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C. Schmitt: EL ORDEN DEL MUNDO DESPUES DE LA SEGUNDA GUERRA

 
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Autor Mensaje
José Mª Rodríguez Vega



Registrado: 11 Oct 2003
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MensajePublicado: Dom Abr 22, 2007 6:10 pm    TŪtulo del mensaje: C. Schmitt: EL ORDEN DEL MUNDO DESPUES DE LA SEGUNDA GUERRA Responder citando

¬ęLa justicia no se ha de librar por leyes sino por armas.¬Ľ (Melchor Cano)

Este es el artículo o escrito de Carl Schmitt que les prometí y del cual hablaba ese tal Manuel Rivas. Estos textos de Schmitt los doy aquí por su indudable e intrínseco interés -dada la época en que están escritos y por la concepción schmitiana de la "toma del espacio y de la tierra", por la distinción entre "amigo y criminal" tan olvidada por nuestras repugnantes y actuales izquierdas- y porque están agotados o son difíciles de encontrar. O eso es lo que creo.
Como este artículo de Schmitt es algo largo, no me entra en un sólo mensaje, por lo que he de meterlo en varios mensajes consecutivos. Adiós.

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EL ORDEN DEL MUNDO DESPUES DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Por Carl Schmitt

Instituto de Estudios Políticos
Madrid 1962



Don Manuel Fraga ha interpretado mi obra de una manera magistral, con penetraci√≥n cient√≠fica y comprensi√≥n intelectual perfecta. Ha hablado de mi persona y de mi fama con nobleza humana y generosidad. El c√©lebre Instituto de Estudios Pol√≠ticos de Madrid me ha honrado con una distinci√≥n que ya en s√≠ misma es grande y brillante, y que lo es todav√≠a m√°s por el momento hist√≥rico y la situaci√≥n actual. Agradezco al Instituto y a su director, don Manuel Fraga, cordialmente, y acepto tanto honor como se√Īal de una amistad y de una vinculaci√≥n sinceras. Llevar√© la insignia con orgullo y consciente de su significaci√≥n.

Agradezco tambi√©n a todos mis amigos espa√Īoles, tanto a los del Instituto como a los otros, y confirmo lo que he escrito y que el profesor Fraga ha citado en su discurso: este homenaje del Instituto de Estudios Pol√≠ticos y este encuentro con mis amigos espa√Īoles es una fiesta sagrada en el crep√ļsculo de mi vida.

Don Manuel Fraga me ha llamado testigo de la crisis europea que no ha querido estar fuera de ella, sino dentro. Es exacto. Los resultados de mi investigaci√≥n cient√≠fica los he echado con plena conciencia en un mundo ca√≥tico y en la balanza de la Historia. Es una coincidencia significativa que el impulso sincero de investigaci√≥n me haya conducido siempre a Espa√Īa. Veo en esta coincidencia casi providencial una prueba m√°s de que la guerra de liberaci√≥n nacional de Espa√Īa es una piedra de toque. En la lucha mundial de hoy, Espa√Īa fue la primera naci√≥n que se reafirm√≥ por sus propias fuerzas, de tal forma que, ahora, todas las naciones no comunistas tienen que acreditarse en este aspecto frente a Espa√Īa.

Hace treinta y tres a√Īos he dado mi primera conferencia en lengua castellana sobre Donoso Cort√©s. Fue en 1929, en Madrid y en el Instituto alem√°n de entonces.

Hace aproximadamente dos décadas di una conferencia en Madrid, en el Instituto de Estudios Políticos, sobre el tema de mi conferencia de hoy: "Los problemas del espacio".

Mi conferencia forma parte de un ciclo en torno al problema crucial de la guerra fr√≠a. El tema de la guerra fr√≠a tiene muchos aspectos: pol√≠ticos, ideol√≥gicos, jur√≠dicos, econ√≥micos y militares. Entre estos √ļltimos destacan los problemas de la estrategia nuclear. Todos estos aspectos se han tratado de manera diversa en una rica literatura hoy ya dif√≠cilmente abarcable. Existen tambi√©n importantes contribuciones de destacados autores espa√Īoles. Quisiera mencionar de una manera especial varios trabajos de mi estimado colega Fraga Iribarne publicados en la Revista de Estudios Pol√≠ticos, en el Homenaje a Barcia Trelles (1959) y en el Homenaje a Legaz y Lacambra (1960). Los he utilizado con gran provecho para la elaboraci√≥n de mi trabajo sobre la situaci√≥n del mundo actual.

Nos encontramos en un momento crítico de cambio brusco y radical. Desgraciadamente esto no significa que ahora, en la primavera de 1962, estemos cerca de la paz del mundo y de un definitivo orden universal; probablemente ni siquiera supone el fin de la guerra fría, sino tan sólo una nueva fase de aquél desgraciado estado intermedio entre guerra y paz.

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1. ANTICOLONIALISMO, TOMA DE ESPACIO C√ďSMICO Y AYUDA AL DESARROLLO INDUSTRIAL

Naturalmente, en el curso de nuestra disertaci√≥n, tendremos que hablar de la ONU, organizaci√≥n global con la misi√≥n de asegurar la paz y el orden del mundo. Pero estamos conscientes de que la ONU no es otra cosa que un reflejo m√°s o menos exacto del orden existente y, por desgracia, tambi√©n del desorden. La ONU no constituye nada. Como veremos, no hace m√°s que secundar todo giro del desarrollo de la guerra fr√≠a. Sus m√©todos y procedimientos tienen cierto valor, nadie lo niega, pero los verdaderos problemas y fen√≥menos objetivos no se solucionan con discusiones normativistas o procesales. Como verdaderos problemas objetivos de la actual situaci√≥n del mundo se imponen al espectador tres fen√≥menos nuevos, incluso se podr√≠a decir que inesperadamente nuevos. Tal y como se nos presentan hoy, eran desconocidos a√ļn en el a√Īo 1945, al final de la segunda guerra mundial. Se trata del anticolonialismo, de la conquista del espacio y del desarrollo industrial de las zonas subdesarrolladas por los desarrollados.

Entre sí mismos, estos tres fenómenos son, aparentemente, heterogéneos por completo; a primera vista no tienen una relación inmediata los unos con los otros. El orden de la enumeración -primero el anti-colonialismo, después el problema del espacio, y en tercer lugar el desarrollo industrial de los subdesarrollados- podrá parecer arbitrario. En la segunda parte de mi conferencia hablaré más extensamente del desarrollo industrial de los subdesarrollados, porque veo ahí el problema central y sumamente actual de un orden nuevo del mundo. Es el gran tema que suelo designar con la expresión de "nomos de la tierra" para distinguirlo también terminológicamente de otras cuestiones menos fundamentales. La expresión "nomos de la tierra" tiene el sentido especial de llamar la atención sobre el hecho concreto de una nueva toma de la tierra y, junto con ella, de una nueva división, distribución y reparto de la tierra. Debe tenerse encuenta que el proceso inmenso de una nueva toma y distribución de la tierra en su realidad concreta conduce a cambios esenciales de la estructura espacial, e incluso de la noción del espacio. Con el término "nomos" queremos destacar el aspecto espacial del problema de un nuevo orden del mundo.

Perdonen ustedes esta advertencia terminol√≥gica acerca de la palabra "nomos". He cre√≠do necesario recordar el aspecto espacial del tema "orden del mundo" para que nuestra consideraci√≥n no se estanque en abstractos lugares comunes y en ficciones normativistas. Como ya he dicho, tratar√© m√°s adelante el tema del desarrollo industrial de los subdesarrollados, problema crucial del nomos de la tierra en nuestro tiempo. En cuanto al anti-colonialismo, se suele tratar, en general, como un asunto ideol√≥gico y, realmente, en buena parte, lo es. Es sobre todo propaganda y, con m√°s precisi√≥n, propaganda atieuropea discriminadora. Su historia se presenta como una historia de campa√Īas propagand√≠sticas y, desgraciadamente, √©stas han comenzado con campa√Īas intereuropeas. En un principio tenemos la propaganda anti-espa√Īola de Francia e Inglaterra, la leyenda negra de los siglos XVI y XVII; se acent√ļa en la ilustraci√≥n humanitaria del siglo XVIII, se generaliza y, por fin, toda Europa es calificada de agresor mundial y puesta en el banquillo en la visi√≥n hist√≥rica del consejero de la ONU Arnold Toymbee. Hemos presenciado como se hundieron en pocos a√Īos, despu√©s de terminar la segunda guerra mundial, los grandes imperios mundiales ultramarinos de las potencias europeas Inglaterra, Francia, Holanda y B√©lgica, coreados por las imprecaciones de esta propoaganda anti-europea creada por europeos.

Por esta raz√≥n, es necesario liberarse de las nieblas de este ideologismo anti-europeo, y recordar que todo lo que se puede denominar Derecho internacional, desde hace siglos, es derecho internacional europeo. Sobre todo hay que recordar que todos los conceptos cl√°sicos del Derecho internacional existente son espec√≠ficamente Derecho internacional europeo, ius publicum Europeaum. Esto afecta especialmente a los conceptos de guerra y paz y a dos distinciones conceptuales fundamentales: en primer lugar, la distinci√≥n de guerra y paz, es decir, evitar un estado intermedio, tan caracter√≠stico de la guerra fr√≠a, y, en segundo lugar, la separaci√≥n de los conceptos de enemigo y criminal, es decir, evitar la discriminaci√≥n y criminalizaci√≥n del adversario, tan caracter√≠sticas de la guerra revolucionaria, una guerra que est√° esencialmente integrada por la guerra fr√≠a. Uno de los portavoces de la propaganda anti-europea, al pol√≠tico hind√ļ Krishna Menon, despu√©s de la violaci√≥n del enclave portugu√©s de Goa, ha dicho: "el Derecho internacional hasta hoy fue europeo; nosotros crearemos otro Derecho internacional no-europeo. Despues de todas nuestras experiencias, podemos esperar con cierta curiosidad las ideas de guerra y paz que crear√° este nuevo Derecho internacional".

Pero precisamente por esta actitud anti-europea, no debemos olvidar el aspecto espacial del anti-colonialismo. Parece que las conquistas, tomas de la tierra y supresiones realizadas por pueblos no-europeos no est√°n afectadas por la maldici√≥n del anti-colonialismo. El representante norteamericano en la ONU, Adlai Stevenson, intenta con gran esfuerzo destacar la idea del colonialismo sovi√©tico. Semejantes tentativas demuestran hasta qu√© punto todo lo europeo se encuentra hoy d√≠a a la defensiva. Europa, en el sentido del anti-colonialismo, a√ļn hoy, se limita geogr√°ficamente al espacio de la vieja Europa. As√≠ resalta el car√°cter especial del anti-colonialismo. No debemos ignorar lo espacial al pensar en el car√°cter ideol√≥gico de este fen√≥meno. Lo que a√ļ7n sobrevive de las ideas cl√°sicas del Derecho internacional tiene su origen en un orden espacial puramente europeo-c√©ntrico. El anti-colonialismo es un fen√≥meno que acompa√Īa a la destrucci√≥n de este orden espacial. Est√° orientado exclusivamente hacia atr√°s, hacia el pasado, y tiene como objetivo la liquidaci√≥n de un estado vigente hasta ahora. Aparte de postulados morales y de la criminalizaci√≥n de las naciones europeas, no ha producido ni una sola idea de un nuevo orden. En lo fundamental, est√° determinado por una idea espacial, aunque s√≥lo negativamente, sin tener capacidad para fomentar, de manera positiva, los comienzos de un nuevo orden espacial. Adem√°s, este espacio se nos presentar√° bajo otro aspecto sorprendente y nuevo: como espacio de ayuda al desarrollo industrial. Hablar√© m√°s adelante de este problema.

