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La pasión de Cristo

 
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José Mª Rodríguez Vega



Registrado: 11 Oct 2003
Mensajes: 1429

MensajePublicado: Dom Mar 28, 2004 1:04 pm    Título del mensaje: El Cristo de Velázquez. Responder citando

Hola.


<¡Sangre! ¡Sangre! Por Ti, Cristo, es la sangre
vino en que ante la sed fiera del alma
se estruja el universo. Los racimos
de estrellas temblorosas que colgando
de la celeste bóveda -la parra
que del eterno sol a nuestra tierra
guarda que no la escalde-, esos racimos
de estrellas, ¿qué destilan sino sangre?
¿Qué es su luz sino sangre que se enciende
con el amor?...>

(Miguel de Unamuno. El Cristo de Velázquez)

---------

La realidad, la que es y la que fue, no es nunca religión, aunque la religión sea muy real. La religión es ante todo...una estética, un fetichismo (sobre esto del fetichismo: Gustavo Bueno. Cuestiones cuodlibetales sobre Dios y la religión. Págs. 260 y ss.) O sin estética ni fetiche la cosa dejaría acaso de ser religión...por la suya ausencia de hipostatización.

<Lo que aquí reviste, a los ojos de los hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre objetos materiales, no es más que una relación social concreta establecida entre los mismos hombres.>(K. Marx, citado por Bueno en la pág. 263)

Todo esto viene muy a cuento para enjuiciar gratuitamente -pues aún no la hemos aquí visto-, la <Pasión de Cristo> de Gibson. Y es que acaso esta película sea ante todo un intento de <documentalizar> aquello que nos dijeron que ocurrió con el Cristo, con un supuesto Cristo “histórico”. Un supuesto documento más que un relato religioso, una -tal vez- obra de arte contemporáneo que lo es ya por no ser religión o por ser parte del luteranismo seco que ni de estética necesita...

Tanta sangre acaso sea una actualización o preparación para adecuarnos a unas “relaciones concretas establecidas -ya, ahora y siempre- entre los mismos hombres”, una forma más de habituarnos a la sangre actual...ajena, claro. La sangre de las guerras reales y televisivas, la sangre del Tren de la muerte, del terror, la sangre que clarividentemente vemos a lo lejos en nuestras cercanas cavernas de nuestras casas, en la televisión, cómodamente sentados &c. Pero el arte es arte porque entre otras cosas sabe suavizar la sangre, sabe hacer de ella un objeto estético, esto es, bello: <... Los racimos de estrellas temblorosas que colgando de la celeste bóveda> de Unamuno, por ejemplo, serian una muestra <católica> de la estetificación de la sangre, una escenificación de la muerte y del horror que de otra manera aparecerían como <documento> más o menos “fidedigno”, más o menos “crudo” o “cruel”.

No hay en el arte <católico> sino belleza en la sangre de nuestros Cristos...Incluso la escenificación de la Semana Santa, en su sanguinolento aparecer <procesual> está embellecida por mediaciones de suavidad...flores, música, saetas, &c (como lo está en la fiesta taurina). La sangre es justamente la necesaria, sangre escasa para bastar esa escenificación siempre artística, fetichista, pero siempre dentro del eje circular, humano...En Longares, un pueblecito de la provincia de Zaragoza y cerca de Cariñena -al lado del gran Alfamén- hay un Ecce Homo de Alonso Cano, que recomiendo mucho ver a todo aquél que por allí se pase. Este Cristo yaciente, partido a la altura de los pectorales, es de un gran realismo como corresponde a toda la buena imaginería española, pero su sangre ni asusta ni se sale fuera de la necesidad que requiere su estética trágica. Es justamente la necesaria. No más. El Cristo de Alonso Cano es de una belleza muy grande y les recomiendo que no dejen de verlo si pueden.
Ni en el Goya de la Carga de los mamelucos o los Fusilamientos de la Moncloa la sangre es “real” o “documental”. La pincelada la ha embellecido suavizando su horror. El catolicismo es compasivo, ritual, no es racional (ver sobre esto de la “racionalidad” a Bueno: Op. cit. pág. 269)
Las coaguladas gotas de la sangre del Cristo de Longares no es una representación “realista”, sino idílica, un fetiche estético guardado en una hornacina para levantar la piedad (de antaño). Tampoco nunca Shakespeare se regodea (Julio Cesar) en una exacerbación realista de la sangre en la muerte de sus héroes.
Dudo mucho que esta <Pasión de Cristo> de Gibson sea compasiva. Me inclino a imaginarme y anticipar que es un relato hipotético racionalista, no ya sobre “la pasión” de Cristo, sino sobre la tortura, esto es, un relato luterano acogido a un realismo del cual ya vimos pruebas en Braveheard cuando al héroe allí le sacan las tripas. Si así fuera la cosa, su sangre será una sangre cruel, innecesaria, estéticamente innecesaria, y por tanto no estaríamos ante una obra de arte para educarnos a la vida bella, sino más bien ante un relato-documento para adecuarnos a la sangre actual, del horror actual sin ritual muchísimo mejor “representada” como verdadera y real sangre en el Tren de la Muerte del 11 M de Madrid a través de su inmediatez misma o a través de la mediación de la clarividencia televisiva. Cierto que toda película es un relato falso, que la película no es ni puede ser la realidad misma que está ahí fuera de la sala de proyección, en la calle..., y que el arte ha de hablarnos empero siempre de esa realidad de una manera u otra (aparte ahora la fantasía)..., pero cuando el relato se asemeja en su apariencia a la “cruda realidad”...entonces nos basta esta realidad o su <documental> y nos sobra el arte.

