, pero lo que es irracional, porque carece de engarce alguno con la realidad, es justificar ambas decisiones porque fueron dictadas por la conciencia. Eso es puro formalismo protestante, en tanto que evacua los contenidos de tales decisiones y los hace depender de una última decisión subjetiva y personal. Luis XIV no siguió sin más «los dictados de su conciencia» sino lo que consideró más conveniente para mantener la estabilidad (eutaxia) de su reino: acabar con la herejía a sangre y fuego antes de que la herejía acabase con su reino, Francia. Los hugonotes se movilizaron para acabar con los católicos y que prevaleciera su fe reformada. Al igual que hicieron los calvinistas en Suiza, como bien sabemos con éxito. En todo caso, pretender valorar una decisión de esta clase, sin comprobar sus resultados, sus efectos, a nivel histórico, eso sí es puro irracionalismo.

Cita:
La mayoría de nuestros contemporáneos creen que el peor de los crímenes es obligar a un
hombre, por medio de la violencia, a proceder de acuerdo con los dictados de una doctrina
religiosa o política que desprecia. Pero el historiador sabe muy bien que hubo épocas en las
cuales esta convicción sólo era sustentada por una minoría, y los príncipes o las mayorías
fanáticas cometieron actos cuyo horror es inenarrable. Está en lo cierto cuando señala que
Luis XIV infligió daños irreparables a Francia en su intento de proscribir el protestantismo,
pero también debe tener en cuenta que el rey desconocía las consecuencias que acarrearía su
política y que, aun cuando hubiera podido vislumbrarlas, es posible que hubiese
considerado que el logro de la uniformidad religiosa era un bien para el cual ningún precio
habría sido demasiado alto.

Los cirujanos que acompañaban a los ejércitos en épocas pasadas hacían cuanto estaba a su
alcance para salvar las vidas de los soldados heridos. Lamentablemente, sus conocimientos
terapéuticos eran inadecuados, ya que sangraban a aquellos a quienes sólo una transfusión
de sangre podría haber salvado y, de este modo, prácticamente les causaban la muerte. A
causa de su ignorancia, su tratamiento era contrario al propósito que perseguían. No
obstante, sería inadecuado y engañoso llamarlo irracional. Tampoco son irracionales los
médicos de nuestros días, aunque es probable que en el futuro algunas de sus técnicas
terapéuticas sean consideradas perjudiciales y contrarias a su propósito por médicos mejor
informados.


Eso no es correcto de ningún modo. Si los medios usados entonces en medicina no servían para lograr el fin, esto es, curar al paciente, han de ser vistos como irracionales, sencillamente porque carecen de engarce material con los cuerpos sobre los que operar. Nuevamente vemos lo perjudicial que es el formalismo para analizar estos casos.

Cita:
V
Cuando la distinción entre racional e irracional se aplica a los fines últimos, esto significa
que el que habla o escribe aprueba o desaprueba los juicios de valor subyacentes en la
elección del fin de que se trata. Pero el hombre, en su carácter de praxeólogo, economista o
historiador, no tiene la función de formular juicios de valor. Esta tarea corresponde más
bien a la religión, la metafísica o la ética. La historia de la religión no es teología, y la
teología no es historia de la religión.