Me pareci√≥ interesante destacar el aspecto espacial del anti-colonialismo, precisamente, por su tendencia negativa y destructiva. Respecto al otro fen√≥meno universal, que est√° llamativamente en primer plano, la invasi√≥n de nuevos espacios c√≥smicos, es evidente su aspecto espacial. Incluso parece ser exclusivamente un problema espacial. Cuando actualmente se dice que nuestra √©poca es el siglo del espacio, y en todas partes donde se habla con insistencia o con pathos de "espacio", se piensa, en primer lugar, en el espacio c√≥smico y su conquista. Nuevos espacios inconmensurables se abren y, como suele ocurrir inevitablemente con cualquier acci√≥n humana y con el establecimiento de cualquier orden humano, se toman y se reparten de una u otra forma. Hablamos, hace un rato, de un nomos de la tierra: el problema parece extenderse ahora hacia lo infinito, y, en consecuencia, parece que debemos pensar en un nomos del cosmos. Comparados con las proporciones gigantescas de la toma y divisi√≥n de espacios c√≥smicos, todos los acontecimientos hist√≥ricos anteriores -toma de la tierra, toma del mar e incluso la conquista del espacio atmosf√©rico- nos parecen ahora peque√Īos e insignificantes.

Nos encontramos ante un curioso anti-fen√≥meno del fen√≥meno anti-colonialista, del cual hemos hablado antes. La ideolog√≠a anti-colonialista se queda aqu√≠ abajo, en nuestro peque√Īo planeta. La conquista del cosmos, sin embargo, nos traslada a nuevos espacios inmensos, incluso nos sustrae de la gravitaci√≥n de la tierra, y parece que ni siquiera tiene necesidad de un punto arquim√©dico. El anti-colonialismo no es otra cosa que la liquidaci√≥n de un pasado hist√≥rico a costa de naciones europeas. La conquista del cosmos es puro futuro, y convierte, aparentemente, toda la historia vivida hasta hoy en un preludio insignificante. Sin embargo, ser√≠a superficial olvidar y despreciar la relevancia del aspecto espacial en el cual se encuentran los dos anti-fen√≥menos; porque la carrera actual por la gran toma del espacio c√≥smico y la rivalidad gigantesca de Este y Oeste, de Estados Unidos y la Uni√≥n Sovi√©tica, es a√ļn, en primer lugar y fundamentalmente, el problema de la dominaci√≥n de nuestra tierra, del dominio pol√≠tico en nuestro planeta, por muy peque√Īo que nos parezca desde el punto de vista c√≥smico. Solamente quien domine la tierra dominar√° los nuevos espacios c√≥smicos, que se hacen accesibles al hombre gracias a los nuevos medios t√©cnicos. Y al rev√©s: cada paso que se de en la toma del espacio c√≥smico significar√° un paso en la dominaci√≥n de la tierra para el poder que lo efect√ļe. Este es, incluso por ahora, el verdadero y aut√©ntico sentido de la penetraci√≥n en el cosmos. La propaganda fant√°stica que se organiza en torno a los Sputnicks y astronautas tiene el objeto pol√≠tico muy concreto de impresionar a los habitantes de esta tierra y no a los eventuales habitantes de la Luna o de Marte. La dominaci√≥n de la estratosfera o del cosmos tendr√° su repercusi√≥n en la estrategia de las guerras que tengan lugar en esta tierra. Tambi√©n aqu√≠ la guerra se hace total. Pero sigue siendo una guerra, fr√≠a o caliente, que hombres de esta tierra hacen contra otros hombres de la misma tierra.

2. LA MODERNA GUERRA FR√ćA ES UNA PARTE DE LA GUERRA REVOLUCIONARIA

Tenemos que considerar, por consiguiente, el aspecto espacial que implican los fenómenos anti-colonialismo y conquista del cosmos para el problema de un orden de nuestra tierra. Los dos están implicados en los frentes y destinos de la guerra fría. Hasta la actualidad, el Este aprovecha el anti-colonialismo contra Occidente; los nuevos espacios cósmicos se convitieron es escena de una rivalidad intensa entre Este y Oeste. Todo esto no nos sorprende apenas, porque hasta tal punto nos hemos acostumbrado a la guerra fría que ya nos parece un hecho natural de la existencia actual de la humanidad. Pero precisamente por esto es necesario que no perdamos de vista la peculiaridad concreta del actual género de guerra fría y que no reduzcamos sus cuestiones y problemas a ideas generales y abstractas. Existe aquí un peligro especial de generalización abstracta. En todas las épocas de la historia humana existieron estados intermedios entre guerra y paz que se pueden utilizar en la discusión moral o jurídica de la situación actual como paralelos o semejanzas. Esto produce con frecuencia la impresión de un conocimiento moral o jurídico, e incluso de una definición clara, aunque, en realidad, impide acertar lo verdaderamente concreto y peligroso de la guerra fría actual. Debemos estar muy conscientes de este peligro de generalización abstracta para poder analizar en su particularidad concreta los diversos estadios por los que pasó la moderna guerra fría desde la segunda guerra mundial hasta hoy.

Como ya hemos dicho, encontramos en todas las √©pocas estados intermedios entre guerra y paz. En una palabra, el llamado status mixtus existe desde que hay guerra y paz en el mundo. En este sentido es posible y perfectamente admisible, hablar de la guerra fr√≠a como un fen√≥meno hist√≥rico general. Garc√≠a Arias descubri√≥ que el t√©rmino guerra fr√≠a ya aparece en la Edad Media espa√Īola en un p√°rrafo del Libro de los Estados de don Juan Manuel, el cual dice de la guerra fr√≠a en el siglo XIV: "Ni trae paz, ni da honra al que la face" --(Nota 1: Luis Garc√≠a Arias: "Sobre la licitud de la Guerra moderna", en La guerra moderna. Publicaci√≥n de la C√°tedra General Palafox. Universidad de Zaragoza, 1 -1955-, p√°g. 120)-- Generalmente conocida y muy citada es la frase de Cicer√≥n:Inter pacem et bellum nihil medium. Hugo Grotius cita esta f√≥rmula en su libro De jure belli ac pacis, 1625, y, desde entonces, lleg√≥ a ser una frase proverbial. Ya estos dos ejemplos nos demuestran que el estado intermedio entre guerra y paz depende de la estructura de guerra y paz, que cambia seg√ļn las √©pocas. Una guerra fr√≠a entre se√Īores feudales cristiano-medievales o entre imperios cristianos e isl√°micos es otra cosa que el estado intermedio al cual se refiere Cicer√≥n. En su octava fil√≠pica contra Marco Antonio, Cicer√≥n tiene presente un estadio dentro de la Rep√ļblica Romana. que es, precisamente, la guerra civil. Un status mixtus entre dos guerras civiles es, naturalmente, muy distinto de un estado intermedio entre dos guerras, que realizan, de Estado a Estado, dos Estados impermeables, s√≥lidamente fundados. Al usar Grotius en el a√Īo 1625 la frase de Cider√≥n, haciendo de ella un dogma, efect√ļa un cambio esencial de estructura. Grotius est√° situado ya al principio del ius publicum Europeaum[i] entre Estados, del Derecho internacional cl√°sico, cuya estructura implica que la guerra, en el sentido del Derecho internacional, es una guerra entre Estados, y precisamente, entre los Estados soberanos de un orden del mundo europeo-c√©ntrico surgido en aquel entonces. La guerra civil, en cambio, se desarrolla dentro de un Estado.

Hoy día se habla mucho de los llamados conceptos "clásicos", tanto del Derecho internacional como del Derecho constitucional --(Nota 2: Véase la palabra clave "klassische Begriffe" en el indice de materias de mis [i]Verfassungsrechtliche Aufsätze, Berlín, Duncker & Humblot, 1958, pág. 512)
--. Semejantes nociones cl√°sicas constituyen a√ļn hoy con frecuencia la base de formaci√≥n de ideas jur√≠dicas o morales, ya sea consciente ya inconscientemente. Se siguen suponiendo vigentes, pero al mismo tiempo se problematizan y se disuelven. Tambi√©n en esto se refleja el estado intermedio del orden del mundo actual. Es un estado peligroso, porque es la causa de muchas perturbaciones, y facilita el abuso de palabras e ideas de prestigio tradicional, sobre todo palabras e ideas como guerra, paz y neutralidad. Los "cl√°sicos" del Derecho internacional existente hasta ahora, y que era, como ya hemos dicho, un Derecho esencialmente europeo, fue precisamente la separaci√≥n y distinci√≥n exacta de guerra y paz, de Estados beligerantes y Estados neutrales, de combatientes y no-combatientes, de militares y civiles; todas ellas distinciones precisas, que encontraron finalmente su formulaci√≥n cl√°sica en las normas del Convenio de La Haya de 1907.

La distinci√≥n fundamental, sin embargo, que es la base de todos estos conceptos cl√°sicos del Derecho internacional, y que hace posible la idea de una aut√©ntica neutralidad, es una distinci√≥n que se perdi√≥, seg√ļn todas las apariencias, despu√©s de la segunda guerra mundial: es la distinci√≥n de enemigo y criminal. Seg√ļn el Derecho internacional cl√°sico, se lucha con un enemigo sin declararlo criminal. Por el contrario, se respeta como soberano e igual, y, por consiguiente, despu√©s de haberlo vencido se puede concluir una paz honrada.

Todo lo que se puede celebrar hasta la actualidad como progreso humanitario en la Historia del Derecho internacional se basa en esta distinci√≥n cl√°sica. Hoy d√≠a comprendemos muy bien que el diplom√°tico franc√©s Talleyrand celebrara esta distinci√≥n con tanto entusiasmo y con tan gran pathos, en un famoso memor√°ndum del a√Īo 1805, como el mayor progreso de la humanidad. Hoy, en la √©poca de la guerra total, de la guerra exterminadora, de la guerra organizada de partisanos la conciencia de este progreso se pierde, evidentemente, y una reca√≠da en el barbarismo parece casi inevitable. Seg√ļn las famosas tesis de Lenin y Mao Tse Tung, solamente la guerra revolucionaria es una guerra justa; es decir, una guerra que tiene por objeto la destrucci√≥n del orden social en el pa√≠s del adversario, exterminar sus capas dominantes y realizar un reparto nuevo de poder y propiedad, sin tener en cuenta la distinci√≥n de guerra ofensiva y guerra defensiva. Esta guerra revolucionaria no tiene otro inter√©s u orientaci√≥n que su fin objetivo, que es la subversi√≥n social en el otro pa√≠s. Todo lo dem√°s, incluida la distinci√≥n de guerra y paz, no significa para ella m√°s que un asunto t√°ctico o estrat√©gico de la beligerancia revolucionaria. La utilizaci√≥n de m√©todos militares o no militares es una cuesti√≥n de circunstancias, de la misma manera que se usan medios legales o ilegales para subir al poder. Este es el primer principio fundamental y determinante de la guerra revolucionaria. Mao Tse Tung, en una disertaci√≥n famosa sobre este especie moderna de guerra, ha calculado la relaci√≥n cuantitativa y cualitativa de medios b√©licos y pac√≠ficos en ella, es decir, su proporci√≥n de guerra caliente y guerra fr√≠a. Opina que la guerra caliente se aplica s√≥lo cuando la guerra fr√≠a de los medios pac√≠ficos ya haya madurado la situaci√≥n para la invasi√≥n militar. Solamente entonces aparece un ej√©rcito rojo y ocupa el pa√≠s. En cifras, Mao calcula la proporci√≥n de estas dos especies de guerra en 10 por 1. Con otras palabras: la guerra revolucionaria est√° constituida en nueve d√©cimos por la guerra fr√≠a, y s√≥lo el √ļltimo d√©cimo, aunque decisivo, es guerra caliente. Es una proporci√≥n que deber√≠amos tener en cuenta cuando reflexionamos sobre la guerra fr√≠a. Porque la enemistad, que constituye la esencia de cualquier guerra, no es menor en los nueve d√©cimos de la guerra fr√≠a que en el √ļltimo d√©cimo de la llamada guerra caliente.

