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Los escolásticos y su presunta paternidad
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Autor Mensaje
J.M. Rodríguez Pardo



Registrado: 10 Oct 2003
Mensajes: 1423
Ubicación: Gijón (España)

MensajePublicado: Mar Oct 28, 2008 10:55 am    Título del mensaje: Los escolásticos y su presunta paternidad Responder citando

Estimados amigos:

Es muy habitual leer en los círculos liberales afirmaciones del estilo: «la escolástica española es precursora de la Escuela Austríaca de Economía» o «la Escuela de Salamanca ya afirmó que los precios dependían de la utilidad que para cada persona tienen los bienes del mercado».

Sin embargo, mi lectura de La teoría del justo precio de Luis de Molina (en realidad una recopilación de textos de otras obras suyas), publicada en Editora Nacional en 1981, me permite afirmar lo contrario. De hecho, las afirmaciones de Luis de Molina se sitúan en lo que Marx denominada intercambio simple.

Supongamos —es un suponer— que soy un artesano que fabrico una mesa de madera y la vendo en el mercado, obteniendo dinero suficiente para comprarme la Biblia que tanto deseo. He vendido la mesa de manera por el «justo precio», es decir, el precio que equivale al que se necesita para comprar una Biblia (lo justo en español es lo equivalente: cuando el agua llega a la marca que realizamos en el balde, decimos que ya está justo, es decir, equivalente a la marca). Se trata del modo simple de intercambio de mercancías, totalmente objetivo pero que no implica ningún tipo de beneficio. Fabriqué algo, lo vendí y compré lo que quería, quedándome en beneficios exactamente igual que estaba.

Además, cuando Luis de Molina habla de la utilidad, no se refiere a la utilidad marginal de los austríacos, sino de algo tan aristotélico como el valor de uso. El artesano que fabricó la mesa lo hizo porque tiene algún uso concreto, y no por ello obtuvo beneficio alguno.

Podemos leer al traductor de La Teoría del Justo Precio de Luis de Molina para desmentir tales extremos:

Cita:
Todo cuanto acabo de exponer sobre la utilidad como fuente del valor económico es de sobra conocido y no necesito insistir en ello. Lo que no se conoce y, sin embargo, es igualmente importante para comprender el pensamiento económico de Molina en lo referente al justo precio es el análisis que, a propósito del contrato de compra venta, realiza de la transacción económica, que constituye el substrato y contenido material de ese contrato. Los pocos autores que se han ocupado de la teoría molinista del justo precio suelen saltar, una vez mencionada la utilidad como fuente del valor económico, a la estimación común del justo precio, identificando esa estimación común con la estimación del libre mercado. Razonando así pasan por alto todo cuanto Molina expone a propósito de la compra-venta y la circulación de mercancías que en la compra-venta se realiza. Aplican con ello un esquema de razonamiento inspirado en la mentalidad económica liberal, puede resultar un obstáculo para explicitar y comprender cuanto en la circulación de mercancías se encierra. No se puede saltar con la facilidad que estos autores saltan de la estimación común al libre mercado; es, necesario, antes de dar ese salto identificador de ambos conceptos, analizar el contenido que en ellos se encierra y comprobar si los contenidos permiten o no la identificación. Una identificación de conceptos sin identificación de contenidos difícilmente podría admitirse.


Francisco Gómez Camacho, «Introducción» a Luis de Molina, La Teoría del Justo Precio. Editora Nacional, Madrid 1981, pág. 25.

Cita:
Quien se tome la molestia de comparar la explicación molinista sobre el origen del dinero y la compra-venta con la ofrecida por Adam Smith en La Riqueza de las Naciones, encontrará que ambas explicaciones son semejantes, que, en realidad, A. Smith, en 1776, sólo estaba recogiendo una tradición que, remontándose a Aristóteles, habían hecho suya los doctores españoles del XVI y, más concretamente, Luis de Molina.



Francisco Gómez Camacho, «Introducción» a Luis de Molina, La Teoría del Justo Precio. Editora Nacional, Madrid 1981, pág. 26.

Entonces, si se vincula a Adam Smith, uno de los teóricos mercantilistas, a Luis de Molina y a ambos con Aristóteles, ¿de dónde salen esos saltos entre la teoría del valor-trabajo y el catolicismo?

Por otro lado, si tenemos en cuenta la distinción que realizaba Aristóteles entre economía como forma de obtener valores de uso por medio de la compra-venta, y crematística, por otro, siendo la segunda la conservación e incremento del dinero hasta el infinito, es decir, el beneficio, entonces Molina entraría en la primera definición. Veamos.

Cita:
2. Que la compra-venta puede entenderse en un triple sentido.


Supuesto lo anterior, se han venido distinguiendo tres clases de compra-venta, y lo mismo puede decirse del intercambio en sentido amplio. Existe la compra-venta por la que una persona compra aquellas cosas que le son necesarias para su propio sustento y el de su familia, y por la que vende aquellas cosas que le sobran. Esta clase de compra-venta es prácticamente natural y, en sí misma, buena y lícita, como afirma Santo Tomás y enseñan comúnmente los doctores siguiendo a Aristóteles en el lib. 1 de los Políticos. Ciertamente, pues esta clase de compra-venta no se ordena al lucro, sino al conveniente sustento de la familia, y su práctica corresponde a los administradores (o ecónomos) y los políticos, no a los negociantes en el sentido estricto. Otra compra-venta es aquella por la que se compra algo con el fin de transformarlo mediante el trabajo y venderlo después más caro. Esta compra-venta, como afirma Crisóstomo, no constituye un mero negocio, ya que el bien que así se compra se mejora con el trabajo y la propia habilidad, por lo que puede incluirse en la venta de objetos artesanales, que, como los mismos artesanos saben, se distingue de la mencionada en primer lugar, aunque, según parece, Santo Tomás la incluyera en ese primer género de venta. Pertenece a esta clase de compra-venta no sólo la compra de lana para fabricar paños y venderlos, o la compra de hierro para forjar espadas y venderlas, sino también la compra de caballos y aves para venderlas una vez domados y domesticadas. Finalmente, otra clase de compra-venta es aquella por la que se compra algo para venderlo más caro sin haberlo modificado con el trabajo, y ésta es la que propiamente se conoce como «negocio» y de la que se duda si es o no lícita, pues parece que Crisóstomo la condena en el c. ejiciens citado.



Luis de Molina, La Teoría del Justo Precio, Editora Nacional, Madrid, 1981, pág. 128. Disputa 39, n. 2.

Y como comenta el traductor de Molina:

Cita:
En las tres formas de practicar la compra-venta, cuya licitud moral admite Molina, existe un elemento común que justifica esa licitud: en todas ellas se busca satisfacer una necesidad, es decir, se busca un valor de uso. En el primer caso, el valor de uso se evidencia en la finalidad de la compra-venta: satisfacer una necesidad de consumo. En el segundo, la finalidad productiva sería inconcebible separada de la utilidad del bien que se transforma intrínsecamente; la utilidad del paño y la espada justifican y motivan la compra y transformacíón de la lana y el hierro. En el mismo sentido se explica la compra-venta en la que se verifica una «transformación extrínseca»; el servicio que con ella se presta a la comunidad constituye suficiente título legitimador. Así, pues, el negocio de la compra-venta se considera moralmente lícito por Luis de Molina cuando no se actica por razón exclusiva del lucro sino para satisfacer una necesidad, sea ésta de consumo directo o indirecto (producción). Nos bailamos, por tanto, ante una visión económica de la compra-venta, no ante una visión crematística.


Francisco Gómez Camacho, «Introducción» a Luis de Molina, La Teoría del Justo Precio. Editora Nacional, Madrid 1981, pág. 41.

Y, finalmente, la puntilla al marginalismo liberal:

Cita:
Supongamos ahora que esta visión de la compraventa se compara con la propia del capitalismo naciente en el siglo XVI, cuando, según K. Marx, comenzó «la biografía moderna del capital... con el comercio y el mercado mundiales». A la forma directa de la circulación de mercancías se contrapone la circulación del capital (D-M-D). En palabras del mismo Marx, «el ciclo M-D-M arranca del polo de una mercancía y se cierra con el polo de otra mercancía. Su fin último es, por tanto, el consumo, la satisfacción de necesidades o, dicho en otros términos, el valor de uso. Por el contrario, el ciclo D-M-D arranca del polo del dinero para retornar por último al mismo polo. Su motivo propulsor y su facilidad determinante es, por tanto, el propio valor de cambio». Ls circulación de mercancías, en su forma directa, pertenece a la economía; la circulación del capital, a la crematística. Por eso no puede extrañarnos que K. Marx recuerde y cite la distinción aristotélica como ilustración y confirmación de su pensamiento al señalar que «la circulación simple de mercancías —el proceso de vender para comprar— sirve de medio para la consecución de un fin último situado fuera de la circulación: la asimilación de valores de uso, la satisfacción de necesidades. En cambio, la circulación del dinero como capital lleva en sí mismo su fin, pues la valorización del valor sólo se da dentro de este proceso constantemente renovado. El movimiento del capital es, por tanto, incesante».



Francisco Gómez Camacho, «Introducción» a Luis de Molina, La Teoría del Justo Precio. Editora Nacional, Madrid 1981, pág. 42.

Ahora resulta que Gómez Camacho asimila a Luis de Molina a El Capital de Marx y al marxismo, por medio de Aristóteles. Nada que ver con los sofismas de los liberales. Sorprendente la manipulación que nuestros clásicos han sufrido.

Un cordial saludo,
José Manuel Rodríguez Pardo.
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José Mª Rodríguez Vega



Registrado: 11 Oct 2003
Mensajes: 1429

MensajePublicado: Jue Oct 30, 2008 8:16 am    Título del mensaje: La misma cantinela. Responder citando

<<<...Exponer la propiedad privada al riesgo de que pueda perderse es algo que puede venderse, y comprarse, a un precio, no se cuenta entre las cosas que se hacen gratuitamente.> (Juan de Medina).
Pardo escribió:
<Supongamos —es un suponer— que soy un artesano que fabrico una mesa de madera y la vendo en el mercado, obteniendo dinero suficiente para comprarme la Biblia que tanto deseo. He vendido la mesa de manera por el «justo precio», es decir, el precio que equivale al que se necesita para comprar una Biblia (lo justo en español es lo equivalente: cuando el agua llega a la marca que realizamos en el balde, decimos que ya está justo, es decir, equivalente a la marca).>

Por tanto Pardo afirma que el precio justo es el equivalente -puesto que para él lo es, aunque no necesariamente lo es para todos-, y dice que Molina dice eso.
Pardo queda enmarañado en y por los "precios fijos", precio que le dice lo que vale una Biblia.