Cuando la distinción entre racional e irracional se aplica a los medios, esto quiere decir que
el que habla o escribe afirma que los medios en cuestión no sirven a su propósito
específico, i.e., que no son adecuados para alcanzar los fines previstos por aquellos que los
emplean. Indudablemente, una de las tareas más importantes de la historia consiste en
ocuparse de la utilidad de los medios a que recurren los hombres en sus esfuerzos para
alcanzar sus fines. También es cierto que el objetivo práctico fundamental de la
praxeología, y de su parte más desarrollada hasta la fecha, la economía, es distinguir entre
los medios que son adecuados para lograr los fines deseados y aquellos que no lo son. Pero
los términos “racional” e “irracional” son, como hemos visto, inconvenientes para realizar
esta distinción, y más bien inducen a confusión. Es más apropiado hablar de medios
correspondientes y de medios no correspondientes al propósito de que se trata.
Esto también es cierto en lo que respecta al modo como los psicoanalistas utilizan los
términos “racional” e “irracional”. Éstos “denominan conducta irracional a aquella que es
predominantemente emocional o instintiva” y, además, “a todas las funciones
inconscientes”; en este sentido, distinguen entre “acción irracional (instintiva o emocional)
como opuesta a acción racional, y pensamiento irracional como opuesto a pensamiento
racional”. Los psicoanalistas deben decidir si esta terminología conviene al tratamiento de
los problemas terapéuticos del psicoanálisis. Desde el punto de vista de la praxeología, las
reacciones espontáneas de los órganos y la actividad de los impulsos instintivos del hombre
no son acciones. Por otra parte, el hecho de considerar irracionales las acciones
emocionales -por ejemplo, el modo como un hombre reacciona ante el sufrimiento de sus
semejantes- es, indudablemente, el resultado de un juicio de valor personal. Además, es
obvio que la única connotación que puede adscribirse a la expresión “pensamiento
irracional” es la de ser un pensamiento carente de validez lógica y que lleva a conclusiones
erróneas
.


La praxeología no constituye ninguna ciencia, sino que es una disciplina de corte filosófico en muchos casos. Pese a estar de acuerdo en que las manifestaciones espontáneas de los órganos no constituyen acción propiamente dicha, el mero hecho de que un pensamiento no tenga validez lógica no lo invalida. Dependerá de los parámetros en los que se contenga el pensamiento lógico. Tampoco las conclusiones erróneas son necesariamente irracionales. Son simplemente erróneas.

Cita:
VI
La filosofía del relativismo histórico, o historicismo, no advierte la existencia de algo
invariable que, por un lado, constituye la esfera de la historia y de los acontecimientos
históricos, diferente de las esferas de los otros acontecimientos, y, por el otro, permite al
hombre ocuparse de ellos, i.e., registrar su sucesión y tratar de descubrir su concatenación;
en otras palabras, entenderlos. Este fenómeno invariable es el hecho de que el hombre no es
indiferente al estado de su medio (inclusive a las condiciones de su propio cuerpo) y trata,
en la medida en que le es posible hacerlo, de sustituir mediante la acción deliberada un
estado de cosas menos satisfactorio por otro más satisfactorio. En una palabra: el hombre
actúa
. Esto por sí solo distingue la historia humana de la historia de los cambios que se
producen fuera del ámbito de la acción humana, la diferencia de la “historia natural” y sus
diversas divisiones, como por ejemplo, la geología o la evolución de las distintas especies
de seres vivos
. La historia humana trata sobre los fines que orientan el accionar de los
hombres, es decir, sobre las causas últimas. En la historia natural, como en las otras ramas
de las ciencias naturales, no hay conocimiento alguno de las causas últimas.

Todas las ciencias, todas las ramas del conocimiento humano, se ocupan únicamente de
aquel segmento del universo que la mente humana puede percibir y estudiar, y al hablar de
la acción humana como de algo invariable sólo nos referimos a las condiciones imperantes
en este segmento. Algunos autores presuponen que el estado del universo -el cosmos- puede
cambiar de un modo del cual simplemente no sabemos nada y que todo lo que afirman las
ciencias naturales acerca de, por ejemplo, el comportamiento del sodio o de la palanca,
puede carecer absolutamente de validez en ese nuevo estado. En este sentido, niegan “todo
tipo de universalidad a los enunciados de la química o de la mecánica” y sugieren que se los
considere como “históricos”. Ni la razón ni la ciencia pueden disputar con tal
hiperhistoricismo agnóstico, cuyas afirmaciones versan sobre condiciones quiméricas
acerca de las cuales -como ellos mismos lo admiten sin reservas- no sabemos ni podemos
saber nada.