La guerra revolucionaria se sirve de los conceptos cl√°sicos del Derecho internacional exclusivamente para sus fines revolucionarios, tal como se sirve del Derecho constitucional cl√°sico y, en definitiva, del Derecho civil. Los convierte en armas e instrumentos de sus objetivos t√°cticos y estrat√©gicos. Los instrumentaliza, y esto implica, en un sentido determinado, que los relativiza y los neutraliza. Es una destrucci√≥n desde dentro, y algo muy distinto de la neutralidad en el sentido de la objetividad jur√≠dica, en la cual suele pensar el jurista al o√≠r hablar de relativizaci√≥n y neutralizaci√≥n. Tambi√©n los juristas del mundo occidental tienen hoy d√≠a una tendencia a relativizar las ideas cl√°sicas. Fraccionan especialmente el concepto de la guerra seg√ļn las m√ļltiples leyes particulares cuya aplicaci√≥n est√° en cuesti√≥n. As√≠, existe una guerra en el sentido del Convenio de La Haya adem√°s de otra guerra muy distinta en el sentido de las normas del Derecho mercantil -por ejemplo, de la cl√°usula sash and carry- o una guerra en el sentido de ciertas normas del Derecho de seguro, etc. --(Nota 3: Fritz Grob:The relativity of War and Peace, 1949; adem√°s el trabajo de Helmut Rumpf: "Die Relativit√§t des Krieges", en [i]Archiv des V√∂lkerrechts, tomo 6, p√°g. 51 (1956); Manuel Fraga Iribarne, en Homenaje a Camilo Barcia Trelles, 1959, p√°g. 344)--. Esto es una soluci√≥n pr√°cticamente positivista; tiene su ventaja para la aplicaci√≥n de m√ļltiples leyes dentro de la guerra fr√≠a. Pero el peligro est√° en que el m√©todo de la relativizaci√≥n jur√≠dico-positivista da, en muchos casos, el mismo resultado final que el m√©todo revolucionario de relativizaci√≥n que, naturalmente, tiene intenciones de car√°cter completamente distinto. La atenci√≥n se desv√≠a y deja de fijarse en el problema crucial del ordenamiento del mundo, que es siempre un problema pol√≠tico, y se legaliza un estado intermedio cuya legalidad se pone sin gran esfuerzo al servicio de la guerra revolucionaria.

Se debe conocer esta problemática de ideas para interpretar justamente la situación mundial de este momento. Un estado intermedio entre guerra y paz en el cual un contrincante poderoso hace una guerra revolucionaria es algo completamente distinto de lo que se llamaba en siglos anteriores status mixtus o guerra relativa y parcial. Un nuevo estado intermedio había ya empezado desde el fin de la primera guerra mundial. El sistema colectivo de seguridad de la Sociedad de las Naciones de Ginebra y las tentativas de una proscripción de la guerra agresiva han destruido el concepto clásico de neutralidad jurídico-internacional. El sistema de seguridad colectiva no era ni un sustitutivo de paz ni una garantía contra la guerra. La Unión Soviética, admitida como miembro en la Sociedad de las Naciones en 1935, aprovechó sus instituciones y procedimientos para lograr sus fines de revolución mundial. Se intercaló intensamente en las discusiones sobre desarme, proscripción de la guerra y definición del agresor, y presentó las propuestas más radicales. Se ,lo podía permitir, porque la guerra revolucionaria que estaba haciendo era solamente en una décima parte guerra militar, y, por lo demás, se desarrollaba en otro plano que la guerra del clásico Derecho internacional, la cual se había proscrito con tanto celo.

3. LOS TRES ESTADIOS DE LA GUERRA FR√ćA: MONISTA, DUALISTA Y PLURALISTA

Ya antes de empezar la segunda guerra mundial, exactamente el 26 de abril de 1939, el primer ministro ingl√©s Chamberlain, declar√≥ en la C√°mara de los Comunes, con motivo de la introducci√≥n del servicio militar obligatorio: "Verdad es que no tenemos guerra, pero tampoco tenemos paz" --(nota 4: A esta frase de Chamberlain se refiere un trabajo que publiqu√© unos meses despu√©s, en octubre de 1939, en la Zeitschrift der Akademie f√ľr deutsches Recht, 6, Jahrgang, Heft 18, p√°gs. 594-95 con el t√≠tulo "Inter pacem et bellum nihil medium".)-- Durante la segunda guerra mundial, la discusi√≥n jur√≠dica de la guerra fr√≠a se orientaba en torno a la idea de la neutralidad. Esta neutralidad se parcelaba con nuevas distinciones, se relativizaba y se disolvi√≥ cada vez m√°s, pero nunca abandon√≥ por completo su punto de referencia: la idea cl√°sica de neutralidad jur√≠dico-internacional. As√≠ surgieron fen√≥menos intermedios como no beligerancia, y la pr√°ctica de las [i]measures short of war. Los Estados Unidos practicaron esta clase de media o cuarta neutralidad hasta su entrada franca en la guerra, es decir, hasta la declaraci√≥n de guerra de Hitler en 1941. Pero siempre que exista plana, media o cuarta neutralidad, existir√° tambi√©n plena, media o cuarta guerra. Este era el camino hacia un estado intermedio, que ya no dejaba distinguir d√≥nde terminaba la paz y comenzaba la guerra. La amistad que un√≠a a Roosevelt y Stalin y la lucha com√ļn contra Hitler evitaba el conocimiento cr√≠tico de que ya en aquel entonces Stalin, por su lado, practicaba frente a los Estados Unidos una especie de estado intermedio entre guerra y paz, que formaba parte de su estrategia de guerra revolucionaria.

Así empezó la primera fase de la moderna guerra fría. Podemos calificarla de fase monista, porque se basaba en la idea de que la unidad política del mundo en 1943 existía ya en el fondo, y que solamente habría que eliminar algunos obstáculos, como la Alemania de Hitler, para realizar, por fin, la paz universal y un nuevo orden del mundo. Desde 1942, la alianza entre Estados Unidos y la Unión Soviética se convirtió en la base de todo un sistema de construcciones político-mundiales que todavía hoy tienen su repercusión en muchas imaginaciones poco críticas. Especialmente se estableció la nueva organización de la paz universal, la ONU, sobre el fundamento problemático de una amistad entre Roosevelt y Stalin.

Esta primera fase no era, en el fondo, m√°s que un preludio. Ya en el a√Īo 1947, dos a√Īos despu√©s de terminada la segunda guerra mundial, la guerra fr√≠a entr√≥ en su segunda fase. A diferencia del primer estadio, que era monista, aunque solamente en el sentido de una unidad ilusoria, aparece ahora una estructura pronunciadamente dualista o bipolar. Ya no se trataba de que un protagonista de la amistad mundial observara una neutralidad, aunque fuera parcial, en una guerra que hiciera el otro protagonista contra una tercera potencia; m√°s bien surge una enemistad intensa entre las dos potencias mundiales, hasta ahora aisladas, y que son las dos columnas firmes de la organizaci√≥n mundial de la ONU. La ilusi√≥n de una unidad del mundo se rompi√≥. Stalin cambi√≥ totalmente su estrategia de la guerra revolucionaria. En 1947, su portavoz Shdanov, proclam√≥ la doctrina de los ‚Äúdos campos‚ÄĚ, es decir, el reparto total del mundo entero entre Estados Unidos y Uni√≥n Sovi√©tica seg√ļn el criterio amigo-enemigo; y entre estos dos campos ya no ser√≠a posible una neutralidad aut√©ntica.

En este momento se volatizaron las ideas del mundo √ļnico, del One world y del Estado mundial. No eran m√°s que un fen√≥meno ideol√≥gico que acompa√Īaba al pre-estadio monista, y no ten√≠a m√°s sustancia pol√≠tica que aqu√©l. De la idea del One World no qued√≥ m√°s que las antiguas utop√≠as progresistas y las fantas√≠as tecnicistas. La unidad del mundo no es un problema cibern√©tico, sino un problema pol√≠tico que implica una tarea seria, incluso tr√°gica: la superaci√≥n de la enemistad entre hombres y pueblos, entre clases, culturas, razas y religiones ‚Äď(nota 5: El t√©rmino bipolar resulta casi demasiado neutral para la tensi√≥n hostil de semejante dualismo mundial, porque polaridad es un concepto proveniente de las ciencias naturales, y enemistad pol√≠tica entre hombres significa otra cosa que una polaridad qu√≠mica o f√≠sica.)--. En la fase dualista, las dos grandes potencias enemigas toleran la neutralidad de otros Estados solamente hasta cierto grado, mientras que la relaci√≥n de enemistad entre los dos contrincantes del dualismo no admite la neutralidad ni siquiera una neutralidad parcial, sin dejar de ser enemistad y convertirse en otro estadio. La neutralidad parcial que observ√≥ el presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt, en los primeros meses de la segunda guerra mundial, frente a Hitler era, por consiguiente, cosa distinta de la llamada neutralidad actual entre los dos bloques enemigos en la fase dualista de la guerra fr√≠a. El dualismo puede permitir un peque√Īo grado de libertad de bloque, como fen√≥meno marginal o excepci√≥n sin importancia. Pero cuando los pa√≠ses fuera de bloques constituyan por su cantidad y por su importancia un tercer frente, que represente un poder pol√≠tico independiente, la guerra fr√≠a entrar√° en su tercera fase.

Parece que estamos presenciando dicho momento, y que el sistema dualista bipolar del mundo se revela por una estructura pluralista multipolar. El momento merece, por consiguiente, un an√°lisis especial. El hecho de que la organizaci√≥n mundial de la ONU est√© sufriendo una transformaci√≥n evidente es s√≠ntoma de que lleg√≥ un momento cr√≠tico. Esta transformaci√≥n evidencia un cambio en el orden del mundo, semejante al de hace diez a√Īos. Despu√©s del breve preludio de la ilusi√≥n monista, la fase dualista de la guerra fr√≠a se caracteriz√≥ por la paralizaci√≥n del Consejo de Seguridad de la ONU, provocada por el veto permanente de la Uni√≥n Sovi√©tica. Solamente hasta febrero de 1957, la Uni√≥n Sovi√©tica opuso 80 veces su veto; desde entonces son ya m√°s de 100 vetos. Hay que tener en cuenta que el Consejo de Seguridad deb√≠a ser, originariamente, el verdadero √≥rgano pol√≠tico-mundial para la garant√≠a de la paz. Precisamente este √≥rgano se convirti√≥ en escenario de la guerra fr√≠a que las dos potencias mundiales siguieron haciendo incluso dentro de este foro ilustre. En el a√Īo 1953, los Estados Unidos se vieron obligados a provocar una resoluci√≥n que cambi√≥ el procedimiento: ahora era la Asamblea General, en vez del Consejo de Seguridad, quien, con mayor√≠a de dos tercios, tomaba las decisiones para la seguridad de la paz mundial. No tiene mayor importancia si este cambio correspondi√≥ al car√°cter originario de los estatutos; el hecho es que con la ayuda de este traspaso del Consejo de Seguridad a la Asamblea General, la ONU funciona bastante bien, y la Uni√≥n Sovi√©tica toler√≥ pr√°cticamente este sistema.