Santo Tomás, aparte de si el lucro es pecado o no, cosa que a nosotros nos importa bien poco, nos dice que "el lucro, es el fin del comercio" cuando este comercio va dirigido a un fin como fuese por ejemplo en "interés público", y que sólo es negociante el que compra una cosa con el fin de venderla más cara..., y dice:<En efecto, si una persona compra una cosa, no para venderla, sino para conservarla, y después, por algún motivo, quiere venderla, no hay comercio, aunque la venda a mayor precio (?). Esto puede hacerlo lícitamente, ya porque hubiera mejorado la cosa en algo, ya porque el precio de ésta haya variado según la diferencia de lugar o de tiempo, ya por el peligro al que se expone al trasladarla de un lugar a otro o al hacer que sea transportada. En estos supuestos ni la compra ni la venta son injustas.>(Santo Tomás, Suma. II. II, C. 77, a. 4. Como se ve, ni la variación del precio por los diferentes lugares ni por el "peligro" tienen nada que ver con eso del trabajo: por "haber mejorado la cosa en algo")
...............<El precio de las cosas objeto de comercio no se determina según la jerarquía de su naturaleza, puesto que algunas veces se vende más caro un caballo que un esclavo, sino según la utilidad que los hombres tienen de ellas.> (Santo Tomás, Suma II. II, C. 77, a. 2.) En la cuestión 77 a.1 el santo nos habla de un contrato para "la igualdad de la cosa", según el precio justo, y no llega más allá de esto. Santo Tomás con su precio ajustado a la "equivalencia" de la justicia comutativa es estrictamente aristotélico, como dice Schumpeter. <Santo Tomás estaba tan lejos como Aristóteles de postular la existencia de un "valor objetivo" metafísico o inmutable. Su quantitas valoris no es nada diferente del precio, sino un simple y normal precio competitivo. La distinción que parece trazar entre precio y valor no es una distinción entre precio y algo que no fuera precio, sino una distinción entre el precio pagado en una determinada transacción y el precio que "consiste" en la estimación pública de la mercancía (iustum pretium... in quadam aestimatione consistit), lo cual no puede significar sino precio normal competitivo, o valor en el sentido de precio normal competitivo cuando este precio existe.> (Schumpeter. Historia del análisis económico. FCE 1971, pág. 131 y 132).

Pero Molina, como hemos repetido hasta la saciedad, dice además: ( http://www.eumed.net/cursecon/economistas/textos/molina_justo_precio.htm#_ftnref47 )<<Debe observarse, en primer lugar, que el precio se considera justo o injusto no en base a la naturaleza de las cosas consideradas en sí mismas —lo que llevaría a valorarlas por su nobleza o perfección—, sino en cuanto sirven a la utilidad humana; pues en esa medida las estiman los hombres y tienen un precio en el comercio y en los intercambios.> (por tanto nada de equivalentes ni de mesas ni de Biblias, ya que la medida de cada hombre de lo que ellos estiman es casi siempre diferente, no "equivalente": mi mesa vale dos Biblias! o ninguna, porque la importancia económica de una Biblia no va en relación con la mesa ni en relación a un supuesto "trabajo común" (Smith), sino que es inversamente proporcional al número de Biblias que ya tengo y poseo.)..............<Cuanto acabamos de exponer explica que los ratones, aunque por su naturaleza sean más nobles que el trigo, no se estiman ni aprecien por los hombres, pues no les son de utilidad alguna. También se explica así que la casa se suela vender justamente por un precio mayor que el precio a que se vende un caballo e incluso un esclavo, siendo así que tanto el caballo como el esclavo son por naturaleza mucho más nobles que la casa.>..................<3. La cuantía del precio depende, principalmente, de la estima menor o mayor que los hombres tengan de las cosas en orden a su uso.>> (y como los hombres usan diferentemente las cosas y cada uno las estima diferentemente, pondrá cada uno para lo suyo su precio, un precio diferente y no necesariamente "equivalente" a esa supuesta y universal "marca del balde de agua".)

<<Debemos observar, en segundo lugar, que el precio justo de las cosas tampoco se fija atendiendo sólo a las cosas mismas en cuanto son de utilidad al hombre, como si, “caeteris paribus”, fuera la naturaleza y necesidad del empleo que se les da lo que de forma absoluta determinase la cuantía del precio; sino que esa cuantía depende, principalmente de la mayor o menos estima en que los hombres desean tenerlas para su uso. Así se explica que el precio justo de la perla, que sólo sirve para adornar, sea mayor que el precio justo de una gran cantidad de grano, vino, carne, para o caballos, a pesar de que el uso de estas cosas, por su misma naturaleza, sea más conveniente y superior al de la perla. Por eso podemos afirmar que el precio justo de la perla depende de que los hombres quisieron estimarla en ese valor como objeto de adorno. Por eso, también el precio justo del azor es para el cazador mayor que el precio de otros bienes que le superan en utilidad.>--------------<Es evidente que ese precio, que para ellos es justo, no proviene de la naturaleza de dichas cosas ni de su utilidad, sino de que los japoneses se aficionaron a ellas ya sí quisieron estimarlas. Finalmente, esto explica que chucherías y objetos sin valor para nosotros, llevadas y ofrecidas a los etíopes, tengan para ellos un precio mayor que el oro por el que las cambian, cuando, por el contrario, para nosotros es el oro el que tiene mayor precio. Estos hechos y otros semejantes se deben exclusivamente a la estimación por la que los hombres, en sitios y lugares diferentes, quisieron apreciar en más una cosa que otra; y no parece deban condenarse los intercambios que los hombres realizan de acuerdo con la estimación común de las cosas en sus respectivas regiones, aunque algunas veces pueda mover a risa debido a la primitivez y costumbres de quienes las intercambian, tema del que ya nos ocupamos al hablar de los esclavos. En resumen, el precio justo de las cosas depende, principalmente, de la estimación común de los hombres de cada región; y cuando en alguna región o lugar se suele vender un bien, de forma general, por un determinado precio, sin que en ello exista fraude, monopolio ni otras astucias o trampas, ese precio debe tenerse por medida y regla para juzgar el justo precio de dicho bien en esa región o lugar, siempre y cuando no cambian las circunstancias con las que el precio justificadamente fluctúa al alza o a la baja.>...............<como sucede con los detalles, que valen más cuando la guerra está próxima que en tiempos de paz. De igual forma, la falta de dinero en un lugar determinado hace que el precio de los demás bienes descienda, y la abundancia de dinero hace que el precio suba. Cuanto menor es la cantidad de dinero en un sitio, más aumenta su valor y, por tanto, “caeteris paribus”, con la misma cantidad de dinero se pueden comprar más cosas. Por ejemplo, si los frutos de la tierra abundasen en la misma proporción en dos provincias distintas y una tuviera mayor cantidad de dinero que otra, esos frutos se venderán a un menor precio en la provincia con menos cantidad de dinero, y a un menor precio se colocarán también los obreros en dicha provincia.>..................<5. El precio justo de los bienes se modifica también según sea uno u otro el modo de venderlos

Hay que notar, en cuarto lugar, que la modalidad de la venta también influye y hace variar el justo precio de los bienes. Por ejemplo, en los casos siguientes suelen venderse los bienes a un precio inferior al que suelen vender los comerciantes: cuando se vende algo en subasta o se lleva para su venta a un corredor intermediario, al pregonero o a las mujeres que, en algunos lugares, tienen el oficio de vender bienes ajenos; cuando un estudiante vende sus libros o, a su muerte, vende sus muebles. Sin embargo, siempre y cuando dicho precio no se aparte del acostumbrado en esa clase de venta, no deberá juzgarse injusto. La razón para pensar así es doble: bien porque cuando las cosas se venden de ese modo se suelen estimar en ese precio, como lo prueba la costumbre; bien porque al venderlas de ese modo se supone que faltan compradores, lo que no ocurre cuando están en manos de comerciantes, que tiene en cuenta la demanda que existe e invierten su dinero en las mercancías para beneficiarse con ellas. Por esta razón solía decirse que las mercancías [se venden] para beneficiarse con ellas. Por esta razón solía decirse que las mercancías de las que nos desprendemos voluntariamente (“ultroneas merces”), como son aquellas para las que se busca un comprador, se abaratan en un tercio de su precio. Todo lo cual hace que, en estos casos y en otros semejantes, no deba considerarse injusto el precio así fijado, cuando éste coincide con el que se acostumbra pedir en esa clase de venta, y aunque sí nos apartemos del precio a que comúnmente suelen comprarse en ese momento a los comerciantes, o del precio que el bien tuvo en otro momento o bajo otra forma de venta. Así opinan, entre otros, Cayetano,[2] Medina,[3] Soto,[4] Navarro[5] y Covarrubias[6]>................<Porque el precio de los bienes no debe estimarse en base al lucro de los comerciantes o al daño de los mismos, sino en base a la estimación común en el lugar en el que se venden, consideradas todas las circunstancias concurrentes; y esto es así aunque los comerciantes, por falta de suerte o de habilidad, obtengan escaso beneficio o sufran pérdidas, o aunque obtengan grandes beneficios por haber tenido suerte o haber trabajado con pericia. Pues, ciertamente, las mercancías perecen o se deprecian para aquel a quien pertenecen, así como también se revalorizan para él, no para la República a la que se llevan o en la que se conservan y guardan.

9 Cuando un bien se introduce por vez primera en una provincia, su justo precio se debe fijar según el criterio de los prudentes y teniendo en cuenta la calidad del bien

Cuando un bien se lleva por vez primera a una provincia, su justo precio se debe juzgar y establecer por el criterio de los prudentes, teniendo en cuenta la calidad del mismo, su utilidad, su escasez o abundancia, las dificultades, gastos y peligros que supuso el traslado a la provincia, etc. Deberá tenerse en cuenta, además, que la novedad lo hace más apreciado. Una vez consideradas estas y otras circunstancias, el justo precio del bien lo establecerán los moderadores de la República o los mismos compradores y vendedores; y no deberá considerarse injusto el precio que, fijado de esta forma, de origen a un gran beneficio por ser muy apreciado en razón de su novedad y rareza o por ser muchos sus compradores. Sobre esta materia no se puede establecer otro criterio o regla cierta.>....................<Un segundo argumento puede ser el siguiente: la ley[45] reconoce que es lícito a los compradores y vendedores el ponerse de acuerdo de forma natural para comprar aquel lo que vale más a un precio inferior al suyo, y para vender los bienes a un precio también superior al suyo. Se deduce de ello que, según la ley, quien al comprar o vender se sale del margen del justo precio, ni peca ni está obligado a restituir.

Este argumento puede reforzarse aduciendo la explicación común que los juristas suelen dar: tanto vale una cosa cuanto puede conseguirse por su venta; explicación que los doctores relacionan con la ley pretia rerum ff. ad legem Falcidiam y con la ley re. C. mandati, en la que se afirma que in re sua unusquisque est moderator et arbiter (cada uno es juez y árbitro de sus cosas). De acuerdo con estas leyes, parece claro que, por lo que es de uno mismo, se puede pedir y recibir lícitamente un precio excesivo.>........

.........<5. La opinión del autor: Quien al celebrar un contrato de compra-venta rebasa los límites del justo precio o valor del bien peca, y está obligado a restituir el exceso en que se rebasó el justo precio.>.........