O sea, como Goethe y Fichte: en el principio era la acción, y el hombre es un creador a priori. Maravilloso. Nada se dice de las transformaciones del mundo heredado. Además, no sólo el hombre actúa: también los animales actúan, tienen conducta, cosa que para Von Mises parece que no existe. Además, el negar las causas finales es para Von Mises en la práctica la negación de toda causalidad, como sucedía para Kant: sólo hay leyes a priori que coordinan el movimiento de los sujetos unos con otros. Pero eso de leerlo causa auténtico sonrojo: ahora va a resultar que la caída de un objeto desde lo alto no es un efecto de la causa llamada gravedad.

Cita:
El hombre pensante no considera el mundo con una mente semejante a una tabla rasa (como
lo expresa Locke) en la que la realidad escribe su propia historia. La tabla de su mente tiene
una cualidad especial que le permite transformar la materia prima de la sensación en
percepción y los datos de la percepción en una imagen de la realidad. Y es precisamente
esta cualidad específica o poder de su intelecto -la estructura lógica de su mente- lo que le
confiere la facultad de ver en el mundo mucho más de lo que ven los seres que no son
humanos. Pero este poder, que es útil para el desarrollo de las ciencias naturales, no lo
capacita para descubrir en la conducta de los otros hombres más de lo que puede ver en el
comportamiento de las estrellas o en el de las piedras, en el de las amebas o en el de los
elefantes.
El individuo, al ocuparse de sus semejantes, recurre no sólo al a priori lógico, sino también
al a priori praxeológico. Por ser él mismo un ser actuante, sabe lo que significa esforzarse
para alcanzar las metas fijadas. Entiende mejor la agitación y las perturbaciones de los otros
hombres que los cambios que tienen lugar en el entorno no humano y puede indagar acerca
de los fines que orientan su conducta. Hay algo en él que le permite distinguir los
movimientos de los microorganismos en un medio de cultivo observado al microscopio de
los movimientos de la multitud en la estación Gran Central de Nueva York. Sabe que hay
algún “sentido” en el hecho de que un hombre corra o permanezca sentado en silencio.
Considera su medio humano con una disposición mental que no le hace falta (y que más
bien le estorba) para explorar su medio no humano. Esa capacidad mental específica es el a
priori praxeológico.


Pero esos a priori no existen; sólo desde una posición que niega la historia y, más aún, la biología, pueden sostenerse. Las presuntas cualidades a priori son en realidad a posteriori: si hasta Piaget, que también usaba de la lógica formal, se dio cuenta que las coordenadas para interpretar la realidad son adquiridas en un proceso evolutivo ontogenético, en el propio desarrollo individual desde la niñez hasta la adolescencia, «la edad de la razón». No existen los juicios a priori, porque sencillamente eso va en contra de cualquier materialismo: todo juicio es necesariamente a posteriori, resultado de operaciones previas.


Cita:
Al ignorar este hecho, el empirismo radical de los historicistas fue por mal camino. No se
puede hacer referencia a la conducta de un hombre sin remitirse al a priori praxeológico.
Hay algo que es absolutamente válido para todas las acciones humanas, prescindiendo del
tiempo, el lugar geográfico y las características raciales, nacionales y culturales de los
individuos actuantes. No existe acción humana que pueda considerarse sin hacer referencia
a categorías tales como fines y medios, éxito y fracaso, costos, ganancias y pérdidas. Lo que
Ricardo describe en su ley de asociación, más conocida como ley de costos comparativos,
tiene validez absoluta para cualquier tipo de cooperación humana voluntaria en el marco de
la división del trabajo. Lo que describen las leyes económicas, que han sido objeto de tanto
escarnio, es precisamente aquello que ocurre siempre y en todo lugar si están presentes las
condiciones especiales que esas leyes presuponen.
De buen o mal grado, la gente se da cuenta de que hay cosas que no se pueden lograr
porque son contrarias a las leyes de la naturaleza, pero es reacia a admitir que existen
algunas que ni el gobierno más poderoso es capaz de conseguir, porque son contrarias a las
leyes de la praxeología
.