Pero en los √ļltimos a√Īos surgi√≥ una cantidad asombrosa de nuevos Estados africanos y asi√°ticos que se admitieron sin m√°s en la ONU. El anti-colonialismo antieuropeo sustituy√≥ cualquier legitimidad o legalidad. Con la irrupci√≥n de estos nuevos miembros en la Asamblea plenaria se transform√≥ tambi√©n el car√°cter de este organismo de la ONU. La mayor√≠a de dos tercios ya no estaban con seguridad en manos de los Estados Unidos. Mencionar√© solamente los nombres de Argelia, el Congo y Goa para recordar lo que esto significa pr√°cticamente. Surge una nueva situaci√≥n imponderable. Un conocido publicista norteamericano, Joseph G. Harsch, hizo incluso la proposici√≥n de que los dos contrincantes de la guerra fr√≠a, Estados Unidos y Uni√≥n Sovi√©tica, se pongan otra vez de acuerdo, de cualquier manera, para salvar por lo menos un resto de estabilidad del caos amenazador que est√° provocando lo que √©l llama el imperialismo de color.

4. EL ACTUAL PLURALISMO DE ESPACIOS DE DESARROLLO INDUSTRIAL

As√≠, pues, al estadio dualista sigue ahora una fase pluralista. Ser√≠a equivocado considerarlo simplemente como un aumento del dualismo, e ignorar la transformaci√≥n profunda de la estructura del espacio, que afecta incluso a la misma idea del espacio. La superficie de la tierra nos ofrece hoy la imagen de una multitud de m√°s de cien Estados que pretenden ser soberanos. Todos viven a la sombra del equilibrio at√≥mico de las dos potencias mundiales. Hay aproximadamente una docena que se sustraen a la alternativa entre los dos bloques mundiales. Ninguno de estos Estados puede eludir la tendencia al gran espacio (Grossraum), a no ser que prefiera caer en la insignificancia pol√≠tica. El desarrollo t√©cnico no condujo a√ļn, ni mucho menos, a la unidad pol√≠tica de la tierra y de la humanidad. Pero parece que los l√≠mites de los m√ļltiples Estados particulares y sus mercados interiores se hicieron demasiado peque√Īos. Entre la unidad del mundo, ut√≥pica hasta ahora, y la √©poca pasada de dimensiones espaciales anteriores se intercala, por alg√ļn tiempo, el estadio de la formaci√≥n de grandes espacios.

El pluralismo de espacios con que nos encontramos hoy es, en realidad, un pluralismo de grandes espacios. Pero ‚Äúgran espacio‚ÄĚ significa algo muy distinto de un espacio al estilo antiguo simplemente aumentado. Al pensar en espacio, lo primero que hacemos es pensar en espacios de dos dimensiones. El Estado, en el sentido del Derecho internacional, es, en primer lugar, un territorio delimitado, dentro del cual se realiza la legislaci√≥n, el gobierno y la justicia nacionales. Tambi√©n nuestra idea tradicional y cl√°sica de guerra y batallas nos retiene en un pensamiento de planos. Nos imaginamos la guerra como una serie de batallas que tienen lugar en campos de batalla, donde tambi√©n se deciden. Esta es una idea barroca que concibe la guerra como un teatro. Frente a esto debemos recordar que la guerra revolucionaria de la situaci√≥n actual es, como hemos visto, solamente en una d√©cima parte guerra en un sentido espectacular. Su mayor parte no se efect√ļa en semejantes planos y campos de batalla abiertos, sino en los espacios multidimensionales de la guerra fr√≠a. Se suma a todo esto, adem√°s, la idea difundida del llamado bloque continental, de tal manera que las palabras espacio y gran espacio nos sugieren, en primer lugar, unas √°reas bien definidas y no un conglomerado multipolar de vol√ļmenes permeables.. Nosotros, los europeos, estamos a√ļn bajo las impresiones de la disoluci√≥n de los grandes imperios ultramarinos de las potencias europeas, como Inglaterra, Francia, Holanda y B√©lgica. Ni siquiera el Commonwealth ingl√©s se ha podido conservar como unidad pol√≠tica. Para nosotros es l√≥gico querer deducir de este precedente que sea inevitable la existencia de grandes bloques unidos, continentales e impermeables.

Todo esto no enfoca exactamente el n√ļcleo del problema, porque en este momento se est√° formando una base de partida para un nuevo orden espacial de la tierra. Verdad es que los Estados del bloque oriental siguen aparentemente en una fuerte cohesi√≥n continental. Pero tambi√©n hay all√≠ rupturas de continuidad. Un ejemplo llamativo es Albania, que sali√≥ del √°rea de defensa sovi√©tica para entrar en contacto inmediato con la china comunista, mucho m√°s lejana. Pero qued√©monos por ahora en el Occidente para contemplar mejor la particularidad de los grandes espacios que nos interesan. El ejemplo de los Estados Unidos ‚Äďel mayor potencial militar y econ√≥mico del mundo, la primera fuerza at√≥mica- nos aclarar√° el pluralismo moderno de los grandes espacios. Si ya el ejemplo de los Estados Unidos nos demuestra el contraste con la estructura espacial anterior, que ten√≠a un car√°cter de √°rea relativamente sencillo, mucho m√°s nos sorprender√°n los m√ļltiples Estados peque√Īos y medianos de esta tierra, bajo el aspecto de una estructura espacial transformada.

Como es sobradamente claro, los Estados Unidos son, en primer lugar, un espacio delimitado en el sentido del Derecho internacional cl√°sico. Tienen sus fronteras territoriales determinadas, que cualquier ni√Īo puede reconocer en un atlas geogr√°fico por el color. Suele a√Īadirse, adem√°s, la famosa zona de tres millas a lo largo de la costa mar√≠tima y alguna cosa m√°s. Las reclamaciones que existen frente a la plataforma submarina nos indican otro volumen distinto, cuya problem√°tica no vamos a profundizar ahora. Pero para nuestro tema es de inter√©s el hecho sobradamente conocido de que los Estados Unidos fijaron, merced a la pr√°ctica de la doctrina Monroe, un amplio distrito geogr√°fico, esto es, el hemisferio occidental. Sus l√≠mites geogr√°ficos se discutieron a fondo, en casos particulares, durante la segunda guerra mundial; por ejemplo, en la cuesti√≥n de los l√≠mites en el Oc√©ano Pac√≠fico o en el caso de Groenlandia ‚Äď(Nota 6: Vid. Carl Schmitt: Der Nomos der Erde, Berl√≠n, 1950 (Verlag Duncker & Humblot), p√°gs. 259-60.)--. Pero el verdadero espacio pol√≠tico de los Estados Unidos pertenece no solamente su territorio, en el sentido de esfera de competencia estatal en donde rige su legislaci√≥n, gobierno, administraci√≥n y justicia, y no s√≥lo tambi√©n la esfera de la influencia de la doctrina de Monroe, sino que los Estados Unidos son, adem√°s, el factor m√°s importante de la comunidad de defensa atl√°ntica, de la OTAN, que abarca quince Estados, americanos y no americanos. Los Estados Unidos tienen, adem√°s, su lugar en el espacio global de la ONU. La zona de defensa de la OTAN no es una ‚Äúregi√≥n‚ÄĚ en el sentido del art√≠culo 52 de los estatutos de la ONU, porque en el Consejo de Seguridad no hay unanimidad sobre su car√°cter pac√≠fico; bas√°ndose en el art√≠culo 51 de los estatutos de la ONU, que reconoce el derecho de la autodefensa, la esfera de defensa de la OTAN est√° entresada del espacio global de la ONU. Y es mejor no hablar del espacio que surge del hecho de que los Estados Unidos son una fuerza at√≥mica pero la OTAN no.

Estos cuatro espacios de densidad y permeabilidad muy distinta ‚Äďterritorio estatal, hemisferio occidental de la doctrina de Monroe, esfera de defensa de la OTAN y espacio global de la ONU-, todos estos espacios, repito, se suelen imaginar como superficies espaciales. Pero en realidad son campos de fuerzas magn√©ticas de energ√≠a y de trabajo humanos. Se podr√≠an evocar aqu√≠ otros espacios: el espacio de aut√©ntica influencia americana, que no es id√©ntico al espacio de la doctrina de Monroe, ni mucho menos; adem√°s, el espacio de alcance econ√≥mico del mercado interior y exterior de Norteam√©rica, el espacio de influencia del d√≥lar americano, y tambi√©n el espacio de la expansi√≥n cultural, del idioma y del prestigio moral. No quiero entrar aqu√≠ en una discusi√≥n sin fin sobre el problema espacial, y les pido perd√≥n a ustedes por haberme ido ya tan lejos. Pero era imprescindible llamar la atenci√≥n sobre las m√ļltiples interferencias y compenetraciones de los diversos espacios, para resaltar la particular caracter√≠stica de la clase de espacio que nos interesa especialmente en este momento y que determinar√° el destino de todos los pueblos de la tierra: es el espacio del desarrollo industrial y la divisi√≥n de la tierra en regiones y pueblos industrialmente desarrollados o subdesarrollados. Es, al mismo tiempo, el problema de la ayuda al desarrollo industrial que prestan los desarrollados a los menos desarrollados, invirtiendo su riqueza en otros.

Al principio de mi conferencia utilic√© la palabra nomos como denominaci√≥n caracter√≠stica para la divisi√≥n y distribuci√≥n concreta de la tierra. Si me preguntan ahora, en este sentido del t√©rmino nomos, cual es, hoy d√≠a, el nomos de la tierra, les puedo contestar claramente: es la divisi√≥n de la tierra en regiones industrialmente desarrolladas o menos desarrolladas, junto con la cuesti√≥n inmediata de qui√©n le da a qui√©n ayuda de desarrollo. Esta distribuci√≥n es hoy la verdadera constituci√≥n de la tierra. Su gran fuente documental es el art√≠culo 4.¬ļ de la doctrina de Truman, de 20 de enero de 1949, que estatuye expresamente esta distribuci√≥n y proclama con toda la solemnidad el desarrollo industrial de la tierra como plan y fin de los Estados Unidos. La importancia fundamental de este documento no pas√≥ inadvertida y se discuti√≥ ya hace a√Īos ‚Äď(Nota 7: V√©ase mi conferencia en el seminario filos√≥fico del profesor Joachim Ritter, Universidad de M√ľnster, el 9 de marzo de 1957; adem√°s la glosa cinco en mis Verfassungsregchtliche Aufs√§tze aus den Jahren 1924-54, Berl√≠n (Verlag Duncker & Humblot), 1958, p√°ginas 403-4)--. Pronto se utiliz√≥ en vez de undeveloped la expresi√≥n m√°s suave uncommitted nations o regions. Pero solamente en estos √ļltimos a√Īos el fen√≥meno lleg√≥ en gran medida a la consciencia y se reconoci√≥ como punto de partida para un nuevo orden del mundo; y m√°s a√ļn, en algunas partes del mundo occidental el tema de la ayuda al desarrollo se puso de moda de una manera casi inquietante, y se maneja como una clave c√≥moda para la soluci√≥n de todos los problemas mundiales.