.........<Podemos probar esta opinión, en primer lugar, con la argumentación de Santo Tomás. Porque la compra-venta y demás contratos semejantes se pensaron e introdujeron en la sociedad para utilidad común, como afirma Aristóteles, 1 Polít., ya que los unos necesitamos de los otros; ahora bien, lo que se introdujo en la sociedad para utilidad común de las partes no debe gravar a uno más que a otro, tal y como pide el derecho natural al prescribir que no hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti. Pero sería gravar a uno más que a otro si en la compra-venta no se guardase la igualdad entre el bien y el precio que por él se paga —o entre cualesquiera cosas que se intercambian—; luego sería ir contra la justicia conmutativa, que tiene como función establecer la igualdad en las transacciones. Por todo esto, el salirse del margen total del justo precio constituye un pecado contra la justicia y obliga a restituir.>.................<Que nadie, comenta Pablo, oprima a su hermano vendiendo, por ejemplo, a más de lo que el bien valga o, de cualquier otro modo, intercambiando bienes de forma que no se respete la equivalencia. Y Agustín comenta[54]: Por introspección, o también por experiencia de los demás, creyó aquel célebre Minus que el deseo de comprar barato y vender caro era común a todos. Pero siendo en realidad un vicio, puede uno adquirir en este punto la justicia con la que resistirlo. Así, pues, Agustín lo condena como vicio contrario a la justicia, añadiendo que conoció a un hombre que pagó por un códice un precio mucho mayor que el que le pedía el vendedor, ignorante éste de su precio. Según piensan muchos, este hombre fue el mismo Agustín.

Podemos probarlo, en tercer lugar, porque, como reconocen los defensores de la opinión contraria a la nuestra y se establece en el derecho civil y canónico, si alguno vendiera por dieciséis aquello cuyo precio justo rigurosos es a lo sumo diez, estaría obligado a restituir en la cuantía en que superó las diez unidades de precio justo, pues rebasó la mitad del mismo. Se deduce de ello, por tanto, que pecó contra la justicia en todo esa cuantía, pues, de lo contrario, si sólo pecó en la cuantía en que sobrepasó la mitad del justo precio, estaría obligado a restituir sólo uno. Así, pues, debemos concluir que todo lo que se recibe por encima del precio diez, se recibe faltando a la justicia y debe restituirse. Sería, ciertamente, extraño que habiendo recibido dieciséis por lo que sólo vale diez, se estuviera obligado a restituir seis unidades, pero habiendo recibido sólo quince, no tuviera que restituirse nada.

6. Quien de buena fe y por ignorancia rebasase los límites del justo precio, aunque no pecase, sí estaría obligado a restituir la diferencia una vez se descubriera el error

Los doctores que defienden la opinión común hacen notar, acertadamente, que si alguno rebasa el margen del justo precio de buena fe y por ignorancia, aunque no cometa pecado alguno debido a su ignorancia, sí está obligado a restituir la cantidad en que sobrepasó el justo precio, en el momento en que se descubra el error.>...................<En cuanto a que “tanto vale una cosa cuanto puede conseguirse por su venta”, debe decirse que esta afirmación es verdadera si se entiende de la siguiente manera: “cuanto puede conseguirse por su venta” dentro del margen justo, pues interpretándola así sólo se estaría diciendo que el justo precio no es indivisible. En cuanto a que, en las cosas de uno mismo, el dueño sea moderador y juez, debe decirse que la ley que esto dispone sólo defiende la afirmación en un sentido: que el dueño puede disponer a su voluntad de lo suyo en daño propio; pero el que sólo es mandatario no puede disponer ni actuar de esa manera, pues incurriría en falta. De ahí que se equivocada la conclusión que afirma que el dueño de algo puede venderlo justa y lícitamente por encima del justo precio.

http://www.eumed.net/cursecon/economistas/textos/molina_justo_precio.htm#_ftnref47
.......................................................


Pardo escribió:
<Supongamos —es un suponer— que soy un artesano que fabrico una mesa de madera y la vendo en el mercado, obteniendo dinero suficiente para comprarme la Biblia que tanto deseo. He vendido la mesa de manera por el «justo precio», es decir, el precio que equivale al que se necesita para comprar una Biblia (lo justo en español es lo equivalente: cuando el agua llega a la marca que realizamos en el balde, decimos que ya está justo, es decir, equivalente a la marca).>


Por tanto "el precio justo de las cosas depende, principalmente, de la estimación común de los hombres de cada región", no el que "equivale al que se necesita para comprar una Biblia" ni el que se supone "según la jerarquía de su naturaleza", ya que entonces seguimos sin saber cual es el "precio justo" de la Biblia y entramos en un mero circulo vicioso..., y menos aún si esa Biblia no interesa a nadie por ser todos ateos o musulmanes o analfabetos. Por lo menos a mi no me interesa porque ya poseo una y no pienso poseer dos. Efectivamente lo que sí hay es una equivalencia -no de valores universales y "justos", sino de ambos intereses, de la oferta de la mesa y la demanda de la Biblia y viceversa, y a esta coincidencia entre el interés subjetivo del vendedor de la mesa y el interés subjetivo del vendedor de la Biblia es a lo que Pardo llama "equivalencia" de valores..., porque no puede haber otra equivalencia ni hay ni existe esa "marca en el balde" con la cual medirla. Pero si eso se traduce a dinero, solamente a dinero: (M-D, mercancía-dinero) M-D, donde M es ahora "Mesa por dinero", por ejemplo, M-D= 10 euros y B-D es igual a Biblia: B-D= 10 euros, tenemos que el intercambio es el de 10 cambiado por 10, 10=10, lo que es de imbéciles, pues nadie va al mercado a ofrecer sus productos valorados por él en 10 y se vuelve cada día para casa con la misma cantidad de 10. El cambio entre equivalentes es de necios. Por tanto se vende la mesa porque me sobra y se compra la Biblia porque se necesita y viceversa, es decir, la Mesa no le sirve para nada al que la vende independientemente de "la jerarquía de su naturaleza" y por tanto sólo es vendible si es valorizada en algo por otro.

El precio justo de la mesa no es una Biblia, sino que ese justo precio se debe fijar según el criterio de los prudentes, como dice Molina, en una mercancía universal (oro, esto es, en dinero) que a su vez es estimada también según el criterio de los prudentes, por tanto ambas cosas, mesa y Biblia y oro o dinero tendrán su valor independientemente de "la jerarquía de su naturaleza" y ese precio será para ambas cosas "la estimación común de las cosas en sus respectivas regiones", o sea, el precio de costumbre (este es el precio justo!), pues "la cuantía del precio depende, principalmente, de la estima menor o mayor que los hombres tengan de las cosas en orden a su uso". O sea, que una mesa que tiene supuestamente en valor-trabajo entrañado 10 puede venderse en más o en menos según la estimación de esas cosas en "sus respectivas regiones" o según las respectivas necesidades de los respectivos sujetos concretos (según sea la oferta y la demanda) O sea que una mesa que lleva de trabajo diez, se puede cambiar y se cambia por cualquier otro objeto que lleve ese mismo trabajo "entrañado" o por cualesquiera otros que puedan llevar en más o en menos ese trabajo "entrañado" (¡anda que esto de las entrañas!). Para mi tu Biblia no vale una higa porque yo ya tengo una. Si por mi dependiera el vendedor de Biblias se moría de hambre por mucho trabajo entrañado que llevasen encima sus Biblias y lo mismo se puede decir del vendedor de mesas si todos tenemos ya la nuestra. Por tanto estamos en las mismas, que las cosas valen no por "su nobleza o perfección"..., <"sino en cuanto sirven a la utilidad humana; pues en esa medida las estiman los hombres y tienen un precio en el comercio y en los intercambios -(Esto está muy claro)-. Por eso, el precio justo de las cosas tampoco se fija atendiendo sólo a las cosas mismas en cuanto son de utilidad al hombre, como si, “caeteris paribus”, fuera la naturaleza y necesidad del empleo que se les da lo que de forma absoluta determinase la cuantía del precio; sino que esa cuantía depende, principalmente de la mayor o menos estima en que los hombres desean tenerlas para su uso. En resumen, el precio justo de las cosas depende, principalmente, de la estimación común de los hombres de cada región; y cuando en alguna región o lugar se suele vender un bien, de forma general, por un determinado precio, sin que en ello exista fraude, monopolio ni otras astucias o trampas, ese precio debe tenerse por medida y regla para juzgar el justo precio de dicho bien en esa región o lugar, siempre y cuando no cambian las circunstancias con las que el precio justificadamente fluctúa al alza o a la baja".>
........................................

Por tanto para Molina el justo precio es el precio corriente o de equilibrio (Cf. Walras), o sea, y más o menos, son las raretés de Walras que son proporcionales en tanto son las intensidades de las últimas necesidades satisfechas de los individuos, pero para nada la proporcionalidad o equivalente de valores "iguales" objetivos. ¿Iguales para quién? Eso no existe..., no existe una "igualdad objetiva" para nadie y menos aún una igualdad o equivalente para todos, exenta, independiente de los individuos que cambian aunque nada más sea porque cualquier relación radial ha de tener por necesidad una base y relación circular, del sujeto en tanto tal. El valor objetivo es -como lo llama Schumpeter- pura metafísica. El equivalente es entre necesidades, que ambos tienen necesidad del cambio (lo que me sobra sirve a otro y lo que a él le sobra me puede servir a mi u a otro), no entre supuestos valores externos a los sujetos que intercambian.

Pardo se traiciona aquí cuando dice seguidamente:
Pardo escribió:
<Se trata del modo simple de intercambio de mercancías, totalmente objetivo pero que no implica ningún tipo de beneficio. Fabriqué algo, lo vendí y compré lo que quería, quedándome en beneficios exactamente igual que estaba.>
... Y compró lo que "quería"..., y ese "querer" es para Pardo pura objetividad. Pero esto -si eso es un mero deseo subjetivista- es lo de menos ahora a pesar de que sea imposible desear y querer sin subjetividad.
Eso del "modo simple del intercambio de mercancías" sobra, pues es la palabra precio la que nos libra de toda ambigüedad y siempre significa el valor de cambio de un artículo. El grado en que se desea la posesión de un artículo se mide por el número de personas capaces de y dispuestas a comprar a cada precio, por el margen máximo que están dispuestas a gastar.

Si siempre nos quedamos en "beneficios exactamente igual que estabamos", como dice Pardo, buscando así la justificación de la plusvalía marxiana, entonces estaríamos aún hoy en día en la edad de la piedra, ya que 10=10 aeternitatis.... Pardo propone lo mismo que Aristóteles y lo mismo que el viejo John Francis Bray (Rothbard. Op. cit. pág. 433):<"Los hombres sólo poseen dos cosas que pueden intercambiarse entre sí, a saber, el trabajo y el producto del trabajo; por lo tanto, que cambien cuanto quieran, sólo darán, por decirlo así, trabajo por trabajo. Si se actuase en un sistema de intercambios, el valor de todos los demás podría venir determinado por la totalidad del coste de producción, de modo que siempre se cambiarán valores iguales por valores iguales..."> El mejor cambio entre perfectos equivalentes es así, no el de la mesa por la Biblia, sino el de la mesa por otra idéntica mesa y el de la Biblia por otra idéntica Biblia.
El equilibrio entre los precios o su relación más o menos fija entre ellos no es la "equivalencia"... Si los cambios fuesen y se hiciesen entre "equivalentes" sería inútil la variación o fluctuación de los precios de unas mercancías respecto de otras. Sería un movimiento absurdo aunque fuese el trabajo más productivo o de mayor calidad y en su grado determinado respecto a otras formas de trabajo el que impusiese el valor de las mercancías como un valor entre "equivalentes".

