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La Razón de Estado.
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Autor Mensaje
Juan A. Rodríguez Molina



Registrado: 16 Feb 2004
Mensajes: 306
Ubicación: El Escorial (Madrid)

MensajePublicado: Mar Sep 07, 2004 6:17 pm    Título del mensaje: ¡Qué filosofen ellos! Responder citando

Me gustaría saber de qué Estado habláis, a qué forma de Estado os referís. Pues está muy claro qué es la razon de Estado (al menos en teoría), pero no veo yo tan claro qué pueda ser el Estado y, mucho menos, sin especificar dónde y cuándo. Me explico:

No son "lo mismo" el imperio de Sargón de Akad, la democracia de Pericles, la monarquía de Felipe II, la de Luis XIV, el estado napoleónico,...; siendo todos ellos Estado, no creo que Sargón, Luis XIV y Bush razonen igual. (Ellos y/o sus acólitos, no me malinterpretéis).

Entiendo que os referís al Estado en abstracto, es decir habiendo reducido sus diferencias concretas a un mínimo común, tras una especie de Fenomenología del Estado. Así, estoy dispuesto a conceder que podemos definirlo esquemáticamente como aquello que hace permanecer (estar) a la situación social del momento (el dónde y el cuándo) sea cual sea. De esta definición podemos extraer varias eseñanzas, pero en lugar de acercarnos al Estado, nos alejamos de él en beneficio de la Sociedad.

Por lo pronto, es una definición con la que incluso los anarquistas (emic, o sea, autodenominación provocativa heredada de Proudhon) estaríamos de acuerdo y no podríamos rechazarle como lo hacemos, pues tras la anhelada, por remota, Revolución Social, seguirá habiendo sociedad, normas que cumplir, &c., que, de alguna forma, habrán de mantenerse. (Contra el cambio, estabilidad; contra ésta, libertad y sentido común. No todos los cambios son "buenos"; además, hay involuciones). Los anarquistas (emic) no somos una panda de criaturitas entonando alegremente utópicas cancioncillas al corro de la patata, sino un grupo de seres conscientes de que —como se recuerda en este foro— tal mantenedor de lo social se ha impuesto por la fuerza, no por la razón. Se añade enseguida que si bien, originalmente, es «poder etológico», luego se hace racional y lo llaman «poder político». Pero esto, ya, huele a retórica más que a realidad. A partir de aquí habría que empezar a revisar el reduccionismo anterior e ir concretando algo más.

Yo empezaría (¡mira que me gusta complicarme la vida!) con lo que envío a "Materialismo y política" seguidamente; y que viene, a su vez, de "25 de julio..." (en Religión). Iba a hacer este envío cuando he visto lo de "La Razón de Estado" y, como así terminaba el susodicho envío... (A todos los he titulado igual: ¡Qué filosofen ellos!)

(Por cierto, hay mucho solapamiento temático en estos foros; parece que el único orden que os gusta es el político)

¡Salud!
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Felipe Giménez Pérez



Registrado: 14 Oct 2003
Mensajes: 1050
Ubicación: Leganés (Madrid, España)

MensajePublicado: Mar Sep 07, 2004 7:08 pm    Título del mensaje: Estado Responder citando

Estimados contertulios: Todos los Estados buscan su eutaxia política. Todo verdadero dirigente político busca la eutaxia política: el buen gobierno, el fortalecimiento del Estado y su expansión. Sargón II quería la eutaxia de Asiria. Felipe II también. Esta eutaxia es el conatus del que hablaba Spinoza: Todo ser se esfuerza en perseverar en su ser. También el Estado se esfuerza en perseverar en su ser. La razón de Estado es el conjunto de saberes y técnicas necesarias para engrandecer al Estado y hacer que sobreviva, mejor dicho para promover su eutaxia política. Atentamente,
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Juan A. Rodríguez Molina



Registrado: 16 Feb 2004
Mensajes: 306
Ubicación: El Escorial (Madrid)

MensajePublicado: Mie Sep 08, 2004 7:24 pm    Título del mensaje: Perseverancia Responder citando

Cita:
«Todo ser se esfuerza en perseverar en su ser»


Todo ser..., o sea todos y cada uno de ellos: el cuarzo y el granito, la oveja y el rebaño, el individuo y el grupo, el Estado y el mundo...

No sé por qué F. Giménez (que tanto persevera en su ser "forero") sólo dice preocuparse del ser del Estado (español).

Me parece a mí que, precisamente por este perseverar de cada ser, la supuesta síntesis no pasa de ser un pis-pas, como el presente entre el pasado y el futuro, un instante fugaz. Lo que persevera es la tesis y su antítesis; el fuego de Heráclito. La Guerra.

El Estado también cambia, aunque él, cambiando, repose. Y muchos seres dejen de ser en el ajetreo imperturbable del devenir. De su eutaxia.

La síntesis es cosa de los dioses, nosotros, simples seres perecederos, debemos ser tesis de las antítesis y a la inversa. Eso dice mi ser.

¡Salud!
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José Mª Rodríguez Vega



Registrado: 11 Oct 2003
Mensajes: 1429

MensajePublicado: Dom Sep 12, 2004 7:09 am    Título del mensaje: La razón del Poder. Responder citando

Hola.

«Muchos congéneres nuestros no necesitan filosofar, aunque hablen. Sólo
necesitan saber el sitio para comer.»
(Gustavo Bueno. Hemeroteca.)

Nuestro buen amigo el anarquista (¡sic!) Juan A. Rodríguez Molina nos dice:
Cita:
< Los anarquistas (emic) no somos una panda de criaturitas entonando alegremente utópicas cancioncillas al corro de la patata, sino un grupo de seres conscientes de que—como se recuerda en este foro— tal mantenedor de lo social se ha impuesto por la fuerza, no por la razón. Se añade enseguida que si bien, originalmente, es «poder etológico», luego se hace racional y lo llaman «poder político». Pero esto, ya, huele a retórica más que a realidad. A partir de aquí habría que empezar a revisar el reduccionismo anterior e ir concretando algo más.>


¿Pero qué es eso de la razón? ¿Cree posible nuestro amigo Molina que puede persistir una fuerza sin una razón? ¿Cómo es posible la persistencia del Estado de la Francia (por poner un ejemplo concreto) sin unas “buenas razones”? ¿No se da cuenta Molina que la eutaxia es el buen ordenamiento, el buen Orden...social, político, militar, &c., que sin buenas razones y sin la Razón no es posible la construcción operatoria de ese buen Orden

Molina cree que esa “razón” es un algo diferente al existir basado en la potencia, en la fuerza...en el límite: fuerza bruta, etológica, esto es: militar, aunque la fuerza militar es la menos animal, la menos etológica, o sea, que es la más “humana” por ser la más artificiosa, la más civilizada, la más “razonada”, como por ejemplo ese fruto de la razón como es un misil intercontinental con su muy artificioso ordenador a bordo. El misil es mucho “más razonable” que el arco y la flecha. Donde acaba la fuerza animal (etológica) allí comienza la fuerza política, la fuerza razonada, razonada hacia el Bien Común.

Leyendo el Corán se razona bien poco. Se razona muchísimo más en los EE.UU. que en Irak....por eso tienen más “fuerza”, más poder, y pueden machacar mejor a sus enemigos para perdurar más que ellos. El primer sitio donde se usaron armas de fuego fue en el sitio de Algeciras: los españoles con potencia, contra los moros ya impotentes. La polvora es el resultado de un buen razonamiento precisamente porque es muy “potente”, poderosa. Hoy los españoles sufrimos la potencia en El Tren de la Muerte del 11M...retirándonos, con impotencia. La razón se ha mitificado, se ha hecho mojigata de puro traidora. La razón de la impotencia, de la distaxia, del no perseverar. España es un país de suicidas que no razonan, por eso se suicidan.

Molina tiene de la “razón” un concepto cristiano-posmodernista: Ya que, según él, el poder se ha impuesto por la fuerza, sin la razón, tiene razón el pobre, el que pierde, el débil, el miserable...Los primeros serán los últimos y para ellos es el Reino...sin Estado, el Edén, el Comunismo cartujano posmodernista y flácido, des-ganado. Molina parece un hippie lleno de flores pacificas y chillonas.

Copio y pego aquí un artículo de Gustavo Bueno sobre el poder por sus conceptos claros en relación al Bien, que no hay verdadero poder sin relación al Bien:< Poder no consiste en la aplicación de una fuerza arbitraria y caprichosa sino en el sometimiento de esta fuerza a una norma, a una legalidad, a un Bien, que está por encima de la propia aristocracia.>, dice ahí, entre otras muchas cosas Gustavo Bueno.

Lea Molina con detenimiento y luego seguimos.

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El Basilisco, 1ª época, nº 1, 1978,
páginas 120-125
Sobre el Poder
(en torno a un libro de Eugenio
Trías)