Todo esto son conjeturas ya que, claro es, aún no hemos visto la película. Me gustaría ser desengañado por ella y no tropezarme una vez más con un alumno del fraudulento Gerión, aquél al cual el Dante metió por sus trampas en el Séptimo Circulo de su inolvidable Infierno. Adiós.
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Bruno Cicero Poo



Registrado: 10 Oct 2003
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MensajePublicado: Vie Abr 02, 2004 10:50 am    Título del mensaje: Responder citando

Hola a todos:

Ángel Fernández-Santos en su crítica sobre La pasión de Cristo estrenada hoy en los cines de toda España, parece seguir, en ciertos puntos, la linea que Rodríguez Vega mantenia en su mensaje. Por eso transcribo dicha crítica publicada a fecha de hoy en el diario El pais:

Cita:
Representar, como en La Pasión, con la lupa de una voraz lente macro o equivalente, relatar como allí se hace, con despiadada progresión hacia la minuciosidad -paso a paso, en un insoportable crescendo de desastres fisiológicos que van de la angustiosa premonición del Huerto de los Olivos al espasmo del Gólgota, pasando por la feroz chanza de la coronación de espinas y la atrocidad de la flagelación en la columna- una tortura como la de Cristo, mediante claves cinematográficas genéricas y, en concreto del género llamado de terror, tiene, en un territorio de tan frágil espiritualidad, el sello de la trivialización, es decir: de busqueda profana -y por ello profanadora- del, en su sentido más rastrero, choque emocional de imágenes: la visión de lo brutal en su estadio más embrutecedor.
Invade el meollo formal de La pasión el comercialmente infalible recurso al vuelco del susto; el rentable empleo cinemátografico del gusto y el regusto por la morbosidad; la tautología del quebranto fisiológico que despide la degradante -lo que en la jerga del cine de terror fisiológico (o de visceras o gore) llaman filme snuff- representación del dolor por el dolor, es decir la imagen del padecimiento no trascendida, sin canalizarse la bestial mecánica del sufrimiento hacia filtros poéticos ennoblecedores, sublimadores, liberadores de la visión pasiva del zarpazo de lo inaguantable. De ahí que, en el basamento y la metodología de filmación de esta deleznable película, intervenga activamente un viraje blasfemo de quel rasgo profanador. Porque estamos metidos en algo cuya sustancia (pasión convertida en redención) rechaza cualquier intromisión de lo profano.
El australiano Mel Gibson es -además de un católico ferviente y de un actor limitado y de dudoso talento- un director de cine avezado, preparado, solvente, bien pertrechado de recursos básicos de su oficio. Si otras veces - en Braveheart y El hombre sin rostro- ha puesto de manifiesto que es dueño de este equipaje ahora sigue en ello, pues La pasión tiene construcciones, usos, rizos y angulaciones profesionales sólidas, propias de quien sabe lo que filma y cómo hay que filmarlo para extraer de ello el mayor estrujamiento posible de las leyes de la eficacia de captura de masas y por consiguiente de rentabilidad. Gibson convierte al que juzga su Dios en un pelele de filme de terror de los de alto y refinado negocio. Y no parece que haya intervenido decisivamente en esta conquista la rueda de la fortuna, sino más bien una rectilínea regla de cálculo para medir las emociones que se cuecen en las turbias trastiendas de su película.
La pasión construye con técnicas y lógica documentales que alcanzan de manera convincente a los ojos del espectador la impresión -falsa y falsaria impresión: estamos en la ficción pura de un relato histórico y un poema ritualizado- de total verosimilitud física y fisiológica, de visceralidad. El monumento de espiritualidad que es la pasión de Cristo queda así atrapado en las leyes del verismo fotográfico de una tortura sólo calmada por el ese espejo del espectador que es la madre del torturado contemplando aterrada a su hijo. Y hasta el espectador más ajeno al suceso es conmovido por la presencia de este rostro, que Gibson aprovecha con astucia, para dar al contemplador, tras la rastrera agresión del documento fingido sobre la tortura de un animal humano, un foco de consuelo, de lágrima.


Un saludo.

Bruno
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José Mª Rodríguez Vega



Registrado: 11 Oct 2003
Mensajes: 1429

MensajePublicado: Sab Abr 03, 2004 11:33 am    Título del mensaje: Cristo despellejado. Responder citando

Hola.

<El que sabe mejor padecer, tendrá mayor paz. Éste es el vencedor de sí mismo y señor del mundo, amigo de Cristo y heredero del cielo.>(Tomás de Kempis. Imitación de Cristo. Cap.V)

<Todo cristiano ha tenido su mesías terrenal.>( Sören Kierkegaard. Diario intimo.)