Bajo el aspecto de la ayuda al desarrollo industrial, la imagen del mundo actual est√° llena de contradicciones. Los Estados Unidos y otros pa√≠ses occidentales, entre ellos la Rep√ļblica Federal alemana, conceden esta ayuda de desarrollo no solamente a sus aliados y amigos pol√≠ticos, sino tambi√©n a los neutrales del espacio anti-colonialista. Invierten all√≠ cantidades enormes de capital y de trabajo. La Uni√≥n Sovi√©tica, que tiene la fama de haber realizado sin ayuda exterior alguna su desarrollo industrial, ayud√≥ no solamente a la China a levantar su industria, con sacrificios enormes y renuncias al consumo sin ning√ļn parang√≥n de la poblaci√≥n sovi√©tica, sino que tambi√©n est√° ayudando a pa√≠ses no comunistas o neutrales. El espacio anteriormente colonizado parece ser el ambiente predestinado para esta nueva clase de neutralidad. Quiz√° tenga alguna explicaci√≥n, porque la ideolog√≠a del anti-colonialismo es com√ļn a los Estados Unidos y a la Uni√≥n Sovi√©tica. Pero hay una profunda contradicci√≥n: por un lado, el nuevo espacio del desarrollo neutral se presenta como un escenario de competencia apol√≠tica, puramente comercial, para el progreso industrial de la humanidad; y por otra parte representa, al mismo tiempo, un campo de batalla de una modalidad especialmente intensa y maligna de enemistad y guerra fr√≠a.

As√≠, pues, tenemos a la tierra cubierta por una red tupida de inversiones industriales tanto p√ļblicas como privadas; una red que est√° tejiendo dos contrincantes enemigos. Har√≠a falta un gran iniciado en hacienda, econom√≠a y comercio mundial para penetrar en todos los arcanos de este complejo, y har√≠a falta un especialista expert√≠simo de Derecho internacional privado y p√ļblico para formular con exactitud jur√≠dicas todas las relaciones que resultan de este pi√©lago. Para nuestro tema es importante que una idea decisiva como la neutralidad haya cambiado completamente de contenido y de sentido. La India, por ejemplo, el campe√≥n m√°s radical del anti-colonialismo antieuropeo, se deja desarrollar industrialmente por Rusia, Inglaterra y Alemania al mismo tiempo. Este es el n√ļcleo de su neutralidad. Creo que puedo ahorrarme m√°s ejemplos. Lo esencial es que, a pesar del contraste de Este y Oeste, que proyecta su gran sombra sobre todo, a√ļn no se han fijado definitivamente unos espacios del desarrollo bien definidos. Todo est√° planteado y en tr√°mite. Tampoco la Comunidad Econ√≥mica Europea abarca un desarrollo unitario y bien definido, a pesar de que entr√≥ a comienzos de este a√Īo en su segunda fase m√°s concentrada. La Comunidad Econ√≥mica Europea tiene sus regiones desarrolladas, y, sin embargo, admite que algunos de sus miembros den ayuda de desarrollo industrial a lejanos pa√≠ses africanos y asi√°ticos. Muchos expertos pronostican que la Comunidad Econ√≥mica Europea conducir√° forzosamente a una unidad pol√≠tica de Europa. Pero la cuesti√≥n primordial es si Europa se constituir√° en portador convincente de una ayuda de desarrollo homog√©nea; con otras palabras: si una Europa pol√≠ticamente unificada no tendr√° que hacer, sobre todo, una pol√≠tica de inversiones homog√©nea y unificada, tanto hacia el interior como hacia el exterior, y sin que ning√ļn Estado miembro pueda apartarse de esta l√≠nea invocando su neutralidad.


EP√ćLOGO

Con este problema llego al fin de mi conferencia. No es m√°s que una cuesti√≥n subordinada. El problema decisivo, que sobrepasa todos los dem√°s es el siguiente: ¬ŅEn qu√© sentido se solucionar√° la cuesti√≥n entre el dualismo de la guerra fr√≠a y el pluralismo de los grandes espacios que acabamos de explicar? ¬ŅSe agudizar√° el dualismo de la guerra fr√≠a, o se formar√°n una serie de grandes espacios aut√≥nomos que produzcan un equilibrio en el mundo y, de esta manera, la condici√≥n previa para un orden estable de la paz? Las dos posiciones est√°n abiertas. Aqu√≠ tenemos, por consiguiente, un campo para la libre decisi√≥n pol√≠tica y para la responsabilidad hist√≥rica. Las naciones del mundo y sus l√≠deres tienen que decidirse aqu√≠. No es mi intenci√≥n anticiparme a su juicio. Mi misi√≥n es el diagn√≥stico objetivo de la situaci√≥n actual. Se lo hice a ustedes seg√ļn mis posibilidades. Para finalizar, me gustar√≠a a√Īadir una nota personal.

Expuse el espacio de desarrollo industrial como principal problema de mis consideraciones, y habl√© de lo irresistible del desarrollo industrial. Pero no crean ustedes que fue por entusiasmo hacia el industrialismo actual ni por admiraci√≥n ciega para la clase de ciencia que se pone a su servicio. Era m√°s bien bajo el imperativo de un conocimiento claro del mundo actual y de lo que hoy d√≠a puede ser el punto de partida para un nuevo orden. Hablo del desarrollo industrial con la misma actitud espiritual y moral con la que habl√≥ Tocqueville del moderno desarrollo democr√°tico. Sigo admirando la frase de Unamuno: ‚Äú¬°Que inventen ellos!‚ÄĚ Esta exclamaci√≥n del gr√°n fil√≥sofo tr√°gico es y sigue siendo un s√≠ntoma de superioridad espiritual. No debe cegarnos para las necesidades objetivas del desarrollo industrial, pero nos puede preservar de creer en la t√©cnica moderna como los mejicanos creyeron en los dioses blancos. El mundo entero de la industria y de la t√©cnica modernas no es m√°s que la obra de hombres. Los nuevos grandes espacios que est√°n form√°ndose encontrar√°n su medida a tenor de las dimensiones de una planificaci√≥n y administraci√≥n humanas y, con m√°s precisi√≥n, seg√ļn una planificaci√≥n y administraci√≥n que se organice por hombres frente a hombres, con el objeto de garantizar a las masas de poblaci√≥n de las regiones industrializadas una seguridad racional de existencia, con pleno empleo, moneda estable y amplia libertad de consumo. Solamente cuando los nuevos espacios hayan encontrado la medida inmanente que corresponda a aquellas exigencias, el equilibrio de los nuevos grandes espacios podr√° funcionar. Entonces se ver√° qu√© naciones y pueblos tuvieron la fuerza suficiente para mantenerse en el desarrollo industrial y quedarse fieles a s√≠ mismos, y, por otra parte, qu√© naciones y pueblos perdieron su faz, porque sacrificaron su individualidad humana al √≠dolo de una tierra tecnificada. Entonces quedar√° manifiesto que los nuevos espacios reciben su medida y contenido no solamente por la t√©cnica, sino tambi√©n por la sustancia espiritual de los hombres que colaboraron en su desarrollo, por su religi√≥n y su raza, su cultura e idioma y por la fuerza viviente de su herencia nacional.

FIN
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José Mª Rodríguez Vega



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MensajePublicado: Jue May 03, 2007 7:38 am    TŪtulo del mensaje: LA √ČPOCA DE LA NEUTRALIDAD Responder citando

CARL SCHMITT


LA √ČPOCA DE LA NEUTRALIDAD


Trascripción íntegra de la traducción de Francisco Javier Conde.

Ed. Cultura espa√Īola. Madrid 1941.

…………………

PR√ďLOGO DEL AUTOR A LA EDICI√ďN ESPA√ĎOLA

All√≠ donde la ‚Äúdiferenciaci√≥n de los esp√≠ritus‚ÄĚ comienza, se encuentra el punto extremo de la distinci√≥n del amigo y del enemigo.
Todos los pueblos europeos est√°n hoy empe√Īados en un torneo espiritual de signo universo, en el que tal vez caben algunos cambios t√°cticos de situaci√≥n, pero no una neutralidad espiritual. El que quiere permanecer neutral se excluye a s√≠ mismo. Menos que otro pueblo cualquiera pod√≠a renunciar a la decisi√≥n un pueblo como el espa√Īol, que en todos los momentos cumbres de la Historia universal ha acreditado su arrojo para decidirse en lo que ata√Īe al esp√≠ritu. M√°s bien cumple a otros pueblos medir sus fuerzas mirando esta energ√≠a espa√Īola para la decisi√≥n.

Por eso el hecho de que se d√© a la estampa en lengua espa√Īola esta publicaci√≥n m√≠a, que es mi contribuci√≥n a tan magno torneo, tiene para mi una significaci√≥n infinitamente mayor y harto diferente de la puramente literaria. Es un llamamiento desde un frente y compensa muchos esfuerzos y muchas amarguras; su valor primordial estriba en que acaso mi trabajo resultar√° fruct√≠fero en un pueblo cuyo esp√≠ritu y cuya ejemplaridad me han dado a mi mucho m√°s de lo que yo pudiera devolverle.

El que conoce la dureza del presente torneo universal sabe que no importan los aliados t√°cticos, sino los verdaderos amigos. Por eso es mi mayor alegr√≠a que la traducci√≥n espa√Īola sea obra de Francisco Javier Conde, cuyo esp√≠ritu y cuya alma he tenido ocasi√≥n de conocer y admirar en a√Īos henchidos de destino y a trav√©s de muchos e intensos coloquios.

Berlín, marzo de 1939.


Carl Schmitt

…………………



La época de la neutralidad


(PRIMERA EDICI√ďN, 1929.
SEGUNDA EDICI√ďN 1932)





Los pueblos de Europa vivimos bajo la mirada de los rusos. Su ojo sutil ha penetrado el secreto de las m√°ximas y de las instituciones del siglo XIX. Dotados de enorme vitalidad, consiguen adue√Īarse de nuestros conocimientos y de nuestra t√©cnica y con ellos forjan sus armas. Su valor, fundado en la ciega afici√≥n al racionalismo, su fuerza constitu√≠da por su apego a la ortodoxia, sin diferenciar lo bueno de lo malo, son sus virtudes sobresalientes. Han sabido atemperar el socialismo a las necesidades del alma eslava y tal acontecimiento, como prof√©ticamente escribiera Donoso Cort√©s en 1848, iba a ser el hecho decisivo de nuestro siglo.

En 1929, mil signos han dejado entrever que nos encontramos a√ļn en uno de esos per√≠odos de cansancio que acompa√Īan generalmente a las grandes guerras y se caracterizan por la invocaci√≥n infructuosa del pasado. La Europa del siglo XIX trastornada por una formidable coalici√≥n dirigida durante veinte a√Īos contra Francia, vi√≥ nacer, poco despu√©s de 1815, una generaci√≥n de hombres similares que, salvo algunas excepciones, se pod√≠an definir con esta simple f√≥rmula:<legitimidad del statu quo>.