Gustavo Bueno
Oviedo
I
Las meditaciones sobre el Poder tienen un carácter moral o ético –son «filosofía moral», y en esto estamos casi todos de acuerdo. Toda reflexión sobre el Poder (aunque, en sus comienzos, no sea estrictamente filosófica, sino científica, categorial) alcanza inmediatamente resonancias morales, por tanto: induce a una meditación filosófica. «El Poder (El Estado) es el Padre» –dice una fórmula muy extendida que intenta penetrar categorialmente (puesto que «Padre» es un concepto categorial, histórico, sociológico &c.) en la esencia del Poder. Pero la penetración en esta esencia «categorial», induce, aunque no lo quiera, múltiples «líneas de fuerza» constitutivas de un campo moral, a la manera como la corriente que pasa por un conductor induce un campo magnético cuyas líneas de fuerza envuelven al cable. Para muchos psicoanalistas, decir «El Poder es el Padre» es tanto como condenarlo, sugerir la iniciación de la tarea edípica de la «muerte del Padre». Y, sin embargo, curiosamente, esta fórmula «revolucionaria», tan grata a muchos «freudornarxistas», es también la fórmula de los monarcómanos más reaccionarios (Filmer, por ejemplo, en su Patriarcha): El Poder es el Padre, y procede de nuestro primer Padre Adán, que lo recibió de Dios Padre y lo transmitió por herencia a las diversas dinastías legítimas que reinan en la tierra. Ocurre simplemente que el intento de comprender al Poder (al Rey, al Estado) es decir, a las categorías políticas, a partir de las categorías familiares, es tratar de entender el Poder político en los términos morales que envuelven necesariamente estas categorías. (Si se dice: «El Poder es la Madre» no cambia la situación; ni tampoco cambiaría si se dijera –acaso con mayor fundamento etnológico– que el Poder, el Estado, es «el Hermano mayor de la Madre», es decir, si se dijera que «El Poder es el Tío»).
Trías comienza su libro desde más atrás: No pone los fundamentos del Poder en las especies del «Padre», la «Madre» o el «Hermano mayor de la madre» sino en un suelo más genérico, aquel género que se cita en la frase de Espinosa: Nada sabemos acerca de lo que puede un cuerpo. Y comenta esta sentencia diciendo: «Nada sabemos, o muy poco, respecto de nuestro poder». Sin embargo, y a pesar de la generidad de esta afirmación, me parece que ella no es enteramente cierta. Sabemos bastantes cosas acerca de los cuerpos, en cuanto fundamentos del Poder, y estas cosas que sabemos, aunque reclamen por sí mismas muchas veces un significado estrictamente [121] categorial (científico, etológico, por ejemplo) tiene inmediatas resonancias morales. Una investigación estadístico-etológica reciente (que podría servir de comentario a la sentencia de Espinosa) arroja los siguientes resultados: Los obispos tienen (en promedio) una talla (referida al cuerpo) mayor que los párrocos; los Rectores de Universidad suelen ser también más altos que los Decanos de Facultad; los Generales, sobrepasan en estatura a los Coroneles que no llegan al generalato, así como los jefes de Gobierno son más altos, en promedio, que sus ministros (Las excepciones –Napoleón, Lenin– son casos que requieren, como es habitual, una explicación particular). Ahora bien, a los Obispos, Rectores, Generales y jefes de Estado se les atribuye generalmente más poder que a los Párrocos, Decanos, Coroneles o Ministros, respectivamente. Concedamos que estos resultados se tienen como mera constatación de un hecho (etológico, psicológico): es evidente que, no por ello, son neutros en cuanto a su significado moral, aunque no sea más que porque ellos parecen conculcar una cierta norma moral que (supondríamos) preside nuestras sociedades democráticas, a saber: Que las funciones de Obispo, Rector &c., dependen del mérito (consecutivo a la posesión de ciertas cualidades intelectuales y morales y, suponemos también, ligadas a la libertad, y no a la naturaleza, para hablar en lenguaje kantiano), no de la talla. Sin embargo, estos resultados nos sugieren que al menos determinadas cualidades morales (ligadas a una situación de Poder, están sujetas a una condición física (al cuerpo, a su talla) pese a que pocos estarían dispuestos a reconocer semejante subordinación, caso por caso. Pero aquello que el plano de cada individuo (la autoridad) aparece dimanando de determinadas cualidades morales (estimadas en la eventual elección democrática) en el plano estadístico (de la «clase») se nos revela subordinado a propiedades corporales «groseras», que tienen que ver con la fuerza física: la libre elección democrática resulta estar sometida al prestigio del poder físico más elemental. Y esto nos pone inmediatamente delante de las cuestiones más típicas de la filosofía moral.
¿Y qué podemos entender por «filosofía moral», qué podemos entender por «meditaciones sobre el poder en sentido filosófico-moral? Seguramente dos géneros de argumentación muy diferentes, aunque aparezcan tenazmente confundidos en el nombre común de «Filosofía» o de «meditación filosófica» sobre el Poder.
A) Ante todo, un tipo de meditación sobre el Poder que comienza por la consideración del Poder en general (por la consideración de los elementos más abstractos y genéricos de la Idea de Poder, supuesto que lo más genérico sea también lo más originario) y que sólo después de creer estar en condiciones de pasar a considerar las diferentes especies del Poder (y, en particular, las especies que nosotros propondríamos; como las especies «originarias», los «parámetros» del Poder, sus «primeros analogados» a saber, las especies del «Poder político»). Este tipo de meditación sobre el Poder, propenderá a autoconcebirse como neutral respecto a las diferentes especies del Poder, y reclamará un signo puramente ontológico (Al no «comprometerse» con ninguna de las determinaciones del Poder, permanecerá, intencionalmente al menos, al margen de toda formalidad moral –y su condición de «filosofía moral» le afectará sólo por parte de la «materia»). De este modo, la meditación filosófica sobre el poder, comporta, de hecho (incluso como condición) el «enfriamiento» de todo interés particular por el poder político (que nosotros considerarnos como el «primer analogado», al menos ordo cognoscendi, de la Idea de Poder).

En cualquier caso, este «enfriamiento» del interés por la meditación sobre el Poder político no es solo el resultado al que se llegue a partir de una determinada actitud filosófica. Tiene también una fuente antifilosófica, que mana, no ya del desinterés por el Poder político sino simplemente del desinterés por la meditación filosófica, un desinterés que se presenta a veces como la contrafigura del interés por el poder político mismo, por su ejercicio. La primera situación se configura en el momento en el cual el regressus hacia la Idea del Poder se aleja de tal modo de aquello que consideramos su «parámetro» (su «primer analogado», el Poder político) que, en el límite, solo puede volver (en el progressus) a él en cuanto que es la negación del Poder, en cuanto este «parámetro» sea reducible a la condición de categoría ajena de todo punto a la moral (un poco en la línea de la primera parte de El Político de Platón –una parte que podríamos hoy denominar «etológica, cuando el arte político se nos clasifica en el mismo género al que pertenece el arte de los boyeros, se incluye dentro del arte de los «conductores de rebaños», distinguiendo cuidadosamente entre los «rebaños con cuernos» y los «rebaños sin cuernos»). La segunda situación aparece siempre que se pretenda la sustitución de la meditación sobre el poder por el activismo político: esta pretensión parte de la estimación de que toda meditación sobre el Poder (y muy particularmente, sobre el poder político) es un pasatiempo indigno de cualquier persona madura (políticamente madura); un pasatiempo infantil, que está fuera de lugar para toda persona adulta que, simplemente, se ejercita en la práctica (en la praxis) de la dominación. Calicles, en el Gorgias platónico, podría servirnos de paradigma; pero también Nietzsche hubo de recorrer (intencionalmente, al menos) el mismo camino. («La naturaleza interna del ser es Voluntad de Poder; goce es todo aumento de poder, y desplacer de todo sentimiento de no poder hacerse el amo» dice en su Voluntad de dominio, 693).
Estas situaciones coinciden al menos en este punto: en el desinterés por la meditación filosófica centrada especialmente en torno al Poder político. Por ello es preciso no confundir estas situaciones con las que ocupan aquellos que, sin perjuicio de ver en el poder político poco menos que el mal, creen necesario alimentar la constante meditación sobre el poder político, orientándola al conocimiento de sus leyes, a fin de ayudar a su definitiva demolición.
B) Pero también, un tipo de meditación sobre el Poder que comienza precisamente con el reconocimiento de la multiplicidad de las especies del Poder y de su mutuo conflicto; por tanto, con el reconocimiento de alguna de estas especies como «primer analogado» de la Idea de Poder. Este tipo de meditación no se autoconcebirá, de entrada, como neutral ante las diferentes especies del Poder y el reconocimiento de esta imposibilidad de neutralidad, tendrá un significado crítico. La [122] meditación filosófica arranca ahora de la conciencia de la necesidad de tomar partido entre alguna de las especies del Poder (pongamos por caso: de tomar partido entre el poder del Papa y el poder del Emperador –Marsilio de Padua, Guillermo de Occam–). La meditación sobre el poder se reconoce ahora como una meditación práctica, moral ( includens prudentia ), y es a partir de aquí (el deber ser) a partir de donde cree preciso regresar a la Ontología (al ser ). Porque tanto si ponemos las diversas especies conflictivas del poder en las relaciones entre individuos, como si la ponemos entre las instituciones, o entre las élites, o entre las clases sociales en lucha (o acaso también entre los Estados) es evidente que si los conflictos se mantienen de un modo regular (sociológica o incluso jurídicamente, con el consensus de las partes) –y en otro caso no cabría hablar de Poder– ello será debido a la estructura real en que se asientan: una realidad que nos remite a su Ontología. Y Ontología será no sólo la tesis que suponga una tendencia al incremento positivo del Poder (en la adición de las cantidades de las distintas especies de Poder) de una sociedad dada, como la tesis que suponga una tendencia a la baja, o como la tesis conocida que supone que la adición de las cantidades de poder de diversa especie correspondientes a un sistema social dado arroja una suma cero.