---------

Al ir al cine a ver una película sobre Cristo, es muy normal que a uno le ocurra algún milagro: Taquillera novata y una cola de mil diablos y en la cual un monicaco de la Iglesia Evangelista reparte folletos de su endiablada secta..., se retrasa la proyección de la película para permitir vender las entradas...cuando llego a la taquilla, va y se estropea la impresora de las entradas y la cosa se paraliza. Le pido al portero que me cobre y me dejen pasar sin el papelito...<hombre, eso no puedo hacerlo>, me dice..., y yo le respondo que me deje pasar gratis, ya que he sufrido más que Cristo en semejante cola..., <hombre, eso tampoco puedo hacerlo> me replica..., y yo le contesto:<Don Pedro (por Don Pedro Balañá, el propietario) no se va ni a enterar...> Entonces se lo piensa unos segundos y me susurra: <“pase, pase, ya hablaremos a la salida”>. Total, que me he ahorrado mil pesetas ya que el hombre debió suponer que yo conocía a “Don Pedro”.

Lo dicho por Ángel Fernández-Santos en el mensaje anterior de Bruno, me parece muy acertado:

Cita:
<La pasión tiene construcciones, usos, rizos y angulaciones profesionales sólidas, propias de quien sabe lo que filma y cómo hay que filmarlo para extraer de ello el mayor estrujamiento posible de las leyes de la eficacia de captura de masas y por consiguiente de rentabilidad.
Gibson convierte al que juzga su Dios en un pelele de filme de terror de los de alto y refinado negocio. Y no parece que haya intervenido decisivamente en esta conquista la rueda de la fortuna, sino más bien una rectilínea regla de cálculo para medir las emociones que se cuecen en las turbias trastiendas de su película.>


Y yo me reafirmo en lo ya dicho en mi último mensaje.

Mel Gibson es un impío, esto es, es un ateo se crea lo que se crea (emic), y lo es por la falta de piedad con que trata la figura piadosa de Cristo. Compárese este rostro tumefacto del Cristo de Gibson con cualquier rostro de los Cristos de los clásicos españoles, Berruguete, Alonso Cano, &c. Su película es sólo una escenificación de un despellejamiento innecesario. El fin del despellejamiento de ese remedo de Cristo en la columna es el despellejamiento mismo. Afirmo que todo aquél que goce (sufriendo) viendo este film es un ateo, o sea, un hereje luterano. No es un film “católico”..., es un film “mahometano”, esto es: bárbaro, de “New York”. Este despellejamiento es similar al descuartizamiento reciente de los norteaméricanos muertos en Irak...Su pellejo es arrastrado por el Calvario y el detalle de y sobre la tortura (que no martirio) es elevado a la sacrosanta altura del Gólgota de los anaqueles del mercado pletórico. Allí, en ese mercado golgotiano será consumido por el mismo y egregio pueblo democrático (y fundamentalista) que consumió la sangre del Tren de la Muerte al dar su consecuente voto el 14 M. La verdadera religión es el consumo. Su fruto es la democracia. Esta democracia donde las turbas deciden qué es el Cristo. ¡Crucificadlo! ¡Crucificadlo! ¡ETA, matalos! La misma pulsión de muerte de la que nos habla Gabriel Albiac. Orwell -1984- en definitiva.
Gibson es muy astuto. Ha sabido teñir la sangre del Cristo suyo de un color amarronado. Eso (tal vez lo único) hace que lo “fidedigno” del horror no se salga del cine para acabar en una mera fotografía que haría de la película un simple documental a “posteriori”, y eso, claro es, suponiendo que todo lo “histórico” de este Cristo y de cualquier otro no sea un invento del genio romano de San Pablo y un miembro del partido zelote como otro cualquiera, como la historiografía moderna afirma.

Me estoy preguntando qué hubieran pensado, de haber podido ver esta película, hombres de la talla de un Kierkegaard y un Unamuno.

Voy a buscar unas citas...

<Engañarse a sí mismo en el amor es lo más terrible de todo, es una pérdida eterna, una pérdida de la que no se compensa uno ni en el tiempo ni en la eternidad.> (Sören Kierkegaard. Las Obras del Amor. Ed. Guadarrama 1965. Vol. II, pág. 46)
Es evidente que los tiempos actuales son muy propicios para que uno, en su ser bobalicón, se engañe a sí mismo y crea que sufrir es ver sufrir a otros. El sufrimiento es también ya una mercacía como otra cualquiera puesta en los anaqueles del mercado pletórico: <...y el alto sentido ideal, que se refugia en el cosmopolitismo más o menos vago del libre cambio> (Unamuno. La dignidad Humana. Austral. pág. 23). El sufrimiento como mercancía tiene la forma de la sangre, la sangre es la mercancía formada que se consume a través de la clarividencia televisiva o de la “proyección” en la pantalla. Ese es el único “alto sentido ideal” del progre cosmopolita y compulsivo consumidor “popular” inmerso en el libre cambio.
Un buen cristiano católico actual ha de ser por fuerza un católico ateo como el San Manuel Bueno Mártir de Unamuno. Si es otra cosa es sólo un tonto luteranizado ansioso por el consumo...y la sangre se consume hoy más que nunca porque se consume como “producto” de masas, como terrorismo para las masas: <“Gibson convierte a su Cristo en...un pelele de filme de terror de los de alto y refinado negocio.”>, dice Ángel Fernández-Santos. En resolución, sólo podemos consumir la oferta que los capaces nos colocan en los anaqueles del mercado pletórico y como buenos católicos ya ateos sólo debemos, acaso, sino rezar, si cuando menos pensar en ese Cristo como un triste“producto”:[b]<“...y reza también por nuestro Señor Jesucristo...”.>, se decía el gran Unamuno viendo ya la imposibilidad del cristianismo católico (en San Manuel Bueno Martir. Austral. pág. 50). Cristo es un triste producto del mercado pletórico cosmopolita, del libre cambio. Cristo es ya un Cristo de todos, plenamente democrátizado, consumido...Pero no consumido como la “comunión” de antaño, como Eucaristía, sino como simple mercancía de sanguinolento cambio hogaño. Ni el arte ni el Cristo son posibles ya en esta sociedad democrática de mercado pletórico. La única religión es el consumo y el único arte es el engaño del marketing. ¡Eloí, Eloí...lamma sabactani?! La Iglesia está muerta y el moro cerca.