O sea, que si Pardo coge una china de la ría del Nalón y se pasa tres días limándola con otra piedra de la misma ría, por mucho que pretenda venderla o cambiarla por una Biblia, por esa china con esos tres días de "trabajo entrañado" no recibirá ni una perra chica, pues ese guijarro no es "útil" para nadie por mucho trabajo entrañado que lleve "cristalizado". Igual ocurre con las mercancías defectuosas, con el trabajo obsoleto y con todo lo demás que no satisfaga los deseos de la demanda corriente de los consumidores. Pardo compró lo que quería, no lo que NO quería, y lo que está construido con procesos obsoletos de trabajo - o como editar un libro copiado a mano, dice Rothbard- no vale nada más que lo que un coleccionista de cachivaches desee y quiera comprar y su precio en el mercado es prácticamente nulo por mucho trabajo entrañado o cristalizado que lleve "dentro". Por contra y como se ha dicho hay mercancías no reproducibles (únicas) cuyo precio -y por tanto cuyo valor- no se corresponde en modo alguno con el supuesto trabajo entrañado en ellas: versus WC de Duchamp y los cuadros de Rembrandt o Picasso o el fichaje de Ronaldiño.

<El supuesto implícito y falaz -dice Rothbard, es que el "valor" es un ente objetivo como el peso o la longitud, que puede medirse científicamente en relación a un patrón tercero y externo (como la marca en el balde de agua del ejemplo de Pardo)....Marx prosigue..., insistiendo gratuitamente en que la utilidad no puede tener nada que ver con los valores de cambio..., defiende que los valores de uso no tienen nada que ver con los valores de cambio o precios. Esto quiere decir que todos los atributos reales de los bienes, sus naturalezas, sus cualidades variables, etc... se abstraen de, o no pueden tener nada que ver con sus valores. Al desterrar del debate todas las propiedades reales, Marx se queda ineludiblemente con los bienes en tanto que cristalización de horas de trabajo puras, abstractas e indiferenciadas, la cantidad de horas de trabajo homogéneas incorporadas al producto.
Marx sabe, por supuesto, que este enfoque encierra graves problemas. ¿Qué decir al respecto de esta cuestión escolástica capital: acaso el mercado cubrirá los costes, el enorme número de horas de trabajo que se necesitan para fabricar un producto siguiendo un procedimiento obsoleto? En el supuesto de que un libro se imprima o se escriba a mano ¿va el mercado a cubrir el pago de la enorme cantidad de horas de trabajo que requiere el proceso de copiado manual? (etc.)............La manera como Marx se desembarazó de estas incómodas preguntas fue mediante la creación del concepto de tiempo de trabajo "socialmente necesario". El determinante del valor de un bien no es cualquier tiempo de trabajo previo consumido en, o incorporado a, su producción, sino sólo el tiempo de trabajo que es "socialmente necesario". Ahora bien, esto es una evasiva que elude la cuestión esquivando la pregunta. El valor de mercado sólo es determinado por la cantidad "socialmente necesaria" de tiempo de trabajo. Más ¿qué es lo "socialmente necesario"? Todo lo que decida el mercado. De modo que un elemento clave a la hora de explicar el valor de mercado lo constituyen las propias decisiones del mercado, los propios valores del mercado.............Todo ello resulta en un promedio. Más ¿cómo se obtiene este promedio? Se obtiene mediante ponderaciones, en donde el trabajo de mayor calidad, extraordinariamente productivo, tendría un peso mayor en cantidad de unidades de tiempo de trabajo que el trabajo de alguien no cualificado. Pero ¿quién resuelve las ponderaciones? Una vez más, entra en juego la metodología esquiva de Marx. Ya que Marx reconoce que eso lo hace el mercado, sus precios y salarios relativos, los cuales determinan las ponderaciones, es decir, qué trabajo es más productivo o de mayor calidad y en qué grado respecto a otras formas de trabajo. Así, pues, se emplean valores, precios y productividades para tratar de explicar los determinantes de esos mismos valores y precios.>
(Rothbard. Ibid. Pág. 443 y ss.)

Con el argumento del "Trabajo cristalizado" no se puede explicar cómo un apartamento o piso comprado hace años en 8 millones haya subido hasta 33 millones y luego otra vez haya bajado hasta el precio actual de 25 millones. ¿Donde está ahi la posible "equivalencia"? Si el valor del trabajo "entrañado" o cristalizado en estos pisos varía no es porque los costes suban (están ya fijos)..., sino porque hay mucha más o menos demanda de pisos por ser estos más o menos buscados y queridos. Igual ha ocurrido con las subprimes Ninja... No es que el valor supuesto del trabajo cristalizado en ellos haya desaparecido (puesto que esto es objetivo, se dice, por tanto no puede ocurrir nunca)..., lo que ha desaparecido es el valor subjetivo, la valorización alta, y por tanto su anterior alto precio. Esos valores no están escondidos en las cajas de zapatos de los malísimos capitalistas ni en un banco del Mal, burgués, sino que se han volatizado realmente al llegarse al margen máximo del precio o valor de compra: lo que no se puede comprar baja de precio y si no hay para comprar nada entonces baja del todo, desaparece, se volatiza. Los billetes físicos persisten (a su interés o valor), pero no persiste el valor de esos pisos; se ha "volatizado"..., precisamente porque el valor es sólo una común estimación (¡y esto sí que lo dice Molina!). Es un error inmenso creer que la Bolsa es pornografía!, y no la imagen de la ponderación de los mercados.

El énfasis de Pardo en eso del "valor de uso" y la interpretación de Francisco Gómez Camacho del tema (?) está sesgada por la creencia (de Smith, Ricardo y Marx y de todo el marxismo) en que el valor de uso es diferente del valor de cambio, que el valor de cambio no puede explicarse por el valor de uso, y esto es falso para los Jevons, los Mengers y los Walras (y ahora para mi y para todos los de la escuela austriaca posteriores incluyendo a Schumpeter).
<Al igual que sus predecesores "clásicos" -dice Schumpeter- , estos autores se dieron cuenta de la posición central del valor de cambio, aunque, también igual que sus predecesores no aclararon suficientemente a sus lectores -y acaso no lo vieron ellos mismos con claridad suficiente- que el valor de cambio no es sino una forma especial de un coeficiente universal de transformación.........Pero todos ellos -también Gossen- aspiraban a lo mismo, esto es, a demostrar que el principio de utilidad marginal basta para deducir las razones de cambio entre mercancías que se impondrán en mercados concurrenciales y también las condiciones en las cuales hay que suponer zonas de razones posibles de cambio en vez de razones de cambio unívocamente determinadas. Dicho de otro modo, estos autores asentaban lo que A. Smith, Ricardo y Marx creyeron imposible, a saber, que los valores de cambio se pueden explicar por los valores de uso (-en nota 66:<"Expresado con léxico marxista, eso quiere decir que la "economía del valor de cambio es fundamentalmente también "economía de valor de uso">)...No será superfluo precisar que la cuestión no tiene nada que ver lógicamente con la suscitada por la moderna economía de divulgación entre la producción para el consumo y la producción para el beneficio.">) Jevons, Menger y Walras habrían asentido a esa afirmación. Pues eso era lo que pensaban al decir que habían descubierto la "causa" del valor (de cambio). Pero aún admitiendo que hubieran realizado semejante descubrimiento, la cosa no habría tenido mayor importancia, puesto que, como ya lo hemos mostrado, la "paradoja del valor" había sido resuelta antes una buena docena de veces. Más importancia tiene el que la "nueva" teoría del cambio fuera más general que las antiguas y resultara más fecunda en resultados -muchos de ellos debidos a Edgeworth- incluso en los casos recogidos por las teorías antiguas. Pero tampoco eso es lo esencial. Lo esencial es que en la "nueva" teoría del cambio [i]el análisis de la utilidad marginal creaba una herramienta analítica de aplicabilidad general a los problemas económicos.> (Schumpeter. Historia del análisis económico. FCE 1971, pág. 994 y ss.).

Ni Smith ni Ricardo ni J. S. Mill supieron o pudieron ver cómo el "valor de uso" podía servir para explicar el "valor de cambio", dice Schumpeter.

Para una "Disgresión acerca del valor" más amplia: (Schumpeter. Historia del análisis económico. FCE 1971, pág. 348 y ss.) Ahí y con Galiani (1588) el elemento para la formación de precios es la utilidad, y que Galiani define el valor como la "significación de relación de equivalencia subjetiva, entre una cantidad de una mercancía y una cantidad de otra", sin "marcas" universales ni medidas "objetivas" en ninguna palangana. Para galiani el precio (y por tanto el valor) se desprende de la utilidad y la escasez y este precio regula la demanda y es regulado por ella..., no por la "marca" en la palangana de Pardo. Al fin y al cabo, para Smith, irónicamente, <"El precio real de cualquier cosa, lo que realmente le cuesta al hombre que quiere adquirirla, son las penas y fatigas que su adquisición supone.> (FCE 1987, pág. 31. Cap. V, sec. 1), y esto es también (en el lío de Smith), como se ve, una subjetividad, no una marca objetiva en la palangana de pardo. Smith, dice Schumpeter, nunca volvió a usar de esta formulación sobre el precio y valor y se enfangó en el trabajo como la medida objetiva de todo valor. Un triunfo apoteósico del reflejo de esa teoría -que luego fue marxiana- se encuentra en la "práctica" del socialismo real y en el precio y valor del WC de Marcel Duchamp o del sueldo de algunos y muchos indecentes políticos españoles.

Como se sabe, aparte de Molina hubo otros escolásticos españoles y franceses e italianos, que Pardo ha olvidado muy rápidamente...<<<El valor de un artículo no depende de su naturaleza esencial sino de la estimación humana, aún cuando ésta fuera estúpida.>>> (dice Diego de Covarrubias).