En estas circunstancias poco importa, en realidad, hacer renacer una manera de vivir desaparecida. Aferrarse desesperadamente a las tradiciones antiguas, tanto en pol√≠tica interior como en la exterior, obedece simplemente a este argumento que uno se hace a s√≠ mismo: ¬ŅDespu√©s del statu quo, qu√© nos espera? Pero pronto, bajo la m√°scara de la restauraci√≥n del pasado, vuelven las cosas ha transformarse con rapidez, y sin llamar la atenci√≥n siquiera, sin que quepa fijar ni su sentido ni su alcance, nacen nuevas situaciones y se establecen relaciones nuevas. Y cuando llega el momento de la legitimidad, se esfuman como un fantasma.

Los rusos se han asido a la letra de nuestro siglo XIX; han estudiado el funcionamiento de todas las cosas con todos sus pormenores y, una vez sentadas las premisas, han sacado sus √ļltimas consecuencias. El m√°s audaz siempre impone sus condiciones a su semejante, se erige en su carcelero, y le obliga a realizar su propio parecer. No es mi intenci√≥n estudiar aqu√≠ la realidad pol√≠tica de Rusia, sino recordar un hecho de primordial importancia: en tierra rusa la lucha contra el cristianismo, favorecida por el prodigioso desarrollo de la t√©cnica, ha sido erigida solemnemente en s√≠mbolo; en este vasto Imperio ha nacido un Estado que aventaja en refinamiento y en poder de realizaci√≥n a todo lo que los pr√≠ncipes absolutos como Felipe II, Luis XIV o Fedrico el Grande, so√Īaron jam√°s realizar. Quien intente, pues, explicar este fen√≥meno, no puede perder de vista la historia europea de los √ļltimos siglos. El espect√°culo de Rusia es la √ļltima etapa de una evoluci√≥n que comienza en Europa Occidental; simboliza el coronamiento de una idea; en √©l se puede analizar como a trav√©s de un cristal de aumento, ese germen vivo de la historia moderna de nuestro continente.
……

DE C√ďMO CADA SECTOR DEL CONOCIMIENTO HUMANO PUEDE CONVERTIRSE, SUCESIVAMENTE, EN CENTRO DE ATRACCI√ďN INTELECTUAL DE UNA √ČPOCA

Recordemos la etapa recorrida por el esp√≠ritu humano a lo largo de estos cuatro √ļltimos siglos, los diferentes sectores desde los cuales se ha dignado contemplar alternativamente a la humanidad. Estas etapas son cuatro: aparecen de una manera curiosa. Llevan los nombres siguientes: Teolog√≠a, Metaf√≠sica, Moral y Econom√≠a. Algunos interpretes de la historia universal, Vico y Comte, han elevado esta observaci√≥n, propia de una √©poca de nuestra historia continental, a regla general rectora de los destinos de la humanidad, y de ella ha salido la famosa <ley de los tres estadios>; teolog√≠a, metaf√≠sica, ciencias o positivismo.

Pero a la verdad, lo √ļnico que cabe afirmar es que Europa, a partir del siglo XVI, ha gravitado sucesivamente sobre cada uno de estos diferentes sectores y que toda nuestra civilizaci√≥n ha sido influ√≠da por esta evoluci√≥n. En el curso de los cuatro siglos transcurridos, la actividad intelectual de nuestros antepasados ha conocido cuatro zonas de atracci√≥n diferente y, por su parte, las minor√≠as activas, que formaban anta√Īo la opini√≥n avanzada, han consagrado alternativamente su pensamiento a sectores diferentes, a medida que los siglos se suced√≠an.

Estas variaciones constituyen la clave para el que aspira a comprender el esp√≠ritu de las generaciones sucesivas. No se trata aqu√≠, sin embargo, de considerar ese desplazamiento de los valores que conduce de la teolog√≠a a la metaf√≠sica, de la metaf√≠sica a la moral y luego a la econom√≠a, como una teor√≠a sobre las ideas dominantes aplicables a la historia general del pensamiento y la sociedad, ni como una ley filos√≥fica del mismo tenor que la ley de los tres estadios. ¬ŅQu√© nos importa a nosotros la historia de las civilizaciones extra√Īas y el ritmo de la historia universal? Tampoco nos preocupa saber si se trata de un progreso o de una regresi√≥n. Adem√°s, ser√≠a necio imaginar que fuera de las preocupaciones dominantes de cada √©poca no hubo otro pensamiento.
Por el contrario, no es raro que coincidan diferentes estadios en una misma √©poca, que muchos contempor√°neos, compatriotas y hasta hermanos, aparezcan repartidos en los diferentes pelda√Īos de la escala. Limit√©monos a recoger los hechos tal como la observaci√≥n nos los muestra: en el curso de los cuatro √ļltimos siglos de nuestra historia, a medida que las minor√≠as se suced√≠an, sus convicciones y sus medios de prueba han ido variando continuamente. Su atenci√≥n se ha dirigido hacia nuevos objetos; su manera de razonar se ha transformado, las grandes l√≠neas ocultas de su pol√≠tica y los medios de persuasi√≥n de las masas han recibido cada d√≠a f√≥rmulas nuevas.

Bien clara es en ese aspecto la primera fase de esta evoluci√≥n, que evoca el paso de la teolog√≠a del siglo XVI a la metaf√≠sica del XVII, periodo de gloria no s√≥lo para la metaf√≠sica, sino tambi√©n para la ciencia, durante el cual florece la edad her√≥ica del racionalismo occidental y brillan nombres como los de Su√°rez y Bacon, Galileo, Kepler, Cartesio, Grocio, Hobbes, Spinoza, Pascal, Leibniz y Newton. Todos los conocimientos matem√°ticos, astron√≥micos y cient√≠ficos que hicieron a este siglo para siempre c√©lebre, no eran m√°s que piezas sueltas de un vasto sistema metaf√≠sico o <natural> que los englobaba; todo pensador era un gran matem√°tico y hasta la superstici√≥n tomaba entonces la apariencia del racionalismo c√≥smico y se llamaba astrolog√≠a. El siglo XVIII, fundado por entero sobre una filosof√≠a de√≠sta, pareci√≥ olvidar la metaf√≠sica para consagrarse a la magna obra de la divulgaci√≥n, a las aplicaciones cient√≠ficas, a los trabajos literarios que relataban los grandes acontecimientos del siglo XVII, al humanismo y al racionalismo. Su√°rez contin√ļa ejerciendo su influencia a trav√©s de las obras populares de aqu√©l tiempo: Pufendorff, cuando trata de la moral o del Estado, no es m√°s que el heredero de Su√°rez y el Contrato social no es, a su vez, sino una vulgarizaci√≥n de Pufendorff. El verdadero <pathos> del siglo XVIII estriba en su estimaci√≥n m√≠stica de la virtud, en alem√°n ‚ÄúTugent‚ÄĚ, ‚ÄúPflicht‚ÄĚ. Ni siquiera el romanticismo de Rousseau consigue desterrar abiertamente la moral. Una de las manifestaciones caracter√≠sticas de este siglo es la definici√≥n que Kant da de Dios: <un par√°sito de la moral>, como suele llam√°rsele en forma irreverente. En esta expresi√≥n: <cr√≠tica de la raz√≥n pura>, cada uno de los t√©rminos ‚Äďcr√≠tica, raz√≥n y pura- se opone rigurosamente a los vocablos dogma, ontolog√≠a y metaf√≠sica.

El siglo XIX se propuso una empresa evidentemente irrealizable, pretendiendo conciliar la tendencia estética y romántica con la economía y la técnica.
El romanticismo del siglo XIX ‚Äďsi nos atenemos a su significaci√≥n hist√≥rica- constituye a manera de un gui√≥n, un enlace est√©tico entre la moral del siglo XVIII y la econom√≠a del XIX; supo, sin gran esfuerzo, granjearse el favor de su √©poca, mediante la transposici√≥n al plano est√©tico de todas las conquistas del esp√≠ritu. La est√©tica est√°, en efecto, en el camino que conduce de la metaf√≠sica y de la moral a la econom√≠a; el consumo y el goce est√©ticos, que siempre rozan lo sublime por alguna parte, tienen por consecuencia necesaria la sumisi√≥n de la actividad intelectual a las leyes de la econom√≠a y la reducci√≥n de nuestro ser a las dos funciones de producci√≥n y consumo. La econom√≠a naci√≥, por decirlo as√≠, de la est√©tica rom√°ntica. En cuanto a la t√©cnica, se nos presenta en el siglo XIX estrechamente ligada a la econom√≠a, bajo la forma del industrialismo. Nada m√°s t√≠pico a este prop√≥sito que las teor√≠as hist√≥ricas y sociales de la doctrina marxista; la econom√≠a aparece por doquier como base fundamental de toda construcci√≥n idealista. Aqu√≠ es donde la t√©cnica entra en escena por primera vez. En efecto, esta doctrina distingue las grandes √©pocas de la humanidad seg√ļn el m√©todo t√©cnico, pero el sistema no deja por eso de ser econ√≥mico y el porvenir cuidar√° de divulgar sus elementos t√©cnicos. En una palabra, el marxismo, conforme en todo punto con el esp√≠ritu econ√≥mico, pertenece enteramente al siglo XIX, siglo esencialmente econ√≥mico.

El desenvolvimiento de la t√©cnica se acent√ļa de tal manera a lo largo del siglo XIX, tan r√°pida es la evoluci√≥n de las relaciones sociales y econ√≥micas, que todas las cuestiones morales, sociales y econ√≥micas se resienten de ello. Bajo el impulso formidable de los descubrimientos y de las realizaciones cada d√≠a m√°s perfectas y m√°s maravillosas, surge una <religi√≥n del progreso t√©cnico>. Todo se resuelve en √ļltima instancia por el progreso. Ning√ļn dogma m√°s evidente ni m√°s elemental que √©ste para las grandes aglomeraciones industriales.

Las masas no tienen consideraci√≥n alguna al largo trabajo preliminar de ensayo necesario para la formaci√≥n de las minor√≠as. Renegando s√ļbitamente de una religi√≥n que descansa en los misterios y en la creencia en el m√°s all√°, han conseguido crear para su uso, sin transici√≥n, una religi√≥n de los misterios t√©cnicos, una religi√≥n terrestre del esfuerzo humano y de la superioridad del hombre sobre los elementos. Han sustitu√≠do el sentimiento religioso por un sentimiento t√©cnico, que, como su predecesor, proviene del misterio. El siglo XX ha nacido de esta fe religiosa en la t√©cnica. Suele llam√°rsele generalmente el siglo de la t√©cnica; en realidad, esta expresi√≥n es incompleta. Cuando decimos <fe religiosa de la t√©cnica>, queremos designar con ello no s√≥lo una relaci√≥n aparente, sino el resultado de una lenta progresi√≥n que s√≥lo en caso de llegar felizmente a t√©rmino pod√≠a dar nacimiento a una religi√≥n.
No existe la unidad de lo espiritual: el esp√≠ritu de una √©poca est√° ligado a las circunstancias pol√≠ticas de hecho que han determinado esa √©poca. Y a la manera como cada naci√≥n fija a su antojo y sin recurrir a otro lo que ella misma entiende por naci√≥n, as√≠ cada √©poca tiene una noci√≥n de la cultura que le pertenece en propiedad. Todo pensamiento original que guarde relaci√≥n con el desenvolvimiento espiritual de la humanidad, ha de tener en cuenta las circunstancias determinantes: son √©stas las √ļnicas leyes v√°lidas en este dominio. A medida que se desplaza el centro de atracci√≥n de la vida espiritual, como vimos que acontece en el curso de los cuatro siglos precedentes, cada vocablo y cada concepto reciben significaciones diversas, adecuadas a las preocupaciones dominantes de la √©poca. No se pierda esto de vista. Gran parte de las confusiones que hicieron la fortuna de algunos impostores provienen de un abuso del vocabulario: no es l√≠cito trasladar a otro sector un t√©rmino modelado por la metaf√≠sica, la moral o la econom√≠a. Las cat√°strofes y los grandes acontecimientos hist√≥ricos que m√°s impresionaban a las generaciones pasadas no eran enteramente ajenos a las preocupaciones dominantes de su tiempo: el temblor de tierra que caus√≥ la destrucci√≥n de Lisboa en el siglo XVIII dio origen a toda una literatura moral, al paso que en nuestros d√≠as, este acontecimiento no tendr√≠a ninguna repercusi√≥n intelectual; en cambio, una devaluaci√≥n o una quiebra en el sector econ√≥mico, no s√≥lo acarrean consecuencias pr√°cticas, sino que una parte considerable de la humanidad se apasiona por los problemas te√≥ricos a que da lugar.