Estaríamos acaso en resolución ante dos tipos de filosofía irreductibles. A la del primer tipo, la llamaríamos metafísica (ontológico-metafísica); a la del segundo, le llamaríamos dialéctica. Por supuesto, cada una de ellas tendrá que cumplir el trámite de reducir a la otra, destruyéndola (la filosofía dialéctica, pretenderá que también la metafísica es una filosofía «partidista», sólo que «mala», «inmoral»). La distinción entre ambos tipos de Filosofía no puede trazarse con la misma línea divisoria que separa una «filosofía especulativa» de una «filosofía práctica»: en ambos casos, se trata sin duda de «filosofía práctica». Más bien habría que decir, por ejemplo, que la filosofía metafísica es una «falsa filosofía» (una parodia de Filosofía) mientras que la filosofía dialéctica es «verdadera filosofía» (aunque no por ello pueda siempre estimarse como «filosofía verdadera»){*}.
Desde luego, por nuestra parte, nos apresuramos a clasificar al libro de Trías sobre el Poder como «filosofía metafísica», como una falsa filosofía, como una parodia de la filosofía del poder. La crudeza de nuestro «diagnóstico» tiene por objetivo, primero el ahorrarle tiempo al lector de esta nota, –al lector interesado en conocer la opinión del crítico. (No tiene por objeto formular un diagnóstico que se presente como indiscutible o como inmediatamente evidente). A este lector quiere el crítico decirle que, conservando intacto su afecto por Trías, espera que pueda remontar su vuelo en ulteriores obras.
La filosofía dialéctica del poder, en cuanto crítica de la metafísica (crítica de su indeterminación ) es una filosofía de orientación esencialmente histórica. (La indeterminación de la Filosofía metafísica se manifiesta principalmente en su ahistoricismo, en su intemporalidad). Una meditación dialéctica, crítica, sobre el Poder sólo puede llevarse adelante sabiendo, desde el principio, que las opciones (el sistema de las opciones o alternativas teóricas) que cabe asumir ante el Poder no podrían por menos de haber sido ya esbozadas en el origen de la misma meditación filosófica sobre el poder, a saber: en Grecia. Por tanto, toda meditación filosófica, y crítica, sobre el poder, ha de comenzar metódicamente por regresar a las meditaciones de los filósofos griegos. Esta conclusión es, por tanto, crítica: crítica de la ingenuidad de quien cree posible emprender una meditación sobre el Poder «elevando los ojos al Cielo», y dirigiéndose «a la cosa misma», para captar su esencia. Porque no solamente el Poder es una cosa histórica –y no metafísica– sino que también la meditación sobre el Poder ha de tomar (para ser dialéctica) la forma de una meditación histórico-filosófica. No es cuestión de querer mantener una meditación al margen de los clásicos; es cuestión de poder mantenerse de hecho al margen. Porque en las polémicas de los sofistas, y en las sistematizaciones de Platón y de Aristóteles, de Epicuro o de Panecio, es donde se encuentran ya cristalizados los planteamientos filosóficos que la Idea del Poder implica. Es aquí en donde la Idea del Poder ha alcanzado su perspectiva filosófica, mediante la formulación de las líneas de su symploké con las Ideas del Bien y de la Felicidad. Desde entonces será ya imposible una meditación filosófica crítica sobre el Poder que se mantenga separada de la Idea del Bien (y del Bien Supremo, de la Idea de lo Mejor) y de la Idea de la Felicidad –de parecida manera a como, una vez organizada la Geometría griega, será ya imposible una «meditación matemática» sobre los Poliedros regulares que se mantengan al margen de los conceptos de cara, vértice y arista. Frente a aquellos hombres superficiales que intentar entender el nexo entre el Poder y la Felicidad al margen de la Idea del Bien es decir, frente a aquellos que creen posible reducir la Idea del Poder a términos categoriales, autónomos –Sócrates demuestra que no hay verdadero Poder a espaldas del Bien, ni tampoco hay verdadera Felicidad. Arquelao, hijo de Perdicas, Rey de Macedonia –o el Gran Rey– no pueden ser felices (dice Sócrates a Polos) aunque detenten el poder tiránico. Calicles (digamos también: Nietzsche) se mueve en la superficie: «Te declaro que estas tres palabras: Fuerte, Poderoso, Mejor expresan la misma Idea». Pero entonces –replica Sócrates–las leyes de la mayoría (las «leyes del rebaño») serán las mejores, porque son las más fuertes. «¿Cómo puedes imaginarte –responde Calicles- que voy a considerar como leyes los acuerdos tomados por un rebaño de esclavos o por gentes de toda laya cuyo único mérito es acaso la fuerza física?». Pero con esta pregunta Calicles, el aristócrata, ha firmado para su doctrina la sentencia de muerte –porque ha reconocido que (con el advenimiento de la democracia) la fuerza ha dejado de ser patrimonio de la aristocracia. Y con ello, el aristócrata (viene a decir Sócrates) tendrá que reconocer que el verdadero Poder no consiste en la aplicación de una fuerza arbitraria y caprichosa sino en el sometimiento de esta fuerza a una norma, a una legalidad, a un Bien, que está por encima de la propia aristocracia. Es necesario, por tanto, regresar a la consideración del Bien –y [123] no sólo a la buena forma de una estructura suma cero, sino al Bien Supremo, a la Ontología; porque de otra suerte, la meditación sobre el poder se degrada, transformándose en mera casuística psicológica, cuya expresión es el discurso lírico de Nietzsche, el impotente–. Pero no sólo el Poder está entretejido con el Bien; también está entretejido con la Felicidad (cuando éste no se reduce a un mero concepto psicológico, a la vivencia placentera que pueda serle atribuida a un buey –ya sea el buey comedor de guisantes, del que habla Heráclito, ya sea un buey Apis, del cual habla Aristóteles). Porque la felicidad no sólo alcanza su significado filosófico por el intermedio de la Idea del Bien –y, por tanto, por la mediación de la Idea de Poder, en tanto va entretejida con la Idea del Bien. «Cuando el alma se imagina su impotencia se entristece»–nos dice Espinosa en la proposición LV del libro III. No es posible la Felicidad al margen del Poder. Hay una «conexión de esencias», una symploké, que Espinosa reconstruye de nuevo dentro del marco trazado por los filósofos griegos. El Poder es poder en cuanto es Bueno; la felicidad también incluye el Bien (cuando es un concepto moral); y por ello la Felicidad incluye el Poder, la libertad, por que la impotencia es mala:
por ello el esclavo no puede ser feliz, porque no tiene poder, ni es, por tanto, bueno que haya esclavos. ¿Hay que desembocar entonces en el Poder político (o al menos, en alguna de sus numerosas especies) como el lugar en el cual toma cuerpo el verdadero poder por tanto, como el lugar en el cual el poder se hace mediador entre el Bien y la Felicidad? Tal fue la enseñanza (dentro del círculo peripatético) de Dicearco de Mesina, en contra de Teofrasto (Cicerón, Ep. ad Att. , II, 16). Aristóteles había formulado ya las razones principales de Dicearco: «Habrá quien sostiene que el supremo poder (político) es lo más apetecible de todo, porque aquellos que los disfrutan están capacitados para efectuar el mayor número de actos nobles» (Política VII, 3). Sin embargo Aristóteles duda de que la verdadera vida sea la vida activa y política –pero esta duda se apoya en la evidencia en otro poder que se considera superior, en la autarquía de la cual el Acto Puro constituye verdadero paradigma. Desde luego, el poder político tiránico y arbitrario, no proporciona la felicidad: Esta ilusión es un efecto producido en aquellos pueblos que pueden satisfacer sus ambiciones de conquista (como los Escitas, los Persas, los Tracios, los Celtas– y Aristóteles cita también, en este contexto, a los Iberos). Platón, en su famosa digresión del Teeteto (17 3 E) había trazado la imagen del sabio feliz, cuando «dirigiendo su vista a la naturaleza de todos los seres del Universo», no se rebaja ante ningún objeto de los que le rodean y ni siquiera conoce el camino hacia la plaza pública (hacia la «política»). Es el retrato más puro del «filósofo gnóstico», el diseño de la forma de vida teorética que Heráclides Póntico (a partir de la doctrina de las tres almas de Platón, de la doctrina de las tres clases sociales) proyectará retrospectivamente sobre los pitagóricos, oponiendo la forma de vida de estos a otras dos formas de vida posibles, a saber: el bios apolaustikós (la vida privada de quien disfruta de placeres y beneficios) y el bios politikós (la vida pública). En cierto modo podría decirse que toda esta doctrina sobre las formas de vida (y en particular, sobre el bios theoretikós) no es otra cosa sino el intento de demostrar que el Bien y la Felicidad no giran únicamente en torno al Poder político. Pero giran, eso sí, en torno a otras formas de Poder, el poder de la Voluntad erótica (el «poder engendrar en la Belleza», el Amor) o el poder del Entendimiento. Son dos direcciones que pueden, en líneas generales, identificarse con la tradición platónica (que se continúa en el cristianismo: Deus charitas est ) y con la tradición aristotélica (Dios es Noesis noeseos ) respectivamente. Tanto la primera tradición como la segunda, se determinan por referencia al poder político y trabajan en el sentido (práctico) de retirarle el monopolio del Bien, aun reconociéndole, a veces, su necesidad dialéctica. Solo los epicúreos, por un lado (en una versión sui generis del bios apolaustikós, que se renueva con fuerza en nuestros días en el comunalismo y en el ecologismo) y los neoplatónicos, por otro (el del bios theoretikós) realizan la crítica absoluta del Poder político siguiendo un camino que consideramos metafísico: ignorándolo, declarándolo incluso –aliado del mal y de la impotencia («Se quejan de la pobreza y de la desigual distribución de las riquezas entre los hombres. Ignoran que el varón sabio no desea la igualdad en estas cosas, que no cree que el rico lleve ventaja al pobre, ni el príncipe al súbdito», dice Plotino, II, 9, IX). Platón, como Aristóteles, en cambio, no ignoran nunca la conexión dialéctica entre el Bien, la Felicidad y el Poder –y el Poder político. Esto está bien claro en el Platón de La República y en el Platón de Las Leyes. Pero también en Aristóteles– incluso en el Aristóteles que en la Ética nicomaquea (1778 b7-23) ha enseñado que «la felicidad no es otra cosa sino una contemplación». Porque si Aristóteles ha llegado a semejante conclusión no ha sido en nombre de una defensa del bios theoretikós frente al bios politikós y al bios praktikós. La vida teorética (nos dice Aristóteles) es también vida práctica y la vida más práctica concebible, la vida que es acción pura, Acto Puro, es la vida de Dios que, por ello, consiste en puro «Pensar». Solo la vida de Dios es verdaderamente potente, feliz y buena porque se nutre de sí misma y no depende de ninguna circunstancia externa, porque realiza la autarquía. Si pues Aristóteles declara a Dios paradigma de la Vida suprema, no será en virtud de un «mecanismo de proyección, de sus propias preferencias psicológicas sino en virtud de un «argumento ontológico». Así como, en Descartes, la veracidad del cogito sólo a través del Dios omnipotente alcanza un valor modal de necesidad (que se nutre, circularmente, de aquella veracidad), así la suprema bondad de la vida teorética (que sigue siendo vida práctica) de Aristóteles sólo se justifica a través del Acto Puro, paradigma del Poder supremo, de la autarquía absoluta. Y, por ello mismo, Aristóteles concluye declarando que la vida divina (el bios theoretikós puro) no es algo a lo cual los hombres (que no son dioses) puedan aspirar. Se diría que Aristóteles ha puesto el dedo en la dialéctica misma de las tres formas de vida clásicas, en el conflicto entre las diferentes formas del Poder. El político no es –dice Aristóteles– el único varón libre, pero tampoco toda «dominación» es una forma de tiranía. Acaso pudiera afirmarse que Aristóteles –como antes Sócrates y Platón como después Espinosa o Hegel– mantiene el punto de vista de la «filosofía perenne» del Poder, a saber, el punto de vista de la «política filosófica».