No hay tal cosa como una «naturaleza». Si el socialismo específico soviético era imposible, como sentenció a su modo Von Mises en su obra homónima, ello no era debido a que el socialismo en sí fuera contrario a la naturaleza humana, sino porque existía una contradicción entre la planificación del socialismo soviético y los resultados finales del mismo. Pero la economía de las sociedades del bienestar está en más del sesenta por ciento en manos del estado, que es planificador, y ello no implica necesariamente ningún desastre: peor sería dejarlo todo en manos de la iniciativa privada, totalmente descoordinada y sin ese ajuste perfecto que, en su gran irenismo, postula Von Mises.

Cita:
VII
El caso de los autores que pertenecen a las diversas escuelas de economía históricas,
“realistas” e institucionales es diferente del de los historiadores renuentes a tomar
conocimiento del a priori praxeológico. Si esos eruditos fuesen consecuentes, se limitarían a
estudiar lo que se denomina historia económica; se ocuparían exclusivamente del pasado y
se abstendrían cuidadosamente de hacer ninguna afirmación acerca del futuro. Sólo se
pueden predecir los acontecimientos venideros si se reconoce una regularidad en la
sucesión de los eventos que es válida para cualquier acción, independientemente del
momento, el lugar y las condiciones culturales en que se lleve a cabo. La actitud de los
economistas que profesan el historicismo o el institucionalismo es antinómica, sea que
asesoren a los gobiernos de sus propios países o a los de los países subdesarrollados. Si no
hay una ley universal que describa los efectos necesarios de determinadas maneras de
actuar, no es posible predecir nada ni recomendar o desaconsejar ninguna medida destinada
a obtener resultados definidos.


Completa falacia, de principio a fin: Marx defendía una posición historicista, el materialismo histórico, y ello no le impidió establecer regularidades normadas, tales como los modos de producción. Esa distinción entre teorías y hechos es en el fondo la distinción kantiana entre medios y fines que está colando constantemente en este texto.

Cita:
Lo mismo ocurre con algunos autores que rechazan la idea de que existen leyes económicas
válidas en todos los tiempos, en todos los lugares y para todas las personas, pero dan por
sentado que cada período histórico tiene sus propias leyes económicas, que deben ser
descubiertas a posteriori estudiando la historia de ese período. Y, si bien pueden decirnos
que han logrado conocer las leyes que regían los acontecimientos hasta ayer, no pueden
aceptar -porque se lo impide su propia doctrina epistemológica- que las mismas leyes
determinarán también lo que va a suceder mañana. Lo único que están autorizados a afirmar
es lo siguiente: La experiencia del pasado nos muestra que A dio origen a B; pero no
sabemos si mañana A dará origen a otros efectos diferentes de B.

La doctrina de la tendencia es otra variedad del rechazo de la economía. Sus partidarios
presuponen con toda ligereza que las tendencias evolutivas que se han manifestado en el
pasado seguirán haciéndolo en el futuro. Sin embargo, no pueden negar que las tendencias
de épocas pasadas experimentaron cambios y que no hay razón alguna para suponer que las
que imperan en el presente no cambiarán también algún día. En consecuencia, esta filosofía
no sirve para hacer pronósticos acerca del futuro. Esto se pone en evidencia especialmente
cuando los hombres de negocios, preocupados con respecto a la continuidad de las
tendencias predominantes, consultan a los economistas y a los peritos en estadística, para
recibir invariablemente la misma respuesta: Las estadísticas demuestran que la tendencia
que le interesa continuaba hasta el día en que obtuvimos nuestros datos estadísticos más
recientes; en ausencia de factores que perturben esta continuidad, no hay razón alguna para
suponer que pueda cambiar; sin embargo, no sabemos nada sobre la posibilidad de que esos
nuevos factores puedan presentarse o no.