Los Tres Ejes perfectos. Perfecta la sangre y perfecto el Cristo de Gibson colocado en el socavón del Gólgota, en el socavón del anaquel del mercado pletórico. El mejor regocijo de las masas es que estas no sólo sufren, sino que además lloran. Lloran junto con María y María de Magdala, pobrecitas. Llanto de fariseos (que era a los fariseos a los que apoyaba el pueblo judío según nos cuenta Flavio Josefo en sus Antiguedades de los Judíos). Ahora también son fariseos aquellos a los que el pueblo apoya: la sangre del Tren de la Muerte que nos mete en el socavón del Gólgota de la democracia. España sacrificada. Eso han votado todos los fariseos que lloran la pseudosangre vista a distancia, vista a través de la telepantalla que ha todos indiferentemente nos iguala. La sangre del Cristo de Gibson, como la sangre del 11 M, esa sangre que el pueblo llora..., es una soberana mentira. La única verdad es cuando la sangre es propia...pero entonces siempre es tarde y sólo vemos la caída del Templo cuando las paredes se nos vienen encima. ¡Perdónalos porque no saben lo que se hacen! Yo jamás perdonaré al pueblo español, jamás perdonaré a esa parte de diez millones del pueblo sacrosanto español su fariseismo y cobardía. Ellos ni son zelotes ante Roma ni creen ni en Cristo ni en España. Pura arcilla en manos del Alfarero. Hez del consumo. Vale. Esto está muerto...ya todo se ha cumplido.
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Antonio Romero Ysern



Registrado: 12 Oct 2003
Mensajes: 386
Ubicación: Aracena (España)

MensajePublicado: Vie Abr 09, 2004 9:26 pm    Título del mensaje: Gibson y la crsitología progre Responder citando

Estimados amigos:


Copio aquí por su posible interes en el tema, un artículo del día de hoy en el muy progre diario de la mañana. Un saludo:


TRIBUNA: JUAN JOSÉ TAMAYO
El imperio contra Jesús de Nazaret

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Ignacio Ellacuría, de la Universidad Carlos III de Madrid, y autor de Por eso lo mataron. El horizonte ético de Jesús de Nazaret (Trotta, 2004).

EL PAÍS | Opinión - 09-04-2004

Las dramáticas imágenes de la pasión de Cristo han estado grabadas en el imaginario social de varias generaciones de cristianas y cristianos que éramos arrastrados a las "misiones populares", a las procesiones de Semana Santa, a los vía crucis, y nos vimos sometidos a una educación en el sacrificio que exigía reproducir en la propia carne los padecimientos de Jesús. Y todo ello teñido de un antisemitismo muy presente en la conciencia colectiva, que la misma religión oficial ayudaba a fomentar. Tal era el caso de los "oficios" del Viernes Santo, en los que se pedía "por los pérfidos judíos", a quienes se hacía responsables de la muerte de Cristo, definida como un deicidio. Todo esto configuraba un cristianismo sacrificial sadomasoquista.

Cuando esas imágenes empezaban a diluirse y entrábamos en un proceso de serena aproximación histórico-crítica a los relatos evangélicos de la pasión, aparece la película de Mel Gibson para revivirlas en toda su crudeza y retornar a épocas pasadas. El realizador cinematográfico australiano confiesa que su decisión de rodar la película "fue como una especie de mandato divino" y que responde a la necesidad de "unir el sacrificio de la cruz con el del altar". Ambas observaciones revelan el nivel providencialista e iluminado en que se sitúa y los consiguientes prejuicios con que aborda cuestiones tan complejas y espinosas como el proceso de Jesús y la responsabilidad de los judíos en su muerte.

La película ha sido elogiada por las autoridades del Vaticano y se encuentra ya en la videoteca personal de Juan Pablo II, quien, según algunos testimonios, tras ver la película declaró: "Así fueron las cosas". La Iglesia católica, la Iglesia protestante y la Comunidad Judía de Alemania, empero, han denunciado la violencia que rezuma el filme y la nueva ola de antisemitismo que puede despertar en Europa. Todo ello pretende fundamentarlo Gibson en las visiones de la monja alemana Anne C. Emmerich y en los textos evangélicos, que ciertamente lee con mirada antijudía y sin recurrir a la mediación hermenéutica. ¿Todo sucedió en realidad como muestra la película? ¿Así fueron las cosas?