II
¿Y qué es lo que hace Trías en sus Meditaciones sobre el Poder? Ante todo, una crítica al Poder político, un movimiento orientado (se diría) a colaborar en la desintoxicación del politicismo absorbente en el cual los españoles estamos sumergidos desde los últimos tiempos del franquismo. El Poder político no es el valor supremo, no es la sede de la verdadera libertad. Sin embargo, la libertad implica el Poder. Por ello Trías comienza disociando ad hoc la Voluntad de Poder de la Voluntad de dominio, considerando al Poder político, no como un caso particular del Poder (que se ejerce en el dominio) sino como su caso límite, el límite inferior, aquel en el cual el Poder se convierte en Impotencia.
Cabría decir que la disociación –mejor: el «trámite de disociación» que, por lo que hemos dicho, cubre toda meditación filosófica sobre el Poder–entre el Poder y el Poder político, es llevado por Trías en una dirección paralela a la de los epicúreos o a la de los neoplatónicos. Se trataría de demostrar que los políticos no son los sujetos que, por derecho, detentan el Poder. Para ello, nada mejor que comenzar contemplando ese círculo de los «sujetos políticos» (¿acaso la «clase política», en el sentido de Michels?) como un círculo de radio reducidísimo, en comparación con todos los sujetos capaces de detentar el verdadero Poder; nada mejor que comenzar ampliando el radio del círculo atribuyéndole incluso un radio infinito. Así, dirá Trías, todos los sujetos pensables, todos los sujetos reales (en cuanto tienen esa esencia) son sujetos de Poder. Y esto, en virtud de una definición: «El Poder procede de la Esencia». La Idea de Poder trata así de ser vinculada a la Idea aristotélica de Potencia activa; el Poder es el mismo proceso de cada ser (en rigor: de cada monada) en el cual se actualiza su propia potencia, el proceso en el cual cada ente realiza su esencia, alcanza su propia identidad, llega a ser «lo que era» (en su esencia). «Sé quien eres»». Este es el lema de Píndaro al que Trías se acoge como a fórmula que expresa la naturaleza misma del Poder.
Trías se convierte, de este modo, en un verdadero escolástico. «Todo ser es perfecto» –dice Trías, con asombroso aplomo metafísico «Todo ser es infecto» es decir, inacabado, dirá un pensamiento que niega la inmovilidad de las cosas reales, un pensamiento dialéctico).
¿Y qué es la esencia? No es meramente un género abstracto. Comporta su realización individual, aquello que, en la esfera de la Persona, llamamos «estilo». Las esencias, son así múltiples, casi infinitas. Trías contempla esta infinitud virtual de «esencias potentes» con ojos armonistas, monadológicos. Cada esencia realmente potente verá a las demás esencias como realidades que son amables, puesto que son buenas: De aquí que el Amor sea, para Trías, la verdadera expresión del Poder, porque sólo una esencia potente puede contemplar a la Potencia de las otras esencias sin recelo, solo ella puede desear que las otras esencias cumplan su propio destino: El Amor es así la relación de cada esencia con las otras esencias personales; el Arte es la relación de cada esencia consigo misma, con su mundo. Por ello dice que la individualidad de una esencia es su estilo.
Pero la presencia del ser ante sí mismo es la Angustia (según los resultados de la analítica fenomenología de Heidegger). Ahora bien: la Angustia ya no podrá considerarse como algo que nos pone en presencia de la Nada. La angustia nos revela nuestra esencia y la esencia es poder. Trías concluye: Luego la angustia es la reacción ante nuestro propio poder (Fromm acaso diría: es el miedo a la libertad).
III
Las construcciones de Trías quizá no sean para muchos otra cosa que un pretexto para que se deje oír una antigua exhortación moral: la «condenación» del poder político, del poder temporal, la misma condenación secular que unas veces se formula con palabras epicúreas, otras veces con palabras cristianas –las palabras que oponen la Caridad (el Amor) a la justicia, la Sociedad (en particular: La Iglesia) al Estado.
Nosotros no tenemos por qué tomar aquí posición ante el contenido de estas exhortaciones. Lo que nos interesa en cambio es esta otra cuestión: ¿Por qué apoya Trías sus exhortaciones morales en una ontología metafísica de una ingenuidad crítica tan sobresaliente y, en resumidas cuentas, tan acrítica?
Metafísica : Porque, sin arriesgarse en ningún tipo de «argumento ontológico», regresa a unos axiomas sustancialistas –las esencias, dotadas de potencia interna, que buscan su identidad– que se ponen en línea con la más arcaica tradición escolástica (en especial, el «estilo» de Trías recuerda muy cerca al «estilo» de Zubiri). «Se quien eres» es una máxima vacía porque siempre serás lo que has sido. (Es como cuando un cristiano dice de un acontecimiento, pongamos la conversión de Constantino, que es «providencial»: también sería providencial el acontecimiento opuesto, si se hubiera producido, y por ello, semejante calificación carece de vigor constructivo y sólo puede servir para encubrir construcciones que trabajan en otro plano).
Ingenua, porque los axiomas y desarrollos están presentados in recto, como
si fueran evidentes por sí mismos, como si fuera posible mantenerse al
margen de los conflictos que tales axiomas o construcciones instauran con
terceros axiomas o construcciones o entre sí mismos. Por ejemplo, cuando
habla de la angustia revelante del propio poder, no hace sino construir
unas relaciones enteramente gratuitas (por lo menos hasta que no se
«prueben» de algún modo) –aparte de ser muy poco espinosistas (la angustia
es una tristeza, y la tristeza brota de la impotencia)– que acaso se
agotan en su pura formalidad constructiva, pura parodia de la construcción
«ordo geométrico». Por ejemplo, cuando Trías nos dice que es preciso
vincular los átomos con las Ideas, como si fuese una tarea nueva, ¿a quién
se dirige? No será a los profesores de Filosofía, que han leído
simplemente a Windelband (Y si no se dirige a ellos ¿para qué sugerir como
tareas inauditas temas que son ya lugares comunes entre los
profesionales?). Y otro tanto habría que decir de las solemnes
afirmaciones de Trías en relación con el tema de los Géneros. «Es preciso no pensar en los Géneros como Géneros abstractos». Pero otra vez ¿a quién se dirige Trías? ¿Es que sigue predicando in partibus infidelium, como Ortega algunas veces? Nosotros creemos que este estilo está ya fuera de lugar una vez que existen cientos de profesores que, por obligación profesional, han leído la Lógica de Hegel y tantas otras cosas sobre los Géneros abstractos y concretos. No creo que sea aceptable, ni siquiera retóricamente, presentar como nuevas y sorprendentes cuestiones que tienen ya un planteamiento académico preciso –planteamiento que, sin duda, es desconocido por el gran público. Pero ¿acaso porque el gran público desconozca las leyes de la evolución de las vocales castellanas es legítimo decirle «Ya va siendo hora de suscitar la magna cuestión de las leyes a que está sometida la evolución de las vocales castellanas»?
Acrítica, porque no tiene siquiera previstas las respuestas a las elementales dificultades que los episodios de su construcción van suscitando. A partir de la tesis «Todo ser es bueno», no parece fácil establecer una discriminación moral entre el poder del héroe y el poder del asesino: Ambos serán buenos, y cuanto más perfecto sea el crimen, mejor asesino será quien lo perpetró –decían los escolásticos. Así también, a partir del principio: «El poder es la realización de la esencia», no se ve cómo pueda diferenciarse la dominación y el amor, porque (hasta que Trías no nos lo explique) parece que podría decirse que el «político» realiza en la dominación su propia esencia de dominador. ¿Acaso habría que suponer que Trías quiere decirnos que el poder político brota del desfallecimiento de la propia potencia, de la impotencia de una esencia que busca compensar su debilidad con la posesión de las esencias ajenas? Pero entonces estaríamos ante un puro círculo vicioso –cuyo centro es el sustancialismo de esas esencias individuales– a saber, el círculo que se dibuja cuando se presupone que precisamente hay un desfallecimiento de la propia esencia en el momento de buscar la dominación («puesto que el poder consiste en buscarse a sí mismo»). A partir de la perfección de la esencia, Trías deduce el Arte: ¿por qué no también la Gimnasia o el carbonato cálcico? Acaso ocurría sencillamente que Trías estaba pensando en la «perfección artística de las esencias» o en la «perfección de las esencias de naturaleza artística».
Pero acaso (se me dirá) el género literario que cultiva Trías en este su último libro, no es el género exhortativo, ni tampoco el género expresivo sino simplemente el género estético-constructivo, en el cual interesa únicamente la forma de la «construcción geométrica», aunque esta construcción sea imaginaria. Sí ello fuera así, se comprenderá que esta obra no puede satisfacer más que a aquellos que no están educados en la disciplina de la «construcción geométrica». Un género de «filosofía ficción» dirigido a un público filosóficamente inculto pero al cual no se trata de instruir, sino de mantenerlo en su ignorancia, porque solamente ante ella pueden tomar forma aparente las «construcciones imaginarias», porque solamente ante ella puede cobrar el autor la forma ilusoria de un «demiurgo», de un artesano cuando su realidad es solo la de un poeta.
Por último: la crítica filosófica de Trías al Poder político –al Estado–
podría considerarse alineada, de algún modo, con la crítica que los
llamados «nuevos filósofos» –y, particularmente, Bernard Henri Levy–
dirigen contra el marxismo-leninismo-stalinismo, entendido como caso
superior del platonismo» y el Archipielago Gulag es una continuación
«proletario-fascista» de los campos de concentración nazis: en cierto
modo, se trata de llevar al límite los puntos de vista de Animal Farm de
Orwell, o los de B. Russell, o los de von Mises, o los de Popper). –Sin
embargo, y aunque la dirección crítica sea similar, el sentido de la
crítica de Trías es opuesto al de Levy; o, si se prefiere, el sentido de
la critica al Poder político de Trías es opuesto al de Levy, pero,
precisamente por ser su opuesto, se mantiene en su mismo género de
crítica, en su misma dirección (contraria sunt circa idem). Nos
arriesgamos a poner, como contenido de este mismo género, a la Idea de Todo (en tanto se empareja con la Nada, y no, por ejemplo, con la Parte, o con un Todo diferente). Esta Idea de Todo sería la perspectiva desde la cual, tanto Trías como Levy, proceden al análisis de la Idea del Poder político. Levy vendría a afirmar que el Poder político es todo el Poder –el Poder del Estado totalitario, que no deja ningún hueco para la libertad humana individual, salvo la que pueda corresponder a la lucidez «gnóstica» y desventurada que los «intelectuales» habrán de defender en calidad de testimonio ético. Trías, en cambio, con un ánimo más «olímpico» y optimista, menos desventurado, vendría a enseñar que el Poder político es la Nada del Poder, porque es la Im-potencia. Ahora bien: desde nuestro punto de vista materialista, tendremos que decir que tanto Trías como Levy se mueven en una formulación metafísica de la dialéctica, a saber, la dialéctica del Todo y la Nada, que cultivó a fondo el «existencialismo» («¿Por qué hay ser y no más bien Nada?» –se pregunta también Levy). Una dialéctica no metafísica (que entienda la Idea del Todo como concepto conjugado de la Idea de Parte) opondrá el Poder político a otros poderes, no como se opone el Todo a la Nada (o recíprocamente) sino como se opone el Todo a la Parte (¿Platón?, ¿Hegel?), o como se opone el Todo al Todo (¿Kant?), o bien como se opone la parte (el «Partido») a la parte, es decir, por ejemplo, (¿Marx?) como se opone la clase explotadora (que es una parte de la Sociedad, la que instituye el Estado) a la clase explotada, de suerte que ya no sea posible afirmar que esta clase sea impotente. Hay un Poder burocrático, sin duda– pero también un poder popular variable históricamente. Porque ahora ya excluidas en la relación Todo Nada, que no admite medio, por tanto, historia. Hay un Poder oligárquico, pero también un Poder obrero que lo resiste y lo limita. (Un poder que resulta ser despreciado ingenuamente cuando, como en La barbarie con rostro humano, llega a creerse que sólo los «intelectuales», los herederos desventurados del 68, pueden mantener una lucidez ética).
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{*} Pero aquello que para la «filosofía metafísica» puede ser interpretado como una «fijación» injustificada (la «fijación» en el Poder político, como primer analogado de la Idea de Poder), indicio de un desfallecimiento de la capacidad de abstracción es para la filosofía «dialéctica» el resultado de una actividad ella misma crítica: la crítica a la pseudo abstracción, a la abstracción vacua y escolástica que, elevándose a conceptos indeterminados o «blandos» («el Poder»), prescinde de una determinación (la política) al margen de la cual la Idea de Poder se desvanece y se rompe (como se desvanece y se rompe el concepto de círculo cuando se abstrae uno solo de entre los infinitos puntos que contiene, a saber, el centro).

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Antonio Iglesias Díez



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MensajePublicado: Lun Sep 13, 2004 8:01 am    Título del mensaje: El Estado...español Responder citando

Saludos a todos.