Reducir el historicismo a mero empirismo que pondría en duda las leyes económicas no deja de ser un mal chiste. Si las leyes económicas son distintas en diferentes épocas, ello no se deberá a que empíricamente sea así, sino a que las relaciones sociales de producción han cambiado en base a transformaciones materiales (industria, poder adquisitivo, etc.).

Cita:
VIII
El relativismo epistemológico, doctrina esencial del historicismo, debe distinguirse
claramente del relativismo ético de otras escuelas de pensamiento. Algunos autores asocian
el relativismo praxeológico con el relativismo ético, pero también hay otros que hacen
ostentación de su absolutismo ético a la vez que rechazan el concepto de leyes
praxeológicas con validez universal. De esta manera, muchos adeptos de la escuela
histórica de economía y del institucionalismo juzgan el pasado histórico desde el punto de
vista de lo que consideran como preceptos morales indiscutibles e inmutables, por ejemplo,
la igualdad en lo que respecta al ingreso y a la riqueza. Para algunos de ellos la propiedad
privada como tal es moralmente censurable. Acusan a los economistas por su supuesta
alabanza de las riquezas materiales y su desestimación de otros intereses más nobles.
Condenan como inmoral el sistema de empresa privada y defienden el socialismo
basándose en lo que consideran su valor moral superior. En su opinión, la Rusia soviética
observa los principios inmutables de la ética mucho mejor que las naciones occidentales,
entregadas al culto de Mamón.

En contraste con toda esta palabrería retórica, es necesario destacar nuevamente que la
praxeología y la economía, que es hasta ahora su rama mejor desarrollada, son neutrales con
respecto a los preceptos morales, cualesquiera que sean. Se ocupan de los esfuerzos de los
hombres actuantes para alcanzar los fines que han elegido, sin tomar en consideración el
hecho de que estos fines sean aprobados o desaprobados desde cualquier punto de vista. El
hecho de que la inmensa mayoría de los hombres prefieren una cantidad mayor de bienes
materiales a una cantidad menor es un dato de la historia, que no ocupa lugar alguno en la
teoría económica. La economía no defiende el capitalismo ni rechaza el socialismo;
simplemente trata de mostrar cuáles son los efectos necesarios de cada uno de esos
sistemas. El que esté en desacuerdo con sus enseñanzas debería tratar de refutarlas mediante
el razonamiento discursivo, sin apelar al abuso, las insinuaciones y las normas arbitrarias,
presuntamente éticas.


Nuevamente presume de neutralidad, cuando Von Mises ya manifestó que iba contra toda forma de gobierno, simplemente porque no se ajusta a lo que él denomina como «naturaleza humana». Por lo tanto, no hay tal neutralidad desde el anarcocapitalismo que defiende.

En suma, la creencia de que el mercado todo lo resuelve porque lo natural es la libre asociación humana, sin coacciones de ningún tipo, la res publica noumenon de la Paz Perpetua de Kant, el mundo en el que todos los hombres serán vistos como fines en sí mismos y no como medios para lograr nuestros particulares fines. El abrazaos millones del Himno de la Alegría. He aquí el auténtico Gran Jardín del Edén, el mejor mundo de los posibles en forma de neoliberalismo vonmisiano. La gran flor del chumbo.