Es muy cierto que cada cual usa del mercado como le apetece o como puede y se le antoja: M-D-M es una opción tan válida como la de D-M-D, ya que el proceso total de la circulación de la riqueza o mercancías para el consumo ha de pasar necesariamente por todas sus fases: para nada es posible un D-M-D sin la finalidad del consumo: M-D-M y viceversa, que no es posible el consumo en las sociedades modernas sin ese D-M-D para la inversión futura en la producción para el consumo. Cuando eso se elimina porque es "crematístico", que es la forma del "capital financiero", lo que deviene es la miseria y el hambre o todo lo más, una economía miserable de subsistencia, y eso a pesar de la actual crisis. El resto de las distinciones de Francisco Gómez Camacho (al que no conozco ni he leído) dadas ahí sólo muestran lo de siempre: la moral raquítica que supone que el "bien" es comprar para comer y dormir (como los cerdos) y que el "mal" es el atesoramiento, el ahorro, ese fatídico `D´ del sistema financiero típico de "los ladrones" según la nomenclatura evangélica del paso del camello por el ojo de la aguja.

Adiós.
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J.M. Rodríguez Pardo



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MensajePublicado: Jue Oct 30, 2008 11:54 am    Título del mensaje: Prosiguiendo Responder citando

Estimados amigos:

Prosigo con Luis de Molina.

Cita:
Causas por las que el precio natural puede considerarse justo o injusto

8. Sobre si el fijar el justo precio está o no en manos del comerciante

De lo expuesto hasta aquí se sigue ser falsa la opinión de Scoto, al que sigue Mayor Estos autores afirman que el precio justo que deben seguir los comerciantes no es el que acabamos de exponer, sino que deben computarse todos los gastos en que incurrieron los comerciantes al comprar, trasladar y conservar los bienes; más aún, que debe computarse también el pago justo por los trabajos realizados y por la diligencia puesta por los comerciantes, así como los peligros a que se expusieron, de forma análoga a como se computarían si, motivados por la recompensa, sirvieran con su actuación a la República. Y añaden estos autores: si los comerciantes vendieran los bienes al precio que aproximadamente se sigue de aplicar este criterio, estarían vendiendo al precio justo, pero si lo superasen notablemente, estarían vendiendo a un precio injusto. De esta opinión suya concluyen que si a un comerciantes se le hundiese la nave por alguna circunstancia o fuera capturada por los enemigos, podría compensarse de las pérdidas vendiendo más caras otras mercancías en la República. Lo mismo les estaría permitido hacer si se les incendiase la casa en que guardaban la mercancía. Que esta regla y su corolario es falsa consta por lo expuesto hasta este momento, y así la rechazan comúnmente los doctores; por ejemplo, Soto, Juan de Medina, Covarrubias y Conrado.


Hasta aquí aplica Molina la distinción entre sustancia y accidente, que aún hoy día se mantiene en la economía: el consumidor final no es el responsable de las contingencias que pueda sufrir la mercancía en su traslado, que son responsabilidad de quien las ofrece y tendrá que asegurarlas de alguna manera.

Pero prosigue Molina afirmando:

Cita:
Porque el precio de los bienes no debe estimarse en base al lucro de los comerciantes o al daño de los mismos, sino en base a la estimación común en el lugar en el que se venden, consideradas todas las circunstancias concurrentes; y esto es así aunque los comerciantes, por falta de suerte o de habilidad, obtengan escaso beneficio o sufran pérdidas, o aunque obtengan grandes beneficios por haber tenido suerte o haber trabajado con pericia. Pues, ciertamente, las mercancías perecen o se deprecian para aquel a quien pertenecen [el comerciante], así como también se revalorizan para él, no para la República a la que se llevan o en la que se conservan y guardan.


Luis de Molina, La teoría del justo precio. Editora Nacional, Madrid 1981, págs. 172-173, Disputa 348, n. 8.

Es decir, la estimación común es la del valor de uso propio de una sociedad dada, no de la estimación subjetiva, que a nadie interesa más que al ego esférico de tan subjetivo sujeto.

Un cordial saludo,
José Manuel Rodríguez Pardo.
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José Mª Rodríguez Vega



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MensajePublicado: Jue Oct 30, 2008 6:44 pm    Título del mensaje: Valor de uso y cambio. Responder citando

Ja, ja, ja, ja!!!
Ja, ja, ja, ja!!! Ja, ja, ja, ja!!!
Ja, ja, ja, ja!!!
Ja, ja, ja, ja!!! Ja, ja, ja, ja!!!
Jo. jo. jo!!!
Jo. jo. jo!!!
Jo. jo. jo!!!
Jo. jo. jo!!!

Cita:
<Es decir, la estimación común es la del valor de uso propio de una sociedad dada, no de la estimación subjetiva, que a nadie interesa más que al ego esférico de tan subjetivo sujeto.>


Si se venden en un lugar, no se "usan", sino que se cambian.

Molina también dice ahí mismo:<Pues, ciertamente, las mercancías perecen o se deprecian para aquel a quien pertenecen [el comerciante], así como también se revalorizan para él...>
¿Perece y se deprecia su "trabajo entrañado y cristalizado"? ¿Se "revaloriza" ese trabajo anquilosado?

"Para aquél" y "para él" es pura subjetividad, ya que lo objetivo ha de ser "para todos", y no es ese el caso. Aunque todo valor de uso es por otra parte una "intrinsik vertue" (Marx. El Capital. Grijalbo, OME 40, pág. 43, en nota)..., que a veces no es la misma en todas partes, ya que los moros no leen Biblias y comen casi siempre sin mesas, en esterillas en el suelo.

La "estimación común" es la común estimación, esto es, la estimación intersubjetiva o lo que subjetivamente de los unos concuerda con lo de los otros.

"La utilidad de una cosa la convierte en valor de uso" (Marx. Idem, pág. 44), ¿Utilidad para quién?..., pero mientras aún no la uso es sólo valor de cambio que es lo mismo que su precio. La utilidad de una cosa no es útil para todos ni puede serlo, pues los que andan no necesitan muletas.

Mientras las cosas se e-valuan, mientras "se estiman", no se usan.

La aestimatĭonis es común como común es la gracia o el "aprecio" de un chiste o la sed en verano: algo que experimentamos subjetivamente todos.

Sin sujetos operatorios no hay subjetividad que valga, pero sin subjetividad aún menos hay sujetos operatorios.

La frase que cita Pardo de Molina está en el punto 8, y un pelo más abajo, en el punto 9, Molina nos dice en su título que...<9 Cuando un bien se introduce por vez primera en una provincia, su justo precio se debe fijar según el criterio de los prudentes y teniendo en cuenta la calidad del bien

Cuando un bien se lleva por vez primera a una provincia, su justo precio se debe juzgar y establecer por el criterio de los prudentes, teniendo en cuenta la calidad del mismo, su utilidad, su escasez o abundancia, las dificultades, gastos y peligros que supuso el traslado a la provincia, etc. Deberá tenerse en cuenta, además, que la novedad lo hace más apreciado. Una vez consideradas estas y otras circunstancias, el justo precio del bien lo establecerán los moderadores de la República o los mismos compradores y vendedores; y no deberá considerarse injusto el precio que, fijado de esta forma, de origen a un gran beneficio por ser muy apreciado en razón de su novedad y rareza o por ser muchos sus compradores. Sobre esta materia no se puede establecer otro criterio o regla cierta.>


Por tanto la "estimación" es subjetiva siempre (porque "aprecia", que es lo que significa); el "el criterio de los prudentes" es también subjetivo; " juzgar y establecer por el criterio de los prudentes" también es subjetivo; "la novedad lo hace más apreciado" también es subjetiva; "lo establecerán los moderadores de la República o los mismos compradores y vendedores" es también subjetivo.... Lo "común" de la estimación, es la estimación común subjetiva, de los sujetos.

En fin, y para acabar ya de una vez con este cúmulo de absurdos, como dice Molina: "Sobre esta materia no se puede establecer otro criterio o regla cierta".

Pardo busca en Luis de Molina la cuadratura del círculo y la piedra filosofal del trabajo entrañado como medida objetiva del valor de cambio o de alguna otra luz que de pábulo a sus prejuicios y dogmas supuestamente "materialistas". Las materialidades segundogenéricas (M2) no son "objetivas" (M1), pero son materialidades de tan alto nivel ontológico como las otras.

Adiós y ya os dejo tranquilos, pues todo ha sido ya dicho (más o menos...).

Un abrazo a todos. He dicho a todos.
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J.M. Rodríguez Pardo



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MensajePublicado: Vie Oct 31, 2008 9:30 am    Título del mensaje: Individuo y causalidad Responder citando

Estimados amigos:

Voy a realizar un inciso respecto a Luis de Molina. No obstante, he de señalar que mi tesis sobre el escolástico español es que defiende un modo de intercambio simple, como ya señalé antes, es decir, intercambio de equivalentes para obtener un nuevo bien, el esquema M-D-M, que no supone beneficio alguno. Lo digo porque seguramente muchos de los marginalistas pretenderán echarme en cara que yo defienda eso. No se equivoquen: yo no defiendo el modo de intercambio simple, digo que Molina lo defiende. Al final, tales marginalistas lo único que consiguen es estar dando vueltas y más vueltas para llegar a lo mismo que sus oponentes defienden. Tal es ociosidad. Pero lo grave no es que ellos pierdan el tiempo de esa manera, sino que se lo hagan perder a los demás.

Realizo aquí mi inciso en clave de análisis del marginalismo económico. Supongamos que es el individuo el soberano en el mercado económico, como dice Schumpeter. Por lo tanto, que es él quien dicta el valor numérico de los precios al pagar sólo lo que está dispuesto a ofrecer por un bien. Así, los bienes más escasos valdrán más y los más abundantes menos.

Sin embargo, tal esquema se vuelve fantástico en cuanto cambiamos el esquema de identidad de una tienda o un mercado persa donde un individuo aislado puede hasta regatear el precio, por el de una compleja producción industrial donde se fabrican millones de unidades de distintos productos, en proporciones desiguales y con precios también desiguales. Ahí el esquema de identidad no puede ser el individuo, sino una sociedad política dada, un Estado. En este contexto, afirmar que es el individuo soberano para cambiar la cuantía de los precios, es tanto como afirmar que un alfiler puede penetrar el grueso blindado de un carro de combate.

Así, sólo suponiendo una coordinación perfecta entre los distintos consumidores que concurren al mercado, puede sostenerse que es la estimación subjetiva la que fija los precios de las mercancías. Pero esto supone abandonar todo tipo de esquema causa-efecto, ya sea el del mercado persa o el del mercado estatal, y situarnos en un esquema metafísico de armonía preestablecida, donde los individuos aislados, sin conocimiento el uno del otro, concurren de manera perfecta unos con otros y fijan ellos los precios, al decidir de manera coordinada comprar o no dejar de comprar según sus apetencias. Esta es la base de la economía marginalista: la desaparición de la causalidad por un esquema irracional de ajuste perfecto, diríase que divino.

Un cordial saludo,
José Manuel Rodríguez Pardo.
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José Mª Rodríguez Vega



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MensajePublicado: Vie Oct 31, 2008 3:58 pm    Título del mensaje: Un besugo en el desierto del Sahara. Responder citando

No deseo seguir, pero el Mercado no es "estatal" (<ya sea el del mercado persa o el del mercado estatal>), el mercado es siempre interestatal (las especias no son de ese "mercado persa", sino de muchos otros lugares y a veces muy lejanos)y eso es indiferente para el asunto que nos ha estado ocupando.