Cualquier individuo de este planeta entiende que alguna forma de Estado debe haber por el que se pueda asegurar sus específicas formas de vida contra los que no las comparten: ni los indios de la más recóndita Amazonas ni ningun individuo chino, checheno, francés o español traen hijos al mundo para "contribuir al aumento y la grandeza de la Humanidad", cosa bastante insensanta si fuera coscientemente.

Y menos un musulman, que considera insufrible que un nacido musulman pueda ser adoptado por un infiel o educado fuera de la ley islámica. (El que éstos no tengan un único estado y un único poder político es porque el Coran sirve de ley común y obligada para todos; El Coran es la Ley y el Estado; que se partan la cara entre ellos en ocasiones son luchas movidas por la ambición de algunos de sus sátrapas y conflictos internos a manera parecida a como se puedan producir conflictos civiles dentro de cualquier Estado homologado y tiempos de crisis y el mundo islámico las tiene y bien gordas)

En el caso de un ciudadano español ¿traerá hijos al mundo para transmitirle su cultura, sus derechos (españoles), su sentido ético o religioso y su visión del mundo, o lo hará para contribuir simplemente a ese gran agregado humano cuyos atributos comunes son exclusivamente biológicos a como lo son en cualquier otra especie animal, modelo al que sólo parece que cuadran muchas de las propuestas encaminadas a mejorar las relaciones humanas de tantos iluminados?

Es curioso que quienes defienden la abolición (más o menos) del Estado exigen que se mantengan y fortalezcan los derechos que aseguran, por una parte, y que cualquier agregadillo pueblerino pueda establecer el suyo propio, por otra. Esto es lo que piensan la mayoría de la gente común que se dice de izquierda.

Porque según esta gente es de fascistas la defensa del Estado y cualquier método que se proponga conservarlo o defenderlo. Es de fascistas la pretensión de conservar aquellas actitudes y logros que hicieron que fuera España, o Europa, lo que son, (aunque no lo es el derecho de los musulmanes en perseverar en su mediavalismo y su fanática e inamovible religión).

José Antonio deslegitimaba las urnas (de su tiempo) porque sabía que por sí mismas nunca habían resuelto en ninguna parte ninguno de los gravísimos problemas por los que puede atravesar una sociedad y un Estado, en aquel momento España (aunque las considerable irrenunciable en una situación de paz y prosperidad). Pero lo sagrado de las urnas, con sus limitaciones inter-estatales parece que siguen siendo la panacea para arreglar los problemas de seis mil millones de seres humanos.

Hoy vemos cómo sólo es el acta notarial que proclama los exigibles derechos de todos al bienestar y la opulencia gratis, como si todo viniera del cielo (por cierto, que contra mas bienestar y opulencia se tiene, mas de izquierdas y solidario se es hoy dia); tambien legitima la satisfacción de todos los deseos y placeres groseros. He aquí lo que es hoy la auténtica libertad política. Otras libertades no existen. La económica sólo la controlan los poderosos; la libertad de saber tampoco existe desde el momento que una ministra-cuota dice qué, cómo y dónde (o sea, nada, jugando y en la escuela pública, respectivamente) tienen que aprender nuestros hijos. Ni tan siquiera existe para los únicos defensores de la humanidad la libertad de convivir; todos los que no tienen su clara visión de la sencilla fórmula que arreglará todos los problemas que tiene planteada la humanidad es casi desposeido de su condición humana: o es un demente o un asesino fascista.

La oligarquía neoliberal es egoista y apátrida. La izquierda ha abandonado sus antiguas exigencias pero se ha quedado con lo peor suyo; tambien sigue siendo apátrida. Así todos hablan de lo mismo. Derechos individuales a tope y exigir a los demás (ellos nunca son responsables de nada) que procuren que todos los humanos del planeta tengan todo lo que ellos valoran en exlusividad: bienestar material hasta la opulencia, satisfacción de todos los deseos personales y corporales, sean vanales o aberrantes, y sobretodo, eliminación de todo tipo de preocupaciones, sean morales o materiales, que para eso se elige a los gobiernos, y derecho mas que a la cultura al ocio. Los antiguos y perenenes interrogantes morales que hicieron a Europa y España como son (o fueron): el hombre, la Patria, la Justicia Social, y las antiguas exigencias como el sacrificio, el esfuerzo personal y colectivo y lo sagrado de la palabra dada, o incluso la unidad política como patrimonio de un pueblo, todo eso se ha esfumado. Y para bien porque eso es fascismo.

Creo que a la vista de la connotación que con tantísimo éxito de propaganda le han dado a la palabra, ya que todo lo que en cualquier situación se considere repudiable resulta que es fascista y por lo tanto lo peor, debemos dar por bueno todo lo que se nos viene encima o ya es una realidad. España ya no existe. España como nación-Estado se configuró, como proyección en la vida toda, en el catolicismo. Por eso los anti-católicos son todos antiespañoles, sean liberales o marxistas. De la misma forma Europa desaparecerá cuando deje de ser cristiana, cosa que se está proponiendo con envidiable empeño.

Hasta otra. Antonio
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Juan A. Rodríguez Molina



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MensajePublicado: Jue Sep 16, 2004 5:53 pm    Título del mensaje: Lectura detenida Responder citando

«Muchos congéneres nuestros no necesitan pensar, aunque filosofen. Sólo necesitan saber el sitio para leer.» (Molina. Floristería)

Nuestro buen amigo el fortachón (no sick) José M.ª Rodríguez Vega nos (me) dice:
«Lea Molina con detenimiento y luego seguimos.»
Como quien dice: «No te metas con los mayores, chavalín.» Parece que todavía estoy en el colegio.

En cierta forma, sigo en el colegio, porque no considero que ya lo sepa todo. La prueba está en que un cristiano-posmodernista con flores en el pelo no estaría en este foro, si así fuera. Mas como los anarquistas —otra de nuestras paradojas— somos muy buenos vasallos —aunque de ningún señor—, leeré con detenimiento, que es para lo que estoy aquí.

Y lo primero que debo decir respecto al texto recomendado es que su autor, me parece, adopta la extendida actitud del espectador de una comedia, no de una tragedia. La vida es más trágica que cómica, por lo que el observador debería parecerse más a los espectadores de la tragedia (unos sujetos que se ven objetos) que a los de la comedia (unos objetos que se creen sujetos). Pero, bueno, dejemos esto, que a lo mejor no es meterse con los mayores, sino querer abusar de ellos; como algunos hacían, con los pequeños, en el colegio. Conste que respeto mucho la obra de G. Bueno y me la estoy tragando, despacio, procurando asimilar lo asimilable, entera y verdadera. No creo que sea un defecto exclusivo de Bueno, sino bastante común desde hace unos cuantos siglos. Es más percibo, con agrado, que la dialéctica de su materialismo filosófico da razón de que lo trágico se observa como si cómico fuera. O sea, como si el espectáculo no fuera con los observadores, como si éstos fueran meros espectadores, o en el colmo de la ilusión, críticos teatrales.

Más de uno pensará que mi arrogancia no tiene límites y, lo que es peor, fundamento alguno. Bien, entonces, ¿para qué voy a seguir? Someto esto al juicio de los atentos lectores que quieran:

¿Es un error, observando el Poder, saberse "podido" sintiéndose poderoso? ¿Es un error basarse en tal conocimiento para traducirlo en la acción política? (¿Es eso lo que hacen los hippies o los consumidores-votantes?)

¡Salud!
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José Mª Rodríguez Vega



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Mensajes: 1429

MensajePublicado: Jue Sep 16, 2004 10:06 pm    Título del mensaje: El Poder. Responder citando

Hola.

Dice Molina:
Cita:
<¿Es un error, observando el Poder, saberse "podido" sintiéndose poderoso? ¿Es un error basarse en tal conocimiento para traducirlo en la acción política? (¿Es eso lo que hacen los hippies o los consumidores-votantes?)>


Pues no lo se ya que no te entiendo. Explícate un poco más sobre esto.

No te he recomendado la lectura de ese artículo de Bueno para dármelas de superior en nada a ti. Simplemente acaso no lo conocías...y hay que partir de ahí -o de otros textos- para poder hablar de algo. Digo yo, ya que nuestra experiencia “práctica” me sospecho que es bastante nula...como la de la mayoría de los que en esto piensan.

Gustavo Bueno no mira las cosas como si el mundo fuese una comedia...tal vez es que “sine ire et studio”, o la distancia del juicio hace parecer eso. No se si te refieres a esto. Sea como fuere, nadie hay más “impopular” que Bueno dentro de los círculos de la ideología dominante...no creo que esa situación suya -común siempre a todos los verdaderamente sabios- sea porque él es un “mero espectador”.

Recordemos que este tema trata sobre la “Razón de Estado”. Atengámonos a esto.

Respecto al “poder”, y por lo que arriba dices, yo me he hecho bastante “conservador”, ya que tal y como van las cosas, parece que la libertad sea aquello que ya le reprochaba Burke:...“que el efecto de la libertad sobre los individuos consiste en que puedan hacer lo que quieran”, lo que les de la gana. Pero esto es falso por completo para todo el mundo, incluso para el llamado poder absoluto del Estado. Como dice el mismo Burke, <la libertad es poder>...pero la libertad es restringida e histórica. A veces, y por mor del Bien Común la libertad (de los derechos civiles) debe ser acotada, regulada, e incluso anulada si las circunstancias así lo exigen (prudencia y virtud hay que meter aquí), a más, que la misma libertad es un derecho positivo concreto restringida por múltiples leyes, &c. El poder no es un “sentimiento”, como dices; el poder es una relación social objetiva, empírica, una correlación de fuerzas, una contraposición determinada:<... como se opone el Todo a la Parte (¿Platón?, ¿Hegel?), o como se opone el Todo al Todo (¿Kant?), o bien como se opone la parte (el «Partido») a la parte, es decir, por ejemplo, (¿Marx?).>(Bueno dixit)
¡Por supuesto que como se opone la parte a la parte!

Pero todo poder particular, por muy “podido” que se sienta, sólo es verdadero poder si cuadra y se obliga dentro de la comunidad a la que llamamos Estado. La única acción política consecuente es la acción dirigida al mantenimiento y fortalecimiento del Bien Público, del Estado, esto es, del Todo dialéctico del cual él, el Estado, es el único posible resultado.
Cualquier acción (de grupos o individuos) dirigida o encaminada a mermar ese poder debería ser extirpada de raíz: en los individuos con las leyes civiles, en los partidos con el resultado a posteriori de sus prólepsis y actuaciones (censura democrática)...y con la dictadura (¡). por Razón de Estado, aunque la dictadura es un resultado mismo de la lucha y la correlación de fuerzas dadas cuando a veces parte del pueblo (o de los déspotas) ha perdido la virtud política. Cuando esto no ocurre y parece que ya la total libertad reina por todas partes, que cada cual hace lo que le da la gana, como dice Burke, entonces lo único que verdaderamente está ocurriendo, no es el santo Adviento del Todo perfecto y el Mundo anárquico de la absoluta libertad, ese jardín sin restricciones, esa oposición kantiana del “Todo al Todo” que se disuelve en nada...sino que lo que ocurre es que estamos siendo dominados y mermados por otros...por otros Estados. La dialéctica interna mal llevada, la lucha de clases, nos puede abocar a la dialéctica externa entre Estados, más allá de la diplomacia, a la guerra o a la dependencia económica y política. El Poder, ciertamente, ha de ser controlado por el pueblo...pero cuando un pueblo o una gran parte de él está por la disolución del poder mismo, lo que merece es ser dominado por otros, por extranjeros. No desaprovecharán una buena oportunidad los enemigos de cualquier Estado cuando lo ven “desvertebrado”, débil por las contraposiciones internas o por la falta de virtud política de sus gobernantes. El poder tuyo, amigo Molina, no tiene ninguna importancia. Es insignificante. Tú no eres el Pueblo.