Un cordial saludo,
José Manuel Rodríguez Pardo.
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J.M. Rodríguez Pardo



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MensajePublicado: Lun Feb 08, 2010 10:56 pm    Título del mensaje: Robinsonadas Responder citando

Por cierto, ¿quién puede ser tan idiota de pensar que en el desierto de Túnez va a encontrar una botella de agua mineral dispuesta para calmar su sed? ¿No son meras robinsonadas decimonónicas las que el insensato catalán pretende endosarnos una y otra vez? Al final volveremos a la concha de la madre de Robert Nozick, por cierto otro tonto (quiero decir, Robinson) contemporáneo, y discípulo de Von Mises para más señas.
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José Mª Rodríguez Vega



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MensajePublicado: Mar Feb 09, 2010 8:33 am    Título del mensaje: Los problemas mentales son legítimos en ciencia. Responder citando

¿Pero quién puede ser tan idiota de pensar que en cualquier parte de África no se vende agua a los turistas?

Los problemas mentales son legítimos en ciencia, pero aún y con todo, yo he estado en Egipto y la botella de agua vale más del doble que aquí y eso a pesar de tener allí el Nilo, un río más caudalosos que todos los españoles juntos... Una botella de agua en Abu Simbel (أبو سنبل o أبو سمبل) vale el doble que en el Cairo. Y cien euros en Barcelona valen menos que en Oviedo, tanto si el muy sensato lo sabe como si no.

No hay dudas de que el ejemplo podría ser de un pisito en Córdoba o en Salas comparado con otro en Madrid, ya que la tierra plana es en todas partes la misma y el costo debería serlo también... Ocurre que un trabajador en Salas vale en salarios menos que en Madrid, y no porque sea peor, sino porque está menos requerido.
Los ejemplos cuanto más simples mejor.

Lo que ocurre es que el muy sensato elude el verdadero problema y jamás ha estado en África ni en ningún otro sitio fuera de su bonito pueblo.

.................

La débil perorata contra Von Mises a mi no me atañe (ni ese artículo es su obra). Yo no soy ni su primo ni su albacea y ese rollo enmascara la cuestión. De todas formas el muy sensato tiene mucha "ciencia" y mucha "sensatez" cuando pone ahí juicios completamente absurdos y que yo no voy a entrar a discutir. Que el lector juzgue por sí mismo, pero si afina un poco el análisis, se partirá de risa.
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J.M. Rodríguez Pardo



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MensajePublicado: Mar Feb 09, 2010 2:57 pm    Título del mensaje: ¿Otra vez escurriendo el bulto? Responder citando

¿Otra vez escurriendo el bulto, insensato? Yo nunca he visto que en pleno desierto un beduino monte un puesto ambulante de helados o de agua mineral. Eso lo dirás tú en tus idiotas fantasías de Robinson, de charnego catalanizado por la doctrina anarcocapitalista de Xavier Sala i Martin. Eso es un mero escurrir el bulto que cada día me recuerda más al subnormal profundo de Zugasti, que como no tenía argumento alguno empezó a decir que le amenazaba de muerte como los de Batasuna. Si hablamos del mercado, hablamos del mercado, no del desierto o la selva o cualquier otro lugar alejado de la más mínima civilización. A este paso, los liberales auténticos serán los yanomamos o los bosquimanos del Kalahari, o quizás el indígena que al gran liberal catalán Carod Rovira entregó su lanza en un «intercambio justo» de varios millones de euros, en nombre de su «estimación subjetiva». ¿No es maravilloso el Gran Jardín del Edén anarcocapitalista, donde todo se compra y vende con gran justicia liberal?

Por mi parte, no es necesario que hables de Von Mises, sé que no tienes ni puñetera idea de lo que dice en el texto que yo he comentado. También sabía que le abandonarías, igual que los apóstoles abandonaron a Jesús en el calvario, tal es tu oportunismo y analfabetismo funcional.