La causa es el deseo y el efecto el precio, igual como la causa de la elección de Zapatero es el porcentaje estadístico y no ese concreto fundamentalista democrático que se dice de "izquierdas". El porcentaje estadístico es a los compradores lo que el precio es a Zapatero:<Cualquiera puede saber que lo que Pardo cede en un intercambio es y se considera en general, que es menos que lo que recibe. Una mínima introspección le dice eso a cualquier hombre. Como esto siempre es verdad de las partes que intervienen en un intercambio... cada una está dispuesta a desprenderse de buena gana de algo para recibir otra cosa (menos Pardo)... Un poco de introspección informará a Pardo y a cualquier persona de que, si esta mayor estima no se diese en la mente de cualquiera de las dos partes, el intercambio no se produciría en absoluto (¡menos con Pardo, claro, que por lo visto siempre compra perdiendo!)... De ahí que, para inducir a las personas a comerciar, no sea necesaria ninguna ley ni estímulo; el comercio es natural, tal y como puede comprobar cualquiera que se haga la pregunta de por qué ha llevado a cabo cierto intercambio; y, por otro lado, cualquier ley u obstáculo artificial que impida que dos personas lleven a cabo un intercambio que de otro modo harían, no sólo interfiere en un derecho sagrado, sino que destruye una ganancia inevitable que afluiría a las dos personas por igual.>

Es rotundamente falso que en el mercado haya "armonía", Todo eso se lo inventa Pardo para salir del lío en el que se ha metido. Los precios son competitivos, por tanto siempre fluctúan y jamás hay "armonía" en el Mercado. Eso donde se pretende es en la filosofía de todos aquellos que pretenden pedantemente superar el mercado y meternos en "la mera administración de las cosas" marxiana o en una "planificación racional" para acabar con la "pre-história" de la sociedad, para acabar con la Historia al inaugurar por fin el sistema social perfecto (que se supone llegará con alguna generación de las izquierdas, con esos arregladores del mundo!

El mercado -y sobre todo el Mercado pletórico- no es ninguna "armonía preestablecida" pues él es la expresión emergente de millones de deseos y voluntades no controlables individualmente. Competir es luchar y la lucha por las ventas y por los buenos precios es cualquier cosa menos "armonía".
Donde hay intercambios -mercado- tampoco hay "individuos aislados". En el mercado concurren todos aquellos que se tratan y comunican a través del precio y del intercambio de los productos. La compra y la venta puede ser cualquier cosa menos "aislamiento" y es en ella y por ella el medio por el que más se universalizan las relaciones sociales y los mismos miles y millones de individuos que trasiegan en él. Nunca tanto como ahora nos conocimos tanto y tantos en el Mercado pletórico, y nunca tanto como ahora estuvimos más comunicados. En el mercado no existe ese "individuo aislado" que se inventa Pardo para cuadrar sus argumentos... En el mercado lo que hay es concurrencia de ofertas varias y demandas varias, y es de esa interacción de miles y de millones de donde surgen los "emergentes" precios y la posibilidad o no de las transacciones comerciales. Precisamente lo que no hay en el mercado es eso de <"concurren de manera perfecta unos con otros y fijan ellos los precios, al decidir de manera coordinada comprar o no dejar de comprar según sus apetencias.">

[/b]<<un mercado persa donde un individuo aislado puede hasta regatear el precio>>[b] Si regatea no puede estar "aislado". Donde hay ofertas siempre ha de haber demandas. El plural es antirobinsoniano.

De igual manera a como yo no me pongo de "acuerdo" con nadie para tratar de evitar que salga elegido el demente de Zapatero (o para votarle), tampoco me pongo de acuerdo con nadie para comprarme un paraguas en invierno cuando lo podría haber conseguido por la mitad de precio en verano. El precio es fruto de una pugna, de una subasta continua, no es fruto de ninguna "coordinación" de comprar o no esas apetencias. La "concurrencia" es eso: concurrencia, no "coordinación perfecta".
(Esto de la "coordinación perfecta" debe ser un vestigio o rémora del intervencionismo y el socialismo racionalmente planificado. La libertad del mercado exige precisamente que no haya coordinación... La coordinación es el monopolio, la dictadura, el anti-mercado.

Lo que está muy claro es que, a menos que Pardo sea tonto (cosa que yo no creo ni pienso), él se compra todo aquello que por su calidad y precio le conviene... Tal vez en lugar de usar Sebagos como yo, porque no puede o porque no quiere, usa Segarra o alpargatas baratas de esparto como un buen progre. Es muy libre dentro de sus materiales limitaciones. Tanto Pardo como yo..., ambos cumplimos la "Ley Natural" de la economía de Mercado: nunca encontrará unos zapatos gratis... ¡Y eso que, en tanto costes de trabajo una alpargatas de lagarterano o unos zuecos de madera para estar tomando el sol bajo un hórreo en Somiedo, salen -según la ley del valor-trabajo ricardiana-, muchísimo más caros que un Sebago o un Lotusse, por lo obsoleto del proceso manual!

Pardo va más ciego que un besugo en el desierto del Sahara y no sabe ni por donde escurrir el bulto. Adiós.

FIN.
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J.M. Rodríguez Pardo



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MensajePublicado: Vie Oct 31, 2008 10:49 pm    Título del mensaje: Santo Tomás de Aquino y Luis de Molina Responder citando

Estimados amigos:

Voy a proseguir con Luis de Molina, esta vez cotejando sus tesis con las de Santo Tomás de Aquino, para comprobar las relaciones existentes entre ambos.

Cita:
Suma Teológica - II-IIae (Secunda secundae) q. 77

El fraude que se comete en las compraventas

Artículo 1.

Pero si se excluye el fraude, entonces podemos considerar la compraventa bajo un doble concepto: primero, en sí misma; en este sentido, la compraventa parece haber sido instituida en interés común de ambas partes, es decir, mientras que cada uno de los contratantes tenga necesidad de la cosa del otro, como claramente expone el Filósofo en I Polit. Mas lo que se ha establecido para utilidad común no debe redundar más en perjuicio de uno que del otro otorgante, por lo cual debe constituirse entre ellos un contrato basado en la igualdad de la cosa. Ahora bien: el valor de las cosas que están destinadas al uso del hombre se mide por el precio a ellas asignado, para lo cual se ha inventado la moneda, como se dice en V Ethic. Por consiguiente, si el precio excede al valor de la cosa, o, por lo contrario, la cosa excede en valor al precio, desaparecerá la igualdad de justicia. Por tanto, vender una cosa más cara o comprarla más barata de lo que realmente vale es en sí injusto e ilícito.


Vemos que se condena el lucro. Exactamente como vemos en Luis de Molina.

Cita:


Santo Tomás, Summa Theologica. II. II, C. 77, a. 2.

El oro y la plata no sólo son caros por la utilidad de los vasos que con ellos se fabrican o de otros empleos a que se destinan, sino también por la excelencia y pureza de su propia sustancia. Por consiguiente, si el oro o la plata fabricados por los alquimistas no tienen verdadera sustancia de oro y plata, es fraudulenta e injusta la venta, y esto, sobre todo, porque hay algunos empleos útiles a que sirven el oro y la plata verdaderos, por sus propiedades naturales, y en los que no puede usarse el oro falsificado por los alquimistas; así, por ejemplo, la propiedad de regocijar y la de servir de medicina contra ciertas enfermedades. Además, el oro natural puede emplearse más frecuentemente en las operaciones humanas y conserva durante más tiempo su pureza que el oro falsificado.



Se comprueba que, además del valor de uso que puede tener una cosa, también hay un valor objetivo, por encima de estimaciones subjetivas. Como se concluyó en Luis de Molina y para escarnio de los marginalistas.

Cita:
Santo Tomás, Summa Theologica. II. II, C. 77, a. 4.

No obstante, el lucro, que es el fin del comercio, aunque en su esencia no entrañe algún elemento honesto o necesario, tampoco implica por esencia nada vicioso o contrario a la virtud. Por consiguiente, nada impide que ese lucro sea ordenado a un fin necesario o incluso honesto, y entonces la negociación se volverá lícita. Así ocurre cuando un hombre destina el moderado lucro que adquiere mediante el comercio al sustento de la familia o también a socorrer a los necesitados, o cuando alguien se dedica al comercio para servir al interés público, para que no falten a la vida de la patria las cosas necesarias, pues entonces no busca el lucro como un fin, sino remuneración de su trabajo.

[...]

El texto del Crisóstomo debe entenderse referido al comerciante en cuanto que hace del lucro su último fin, lo que aparece sobre todo cuando alguien vende más caro un objeto que no ha sido modificado; pues si lo vendiere a mayor precio después de haberlo mejorado, parece que recibe el precio de su trabajo, a pesar de que puede proponerse lícitamente el lucro mismo, no como fin último, sino en orden a otro fin necesario u honesto, como antes se ha dicho .




Santo Tomás condena el beneficio como algo bueno en sí mismo. Igual que Luis de Molina. Recordemos lo que dice el escolástico español:

Cita:


2. Que la compra-venta puede entenderse en un triple sentido.

Supuesto lo anterior, se han venido distinguiendo tres clases de compra-venta, y lo mismo puede decirse del intercambio en sentido amplio. Existe la compra-venta por la que una persona compra aquellas cosas que le son necesarias para su propio sustento y el de su familia, y por la que vende aquellas cosas que le sobran. Esta clase de compra-venta es prácticamente natural y, en sí misma, buena y lícita, como afirma Santo Tomás y enseñan comúnmente los doctores siguiendo a Aristóteles en el lib. 1 de los Políticos. Ciertamente, pues esta clase de compra-venta no se ordena al lucro, sino al conveniente sustento de la familia, y su práctica corresponde a los administradores (o ecónomos) y los políticos, no a los negociantes en el sentido estricto. Otra compra-venta es aquella por la que se compra algo con el fin de transformarlo mediante el trabajo y venderlo después más caro. Esta compra-venta, como afirma Crisóstomo, no constituye un mero negocio, ya que el bien que así se compra se mejora con el trabajo y la propia habilidad, por lo que puede incluirse en la venta de objetos artesanales, que, como los mismos artesanos saben, se distingue de la mencionada en primer lugar, aunque, según parece, Santo Tomás la incluyera en ese primer género de venta. Pertenece a esta clase de compra-venta no sólo la compra de lana para fabricar paños y venderlos, o la compra de hierro para forjar espadas y venderlas, sino también la compra de caballos y aves para venderlas una vez domados y domesticadas. Finalmente, otra clase de compra-venta es aquella por la que se compra algo para venderlo más caro sin haberlo modificado con el trabajo, y ésta es la que propiamente se conoce como «negocio» y de la que se duda si es o no lícita, pues parece que Crisóstomo la condena en el c. ejiciens citado.


Luis de Molina, La Teoría del Justo Precio, Editora Nacional, Madrid, 1981, pág. 128. Disputa 39, n. 2.