Adiós.
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Juan A. Rodríguez Molina



Registrado: 16 Feb 2004
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MensajePublicado: Sab Sep 18, 2004 2:15 am    Título del mensaje: Explicaciones Responder citando

Si el anterior mensaje ha cumplido su misión (sugerir), ¿para qué voy a estropearlo con una explicación que pudiera anular la sugerencia? ¿No sería mejor que el propio Vega intentara explicar(se)lo? Sin duda; y lo hace, pero va algo descaminado: es lógico que no pueda saber del todo y con seguridad lo que he querido decir. Lo mismo me pasa a mí con los escritos de los demás. Precisamente por eso discutimos, con más o menos ire. Y tiene también razón cuando piensa que no vendría mal partir de un texto como el de Bueno (que le agradezco porque no tenía), efectivamente, muy apropiado. Vamos a él, pues, para explicar lo que se pueda.

El Bien y la Felicidad parecen importantes al hablar de Poder, desde luego. Y, claro, no hay que llegar a la autarquía del Acto Puro (Aristóteles) ni al sabio feliz (Platón). También es cierto que «el Bien y la Felicidad no giran únicamente en torno al Poder político», pero es éste el que nos interesa. Ni debemos olvidar los tres tipos de "vida" señalados (privada, pública y teorética). Por último, yo, huyo de las "esencias" como de la peste. Por suerte, hay unas líneas que están muy relacionadas con las mías. "Mías", porque las tomo del anarquismo. (Que no tiene, prácticamente, nada que ver con la izquierda que menciona Iglesias).

Cita:
«¿Cómo puedes imaginarte —responde Calicles— que voy a considerar como leyes los acuerdos tomados por un rebaño de esclavos o por gentes de toda laya cuyo mérito es acaso la fuerza física?» Pero con esta pregunta Calicles, el aristócrata, ha firmado para su doctrina la sentencia de muerte —porque ha reconocido que (con el advenimiento de la democracia) la fuerza ha dejado de ser patrimonio de la aristocracia. Y con ello, el aristócrata (viene a decir Sócrates) tendrá que reconocer que el verdadero Poder no consiste en la aplicación de una fuerza arbitraria y caprichosa sino en el sometimiento de esta fuerza a una norma, a una legalidad, a un Bien, que está por encima de la propia aristocracia.


Enfoquemos hacia lo que dice Calicles, uno de los "mejores" y, por eso (se entiende) de los que habían gobernado solos: un aristócrata. Fijémonos en que el único mérito que reconoce al «rebaño de esclavos» es la fuerza. Coincidiendo con Vega en su anterior mensaje, reconozco que esos aristoi no eran sólo fuertes, pues a pesar de unirse, agruparse, no formaron un rebaño. ¿No sería por esto justamente, por no formar rebaños (fuerza con algo más: ¿maña?, ¿razón?), por lo que tenían el Poder? Un Poder que se apoyaba en «leyes»; que ellos mismos interpretaban cuando gobernaban solos (aristocracia), pero que en democracia no controlaban tanto. Píndaro se refería a las ciudades democráticas (curiosamente las mismas en las que surge la filosofía, la Razón) como aquellas en las que «la ley se convierte en rey»; lo dice por algo. La democracia, colegimos, más que de la cracia, depende del demos. Éste puede ser un selecto grupo (los mejores de antes, ahora más bien eupátridas, nobles) o tener que admitir en él a un rebaño de esclavos. La forma de gobierno, básicamente, es la misma que en la aristocracia (Asamblea, Consejo, Magistraturas), cambian, sobre todo (no podemos entrar aquí más a fondo en esto), los elementos que lo forman. Un rebaño de esclavos sin formación, difícilmente tomará acuerdos que puedan servir de ley, pero ¿por qué «rebaño», por qué «esclavos» y por qué sin formación, sólo con «fuerza física»?

Yo creo que aquí tenemos casi todo o, al menos, lo más importante de lo que necesitamos para hablar del Poder y la razón de Estado, sin necesidad de irnos por la ramas o complicarnos la vida con si somos más o menos ontológico-metafísicos o dialécticos; obviamente, preferimos lo segundo, pero a lo mejor pasamos de uno a otro sin darnos cuenta; como les ocurría a Platón y Aristóteles. O al padre Alvarado siglos después.

El padre Alvarado, el Filósofo Rancio, al combatir a los presuntos demócratas que amenazaban España desde Cádiz, justificaba muy razonablemente la utilidad de la jerarquía para la conservación del orden en una de sus Cartas críticas (no me hagáis ir a mirar cuál). Es muy fácil justificar ciertas cosas en nombre de otras cuando se está arriba de esa jerarquía o al margen (como pudiera ser, más bien, el caso de Alvarado, monje dominico); de hecho, suelen ser los que lo justifican (caso de Calicles), el resto, como mucho, lo soporta, con más o menos resignación o justificación. Debe quedar claro que el anarquismo no adopta una visión teorética, sino privada, ahora bien, de lo público; y no es un elemento de los escalones superiores, sino de los inferiores, ahora bien, no le gusta pertenecer a un rebaño ni carece de formación. Se comprenderá, entonces, el problema (teórico y práctico) de los anarquistas con los arquistas, sean mejores o peores, y con la ley, ya que sus congéneres no poseen más mérito que la fuerza. Ellos no quieren aprovecharse de esa fuerza, sin más, para ascender por la escala jerárquica —que es lo que reprochan a otros congéneres con formación y por lo que se llevan tan mal— y tampoco que no haya escala o jerarquía alguna; en esto ya no entran, jamás han dibujado la sociedad resultante de su Revolución Social porque todavía no han encontrado a la sociedad que debe revolucionarse con la formación necesaria para ello, es decir para que no sea el caos ni el sálvese quien pueda, ni el reino de Jauja. Para no dar la razón a Calicles. Para no mantenerse en el Poder, como Calicles, explotando a un rebaño de esclavos, campesinos, obreros o consumidores.

Vamos con la ley. No sólo por lo de Calicles, sino por tener en cuenta la unión actual entre el Poder y la Ley (Estado de Derecho), no puedo estar de acuerdo con una frase de Malatesta que todavía aplauden muchos anarquistas. No olvidemos, sin embargo, que, al no predecir el futuro, es un tema que estaría por verse, caso de producirse y triunfar la Revolución Social. Decía Malatesta (otra referencia que ahora no encuentro; casi seguro es literal), hablando de "estrategia": «No hay medios pacíficos y legales para salir de tal situación, y es natural que así sea, ya que la Ley ha sido hecha por los privilegiados expresamente para defender sus privilegios.» Para empezar, recordemos que eso se expresó hace, al menos, un siglo; es decir, cuando el movimiento obrero y el anarquismo representaban un peligro real para los “privilegiados”. Como esto ahora no ocurre —de seguir siendo un peligro, no es inminente ni mucho menos—, pudiéramos pensar que tal aseveración es más digna de tenerse en cuenta que entonces, pero no nos olvidemos de la explicación que se añade: la Ley no nos sirve porque, precisamente, tiene como finalidad proteger las cosas como están y evitar los cambios. No parece que sea este el concepto de ley que tiene Calicles; pero sí el uso que le daba; aunque, ya, con menos facilidad que sus abuelos.

Está claro que el Derecho es una de las más influyentes aportaciones de la Roma antigua, o sea de los más prácticos gobernantes que han existido. Los romanos fueron los ingenieros de la Antigüedad a todos los niveles, incluido el ideológico. (Y más después de unirse al cristianismo; ambos cambiaron, pero, juntos, ganaron mucho). Pero no es cierto que la finalidad de la Ley fuera proteger a unos privilegiados, sino, más bien, dejar las cosas claras entre ellos; lo cual ha servido para que, indirectamente, también tuvieran alguna defensa los menos privilegiados que iban accediendo a la ciudadanía (demos) frente a la prepotencia de los más fuertes. La Ley (Ley no es igual a Derecho, al que antecede en tres mil años, pero está en la base y los procedimientos de él), en rigor, viene a sustituir a la fuerza; otra cuestión es que la fuerza (bruta o económica) y la maña (fuerza intelectual aplicada a fines o con medios interesados y ocultos) la desvíen del camino de la justicia, que es a lo que, en teoría, tienden las leyes gracias, precisamente, a la evolución del Derecho; que no es más que el desarrollo lógico (muchas veces obstaculizado) de controlar la complejidad a la que el uso de leyes da lugar (idea de justicia, conocimiento específico, etc.).

Dejando al margen el tema de la Justicia —aunque se refiera al Bien—, lo que puede advertirse sin ser un especialista en la historia del Derecho, es que la frase de Malatesta, encierra un resumen en exceso simplista, resultando incompleta y frágil; y sobre cimientos así no se debe construir nada. No obstante, si en potencia la Ley encierra una defensa, la única muchas veces, del individuo o las minorías contra los abusos de otros individuos o la sociedad entera, le ocurre lo que al anarquismo ¡a la inversa!: en ambos su acierto es su problema, pero con una diferencia importante: lo que en uno depende del individuo (anarquismo), en el otro depende de la sociedad; y ésta es rebaño con una facilidad pasmosa. Nunca cambia el Derecho (las leyes) antes que la sociedad en la que se asienta; es más, sólo cuando ha cambiado la sociedad empieza a cambiar el Derecho. Por eso, aunque Malatesta no tenga (toda la) razón, no va desencaminado, pues gracias a ella se puede mantener una desigualdad y una jerarquía, con todas las de la ley, con toda la razón.