Mis reflexiones son una aproximación a los sucesos de los últimos días de la vida de Jesús de Nazaret a través de una lectura crítica de los textos evangélicos. Empecemos por decir que en la reconstrucción histórica de la muerte de Jesús nos topamos con una dificultad no pequeña: la peculiaridad de los relatos de la pasión, donde no es fácil separar la historia de la interpretación, la biografía de la teología. Creo que a los estudios y filmes sobre la pasión de Cristo, y muy especialmente al de Gibson, se les puede aplicar lo que Crossan dice de las investigaciones en torno al Jesús histórico: que son un campo abonado para hacer teología y llamarlo historia, o para hacer autobiografía y llamarla biografía.

Lo que sí parece fuera de toda duda es que en la detención, el proceso y la ulterior ejecución de Jesús de Nazaret jugó un papel fundamental la espectacular protesta, o mejor, la provocación de Jesús en el Templo de Jerusalén, al arrojar por los suelos las mesas de los comerciantes. Se trata de un hecho cuya historicidad no suele cuestionarse. Como asevera el investigador judío Geza Vermes, Jesús hizo lo que no debía, causar una conmoción en el lugar donde no debía hacerlo, el Templo, y en el momento más inadecuado, inmediatamente antes de la Pascua. El Templo era el lugar sagrado por excelencia y un motivo de orgullo para los judíos. Constituía la principal fuente de ingresos de Jerusalén y la principal atracción turística. La actividad mercantil desarrollada en él era necesaria para que los peregrinos pudieran cambiar la moneda y pagar así el impuesto al Templo. Asimismo, gracias al mercado, los peregrinos podían comprar allí los animales para los sacrificios, sin tener que soportar las molestias que suponía el tener que traerlos de sus propias casas.

¿Qué sentido tenía la acción de Jesús en el Templo? No parece que su intención fuera la de purificarlo. Se trataba de una acción simbólica con la que quería mostrar el final de la religión centrada en los sacrificios ("misericordia quiero, no sacrificios"), así como la protesta contra su significado económico. Jesús declara derogado el culto sacrificial, e innecesarias las actividades comerciales y fiscales que se desarrollaban en el Templo. Al perder éste sus funciones litúrgico-sacrificiales, comerciales y fiscales, ya no tenía razón de ser. La acción provocativa de Jesús se dirige, primero y prioritariamente, contra los jerarcas del Templo, verdaderos responsables del establecimiento del mercado allí. No pocos especialistas coinciden en que la provocación de Jesús en el Templo es el eslabón perdido entre el conflicto provocado en Galilea, de donde era oriundo Jesús, y los acontecimientos finales.

Con esta acción estaba tocando el nervio mismo de la aristocracia sacerdotal saducea, que consideraba el culto del Templo su núcleo fundamental tanto en el aspecto religioso como en el económico. Esa acción fue la gota que colmó el vaso de la ira de los sumos sacerdotes, quienes, junto con los escribas y los ancianos, que pertenecían al partido de los saduceos o estaban aliados con él, ocupan el primer plano en los relatos de la pasión. El conflicto mortal lo tuvo Jesús no con el judaísmo, sino con las autoridades judías; no con los fariseos, sino con los saduceos, que se consideraban custodios del orden nacional, basado en el Templo y en la Ley. Un orden cuestionado por el profeta de Nazaret, que confirmaba así su actitud de permanente desafío tanto a la jerarquía religiosa como al imperio, y se convertía en el principal enemigo de ambos. Por eso había que deshacerse de él lo antes posible.

El pueblo judío nada tuvo que ver en su condena y posterior ejecución. La decisión de ejecutar a Jesús es de la autoridad política, concretamente del gobernador de Judea, Poncio Pilato, suprema autoridad judicial de esa provincia, quien gozaba de una autoridad ilimitada y poseía amplios poderes judiciales; también el de aplicar la pena de muerte, como reconoce Flavio Josefo. La potestas gladii era de exclusiva responsabilidad del gobernador romano. Hay, con todo, una tendencia bastante generalizada en los relatos evangélicos de la pasión a cargar sobre los judíos todo el peso de la responsabilidad en la muerte de Jesús y a eximir detoda culpa a Pilato, que se habría limitado a entregar a Jesús para ser crucificado, pero en contra de su voluntad, y no habría dictado una sentencia formal de muerte. Algunos de esos relatos presentan al gobernador romano en Judea como una persona insegura, vacilante, que parece no atreverse a tomar decisiones. Pero ese perfil no responde al comportamiento real de Pilato en el ejercicio de su autoridad al servicio del poder ocupante, sino que es fruto de la tendencia antijudía ya presente en los relatos cristianos de la pasión y radicalizada en la historia del cristianismo.

En realidad, Pilato fue un gobernante duro e inmisericorde, inflexible y obstinado, violento y cruel, represivo y depravado, arbitrario e insolente. Así lo atestiguan con todo lujo de detalles Filón de Alejandría y Flavio Josefo.