Y como comenta el traductor de Molina:

Cita:
Así, pues, el negocio de la compra-venta se considera moralmente lícito por Luis de Molina cuando no se actica por razón exclusiva del lucro sino para satisfacer una necesidad, sea ésta de consumo directo o indirecto (producción). Nos bailamos, por tanto, ante una visión económica de la compra-venta, no ante una visión crematística.


Francisco Gómez Camacho, «Introducción» a Luis de Molina, La Teoría del Justo Precio. Editora Nacional, Madrid 1981, pág. 41.



Queda probada la relación íntima de Luis de Molina con la escolástica de Santo Tomás, opuesta al subjetivismo marginalista.

Un cordial saludo,
José Manuel Rodríguez Pardo.
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J.M. Rodríguez Pardo



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MensajePublicado: Lun Nov 03, 2008 4:15 pm    Título del mensaje: Final Responder citando

Estimados amigos:

Voy a culminar aquí mi exposición sobre la escolástica española y su presunta paternidad del marginalismo subjetivista de la Escuela Austríaca de Economía. Si bien el tema sigue muy abierto y apenas lo he tratado superficialmente, puedo establecer algunas conclusiones que expondré aquí.

No es falso afirmar que todo lo que hay en este mundo tiene un comienzo y un final, aunque desde luego que es algo muy trivial, así expuesto. Pero suponer de alguna doctrina que es el comienzo de otra, y además dar por evidente que la doctrina «precursora» se dignifica en función de la doctrina «final», es cuando menos una grosera petición de principio: habrá que ver si efectivamente hay una línea ininterrumpida que permita afirmar precursores y finales más allá de una simple identificación de conceptos, como señalaba Gómez Camacho a propósito de Luis de Molina y el marginalismo liberal.

Sin embargo, pese a que se habla muy a menudo en la historia de las doctrinas de todo tipo, ya sean filosóficas, económicas o políticas, de precursores, estas afirmaciones se realizan muchas veces con ligereza. Por ejemplo, cuando se afirma que Gómez Pereira es el precursor de Descartes. ¿Es que acaso las doctrinas de Pereira sobre la insensibilidad de los animales sólo encuentran justificación en ser presunto precursor del cartesianismo? Además, eso es tanto como dar por supuesto que Descartes fue quien formuló por primera vez que los animales son máquinas, cuando es bien sabido que la negación de los vivientes animales es de estirpe agustiniana; y precisamente la Antoniana Margarita de Gómez Pereira está llena de referencias a San Agustín. Por lo tanto, la presunta característica «precursora» de Pereira y la formulación de Descartes quedan completamente desmentidas.

Lo mismo cabe decir de Luis de Molina y su cualidad de precursor del marginalismo. ¿Es que acaso de la utilidad común a los hombres no hablaba Aristóteles, además de Santo Tomás? Además, la utilidad de la que hablan los escolásticos es el valor de uso, por lo que más que hablar de un precursor del marginalismo habría que considerar a Molina como continuador de la tradición escolástica.

Un cordial saludo,
José Manuel Rodríguez Pardo.
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José Mª Rodríguez Vega



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MensajePublicado: Lun Nov 03, 2008 8:18 pm    Título del mensaje: Responder citando

Jo, jo, ja, ja...

Me pareces un paleto (que te contesten otros, si los hay)... Adiós, pues ya puse aquello de FIN.
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J.M. Rodríguez Pardo



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MensajePublicado: Lun Nov 10, 2008 12:07 pm    Título del mensaje: Adición 1 Responder citando

Cita:
Economía política

De Enciclopedia Symploké, la enciclopedia libre.

Disciplina que tiene por objeto el estudio de la distribución de la riqueza de los Estados y su adquisición. Es un término contradictorio, en tanto que la economía se suponía únicamente doméstica, y sólo tras la creación de un circuito económico mundial en la Edad Moderna se comenzó a plantear su relación con la política y sus influencias mutuas. Carlos Marx plantea el análisis de la economía política capitalista en función del tiempo socialmente necesario para producir las mercancias. Así, el valor relativo de los productos de consumo está determinado por ese proceso de producción, en contradicción con la escuela marginalista de Carlos Menger, Böhm Bawerk, León Walras, &c., que consideran el valor como basado en la utilidad subjetiva que cada individuo considera, siendo el origen de la economía la escasez de bienes, que incitarían al intercambio entre los distintos individuos.



http://symploke.trujaman.org/index.php?title=Econom%EDa_pol%EDtica
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J. Ramón Esquinas Algaba



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MensajePublicado: Lun Nov 10, 2008 10:04 pm    Título del mensaje: Datos artículo Responder citando

Estimados amigos,

Leí hace tiempo un artículo en el que se mantenía la presencia de una Teoría del valor-trabajo en Sto. Tomás de Aquino. Ya no me acuerdo de su argumentación --la memoria histórica suele ser así de traicionera-- así que tendría que refrescar los argumentos. De todos modos dejo aquí los datos para el visitante del foro que quisiera profundizar en la discusión.


Cita:
AUTOR: Jospeh Ferraro

"La teoría valor-trabajo según Marx y Santo Tomás y su aplicación en las relaciones de producción capitalistas" Dianoia: anuario de Filosofía, ISSN 0185-2450, Nº. 24, 1978, pags. 201-219


Salud
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J.M. Rodríguez Pardo



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MensajePublicado: Mar Nov 11, 2008 9:48 pm    Título del mensaje: Interesante referencia Responder citando

Interesante referencia que nos ofrece Esquinas, que intentaré conseguir lo más pronto posible. Es muy probable que, al igual que Smith habla del valor de uso en referencia a Aristóteles y la escolástica, la teoría del valor-trabajo de Ricardo se inspire en las afirmaciones aristotélicas, pues como hemos visto se contempla la posibilidad de cobrar más cara la mercancía transformada. Seguramente el por qué Aristóteles no llegó a formular el valor de cambio era a consecuencia de la existencia del esclavismo: para el Filósofo era inconcebible que el trabajo de un esclavo pudiera medirse con equivalencia al trabajo de un hombre libre.

Un cordial saludo,
José Manuel Rodríguez Pardo.
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J. Ramón Esquinas Algaba



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MensajePublicado: Mie Nov 12, 2008 1:36 am    Título del mensaje: Era Joseph Responder citando

Estimados amigos.

Perdón por el error. El autor tiene por nombre Joseph y no Jospeh.

Cierto que el lastre de Aristóteles en éste asunto era el esclavismo. Si esto es así, resultaría sumamente interesante ver hasta qué punto el cristianismo ayudó doctrinalmente a dar el paso que el aristotelismo no pudo dar. Y es que en Cristo ya no hay amo ni esclavo, como dijo San Pablo. Por muy oscura e ideológica que nos parezca la afirmación de Pablo, lo cierto es que hubo pontífices y multitud de obispos esclavos. Sea como fuere, la igualdad que predica el cristianismo facilita comprender la igualación de trabajos. Y no porque se potencie al individuo sino porque se potencia la sustancialización -unificación- del resultado de su trabajo: todo el fruto de su trabajo será fruto de Dios que es el gran providente que mueve a los hombres a sus fines.

Pienso ahora mismo en un texto de San Juan Crisóstomo que desgraciadamente no tengo conmigo. El patriarca de Constantinopla argumentaba que si quitamos a los reyes, administradores y ricos de una ciudad, la ciudad continuaría existiendo, mientras que si quitásemos a los artesanos y esclavos, la ciudad desaparecería. Que yo sepa, no sé de ningún texto griego clásico que haga una afirmación tal que plantee que con sólo el trabajo de esclavos y artesanos una comunidad política -en rigor, económico-política- pueda seguir siendo una comunidad política. Todos los cristianos pueden ser considerados iguales en tanto tienen el mismo Padre que los protege. En un politeísmo no hay un dios, sino muchos. Y si se postula un Acto Puro o un Motor Inmóvil resulta que no protege a nada ni a nadie.

La concepción de la igualdad en el cristianismo y de Dios como único poseedor legítimo tanto de los bienes, servicios y propiedades de la Tierra como de todo el resultado del trabajo de sus fieles es importante para entender la crítica al lucro que realizaba la escolástica. De hecho, hasta las encíclicas papales del siglo XVIII, al menos sobre el papel, toda venta por encima del valor de la cosa era lucro y se tipificaba como usura.

Salud

José R. Esquinas
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José Mª Rodríguez Vega



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MensajePublicado: Mie Nov 12, 2008 10:13 am    Título del mensaje: Se trata de los escola&#769;sticos tardi&#769;os. Responder citando

Cierto ha sido siempre -como se ha dicho- que los escolásticos condenaban la usura, el lucro (turpe lucrum), no el "justo beneficio" ( http://www.libertaddigital.com/ilustracion_liberal/articulo.php/250 ). Y eso es sólo en lo concerniente a los prestamos en los que se define la usura como aquél acto "en el que se pide que se devuelva más de lo que se da". Graciano extiende la usura no sólo a los prestamos de dinero, sino a todos los bienes, siempre que se pida más que el principal, y declara expresamente que, en tal caso, el "precio justo" no es el precio común del mercado, sino cero, esto es, el equivalente exacto de los bienes o dineros prestados.

Y cierto también que Santo Tomás sigue preso de la concepción arcaica de Aristóteles que nunca supo plantearse la simple cuestión de averiguar el por qué se embarca la gente en "intercambios injustos". Aristóteles creía que los bienes que se intercambian deben igualarse, porque sólo se intercambiarán cosas equivalentes, creía que el "cambio justo" era el cambio de equivalentes exactos, y para ello introdujo las matemáticas, esto es, la igualación absoluta entre los diferentes bienes intercambiados: 1x1= a uno.

Por supuesto que todo esto es un error descomunal que ha traído mucha miseria al mundo y cuyo mayor culpable fue el desquiciado de Adam Smith por su inmensa influencia sobre los posteriores marxianos y marxistas hasta llegar al desquiciado Diamat. Si A cambia zapatos por los sacos de grano de B, A, que no es tonto, lo hace porque prefiere el grano a los zapatos, mientras que la preferencia de B es exactamente la opuesta. Si se produce el intercambio, por tanto, no es porque éste implique una equivalencia o igualdad de valor, sino que más bien lo que implica es una desigualdad inversa de valores (subjetivos)entre las partes que intercambian.

Ahora bien, Aristóteles también dice de modo cuasi-marginalista que "A juzga por medio de una adicción, y comprueba si la adición de A a la misma cosa que B hace que el conjunto sea más deseable que la adicción de B". Supo ver el estagirita que hay diferente valor en la pérdida, más que la adicción de un bien, y puestas así las cosas, cuando las cosas no van bien, las pérdidas deberían ser también equivalentes (y no lo son) ya que la relación inversa no debería alterar el producto supuesto de la supuesta equivalencia del cambio. Lo igual en una dirección debería ser idéntico en la otra.

Es evidente que la "mercancía transformada" traslada en el intercambio todos sus costes, pues de no ser así ni se intentaría transformarla ni mucho menos cambiarla. El coste, y por tanto el "trabajo" hace subir el precio e influye en la "conveniencia" subjetiva y nadie se meterá a cambiar cosas por 10 para cosechar pérdidas, si la cosa le costó 15.