¿Se entiende, ahora, por qué el anarquismo defiende contra viento y marea, a pesar de ser socialista (por ello, también, contra el resto de "socialistas") que el elemento básico de la política no es el Estado (Derecho), tal y como ha sido y es, ni cualquier otra forma de organización política, sino el individuo? ¿No entendéis que Individuo y Sociedad deben influirse —porque así lo hacen sin interferencias o cuando no hay enormes diferencias— bidireccionalmente, mutuamente (dialécticamente), en lugar de en un sola dirección, pastoreando (teológicamente). ¿Entiende ahora Vega mi frase citada? ¿Entiende que se equivoca si piensa que me considero «el Pueblo» o que soy insignificante? Lo que no me considero es un borrego en un rebaño, ni un idiota que sólo quiere que le dejen hacer lo que le de la gana. Es decir, que si me uno a otros con esta razón, no seremos un rebaño y tendremos la fuerza necesaria para ser poderosos. Después, ya veremos, pero si olvidáramos la razón que nos ha hecho fuertes, dejaríamos de ser anarquistas y, como para eso hemos tenido muchas "razones" mientras no teníamos poder, y no lo hemos hecho, supongo que seguiríamos luchando contra el nuevo estado. No os quepa la menor duda. Se olvida que al anarquismo se acerca mucho joven, hippy, progre y radical, pero se quedan muy pocos; no es fácil aceptar (en el sentido de tener que hacer, de actuar en consecuencia, no en el de entenderlo) que el sentido del deber es previo al del derecho.

En cierta forma el Estado eutáxico del que algunos habláis aquí, es más ideal que el "Estado" que surgiría de una Revolución Social o de su posibilidad de estallido. Pues vosotros consideráis que el cambio ha de venir de arriba, no tan de arriba como desde el cielo, pero en todo caso de arriba (Estado) hacia abajo (individuo). Algunos no nos hacemos tantas ilusiones. El primero que olvida su deber es el Estado, con Derecho y todo. Su mayor ahínco lo pone en separarse de la Sociedad. ¿No debería ser socialista el Estado? ¿Por qué es liberal? En algún momento de vuestra teoría materialista, saltáis al idealismo. No os habéis dado cuenta de que hace mucho tiempo que el Estado no está en poder de la Sociedad, sino a la inversa; que Calicles no perdió el poder, que sigue teniendo razón, que aprendió la enseñanza platónica. Es curioso que a lo que debe el Estado su posición (a la sociedad) siempre sea objeto de su desconfianza y lo vigile, temeroso de "excesos". (Esto debe ser herencia cristiana, pues la Iglesia siempre ha ejercido más vigilancia sobre la heterodoxia interna que sobre los infieles externos). Un extraño concepto de Bien (y, sobre todo de Felicidad) en el que está muy involucrada su razón: la de Estado. ¿O no es la sociedad actual —como vosotros mismo reconocéis— un rebaño de astrofísicos, médicos, mecánicos, pequeños empresarios... y, todos, grandes consumidores de cuentos chinos y objetos inútiles? Claro que razona el Estado, pero no por nuestro Bien. Si lo hiciera por nuestro Bien, sería libertario, no liberal. Liberal es el concepto de libertad que lleva a hacer a cada uno lo que le dé la gana porque es individualista sin ser socialista, o sea el individuo precede —a la inversa que entre los libertarios— a la sociedad; sigue mirando de arriba hacia abajo, como el AR del que desea desprenderse desde el s. XVIII... por simple interés económico.

Vuestra eutaxia —si no me equivoco— sólo es posible con rebaños o con individuos libertarios, no liberales; es decir con individuos que estudien con materialismo y actúen con idealismo, no con los que mezclan ambas posibilidades interesadamente. Porque ambas posibilidades existen, son reales.

Ya sabía yo que no me iba a explicar.

¡Salud!
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Felipe Giménez Pérez



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MensajePublicado: Sab Sep 18, 2004 10:00 pm    Título del mensaje: Tragedia Responder citando

Estimados contertulios: Un contertulio ha afirmado algo verdadero: La vida es trágica. Hay un sentimiento trágico de la vida. La vida es absurda, por eso si alguien se suicida lo entendemos o no lo entendemos, da igual, está muerto. Si se aplica la eutanasia procesal o clínica, la eugenesia, todo ello puede ser hecho si los hombres, sin la tutela de Dios lo decidimos y punto. Lo que importan son los resultados mostrencos en esta estúpida tragedia en la que comer sardinas puede ser algo maravilloso y no digamos otros placeres carnales. Pero todo eso necesita al Estado, porque sólo en el Estado cobra la vida humana su figura característica y sólo si contamos con un Estado podemos tener ética y moral, podemos ser personas. Los Estados son las unidades políticas que generan las relaciones internacionales, la vida internacional, la lucha a muerte por el reconocimiento. Pregunta ¿Existe algo así como la legitimidad? Respuesta: NO. No tiene sentido hablar de Estados ilegítimos o de regímenes ilegítimos. La legitimidad del 18 de julio de 1936 le viene de la victoria en 1939. Atentamente,
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José Mª Rodríguez Vega



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MensajePublicado: Dom Sep 19, 2004 9:46 am    Título del mensaje: Legitimidad. Responder citando

La legitimidad, Felipe, es -a mi modo de ver- la mera voluntad...la voluntad política. Y desde luego que existe la legitimidad...por ejemplo: es legítimo el secesionismo y el separatismo...pero no son “legales”. La legitimidad es irrecusable.

Evidentemente, todo Estado, por el mero hecho de serlo es legítimo.

En la guerra civil las dos posturas o bandos eran “legítimos”...pero sólo uno de ellos adquirió el status de legalidad (de vigencia) a través de la victoria al hacerse Status. ¿No se dice muchas veces que en la guerra todo es legítimo? Es vano ir contra lo “legítimo”, contra la voluntad (que es un asunto particular de cualquier sujeto operatorio).

Lo legítimo puede ser legal o no...la Ley no es “legítima”...porque hay legitimidades injustas, que no se ajustan a derecho...que están fuera de la Ley. Es muy legítimo que un traidor sea un traidor...¿Quién se lo va a prohibir?

La Ley es siempre justa...aunque puede ser “ilegítima”, por ser, por ejemplo, obsoleta. La propiedad sobre el esclavo es hoy “ilegal e ilegitima”. Y la traición es ilegal pero legítima, ya que puede suceder que el traidor de ahora se convierta mañana en un héroe de una u otra legalidad, con lo que sus actos pasarían a ser justos en un otro Orden.

A veces la Razón de Estado puede no cumplir la “Ley”...pero a veces , y según la prudencia, es necesario usar esa Razón...y eso es “legítimo”.

Es legítimo que un inmigrante tenga tal vez papeles...pero aún no los tiene, es un “ilegal”.

En cierta forma, lo que verdaderamente no existe es lo “ilegitimo”...pues que ha de ser siempre superado por la legalidad o por la ilegalidad. Adiós.
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Felipe Giménez Pérez



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MensajePublicado: Dom Sep 19, 2004 3:25 pm    Título del mensaje: Razones Responder citando

Estimados contertulios: Hace muchos meses me atreví a afirmar algo tan obvio como que la razón política, los arcana imperii exigían, llegado el caso el vulnerar las normas éticas, morales y jurídicas para salvar al Estado, para garantizar la eutaxia política. Eso levantó un escándalo entre los pacatos materialistas católicos que me recordaban al Padre Rivadeneya. Luego, curiosamente en julio en Santo Domingo de la Calzada tuvieron que recular cuando David Alvargonzález sostuvo algo parecido a lo que yo sostuve. En fin, estos sujetos están demasiado adheridos a algunos ideologemas del MF y no saben pensar por su cuenta y riesgo. Resulta ciertamente duro tener que admitir que la razón de Estado es algo grande, importante, demasiado grande para un moralista o un eticista o un creyente en la doctrina del Estado de Derecho. ¿Habrá alguno aún que crea que existen los derechos humanos?¿Puede el Estado matar? Pues claro que puede y de hecho lo hace. ¿Puede el individuo matar? Sólo si se lo ordena el Estado y si está en estado de necesidad. ¿Puede el individuo suicidarse? Siempre y cuando sólo sean unos pocos, no pasa nada, son cifras despreciables. Atentamente,
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Felipe Giménez Pérez



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MensajePublicado: Dom Sep 19, 2004 6:39 pm    Título del mensaje: Realismo político Responder citando

Estimados contertulios: David Alvargonzález dijo que el materialismo político es realismo político y que el materialismo político como realismo político que es implica la subordinación de la ética y de la moral a la razón de Estado, al Estado, a la política, simplemente eso y eso es lo que yo vengo sosteniendo aquí desde hace meses. Rodríguez Pardo lo ve esto desde la subjetividad del gobernante. Es evidente que el gobernante puede equivocarse porque es M2, es subjetivo, pero la técnica política del poder, la razón de Estado es el arte político que orienta al Estado, al gobernante a realizar lo que sea más conveniente para el Estado. El ataque a Irak era necesario para los intereses de los EE.UU. Si Bush no se hubiera dado cuenta de eso, hubiera sido un mal político. Los gobernantes de España del PSOE son unos botarates porque no aplican la razón de Estado más que para sus intereses subjetivos y de partido y no al servicio de España. Maquiavelo analizó la conducta política y acertó. A partir de él se tematizó a finales del siglo XVI el asunto de la razón de Estado. Hoy también hay razón de Estado. Atentamente,
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Juan A. Rodríguez Molina



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MensajePublicado: Mar Sep 21, 2004 4:34 pm    Título del mensaje: Maquiavelo y el príncipe Responder citando

Lo que ocurre con la intervención de R. Pardo más bien, creo yo, es que no ha completado la contextualización histórica de Maquiavelo y su famoso opúsculo. Y es importante completarla porque, como señala Giménez, es el "padre" de la razón de Estado, pero —hay que añadir— no el de la Teoría Política. Aunque a partir de él pueda haber una ciencia política autónoma, él no se ocupa de la teoría, sino de la práctica. También lo dice Giménez: «la razón de Estado es el arte político [subrayo] que orienta al Estado, al gobernante…». El florentino se ocupa de la forma y mecanismo del poder, no de su justificación; y lo advierte en el capítulo XV: «me ha parecido mejor buscar la verdadera realidad de las cosas y no la simple imaginación». Sobre esto no se puede discutir mucho. Pero hay más.

De esa práctica o arte habla por estudio (no es su única obra), pero también por experiencia; participó en la política de Florencia y nunca se le fueron las ganas de seguir haciéndolo. Pero, ¡qué casualidad!, cuando escribe su obra más famosa se halla en un retiro forzado tras haber sido depuesto, multado, encarcelado y hasta torturado acusado de conspiración (anti-Médici). Es una opinión personal, pero parece que, en lugar de ceñirse a dar consejos a Lorenzo de Médicis, se está vengando de tal arte, mostrando a todo el mundo cómo funciona; descorriendo el telón, no del escenario, sino el de lo que hay entre bambalinas. También puede que haga ambas cosas, para que vean que sabe "lo que hay que hacer"; insisto en que siempre anheló cargos en el gobierno. O sea que a lo mejor está acertado R. Pardo cuando considera al maquiavelismo más un «voluntarismo idealista» que un «realismo político». Aunque maquiavelismo y Maquiavelo no son lo mismo, claro está. Ahora bien, es un dato interesante el que interrumpa la redacción de una obra, según dicen, de marcado republicanismo (Discursos sobre la primera década de Tito Livio) para escribir sobre el monarca, en sentido etimológico.