La responsabilidad de Pilato en la condena a muerte de Jesús es confirmada por el historiador romano Tácito, quien, cuando narra la persecución de los cristianos bajo Nerón, dice que el nombre de "cristianos procede de Cristo, que, bajo el principado de Tiberio, había sido entregado al suplicio por el procurador Poncio Pilato". Éste condena a Jesús por motivos políticos; en concreto, por poner en peligro el orden público, por sedicioso. Es muy posible que el gobernador romano en Judea aprovechara gustoso la posibilidad de calmar con un acto intimidatorio la tensión que reinaba en Jerusalén durante la Pascua. Parece dudoso que las autoridades judías emitiesen contra Jesús una sentencia de condena, pues "el relato que la menciona (Mc, 14, 14; par Mt, 26, 66) es una excrecencia de origen cristiano elaborada a partir de una sentencia informal en la residencia de Anás, que no tenía personalmente ningún poder judicial", afirma Simon Légasse.

No son pocos los investigadores que niegan cualquier intervención del Sanedrín en el proceso de Jesús o, al menos, consideran improbable una condena oficial a muerte. No parece que dicho tribunal estuviera facultado para dictar sentencias de muerte. Y si lo hubiera estado y la hubiera dictado, el castigo hubiera sido la lapidación.

Otro dato incontestable sobre la responsabilidad de la autoridad romana en la muerte de Jesús es que fue crucificado, y la crucifixión era un suplicio romano, no judío. Como ha demostrado Kuhn, todas las crucifixiones llevadas a cabo en Palestina desde la época de los procuradores hasta la guerra judía se produjeron por razones políticas.

¿Y la participación del pueblo pidiendo la amnistía para Barrabás y la ejecución para Jesús?

Resulta discutible que fuera costumbre amnistiar a un preso durante la Pascua. Nada dice de dicha práctica Flavio Josefo. En definitiva, la lucha de Jesús de Nazaret no se dirigió contra el judaísmo, sino contra el imperio, y éste reaccionó condenándolo a muerte por considerarlo enemigo público, como antes había hecho con el profeta Juan Bautista. La condena de Jesús no fue un error judicial, como creía Bultmann. ¡Se lo había ganado a pulso por su comportamiento transgresor y su permanente actitud conflictiva frente a las autoridades religiosas y políticas! Creo que merece la pena conocer estos datos para valorar críticamente la película de Mel Gibson
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J.M. Rodríguez Pardo



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MensajePublicado: Lun Abr 12, 2004 10:52 pm    Título del mensaje: El ensañamiento sobre Jesucristo Responder citando

Estimados amigos:

Acabo de volver de la sesión de cine, donde pude ver la película de Mel Gibson, acompañado de varios sacerdotes que también se encontraban presentes. De entrada, y dado que ya se han publicado varios mensajes analizando la película desde diferentes perspectivas, debo decir que el título La pasión de Cristo, tras verla, hace justicia a la película. Y es que lo único que interesa a Gibson es precisamente la pasión, el sufrimiento que supuestamente fue tal como se cuenta, según los altos ministros de la Iglesia. Tal es así, que hasta los personajes usan los idiomas de la época, el hebreo, arameo y latín para comunicarse entre ellos.

Pero luego uno se da cuenta de que todo ese supuesto realismo estropea más que realza el valor de la película. Si como dice Aristóteles, la poesía (y cualquier arte, como es el caso del cine) es más filosófica que la Historia, pues habla de lo que es verosímil, y no de lo que ha sucedido, no se entiende a qué tanto interés en usar las lenguas en que se comunicaron los protagonistas de tan histórico desenlace. Sobre todo cuando bien sabemos que no podemos conocer cómo se hablaba el latín de la época, ese latín en que el desalmado Poncius Pilatus dijo que se lavaba las manos en lo referente a la crucifixión de Jesús. Esa obsesión por conocer cómo se expresaron realmente no es sino una hermenéutica totalmente desigual y desafortunada, que ha servido para echar anticipadamente de la sala a varios espectadores. De hecho, en taquilla te avisaban por medio de cartel y de viva voz sobre los idiomas subtitulados en que se presentaba la película, lo que desalentó a más de uno.

Evidentemente, el tema de la representación idiomática y su imposibilidad de reproducirla fielmente le pasará desapercibido a casi todos, pero no cabe duda que en este detalle la película es puramente protestante, como bien ha señalado Rodríguez Vega. Respecto a la fidelidad histórica de la película, que ha glosado de forma excelente Antonio Romero, hay un detalle que a mí me ha llamado la atención: la carga que tanto Pilatos como Herodes Agripa acaban descargando sobre los hebreos, pues consideran que Jesús no es sino un loco que no ha cometido delito alguno. Sin embargo, bien sabemos que Pilatos queda como el prototipo del cínico y el indiferente a la realidad. ¿Qué es la verdad?, le pregunta a Jesucristo, y este le responde que lo importante no es la verdad sino el querer verla. Pienso que este detalle no queda resaltado de forma conveniente en la película, como otros muchos, y es un detalle clave para entender el futuro cristianismo: el poder político es algo al margen del cristiano; su reino no es de este mundo, pues la propia política se muestra indiferente e ignora la ley de Dios (no olvidemos que el relato bíblico ha de llevar necesariamente al martirio de Jesús).