Lo que se dice y lo que hemos dicho sobre el concepto del intercambio de equivalentes en Aristóteles y en Santo Tomás, ya no vale para la escuela tardía de Salamanca, esto es, es improcedente generalizar las concepciones de Aristóteles y de Santo Tomás a toda la "escolástica".
Un escolástico tardío como fue Diego de Covarrubis y Leyva (1512-1577), que era por cierto, y a pesar de ser católico, partidario del esclavismo y que... "Con Luis de Molina, desarrolló una teoría subjetiva del valor y del precio que justificaba el valor de las cosas por el libre acuerdo sobre el precio entre comprador y vendedor, determinado al cabo por su abundancia o escasez", creía, pues -en su Variarum-, que el valor de los bienes en el mercado viene determinado por la utilidad y por la escasez del producto. El valor de los bienes, pues, no depende en Covarrubias de propiedades intrínsecas del bien o de su producción, sino de las estimaciones de los consumidores. Y lo dice así de claro:<<El valor de un artículo no depende de su naturaleza esencial sino de la estimación humana, aún cuando ésta fuera estúpida. Por ejemplo en las Indias el trigo es más caro que en España porque allí lo estiman más, aunque la naturaleza del trigo sea la misma en ambos lugares.>> Al considerar el precio justo de un bien no debemos atender a su coste original, ni a su coste en términos de trabajo, sino sólo a su valor corriente en el mercado...Los precios caen si los compradores son pocos y los bienes ofertados abundantes, y viceversa...Covarrubias tenía mucho "sentido común".
Otro que tal -pues de Molina ya hemos hablado de sobras-, es Luis Saravia de la Calle que, en su "Instrucción de mercaderes" nos dice que <"Los que miden el justo precio de la cosa según el trabajo, costas y peligros del que trata o hace la mercadería yerran mucho; porque el justo precio nace de la abundancia o falta de mercaderías, de mercaderes y dineros, y no de las costas, trabajos y peligros".> ( Jesús Huerta de Soto: http://www.liberalismo.org/articulo/306/13/liberalismo/ )
También podríamos hablar de Francisco garcía, Azpilcueta o Suárez y de muchos más.

En fin, que todo esto ya se sabe y para nada hay que empocilgarse en un dogma que viene a decir que los españoles de la Escuela de Salamanca y otros escolásticos nada han tenido nada que ver con el único sistema económico vigente y en marcha, con el denostado capitalismo y con una de sus teorías sobre la economía y el mercado como es la teoría subjetiva del valor de las mercancías.

Y todo esto es así y así fue, con independencia de que esta teoría de la escolástica tardía sea cierta o no, y con independencia de que los "liberales austriacos" estén equivocados o no.
................

Dado el pecado está servida la desigualdad, por eso es propio del catolicismo lo contrario de lo que afirma J. Ramón Esquinas Algaba:<"La concepción de la igualdad en el cristianismo y de Dios como único poseedor legítimo tanto de los bienes, servicios y propiedades de la Tierra como de todo el resultado del trabajo de sus fieles es importante para entender la crítica al lucro que realizaba la escolástica."> ¡NO!

No hay una concepción católica de la igualdad aquí en esta Tierra de pecado precisamente porque fue el pecado original el que estableció la desigualdad... Efectivamente las palabras de San Pablo: <"Y es que en Cristo ya no hay amo ni esclavo...">, vienen a cuento precisamente por lo contrario, a saber, que como lo que hay es desigualdad (mundana), en Cristo lograremos por fin la perfecta igualdad celestial... en la otra vida, cuando nos venga el Adviento y la Parusía como mandan los cánones católicos. "Estar en Cristo" es para un católico haber alcanzado la vida eterna "allende la muerte" y solamente los luteranos creen posible "estar con Cristo" aquí en esta pecaminosa y desigual Tierra... Eso es Gran Acontecimiento del Séptimo día.
Es innecesario -pero lo ponemos porque queremos- aclarar la desigualdad católica en los textos evangélicos: I de Corintios 15, 24, pero sobre todo en I de Corintios 7, 17 hasta 24: <Por lo demás, que cada uno viva según la condición que el Señor le asignó, cada cual como era cuando Dios le llamó. Esto es lo que prescriben todas las iglesias... Quédese cada uno en la condición en que recibió el llamamiento. ¿Lo recibiste siendo esclavo? No te preocupes; pero si puedes obtener la libertad aprovéchate más bien de ello...Habéis sido comprados a precio: no os hagáis esclavos de hombres. Cada uno, hermanos, permanezca ante Dios en la condición en que recibió el llamamiento.>....<"...Y cada uno es según la gracia que le dio el Señor"> (Cor I. 2, 5) Es evidente que la igualdad como hombres (homo) nada tiene que ver ni con la justicia social ni con la igualdad en los cambios económicos.
Poco importan por otra parte las buenas intenciones idealistas del Crisóstomo con eso de "quitar a los reyes, administradores y ricos de una ciudad", si antes de eso está incluso la famosísima sumisión cristiana a toda autoridad: Romanos 13.

Pedir la igualdad aquí (como católicos) es violentar la natural y desigual Scala Dei y la Gran Cadena del ser, es..., precisamente el punto de vista contrario a la escolástica española y al catolicismo desigual (lleno de Papas y Tronos y Majestades y Jerarquías); es precisamente el punto de vista herético y fanático y milenarista luterano y calvinista: Lograr el Cristo en esta Tierra presente más o menos aquí y ahora.
Lo católico es lo que dice el Apóstol: <"Cuando venga lo perfecto, lo imperfecto se acabará">, pero lo perfecto aún no ha venido ni vendrá!, por tanto, ¡chupad aquí lo imperfecto!
Para los remisos también podemos traer a nuestro lado al católico de Santo Tomás cuando en su Summa (BAC I. C.89, a.5 y explícitamente C.58, a.7) nos dice lo mismo que el Apóstol: que la ciencia acabará (Cor I. 13, 8) y lo cita en la convicción de que no es malo "aprender en la Tierra aquellas cosas cuya ciencia permanecerá con nosotros en el cielo", esa ciencia perfecta..., pero la otra, la imperfecta, se acabará porque para nada se necesita de ella donde eternamente nunca hay cambio: 1x1= a uno, y esto es una soberana estupidez. Es evidente que la "ciencia verdadera", la ciencia que no se acabará, es la ciencia sobre Dios, la Teología, que para nada necesita saber de cambios.

Yo estoy convencido que la esencia del cambio entre iguales y entre valores exactamente iguales, es cosa del Cielo, y solamente -en sus cabales- los ángeles desean eso. Adiós.

Fuentes: Murray N. Rothbard.
..............

Ver: http://www.newmedia.ufm.edu/gsm/index.php?title=De_Viena_a_Salamanca

http://www.newmedia.ufm.edu/gsm/index.php?title=Entrevista_a_Gabriel_Calzada_%C3%81lvarez

http://66.102.9.132/search?q=cache:B3lvj9NKscEJ:www.institutoacton.com.ar/articulos/jhuerta/arthuerta3.pdf+Luis+Saravia+de+la+Calle&hl=es&ct=clnk&cd=6&gl=es&lr=lang_es

http://www.liberalismo.org/articulo/306/13/liberalismo/

<<Por supuesto que el pecado irrumpe en el mundo creado, lo desvirtúa y degenera; pero a los hispanos, ese hecho evidente, en lugar de hacerles pedir intervención gubernamental como remedio -al modo de los economistas clásicos ingleses, de filiación protestante-, les llevó a la más lógica conclusión opuesta: les hizo desconfiar de las autoridades, ministros y demás personeros del poder, obviamente no excentos de la mancha del pecado.

° Trataron un concepto que puede llamarse hispánico de Derecho Natural, excento de la connotación igualitarista propia de la Revolución Francesa.

° A diferencia de los economistas de la llamada Escuela Clásica inglesa, avanzan los escolásticos un concepto de precio de mercado como precio natural, que prefigura la noción del valor de las cosas dependiente no de cualidades intrínsecas a ellas mismas, i.e.,el trabajo incorporado u otra cualquiera, sino de su escasez relativa, y de las incontables apreciaciones subjetivas de los eventuales clientes sobre tales cualidades y su utilidad. Esta concepción respeta la libertad de las personas, frente a las intromisiones gubernamentales, empeñadas en imponer a las cosas un precio oficial que refleje el supuesto valor intrínseco.>>
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J.M. Rodríguez Pardo



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MensajePublicado: Mie Nov 12, 2008 10:28 am    Título del mensaje: El esclavismo y el Patronato de Indias Responder citando

Estimados amigos:

Es muy interesante lo que afirma Esquinas nuevamente. Con el catolicismo la noción del esclavismo ha de tender a desaparecer. Sin embargo, es curioso cómo el ortograma católico era realizado por el Imperio español, mientras que el esclavismo en Roma, en la sede pontificia, era cada vez más grande.

Cita:
Porque, es verdad que las tesis de Las Casas y de Bernardino de Minaya triunfan durante cierto tiempo en la «conciencia» de Carlos I y del Papa Paulo III (bulas Sublimis Deus y Veritas ipsa de 1537), siendo apoyado, en perjuicio de Sepúlveda, por algunos teólogos (Melchor Cano, Antonio Ramírez de Haro, ambos discípulos de Vitoria), principalmente dominicos de la Universidad de Salamanca y Alcalá, consiguiendo incluso que con las Leyes Nuevas de 1542 se paralice durante un tiempo el régimen de la Encomienda. Pero tanto la parte de las Leyes Nuevas que afectan a la encomienda, como las bulas serán derogadas y anuladas un tiempo después: en 1538 en el breve Non indecens videtur el Papa se desdice y reprueba lo dicho en las bulas de 1537, anulándolas. Las bulas de 1537, por cierto, a parte de suponer una injerencia por parte del Papado sobre los asuntos americanos, injerencia que el Patronato impedía (bulas alejandrinas), prohibían una esclavitud, la realizada en América con los prisioneros de guerra, que tenía en Roma uno se sus centros más activos (ver los datos que ofrece Dumont al respecto en El amanecer de los derechos del hombre, págs. 67-74, en los que se muestra cómo la esclavitud en Roma, al servicio del Papado, está proporcionalmente mucho más generalizada que en América).



Pedro Insua, Quiasmo sobre «Salamanca y el Nuevo Mundo».

Es decir, que la realidad de la esclavitud aún estaba presente en el mundo católico. De hecho, Tomás de Mercado y Francisco de Vitoria aún hablan del esclavo en el sentido aristotélico, como un ser que, al no haber adquirido los hábitos de la sociedad en la que ha sido insertado (tras perder una guerra, sin ir más lejos) ha de estar sometido, «encomendado» a un natural de esa nueva sociedad. Otro motivo para entender por qué no se desarrolló la teoría del valor-trabajo entre los escolásticos españoles.

Un cordial saludo,
José Manuel Rodríguez Pardo.
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