De todas formas, no es el autor lo más interesante aquí, sino su obra; entre otras cosas porque en la cabeza del autor no podemos meternos y sí en sus productos escritos. Precisamente por esto, hay que tener en cuenta dónde y cuándo escribe: en una ciudad-estado del principios del s. XVI en Italia. Florencia, 1513 (si bien no se publicó hasta 1532, cinco años después de muerto; al Index ue en 1559). Tampoco podemos meternos en todos los puntos que deberíamos tratar (virtud, fortuna, necesidad, soberanía...) y no olvidemos que ha hecho correr ríos de tinta.

Conviene citar unas líneas de la carta que dirige a F. Vettori: «He compuesto un opúsculo De Principatibus, en el que profundizo lo mejor que puedo en el problema que planeta tal tema: qué es la soberanía, cuántos tipos hay, cómo se adquiere, cómo se guarda, cómo se pierde. (...). Debería sobre todo ser un negocio para un príncipe nuevo.» [F. Chatelet y G. Mairet (eds.) Historia de las ideologías, Madrid: Akal, 1989 (1ª ed. 1978), p. 408]

(Un inciso. Siento una especial predilección por este librito, como simple placer de lectura, por su buen juicio y suelto razonar; esa cálida —aunque muchas veces brutal— argumentación tras el gélido análisis, es de una nitidez pocas veces conseguida. Yo no recuerdo ninguna otra obra —salvo, quizá, Balmes cuando no intenta escribir, sino explicar algo— en la que la inteligencia se pasee, sin adorno alguno, con tanta naturalidad y elegancia.)

La enseñanza mostrada es que los que dominan no tienen en cuenta zarandajas morales, si se quiere dominar hay que actuar sin ellas. El fin justifica los medios. ¿Qué fin? Resulta que aparece un círculo, vicioso para unos, virtuoso para otros: la filosofía de la razón de Estado que se le atribuye justifica los medios porque es necesaria para que siga habiendo Estado. ¡Jódete y baila! Me parece que esto no es de Maquiavelo, sino del maquiavelismo; o incluso del anti-maquiavelo. Una cosa que siempre me ha llamado la atención es, no tanto su inclusión en el Index (es proverbial la hipocresía vaticana), sino que la emprendieran con el autor en lugar de con los príncipes. No digo que nuestro hombre no sostenga tal tesis —aunque lo suyo sea más la observación del naturalista que la especulación del teórico— sino que no se tiene en cuenta de qué Estado habla Maquiavelo; yo lo veo más cercano al "bien común" que a Leviatán. El fin que todo lo justifica no es el del príncipe ni el de un ente abstracto, monstruo de alienación. Cuando supedita la moral de tal forma tiene en cuenta una comunidad mucho más sencilla de lo que se ha dado a entender, más cercana a las medievales –si no a las polei griegas— que a los Estados modernos y contemporáneos; o sea, a las repúblicas en que florece el humanismo. Ciertamente en El príncipe, Maquiavelo se muestra más renacentista que humanista y nos habla de un príncipe soberano (y nuevo), pero su concepto de la soberanía es el de Marsilio de Padua, no el de Bodin, que está a un paso de Leviatán. El fin que justifica la sarta de barbaridades que menciona y aconseja (que, por otra parte, no son las únicas habidas ni las inventa él) es el de mejorar la vida en común, por lo que la moral ha de subordinarse a ello y no al revés. (Comparemos con la tesis marxista al respecto). ¿Que eso no es moral? ¡No será ética!, pero es moral, sin duda.

Una cosa que le agradezco al MF es su clara distinción entre moral y ética que yo, confieso, nunca había visto clara. Si no la he entendido mal, a Maquiavelo se le debe ver supeditando la ética a la moral; no una moral de súbdito a otra de poderoso, pues —y esto se lo debo a S. Giner— el príncipe también ha de supeditar su "moral", corrijamos, su ética, a esa otra común, o sea, a la moral. De hecho, le advierte tenga cuidado con las pasiones, incluidas las suyas.

Es curioso que Horkheimer, aunque muy crítico, muy influido por el marxismo, le achaque como erróneo el que parta (Maquiavelo) de un concepto de los individuos aislados (además de creer que la naturaleza humana no cambia, &c) y, por otro lado, que la Iglesia, tan buena gobernanta, se haya mostrado tan dura con el florentino. Ese distingo, explica críticas tan dispares. Puede que se equivoque respecto a la naturaleza humana y no tenga en cuenta a la extrahumana (al resto de naturaleza), pero lo que no hace, acertadamente, es elevar de categoría al hombre; no lo diviniza en absoluto, antes al contrario, dado que le sabe lleno de zarandajas éticas y morales, prefiere que se guarden, que no se usen. Por el bien común, que es el monarca que debe regirnos. Son los príncipes, los gobernantes, los que menos deben olvidar esto; si quieren mantener(se en) el poder.

El hombre no puede desligarse del resto de organismos biológicos aduciendo una supuesta moralidad (y eticidad, sobre todo) que nunca actúa sino de segunda intención, cuando el "mal" está hecho, y que no sirve tampoco para evitar su desarrollo posterior o que se repita permanentemente. Sólo sirve para lamentarse o alegrarse (menos) comparando la «realidad de las cosas» con su «simple imaginación». Esto suena duro y no parece corresponderse con la naturaleza histórica (en sentido orteguiano, no científico) del hombre, llena de zarandajas éticas y morales, pero este anarquista (rancio) que se enrolla comentando, lo suscribe totalmente porque no es un hipócrita consigo mismo. Y dejaría de ser anarquista si el Estado se preocupara, verdaderamente, por el bien común. Cosa que pudiera ser el deseo (voluntarismo idealista) de Maquiavelo, pero que no ha visto jamás, pues nunca ha visto un Estado razonable, a la medida del hombre. Sobre todo, desde el Renacimiento. Otra cuestión es —¡la cuestión es!— si el fin justifica los medios; resulta difícil compaginar esa brutalidad con el bien de todos, como si lo común no fuera de todos. Y es que no queda claro quién (¿todos?) determina el "bien".

En algo sí tenía razón Horkheimer: las cosas cambian. Quizá Bush y Francisco I deban emplear el mismo método gobernante, pero no pueden aplicarlo al mismo objeto ni poseen las mismas técnicas auxiliares. Si Hobbes ya veía el Estado como Leviatán, imaginémos cómo lo vería hoy, con la poderosísima ayuda de la ténica y el circular maquiavelismo anti-maquiavelino que hemos detectado; o sea, lo que posibilita que muchos sigan viendo la razón de Estado como cuando el Estado pudiera haber sido razonable. Es decir, cuando empezaron a hablar de soberanía sin tener en cuenta lo que dijera el Papa; cuando el origen del poder ya sabían que no estaba en Dios.

A Maquiavelo se le han lanzado muchos calificativos, pero el que menos le corresponde es, sin duda, el de «ambiguo». ¿Cuándo ha hablado algún otro a lo largo de la historia con su claridad? Seamos serios. Ocurre que cuando hablamos de ambigüedad no sabemos si creérnoslo. Pues bien, no se puede reflexionar y creer a la vez; y Maquiavelo lo impide constantemente, pues nos invita a no ser ambiguos si lo que queremos es controlar. Gracias, aunque haya sido "sin querer".

(Hay un punto que sí me resulta ambiguo; la exhortación final a la unidad de Italia no sé si pretende una reunión, circunstancial, de repúblicas independientes —lo que eran— con la finalidad de echar a los extranjeros o una unidad "nacional" como la que tendría lugar en el s. XIX. Me inclino por lo primero, pero no es el momento ni el lugar y me he extendido mucho ya)

¡Salud!
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Antonio Romero Ysern



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MensajePublicado: Mar Sep 21, 2004 9:34 pm    Título del mensaje: PSOE y eutaxia Responder citando

Estimados amigos:


Rodríguez Pardo escribió:
El PSOE ha conquistado el poder en un golpe de suerte, y no se ve que sean necesarias más represalias contra nadie. ¿Por qué no va a durar muchos años? Sabiendo además que es posible se le sumen los votos de la Izquierda Hundida, su eutaxia va a durar muchos años. ¿Acaso el PSOE no duró 14 y robó y dejó déficit y pactó con los nacionalistas, sin que nuestro nivel de vida sufriera dramáticamente? No veo motivos, desde el maquiavelismo que dice que el fin justifica los medios, para decir que el PSOE no busca la eutaxia de España. Decir que el PSOE no busca la eutaxia tiene más la forma de un lamento que de una argumentación seria.



Me resulta extraño hablar de eutaxia referido a un partido político. Creo que la idea de eutaxia se sitúa en un plano político, mientras que los empeños del PSOE para mantenerse como grupo se situarían más bien en un plano moral.

Por otro lado, parece claro que lo que es bueno para la persistencia del PSOE, puede no ser conveniente para la eutaxia de España. Por ejemplo, porque con tal de llegar y mantenerse en el poder, el PSOE más bien beneficie a terceras potencias como Francia y Alemania (la Europa sublime) o a Marruecos. Otro ejemplo, es la idea de legalizar inmigrantes con fines de clientelismo político, aunque sea al precio de atraer más inmigrantes ilegales, hasta unos límites intolerables para España. Sin embargo, Rodríguez Pardo parece saltar de la "eutaxia" del PSOE a la eutaxia de España.

Además, hablar de que el PSOE busca o deja de buscar la eutaxia de España, parece dejarnos en los finis operantis, olvidándonos de los finis operis. Dicho de otra forma, poco importa lo que el PSOE busque, sino lo que ha hecho. A mi juicio, lo que ha hecho, entre otras cosas, es desmantelar buena parte del tejido industrial español, destruir la enseñanza publica, sumir algunas regiones de España como Andalucia en un regimen caciquil, situarnos en unos niveles de corrupción propios de algunos paises africanos, dejar el estado con unos niveles de endeudamiento y paro insoportables, etc...

Desde luego, que nuestro nivel de vida no sufriera dramáticamente es un índice de que el barco no estaba hundiéndose, pero quizás no sea el único indicador a tener en cuenta. Sobre todo, porque habría que ver más a largo plazo las consecuencias que hubiera tenido sumar ocho años más consecutivos a los anteriores catorce del PSOE.


Es posible que en su empeño de mostrar la tosquedad del maquiavelismo, Rodríguez Pardo haya exagerado algo las consecuencias de esa filosofía política hasta el punto de llegar a las extrañas afirmaciones que cito y que no están a la altura de las intervenciones a las que nos tiene acostumbrados. O tal vez es que no he entendido bien, en cuyo caso le rogaría que se explicase mejor.


Un saludo.
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Antonio Romero Ysern



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MensajePublicado: Mar Sep 21, 2004 10:18 pm    Título del mensaje: Aclarado Responder citando

Estimados amigos:


Aclarado el anterior mensaje de Rodríguez Pardo, cuya clave posiblemente estuviese en su fuerte carácter apagógico contra las contradicciones del maquiavelismo felipista.

Un saludo.
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