Por último, la película acaba degenerando en una suerte de azotes y desgarramientos bestiales (uno de ellos deja al descubierto parte de las costillas de Cristo) en los que se recrea buscando no se sabe qué, pues nada tiene de verosímil que a un hombre corriente le fustiguen hasta morir y siga soportando el dolor sin desmayarse o sin fallecer. Pero claro, dirán los sacerdotes, es que es tan real que se trata de Dios mismo, y por lo tanto todo queda justificado. No deja de resultar sintomático que, después de tantos azotes, Cristo resucite perfectamente repuesto de sus heridas. Al final, tanto sufrimiento gratuito para llegar a una resurrección que nadie serio consideraría histórica.

Tengo que concluir entonces que la película, aparte de una apologética de un catolicismo integrista, y de ser tramposa al querer presentar las cosas tal cual fueron, no creo que pueda ser considerada como una muestra de «arte sacro», suponiendo además que exista algo así como el «cine religioso». Como dijo Javier Pérez Jara en otro foro, no era necesario presentar a Cristo para mostrar esas heridas y sufrimientos (Mel Gibson ha rodado varias películas con batallas sangrientas), pues todos los efectos cinematográficos y flash backs, a pesar de no estar mal realizados, desentonan con lo que sabemos de los personajes de esta historia del Nuevo Testamento.

Un cordial saludo,
José Manuel Rodríguez Pardo.
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Bruno Cicero Poo



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Ubicación: Santander

MensajePublicado: Sab Abr 24, 2004 5:12 pm    Título del mensaje: Responder citando

Hola a todos:

Copio la critica sobre La pasión de Cristo aparecida en la revista Cinemania de este mes. [La negrita es del original].


Cita:
LA PASIÓN DE CRISTO ***

Tomad y bebed todos de mi sangre. Un filme polémico que se debate en la contradicción.


Yo que siempre había mirado con desdén esos cartelitos de “las imágenes de esta película pueden herir la sensibilidad del espectador” De repente me descubro a mí mismo absolutamente sobrecogido en una sala de cine de Los Ángeles, apartando la mirada de la pantalla una y otra vez porque lo que veo en ella me resulta insoportable. Golpes, latigazos, carne desgarrada... el espeluznante relato de un hombre torturado hasta la muerte, hasta derramar la última gota de su sangre en el sentido más literal. Todo ello contado con una crudeza visual y un detallismo morboso que en la comparación convierten el Salo de Pasolini o Irreversible de Gaspar Noé en divertimentos de cine infantil. Definitivamente, según san Mel Gibson está a mis ojos más cerca de un filme de sadomasoquismo extremo que de una película religiosa.

Salgo del cine conmocionado y sin entender nada. No comprendo qué clase de sentimientos quiere provocar el director en los espectadores. Nada de éxtasis espiritual. Nada de elevación de la fe a través de la contemplación del sacrificio como promete Gibson. Ese Cristo desollado cuyo sufrimiento indescriptible llena por completo las más de dos horas de metraje, sólo provoca en mí horror y desasosiego. Será que no comparto la religiosidad enfermiza del ultraconservador Mel Gibson. Una religiosidad construida a base de dolor y de culpa en lugar de paz, amor o esperanza.

Y el caso es que la película está bien dirigida. La ambientación es irreprochable y la fotografía de Caleb Deschanel logra momentos de una belleza sublime, especialmente en las primeras escenas del Huerto de los Olivos. Pero sobre todo hay que destacar a los actores, Jim Caviezel interpreta su personaje con humildad, dibujando uno de los Cristos cinematográficos más humanos y creíbles que se recuerdan, y en la mirada de Maia Morgenstern
, la actriz rumana que da vida a María, hay mucho más sentimiento trágico que en todo el hiperrealismo sangriento de la película. Hasta Monica Belucci resulta convincente en su personaje de Maria Magdalena, aunque apenas abre la boca. Por cierto, lo del lenguaje original en latín y arameo casi ni se nota, ya que los diálogos son más bien escasos y las imágenes son tan impactantes que no hace falta palabras.

Luego está la cuestión ideológica, el presunto antisemitismo de Mel Gibson que reabre la vieja polémica preconciliar sobre quiénes fueron los responsables de la muerte de Jesús. Es evidente que los malos de la película son los judíos y, como tales, aparecen retratados como una turba sedienta de sangre. Pero de ahí a tomarlo como una ofensa a todo un pueblo me parece excesivo. Aunque ya se sabe, en cuestiones raciales y religiosas, las sensibilidades suelen estar a flor de piel. La mía en este caso se debate en la contradicción: valorar una película que considero interesante y cinematográficamente notable y que sin embargo no aconsejaría ir a ver a nadie al que quisiera bien. Más que nada por ahorrarle el trauma.


Un saludo.

Bruno
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José Mª Rodríguez Vega



Registrado: 11 Oct 2003
Mensajes: 1429

MensajePublicado: Sab Abr 24, 2004 7:48 pm    Título del mensaje: El Cristo actual. Responder citando

Hola.

