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La ideología como arma polí­tica.

 
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Autor Mensaje
José Mª Rodríguez Vega



Registrado: 11 Oct 2003
Mensajes: 1429

MensajePublicado: Mie Ene 07, 2004 11:47 pm    Título del mensaje: La ideología como arma polí­tica. Responder citando

Apreciados contertulios...

El Estado debe dedicarse al ser, y no al “deber ser”. Este “deber ser” queda para los ideólogos y sicofantes populacheros que gustan de engañar a la plebe con promesas milenaristas o de fines últimos, ya que saben y se aprovechan de que todos “seamos propensos a enganchar el carro a las estrellas” , a tener ilusiones escatológicas.
El nacionalismo periférico brinda al pueblo una ideología concreta y la utiliza siempre a la ofensiva, de modo agresivo y por imperativo, como arma política, mientras que el Estado, esto es, la Comunidad política realmente constituida, parece que lo único que puede hacer es defenderse autojustificándose y ceder en todo para evitar lo peor, como si lo peor no fuera ya en sí mismo su continua muestra de falta de ofensiva, o como si por no ofender alejase así el peligro, el peligro de guerra civil, por supuesto, o de acabamiento de España. Esperemos que la virtú y la prudencia política se hallen en sus manos, en manos del Soberano, del ejecutivo, y que no ocurra, que, por miedo a encarar con bravura maquiaveliana el problema del desguazamiento de España, tenga más tarde que acometer la solución con enormes desventajas. En política siempre es ventajoso estar en posición ofensiva, y esto parece que aquí no ocurre...pues hasta ahora la ofensiva la llevan los nacionalistas periféricos que lo tienen bien fácil al vender su envite de acoso y desbaratamiento de España a través de la lucha ideológica, a través de una ideología muy concreta, que viene a ser, en rasgos generales, la demonización de España, haciendo aparecer todo lo que provenga de ella como “franquismo”, como “fascismo”. Se trata de construir una “Patria por completo”, como dice el Sr. Maragaleches, como si la España que tenemos fuera ella una Patria “incompleta”. Tales canalladas merecerian un `Manifiesto´ hecho por los componentes de este Foro, del Catoblepas y del mismo Basilisco, como denuncia y exposición de las evidencias ocultas por la ideología progre dominante, de sus evidentes mentiras ocultadas bajo esa ideología.
Todo poder aspira siempre a ser más poder...la potencia aspira siempre a más potencia, y el nacionalismo periférico, como ideología, es la forma más astuta de control de la opinión por la opinión, lo que significa someter esta opinión al poder, haciendo de ella un instrumento de la potencia. Mejor que la propaganda, la ideología puede cumplir con esta función, aunque el poder ideológico asocie a las dos. La propaganda aspira a un éxito inmediato y temporal y concentra sus esfuerzos en un objetivo limitado e impresionante. De forma que varía sus métodos en función de las circunstancias, de las situaciones y de los públicos. Sin embargo, no sería más que oportunismo y pura impresión episódica si no estuviese sostenida por una ideología, cautivando el asombro para hacer de él una convicción. Como cualquier pedagogía, la ideología aspira a un efecto duradero, continuo; no a un entusiasmo pasajero, sino a una educación teórica de la acción con miras a la transformación del hombre en nombre de un fin más o menos universal.