PD: No me extraña que alguien tan chalado como tú diga que los problemas mentales son legítimos en ciencia. ¿Pero qué es eso de problemas mentales? Serán problemas de transformaciones. ¿Y de qué ciencia se puede saber que hablas, insensato? ¿Es la Economía una ciencia, y no nos habíamos enterado? Será que entonces estamos discutiendo tonterías ante el gran curón insensato.
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J.M. Rodríguez Pardo



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MensajePublicado: Mar Feb 09, 2010 3:05 pm    Título del mensaje: Más ejemplos Responder citando

Y es más, ¿cómo se atreve el insensato a decir que su ejemplo anarcocapitalista es igual que el del pisito en Córdoba comparado con el de Madrid, o el del trabajador de Córdoba con el de Madrid? Está comparando situaciones robinsonescas con situaciones de mercado. Y en todo caso, como bien quedó claro al refutar al insulso vonmisiano Castillo y su Gran Jardín del Edén, el piso en Córdoba vale menos que el de Madrid porque la ciudad es más pequeña, y en consecuencia dispone de menos bienes y servicios, con lo que el poder adquisitivo y los costes de producción son también menores.

El problema no es que la tierra sea igual de plana en cualquier parte, sino que con una tierra donde no se puede edificar, en pleno desierto bosquimano o selva yanomama, nada se edifica y nada sirve. Pero donde existen bienes y servicios tales como carreteras, comercios, escuelas y además muchos habitantes, los precios de los terrenos suben como la espuma. Y el trabajador cobrará menos si la cantidad de bienes y servicios a adquirir es menor, y por lo tanto no hay capacidad para pagarle más. No necesito a Von Mises para realizar mis cálculos.
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J.M. Rodríguez Pardo



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MensajePublicado: Mar Feb 09, 2010 3:09 pm    Título del mensaje: Y más Responder citando

En todo caso, el problema del insensato sobre el agua en el desierto es sencillo de resolver desde coordenadas no vonmisianas. Como El Cairo está mucho más cerca de la civilización que ese pueblucho perdido en mitad del desierto donde los transportes son muy difíciles, hay que añadir al valor del agua no sólo el trabajo normal para embotellarla, sino el arduo trabajo que consiste en llevarla por todo el Sahara, para que un insensato que se había perdido por allí buscando la muerte, pueda finalmente bebérsela. Al final va a resultar que hasta se le puede encontrar algún sentido a lo que dice el chalado, saliendo del entorno de su chaladura, claro está.
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J.M. Rodríguez Pardo



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MensajePublicado: Mar Feb 09, 2010 3:10 pm    Título del mensaje: Y aún más Responder citando

Quizás, en el fondo, el problema de por qué cien euros valen menos en Barcelona que en la vecina ciudad de Oviedo, se deba a que al precio habitual de las cosas hay que añadir el diezmo por mantener las instituciones mentales en las que ha tenido que vivir el insensato. Quizás.
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José Mª Rodríguez Vega



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MensajePublicado: Mar Feb 09, 2010 4:44 pm    Título del mensaje: El gran y sensato economista. Responder citando

Sea la economía una ciencia o un arte o lo que sea, no hay duda ninguna de que en Abu simbel o en Luxor y en el Cairo se vende agua a diferentes precios como ocurre con las aceitunas y la manzanilla de Tomás de Mercado:<<...Y dentro del mismo reino, un cesto de aceituna gordal, en Valladolid se puede cambiar, con cuatro en Manzanilla, y serían cambios y trueques justos, y habría en ellos igualdad. De esta forma pasa en las monedas, que por estimarse más en una parte que en otra vienen, a ser iguales, aunque sea diversa la cantidad, noventa y tres en Flandes con ciento en Sevilla, no por ser de otra ley el ducado, ni de otro valor, sino porque la tierra de suyo lleva (como dicen) hacer más caso del dinero.
Solemos decir, más quiero aquí un real que en otras dos: no porque no valga uno aquí, treinta y cuatro, y dos sesenta y ocho, sino porque en más se estiman aquí los treinta y cuatro, que en otra parte los sesenta y ocho..../...../.....Así en la moneda hay dos cosas, que es la una su valor y ley, lo cual es su substancia y naturaleza en ser de moneda: y lo otro su estima..............y dado que en algunas cosas anden hermanados precio y estima; en las más andan apartados...............Como, cien ducados en Sevilla, y noventa y cinco en Amberes, son iguales en estima, por ser desiguales en cantidad............Que el cambio gana por la distancia y diferencia de lugares do se estima diferentemente el dinero...>>
(Tomás de Mercado. Suma de tratos y contratos. Editora Nacional, Madrid 1975, pág. 331 y 332).