<Jesús era, según se creía, hijo de José, hijo de Elí, hijo...de David...hijo de Abraham...de Adán, hijo de Dios.> (Beato de la Seo de Urgel, 8. y Lc. 3. 23, 38.)

La distancia, la lejanía en el tiempo es lo que hace verosímil al mito. La distancia es la que posibilita la creencia en el milagro, en la religión. Un profeta contemporáneo y de tu propio pueblo siempre es un impostor ridículo. Para creer es necesario -aparte de ser un crédulo- estar lejos. Siempre los Reyes Magos o el Papa Noël o Santa Claus vienen de lejos...como los extraterrestres. La leyenda sólo es leyenda por haber sido contada por no se sabe bien quién...que vivió hace mucho tiempo en un lejano lugar.

La lejanía de lugar y tiempo o de tiempo o lugar es esencial a la religión y a todo mito. La sangre del Cristo de Gibson es una sangre actual, contemporánea, y no porque sea una película actual, sino porque su concepción no ha sido estéticamente “alejada”. No es que el Cristo de Gibson sea “falso” -esto es irrelevante-, lo que es falso es su estética. Gibson podrá hacer alguna película buena, pero de estética religiosa no tiene ni puñetera idea. Su Cristo no es más diferente que los decapitados televisivos del penal brasileño, que los americanos despedazados en Irak, que la sangre del Tren de la muerte en Madrid. Un Cristo “tan actual” no es la actualización de Jesucristo, sino una manera luterana de “alejarse” religiosamente de él, una manera de laicismo. Gibson podrá ser un conservador, pero no es un conservador religioso porque no es religioso...es sólo conservador. El Cristo de Gibson no está “alejado”, es Gibson el que está alejado de Jesuscristo. Amén.

Así como hay católicos ateos, hay también católicos comunistas, como Passolini...Gibson no es ni católico ni ateo ni comunista. Es sólo un luterano cuyo dios democrático es el simple dinero libre en la democracia americana (y ahora casi universal) tan dada a estos excesos de expresión...esto ya lo vio muy bien Tocqueville.
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Bruno Cicero Poo



Registrado: 10 Oct 2003
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Ubicación: Santander

MensajePublicado: Lun Abr 26, 2004 11:45 am    Título del mensaje: Responder citando

Hola a todos:

Este mes la revista Fotogramas, como no podía ser menos, dedica alguna de sus páginas a analizar la Pasion de Cristo. Le dedica un espacio doble: la crítica rutinaria y la sección El tema del mes que corre a cuenta de Vicente Molina Foix.

Copio aquí la crítica en la cual se acentúa el caracter impío del filme ya denunciado por Rodríguez Vega. [La negrita es del original]

Cita:
La Pasión de Cristo **

Para creyentes en el fundamentalismo espectacular

Lo mejor: el dolor elocuente de los personajes femeninos
Lo peor: la ampulosa gramática visual.


Créanlo o no, este crítico tenía un razonable porcentaje de fe invertido en esta película, que bien podría haber sido el equivalente fílmico de ese Cristo terrible (piel curtida, pelo humano, uñas reales) que sobrecoge a todos los visitantes de la catedral de Burgos. Mel Gibson tenía en sus manos un desafío que no ha sabido cumplir: describir (y transmitir a la audiencia) un viaje espiritual recurriendo exclusivamente a lo físico. En suma: sacudir el alma a través de la hemorragia, elevarnos a través del dolor, siendo un poco Marqués de Sade, un poco el Lars Von Trier de Rompiendo las olas.

El principal problema de La Pasión de Cristo no es su puntual hibridación formal de los estilemas del cine de terror y los del cine religioso: en cierto sentido, todo cine religioso es cine de terror (o puro fantastique). Tampoco su enervante recurso al trazo grueso en la descripción de esos arquetipos que le han valido a Gibson la acusación de antisemita: la película funda un nuevo modelo de cine religioso que solo puede formularse con voz airada (otra cosa es que el fundamentalismo no resulte plato de nuestro gusto). Tampoco su caracter explícito y su espectacularización del dolor: el verdadero problema de La Pasión de Cristo es que cuesta detectar, debajo de todo eso, algun atisbo de espiritualidad: La Pasión de Cristo no demuestra que Mel Gibson tenga alma.

Lo que queda es un espectáculo tan pomposo como exasperante, donde el ralentí funciona como la respiración de un relato en perpetua agonía, que sólo levanta el vuelo en las ocasiones puntuales en que los rostros de Maia Morgenstern y Monica Belluci dialogan en silencio con el dolor del sacrificado: en este sentido, resulta remarcable la escena en que la Virgen María intuye la presencia subterranea de su hijo apresado. No obstante, la película de Mel Gibson hará Historia: olvidado ya el cine de la Guerra Fría, podemos dar la bienvenida a la prímera película occidental en la era de la Guerra Santa.

Jordi Costa


Del texto de Molina Foix se puede encontrar una versión reducida en la página web de la revista (www.fotogramas.wanadoo.es). El texto íntegro aparece en la edición impresa. Si alguién está interesado en que lo transcriba, sus palabras serán ordenes.

Un saludo.

Bruno
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