Además de asegurar la solidez y la unidad espiritual
(del nacionalismo periférico y segregacionista), de una colectividad mediante la idealización del grupo dominante, sirve para otras cosas más determinantes, por ser más prácticas. Mantiene a la colectividad en constante emulación, reanima sin cesar el fervor, fortalece el espíritu de partido, ahoga las críticas y a veces suscita un fanatismo en el cumplimiento de tareas incluso monstruosas, justificándolas por la santidad del fin. Todo se vierte en un problema de función. La ideología es una verdadera máquina intelectual distribuidora de conciencia: da buena conciencia a sus partidarios entregándoles justificaciones, disculpas, pretextos y excusas capaces de tranquilizar sus eventuales remordimientos o escrúpulos; hasta acusa de mala conciencia a los adversarios, que degrada como seres colectivamente culpables. Ya no hay culpa ni responsabilidad, sino actos enteramente inocentes o enteramente inexcusables, según se pertenezca a tal o cual grupo, raza o clase. La extracción social puede convertirse así en una especie de pecado original. De este modo, cada vez que una situación política se hace ideológica. la ética se encuentra monopolizada, y puesto que hoy en día los problemas políticos se expresan a la vez en términos de potencia e ideología, la culpabilidad y, sobre todo, la culpabilidad colectiva, se han transformado en instrumentos políticos. La moral se convierte así en estratagema, en un puro medio de justificación y de acusación, es decir, de disimulo. No hay que menospreciar las capacidades de seducción de aquella ética envilecida, ni su eficacia política. Es un arma auténtica. En política, siempre es ventajoso estar en posición ofensiva. A falta de poder atacar al frente militar o diplomático (ya que “el gobierno de Aznar no quiere el diálogo”), se trata de hacerlo por los medios indirectos de la moral. Por su naturaleza polémica, la ideología es forzosamente agresiva (“habrá un drama”, dice el Sr. Maragall, y una consulta popular en Cataluña -o sea ilegal, esto es, como amenaza e imperativo- si el gobierno o las Cortes Generales no aceptasen la prometida reforma del Estatut de Catalunya, &c.), burlando así lo que de “generales” tienen esas Cortes, esto es, burlándose del resto de los españoles como verdadero y único Pueblo Soberano.
Cuando las necesidades de la acción práctica o las circunstancias de la relación de fuerzas mandan establecer un acuerdo político o moderar la acción diplomática directa, la ideología permite conservar la ofensiva, atacando al adversario con la crítica social en nombre de razones humanitarias. Llegado el caso, sirve para ocultar los retrocesos y los fracasos, pero, sobre todo, es un medio eficaz para debilitar al enemigo provocando en él la subversión interior. Evidentemente, la ideología emplea sólo la palabra subversión para calificar peyorativamente la influencia posible del enemigo, pero precisamente esta sutileza de lenguaje es asimismo ideológica. Si la subversión está de moda hoy día, es porque la política se halla actualmente en gran parte dominada por la ideología; lo que no significa que sea el único medio de subversión. En cualquier época todo enemigo procuró aprovechar las simpatías que logró encontrar en el sitio que asediaba. Sean cuales sean las otras características de la ideología, es también y hasta frecuentemente un medio de encontrar un gran número de complicidades con poco gasto y en las condiciones que parezcan menos deshonrosas moralmente...(Así, por ejemplo, se esgrime el “victimismo” de la inocente Cataluña por medio del `expolio tributario´ por parte de “el Estado”, haciendo pasar la supuesta injusticia de la desigualdad de las regiones o Comunidades Autónomas a puesto relevante dejando maliciosamente en el olvido que la igualdad tributaria sólo lo puede ser entre ciudadanos, entre personas, que son las que únicamente pagan y sobre las que únicamente tiene sentido el concepto de igualdad y el derecho a la igualdad.)