Un sencillo ejemplo pondr√° al descubierto hasta qu√© punto puede variar la significaci√≥n de un vocablo a medida que el centro de gravedad de una √©poca pasa de un sector a otro. La noci√≥n de <progreso>, del mejoramiento y perfeccionamiento ‚Äďhoy d√≠a racionalizaci√≥n- no ces√≥ de agitar al siglo XVIII, preocupado por la moral humanitaria. Se entend√≠a entonces por progreso el adelanto de las ciencias morales, el desarrollo de la personalidad, el se√Īor√≠o de s√≠ mismo, la educaci√≥n y el progreso moral. Luego, con el desenvolvimiento del esp√≠ritu econ√≥mico y t√©cnico, el progreso moral, aunque todav√≠a suscita alguna atenci√≥n, queda preterido en segundo plano, detr√°s del progreso econ√≥mico. En cuanto un sector asume la primac√≠a sobre los dem√°s, todas las cuestiones que interesan a √©stos se convierten en secundarias, y su soluci√≥n queda subordinada a la de los grandes problemas del d√≠a. Durante el reinado de la teolog√≠a, todo parec√≠a resuelto cuando lo hab√≠an sido satisfactoriamente las cuestiones de orden teol√≥gico; lo dem√°s, lo que no depend√≠a de la teolog√≠a, se abandonaba a la iniciativa privada. La misma tendencia caracteriza a las √©pocas siguientes; a medida que se entra en la √©poca de la moral, la √ļnica preocupaci√≥n es dar al hombre una formaci√≥n moral: todos los problemas gravitan sobre la educaci√≥n. Cuando entramos en el reinado de la econom√≠a, ya s√≥lo importa la producci√≥n y distribuci√≥n de las riquezas. Las cuestiones morales y sociales no tienen ya defensores; por √ļltimo, el esfuerzo t√©cnico propiamente dicho, los descubrimientos de la t√©cnica, sirven para zanjar las cuestiones econ√≥micas, y los progresos t√©cnicos se√Īorean todo lo dem√°s.

Citemos todav√≠a otro ejemplo: el representante por excelencia del nivel intelectual de una √©poca determinada, el <clerc>, no es m√°s que el portador de las preocupaciones dominantes de esa √©poca. Tras el te√≥logo y el predicador del siglo XVI, viene el erudito del XVII; vive, retirado en una rep√ļblica de sabios, sin contacto con las masas. Viene luego, en un siglo que todav√≠a no ha dejado de ser aristocr√°tico, la pl√©yade de escritores de gran difusi√≥n cient√≠fica. En cuanto el siglo XIX, ser√≠a un error grave detenerse en el intermedio rom√°ntico y no tomar en consideraci√≥n m√°s que los grandes pont√≠fices de la religi√≥n nueva. El <clerc> del siglo XIX (cuyo primer representante se llama Carlos Marx) es, ante todo, un especialista en cuestiones econ√≥micas. Cabe, sin duda, que uno se pregunte c√≥mo el tipo social del <clerc> se atempera a la mentalidad econ√≥mica y c√≥mo los representantes de la econom√≠a pol√≠tica y de los sindicatos comerciales pueden llegar a formar una minor√≠a intelectual. Por lo que a la t√©cnica respecta, ya veremos m√°s adelante c√≥mo prescinde deliberadamente del <clerc>.

Estos dos ejemplos son suficientemente claros para permitirnos enunciar ahora la ley general. Todos los conceptos del esp√≠ritu y todas las im√°genes que se proponen herir la imaginaci√≥n ‚ÄďDios, libertad, progreso, hombre, naturaleza humana, dominio privado y dominio p√ļblico, raz√≥n y racionalizaci√≥n, y, por √ļltimo, las nociones de naturaleza y de cultura- aparecen en el curso de la historia desprovistas de todo contenido y puestas constantemente bajo la acci√≥n determinante, <bajo la mirada>, si se nos permite explicarnos as√≠, del centro de atracci√≥n de la √©poca.

Pero el Estado es el principal tributario de este centro de atracci√≥n intelectual: a √©l debe sus cualidades y su fuerza; de √©l depende, en efecto, la orientaci√≥n de la ant√≠tesis amigo-enemigo. As√≠, mientras la teolog√≠a ocup√≥ el puesto dominante, el principio <cujus regio ejus religio> tuvo un alcance pol√≠tico que luego perdi√≥. Pero este axioma reaparece m√°s tarde, al formarse las naciones, bajo la apariencia del principio de las nacionalidades (<cujus regio ejus natio>), y todav√≠a se le distingue f√°cilmente bajo el reinado de la econom√≠a, cuando nos dice, por ejemplo, que dentro del mismo Estado no puede haber dos sistemas econ√≥micos contrarios. Capitalismo y comunismo se excluyen entre s√≠. Despu√©s que el Estado Sovi√©tico ha logrado sacar tan ventajoso partido del principio <cujus regio ejus aeconomia>, bien se puede, cro yo, ver en √©l la expresi√≥n de una ley general cuya aplicaci√≥n var√≠a evidentemente seg√ļn la naturaleza del centro de atracci√≥n intelectual dado, pero cuyo alcance es mayor que el de las guerras de religi√≥n del siglo XVI o el de la historia de los peque√Īos Estados de Europa central. El socialismo de Estado trata de instituir un Estado conforme al esp√≠ritu econ√≥mico. El Estado intervencionista quiere ser moderno, es decir, hallarse impregnado del esp√≠ritu del siglo. Debe poner todo su estudio en conocer bien las tendencias vigentes del esp√≠ritu: de esa condici√≥n pende su soberan√≠a. El Estado que en una era econ√≥mica vacila en tomar la delantera y no se decide a regular las relaciones de este linaje, tiene que resignarse a adoptar una posici√≥n neutra frente a los problemas y las decisiones pol√≠ticas y a renunciar, por tanto, a sus pretensiones soberanas.

¬°Extra√Īo fen√≥meno el de este Estado liberal del siglo XIX que as√≠ mismo se titula: "Stato neutrale ed agnostico", y se obstina en ver en su neutralidad un derecho a la existencia! Este hecho inesperado no es f√°cil de explicar en pocas l√≠neas. La doctrina del Estado neutro del siglo XIX es la expresi√≥n de una tendencia general que se desprende del estudio de la historia europea de los √ļltimos siglos y viene a parar en la neutralidad intelectual. Tal vez sea √©sta la explicaci√≥n de lo que se llam√≥ la <√©poca de la t√©cnica>. Veamos c√≥mo.


EL DESENVOLVIMIENTO PROGRESIVO DE LA NEUTRALIDAD Y EL DESTINO DE LA POL√ćTICA


La evolución que hemos considerado en el capítulo precedente y cuyo centro de gravedad pasa sucesivamente de la teología a la metafísica, la moral y la economía, trae consigo la neutralización creciente de esos diferentes sectores. Ninguna revolución intelectual ha tenido mayor repercusión que tuvo en el siglo XVII el paso de la teología al espíritu científico. Todavía estamos pagando hoy las consecuencias. Ese es el punto de partida de todas las grandes leyes generales sobre las cuales se ha intentado construir la historia: la <ley de los tres estadios de Comte, la teoría de Spencer, que atribuye al desenvolvimiento de la industria moderna la desaparición necesaria del espíritu militar y todas las demás construcciones análogas.

La causa profunda de esta primera gran revoluci√≥n se explica simplemente por la preocupaci√≥n harto caracter√≠stica de procurar al esp√≠ritu humano un terreno de conciliaci√≥n com√ļn y neutro. Despu√©s de las pol√©micas y de las luchas del siglo XVI, a nadie puede ya extra√Īar esta necesidad. Abandonando a la disputa todas las cuestiones controvertidas de la teolog√≠a cristiana, se elabor√≥ un sistema <natural> de la teolog√≠a, de la metaf√≠sica, de la moral y del derecho. En una obra justamente c√©lebre, ha descrito Dilthey este estado del esp√≠ritu, llamando principalmente la atenci√≥n hacia el papel de la tradici√≥n estoica. Yo, por mi parte, estoy convencido de que si la teolog√≠a ha sido destronada es porque era un terreno de lucha y se buscaba un terreno de conciliaci√≥n.

Se ha neutralizado la teología, que ha dejado de ser el centro de atracción intelectual. Y el centro de atracción se fijó en otro dominio, jactándose de haber logrado aunar simultáneamente la seguridad, la evidencia, la concordia y la paz. Sonó entonces la hora de la neutralidad y del menor esfuerzo intelectual tres siglos antes del triunfo definitivo de la técnica. Nuestra sociedad europea no tenía ya más que seguir la corriente y perfeccionar su nueva imagen de la verdad.

Todas las nociones teol√≥gicas concebidas en el curso de los siglos se han tornado cuestiones privadas. Hasta el mismo Dios, con la aparici√≥n del de√≠smo en el siglo XVIII, dej√≥ de formar parte de este mundo. Se ha transformado en un poder neutro y ha asistido, ajeno a todo, a los combates y a las luchas cotidianas. Dej√≥ de ser un ente para convertirse en un concepto. En el siglo XIX, el monarca primero y despu√©s el Estado, van a convertirse tambi√©n, a su vez, en √≥rganos neutros; y la neutralidad cierra as√≠ un ciclo, que luego se hace cl√°sico bajo el nombre de teolog√≠a pol√≠tica, gracias a la doctrina liberal del poder neutro, que pone el poder pol√≠tico al alcance de su mano. Pero esta evoluci√≥n supone, despu√©s de cada etapa, la creaci√≥n de un nuevo terreno de lucha, y esa es precisamente la raz√≥n del desplazamiento del centro de atracci√≥n intelectual. El nuevo centro, que en un principio fue declarado neutro, no tarda en ser presa de los intereses y de las luchas entre los hombres; cuanto mayor es su atracci√≥n m√°s violenta la lucha. La humanidad pasa sin cesar de un terreno de lucha a un terreno neutro; pero siempre este √ļltimo vuelve a transformarse casi instant√°neamente en terreno de lucha, obligando a los hombres a buscar la paz en otra parte. Tampoco el naturalismo ha conseguido instaurar la paz. Despu√©s de las guerras de religi√≥n vinieron las guerras nacionales del siglo XIX, ya en buena parte econ√≥micas, luego las guerras puramente econ√≥micas. Si hoy se ha concedido a la t√©cnica un margen tan grande de confianza, es porque se cree haber descubierto, por fin, el terreno neutro por excelencia. Nada parece, en efecto, m√°s neutro que la t√©cnica. Todo el mundo tiene derecho a disponer de ella a su arbitrio; la telefon√≠a sin hilos sirve indistintamente para la difusi√≥n de todas las noticias y el correo cumple su papel de mensajero sin cuidarse del contenido de nuestros env√≠os. Comparados con las cuestiones teol√≥gicas, metaf√≠sicas, morales y a√ļn econ√≥micas, sujetas siempre a disputa, los problemas puramente t√©cnicos tienen, sin duda, una objetividad bastante consoladora. Sus soluciones son de una evidencia deslumbradora y f√°cilmente se comprende que el hombre, despu√©s de haber conocido la duda y la incertidumbre en otros dominios, haya buscado asilo en la t√©cnica. Dentro de su √°mbito, todos los pueblos y todas las naciones, todas las clases y confesiones, las edades todas sin distinci√≥n de sexos, se ponen de acuerdo en un instante para disfrutar por igual de las ventajas y comodidades de la t√©cnica. Al conjuro de este nombre, las rivalidades de origen religioso, nacional o social, se esfuman, y este sector perfectamente neutro parece brindar a todos los beneficios de la armon√≠a y de la reconciliaci√≥n.