Es a Tomás de Mercado al que debe refutar este inmenso sensato y no a mi.

Para este Gran y sensato economista
Cita:
<...el piso en Córdoba vale menos que el de Madrid porque la ciudad es más pequeña, y en consecuencia dispone de menos bienes y servicios, con lo que el poder adquisitivo y los costes de producción son también menores.>
¡Jo, jo, jo, jo!!!
Pero aunque así fuera -que no lo es- ¿por qué los costes de producción son menores? ¿Por qué el poder adquisitivo es menor?

¿Los cordobeses disponen de menos judías y tomates o patatas y de menos "mano de obra"?
Pero si "el poder adquisitivo y los costes de producción son también menores" es que hay menos demanda de ellos. ¿no?
La tierra es tierra y si vale más en Madrid que en Córdoba es porque es más demandada y ya está!! Se valoriza en más.

Por eso en Madrid "los precios de los terrenos suben como la espuma", porque donde hay y "donde existen bienes y servicios tales como carreteras, comercios, escuelas y además muchos habitantes" es porque todo está muy demandado, no por su valor en sí o valor íntrinseco, pues "Solemos decir, más quiero aquí un real que en otras dos: no porque no valga uno aquí, treinta y cuatro, y dos sesenta y ocho, sino porque en más se estiman aquí los treinta y cuatro, que en otra parte los sesenta y ocho........Como, cien ducados en Sevilla, y noventa y cinco en Amberes, son iguales en estima, por ser desiguales en cantidad.....Que el cambio gana por la distancia y diferencia de lugares do se estima diferentemente el dinero..."
¿Es por eso que el valor de una hipoteca para un pisito en Madrid vale el mismo porcentaje (margen del 2% del Euiribor más o menos) que en Córdoba? ¿Acaso el valor del Euro es lo mismo en Oviedo que en Madrid?
El ejemplo del morito está manipulado, pues se dijo:
Zarpax escribió:
<ya que suponiendo al pata negra forrado de euros y muerto de sed, y si la botella llena de agua fresca vale en Túnez 2 euros y el transporte hasta el desierto vale 5 euros, su hipotético valor debería ser de 7 euros, ni uno más ni uno menos..., pero el morito que no ama precisamente a los infieles católicos pata negras pide el muy aprovechado 15 euros... Está muy claro que si nuestro pata negra no es muy tonto pagará esa suma y lo que se tercie rápidamente por una botella de agua para así aplacar su imperiosa sed. Ese es su valor pues que es así, ya que la percepción sensible (estética estimativa) del sediento para la propia vida es mucho mayor aquí que cualquier otra consideración.>
. Lo demás son subterfugios de este impostor.

el sensatísimo escribió:
<Quizás, en el fondo, el problema de por qué cien euros valen menos en Barcelona que en la vecina ciudad de Oviedo, se deba a que al precio habitual de las cosas hay que añadir el diezmo por mantener las instituciones mentales en las que ha tenido que vivir el insensato.>

Está muy claro que, quizás, como en Barcelona hay más demanda de todo, debido a que hay más habitantes, con cien euros se compran menos cosas que en Oviedo, donde hay menos demanda por haber menos habitantes, y por ello las cosas o mercancías en general se ofrecen más baratas. No ocurre así -quizás- en el caso donde el mercado es único y en el que, por tanto, el cambio no gana por la distancia y diferencia de lugares, y su precio es el mismo, como ocurre hoy con los créditos bancarios para un pisito en Madrid o en Oviedo.
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