En general, por no decir siempre, los análisis limitan el papel de la ideología a un aspecto casi enteramente negativo. Ignoran, al proceder de esta manera, que es una de las caras de cualquier política. En efecto, es un punto importantísimo de cualquier actividad política consecuente, responsable y con dominio de la situación, el considerar o prever lo peor, no por hacer política de lo peor, sino, por el contrario, para alejar el peligro y, si es preciso, enfrentarse a él con las medidas apropiadas. No lo es todo imaginar la paz más humana, más generosa, más feliz posible, sino prevenir la guerra y, si parece inevitable, prepararla para ser vencedor, y llegado el caso, desalentar al enemigo que está decidido a emprenderla. Circunstancialmente, si la victoria parece más costosa y más desastrosa para la colectividad que un arreglo hecho a base de concesiones recíprocas, hay que negociar, a condición, claro está, de que el enemigo se muestre dispuesto a ello. Obrar políticamente es obrar en función de una posibilidad peor. Esta verdad es cruel e irritaría tal vez a algunos espíritus, pero aquel que la descuida se verá expuesto a las peores desilusiones y fracasos y tal vez arrastrará en su caída la independencia de la colectividad. No se trata de ser una Casandra, sino de considerar con lucidez y con mirada fría las consecuencias previsibles de los acontecimientos.
Los éxitos duraderos tienen este precio y esto se llama: asegurarse la mayor cantidad de suerte posible, aunque bien es verdad que ésta no sonríe más que a los que la han preparado. Entonces se entenderá mejor, por ejemplo, la afirmación varias veces repetida por A. Sauvy: no es siempre político ser social -(Cuando se ha perdido el poder es pueril reprocharlo a los adversarios. No se hizo lo que tenía que haberse hecho...&c.)-.
Esta conversión del espíritu político a la conciencia de lo peor es, tal vez, lo más difícil: hasta tal punto estamos naturalmente propensos a enganchar el carro a las estrellas. En efecto, lo que es llamado realismo en política cabe en pocas palabras: saber utilizar los medios apropiados y estar a la altura de las consecuencias. Se puede luchar por ciertos principios y fines, pero no es así como se actúa políticamente en el sentido verdadero de la palabra, es decir, concretamente, materialmente. Sólo los que consideran lo peor tienen la posibilidad de exorcizarlo y vencerlo; los demás, sucumbirán inexorablemente.
Tal es la primera cara de la política. La otra consiste en compensar la amargura de la evaluación de lo peor con promesas de lo mejor. La ideología es, hoy en día, la expresión más corriente de aquellas promesas. Es, en efecto, la manera moderna, racionalizada y sistemática, de considerar y anunciar un mundo mejor, precisamente porque trata de fines, se nutre de utopías, anima una causa y arrastra a los espíritus hacia la acción por realizar. Entendida así, es el aspecto complementario y necesario del anterior, a la vez que un motor de la política. No hay nada sublime y exaltador en el cálculo, la táctica, la astucia y las combinaciones destinadas a prevenir lo peor, a remediarlo o rechazarlo, salvo para aquel que aplica a ello su intuición y saborea luego su victoria, pues la gloria que obtiene de ello recaerá luego sobre el conjunto de la colectividad. Ninguna gloria, sin duda, es más embriagadora que la que los dirigentes comparten con todo su pueblo. Para asociar toda la unidad política a su propio destino, hace falta una esperanza, certidumbres, deseos e ideales. Este es el papel de la ideología, sea que justifique a los actores en su empresa, sea que alabe lo mejor: prever alegría y felicidad. Reducir la política al primer aspecto, es caer en el maquiavelismo vulgar y estrecho; no es ser maquiaveliano. En efecto, el florentino siempre enseñó que no hay grandes obras políticas sin fortuna y sin virtú; la primera, favorece únicamente a aquél que sabe calcular y considerar lo peor; la segunda, es promesa de gloria y de fama entre los pueblos. Esta asociación de lo peor y lo mejor, tal vez sólo sea maquiaveliana porque Maquiavelo supo conceptualizarla, pues todos los grandes capitanes, todos los grandes hombres de Estado que vivieron antes y después de él, poseían el secreto de aquella asociación. Lo uno sin lo otro, vuelve al hombre político simplemente en ingenioso y fanfarrón. Un Jomini estaba admirable en las previsiones y en el cálculo de las consecuencias, pero sólo Napoleón tenía el sentido de la virtú. Otros lograron, gracias a promesas ideológicas, adquirir un prestigio y una gloria, pero efímeros, porque les faltaba la energía y el preconocimiento capaces de atraer la fortuna. Únicamente la asociación de ambos hace el genio político, llámese Pericles o César, Federico II o Napoleón, Lenin o Churchill. Lo que no significa que no se pueda ser grande sin ser el más grande.

La necesidad, absolutamente fundamental, de considerar lo peor se ignora frecuentemente, más aún, se menosprecia, precisamente por razones ideológicas. Se comprende por qué la política se convierte en estas condiciones, sobre todo para los letrados, en una especie de idolatría de los fines
(tal cosa les ocurre a los leguleyos y progres del PSOE y de IU, aunque hay que decir que hoy en día sus “fines” son puramente phantasmagóricos y vagos, y más que suicidas, pretenden ser claramente homicidas de la mismísima Nación española.) Sin embargo, el saber tener en cuenta las consecuencias así como las circunstancias, tomar la responsabilidad efectiva e introducir en la decisión la materialidad de los medios, todo esto pertenece a la sustancia de la actividad política y no hay política sensata -conservadora o revolucionaria- que sin esto pueda sostenerse. Cualquier política positiva que rebase el sueño, se ve obligada a cargar con la totalidad de la colectividad, y no sólo con los intereses y la opinión partidaria (por mor de la eutáxia eso es a lo que se ve obligado continuamente el PP); está, por este hecho, obligada a transigir con el programa declarado, tratar con las demás fuerzas y establecer circunstancialmente arreglos, siquiera sea para aplicar el programa por etapas. El socialismo, por ejemplo, no se construye con la misma rapidez que establecen sus principios, si es que puede realizarse alguna vez totalmente, en vista de las divergencias en el interior de la ideología socialista sobre los mismos principios. En el fondo, el socialismo no es sino una opinión; de ahí la posibilidad de herejías, entuertos, deformaciones, hasta llegar incluso a renegar de él. Nadie es capaz de demostrar cuál de estos socialismos es el verdadero, ni tampoco la verdad del socialismo, como tampoco la del capitalismo. De la misma forma, no existe un criterio ético, sino solamente ideológico, es decir, arbitrario, que permita justificar el aniquilamiento de las demás opiniones. Al ser una visión parcial y unilateral, la ideología contribuye a fortalecer el desequilibrio entre el pensamiento y lo real que no cesa de demostrar. Como aspectos complementarios, la consideración de lo peor y la de lo mejor nunca coinciden exactamente. Sucede que el hombre situado en el poder siempre tendrá un lenguaje distinto al que tenía cuando sólo pretendía ascender al poder. Sólo los que observan la política desde un punto de vista estrictamente ideológico se ofuscarán por ello. Es un hecho indiscutible, aunque vulgar, el que la responsabilidad de la acción al servicio de la totalidad de la colectividad, sea distinta a la de una acción partidaria. El puro ideólogo está condenado a la constante desilusión en cuanto a la acción política real y a volcar sin cesar en otra fórmula la esperanza que le anima, hasta el día en que se pasa al otro extremo: al nihilismo. Si alguna vez llega al poder, caerá por su parte en la rutina política. Cualquier ideología está destinada a la traición en el curso de la acción concreta, ya que la política no es pura y sencillamente ideológica.

La política nunca es neutral ni imparcial. Si todavía se precisara una confirmación suplementaria, la ideología la aportaría. La lucha política enfrenta intereses o ambiciones, pero también ideas, creencias y opiniones. Tal vez sea de lo más ardiente cuando se hace ideológica, pues la rivalidad de los intereses y de la ambiciones es bastante hueca, falta de aliento, pues sólo se refiere a pequeños grupos, bandos o personas. Por el contrario, la lucha ideológica levanta a las masas, toma aspectos románticos y a veces totalitarios capaces de exaltar las imaginaciones. pero en la medida en que es una razón de lucha, no puede triunfar sino por los medios de la potencia política. Y a las leyes de esta última debe someterse cuando es inspiradora de un mando que ostenta el poder. Una opinión no podría suplir una esencia.


******

Hasta aquí, apreciados contertulios, estas páginas memorables de Julien Freund. (Toda la negrita es texto suyo, el resto es mío) Esto, ocultar la fuente hasta el final, lo he hecho exprofeso, aunque a muchos no se les habrá escapado su origen. Con lo puesto por mi he tenido el placer de tratar de actualizar un poco las páginas de Freund con las referencias a la actualidad nuestra metidas de por medio. Poco es posible entrometer y decir a lo escrito por Freund en este apartado suyo titulado “Ideología y poder” que se encuentra en la página 549 de su obra <La Esencia de lo Político> (Editora Nacional, Madrid 1968).

Medítese lo dicho por Freund junto con esa obrita reciente de Pío Moa titulada <Contra la mentira>(Madrid 2003), y así veremos limpiamente como la mentira, aún y siendo legítima en política, necesita ineludiblemente del auxilio de la ideología. O más concretamente: como la mentira acaba siendo el único núcleo de la ideología cuando esta ya hace tiempo que abandonó descaradamente las verdades supuestas y el interés nacional por los intereses oscuros del PSOE-PRISA-GAL-FILESA-CAL VIVA. Vale. Adiós.
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