Sin embargo, la neutralidad de la t√©cnica presenta un aspecto nuevo. La t√©cnica es un instrumento, un arma y, precisamente por estar al servicio de todos, no es neutra. La t√©cnica no puede por s√≠ misma ejercer sobre el esp√≠ritu una acci√≥n determinante, ni hacerle adoptar una actitud neutra. Todos los √≥rdenes de civilizaci√≥n, todos los pueblos, todas las religiones, la guerra como la paz, pueden recurrir a la t√©cnica para forjarse sus armas. Y como el instrumento y las armas prestan cada d√≠a mayores servicios, todo autoriza a pensar que cada d√≠a ser√°n usados con m√°s frecuencia. Un progreso t√©cnico no entra√Īa necesariamente un progreso de orden metaf√≠sico, moral o econ√≥mico. Si todav√≠a hay muchos de nuestros semejantes que esperan de la perfecci√≥n t√©cnica un progreso de orden moral, es porque confunden de una manera m√≠stica la t√©cnica y la moral, y porque imaginan ingenuamente que este poderoso medio no ha de servir m√°s que para el bienestar social, su propia raz√≥n de ser, que ser√°n siempre due√Īos de ese temible medio de combate que la t√©cnica pone en sus manos y que el poder que de ella nace les ser√° siempre favorable. Pero, desgraciadamente, la t√©cnica nunca vuelve su mirada hacia el lado de la civilizaci√≥n. Reducida a s√≠ misma, es est√©ril, y en eso se distingue de los centros de actividad que la han precedido: no produce ni cultura ni <clerc>, ni minor√≠a, ni sistema pol√≠tico. En vano esperamos una minor√≠a pol√≠tica compuesta de ingenieros y de inventores. El <sansimonismo> y todos los dem√°s sistemas que se proponen la creaci√≥n de una sociedad industrial, no se basan √ļnicamente sobre la t√©cnica, sino, en parte, sobre la moral humanitaria, en parte sobre la econom√≠a. Ni la misma econom√≠a est√° actualmente dirigida por t√©cnicos, y, adem√°s, cuando una organizaci√≥n social no tiene a su frente m√°s que t√©cnicos, es una sociedad sin jefe y sin direcci√≥n. Sorel fue m√°s que un ingeniero: se hizo <clerc>. Ning√ļn invento dentro del dominio de la t√©cnica permite prever su alcance pol√≠tico. Los inventos del siglo XV y XVI sirvieron a la libertad, al individualismo y a la revoluci√≥n; el descubrimiento de la imprenta ha conducido a la libertad de la prensa. Hoy el progreso t√©cnico se revela como un formidable medio de dominaci√≥n; pone en manos del Poder p√ļblico el monopolio de la telefon√≠a sin hilos y la censura del cine. Vemos, pues, que la t√©cnica es perfectamente indiferente a nuestra orientaci√≥n espiritual; puede ser revolucionaria o reaccionaria; lo mismo sirve a la causa de la libertad que a la del poder, a la de la centralizaci√≥n o a la de la autonom√≠a. En una palabra, sus datos y sus aplicaciones no sirven para plantear, ni para dilucidar una cuesti√≥n de orden pol√≠tico.

En Alemania, el espectáculo de decadencia que ofreció la generación pasada tiene origen más antiguo que la guerra mundial: no hacía falta para que se manifestara, ni la revolución de 1918, ni la <decadencia de Occidente> de Spengler. Se adivina a través de las declaraciones de Ernst Troeltsch, de Max Weber y de Walter Rathenau. La fuerza irresistible de la técnica, es, a sus ojos, el triunfo de la inepcia sobre el espíritu. Fué el reinado de la mecánica, y bien puede afirmarse que si la mecánica no está del todo desprovista de espíritu, por lo menos, carece enteramente de alma.

Con la t√©cnica, la neutralidad espiritual llega a su expresi√≥n m√°s simple: la nada. Tras de haber reducido a abstracciones la religi√≥n y la teolog√≠a, y, m√°s tarde. la metaf√≠sica y el Estado, nuestro patrimonio intelectual y moral parece haberse convertido enteramente en una abstracci√≥n, y la neutralidad absoluta fu√©. por √ļltimo, el anuncio de su completa dilapidaci√≥n. Sin embargo, cuando una religi√≥n grosera se esforzaba por asentar los goces de su para√≠so en la aparente neutralidad de la t√©cnica, algunos soci√≥logos de nombre presintieron que esta ola de neutralidad, que invad√≠a todos los dominios del pensamiento, amenazaba arrollar tambi√©n toda nuestra cultura. Sobrevino el espanto al ver que nuevas capas sociales se ergu√≠an en ese desierto moral e intelectual de la t√©cnica. Aflu√≠an sin cesar de esa nada masas de seres humanos, completamente extra√Īos, si no hostiles, a la herencia del pasado. Y esta angustia, que de mil maneras se trasluc√≠a, no ten√≠a m√°s fundamento que el temor que se sent√≠a de no poder adue√Īarse del instrumento de la t√©cnica, que, sin embargo, estaba all√≠ s√≥lo para servir. La t√©cnica era el resultado de un trabajo considerable del esp√≠ritu humano, el producto de una disciplina; fu√© un desatino hacer de ella un mundo aparte, separado de sus factores espirituales y vitales, y favorecer el florecimiento de una m√≠stica independiente. El genio de la t√©cnica, que ha conducido a las masas populares al de√≠smo, no es por eso menos esp√≠ritu, esp√≠ritu mal√©fico y sat√°nico si se quiere, pero que, en modo alguno, se puede reducir a puro organismo t√©cnico. Cabe que se le tenga aversi√≥n, pero no ser√≠a l√≠cito confundirlo con el <mecanismo de la t√©cnica>. Proviene de la metaf√≠sica, y es su fe, el poder sin l√≠mites y el se√Īor√≠o absoluto del hombre sobre la naturaleza, incluso sobre la humana, el vencimiento de las fronteras naturales, que alcanza hoy su punto culminante, y la existencia de fuentes inagotables de distracci√≥n, de lujo y de goce para los mortales. Todo este despliegue de fuerzas tiene algo de maravilloso; es digno de la intervenci√≥n de potestades infernales; jam√°s se le podr√° considerar como un fen√≥meno econ√≥mico, privado de alma y de esp√≠ritu, y salido de la nada.

La idea de un derrumbamiento cultural y social se asoci√≥ al p√°nico provocado por los atentados sucesivos al <statu quo>, en vez de brotar normalmente como consecuencia de un examen ponderado del desenvolvimiento intelectual y de sus consecuencias. Todo choque creador de cierta envergadura, toda reforma, toda minor√≠a social nueva debe su origen a una disciplina del esp√≠ritu y a un renunciamiento voluntario o forzado, que implica, ante todo, la renuncia al <statu quo>. El cristianismo primitivo y todas las grandes reformas que suscit√≥ a trav√©s de los siglos, todos los renacimientos que hicieron volver a los pr√≠ncipes primitivos, ese <ritornar al principio>, todas las tentativas para acercarse a la naturaleza pura y sin m√°cula, cuando se las mira a la luz del <statu quo> en vigor, parece que entra√Īan la negaci√≥n de la cultura y de la sociedad. Todo en un principio acontece sin ruido y en la sombra: nada llama la atenci√≥n del historiador o del soci√≥logo. Cuando llega la hora de la consagraci√≥n oficial, se est√° ya en presencia de un momento cr√≠tico, cuyos v√≠nculos con un pasado misterioso y oscuro, amenazan romperse.

***********

Despu√©s de haber inaugurado la era de la t√©cnica, la neutralidad ha alcanzado hoy la √ļltima etapa de su desenvolvimiento progresivo. La t√©cnica ha dejado de ser el terreno neutro anunciado por sus profetas, y se ha puesto al servicio de la pol√≠tica. Por eso ser√≠a imprudente emplear la expresi√≥n <siglo de la t√©cnica> en un sentido absoluto. La √ļltima palabra se dir√° el d√≠a que sepamos qu√© g√©nero de pol√≠tica ha logrado adue√Īarse de la t√©cnica y podamos examinar las caracter√≠sticas de la ant√≠tesis <amigo-enemigo> nuevamente formada.

Son todavía muy numerosas las falanges obreras que en las comarcas industriales se afilian a la religión confusa de la técnica: como acontece siempre a las masas, quieren realizar las cosas extremas, creen firmemente sin haberse tomado la molestia de reflexionar, que tras muchos siglos de infructuosas investigaciones, se ha arbitrado, por fin, un medio de abolir la política, de acabar con las guerras y de hacer que la paz reine en todo el universo.

En realidad, la t√©cnica no puede sino acentuar la paz o la guerra y ofrecer sus servicios a una y a otra; ninguno de los nombres destinados a disimular la guerra, ning√ļn juramento pacifista ser√° capaz de mudar las cosas. Bien claro se ve cu√°n f√°cil es sugestionar a las masas velando el sentido de las palabras. La ley secreta de este vocabulario m√°gico harto la conocemos; a la m√°s atroz de todas las guerras, se da el nombre de paz, a la opresi√≥n, libertad, y las cosas m√°s horrorosas contra el g√©nero humano se ejecutan en nombre de la humanidad. Ahora comprendemos bien el estado de esp√≠ritu de esa generaci√≥n que en el imperio de la t√©cnica ve√≠a la decadencia moral y espiritual. Conocemos el pluralismo que impera en toda actividad espiritual, sabemos que ning√ļn centro de atracci√≥n espiritual puede ser dominio neutro y es err√≥neo pretender resolver un problema pol√≠tico con ant√≠tesis tales como <mec√°nico> y <org√°nico>, <muerte> y <vida>. Una vida que s√≥lo tiene delante la muerte, no es vida, es impotencia y desesperaci√≥n. El que no tiene m√°s enemigo que la muerte y ve en ella un simple mecanismo sin consistencia, m√°s cerca est√° de la muerte que de la vida; la f√°cil ant√≠tesis que consiste en contraponer las nociones de lo org√°nico y lo mec√°nico no es en suma, m√°s que una construcci√≥n mec√°nica. Poner el esp√≠ritu y la vida frente a la muerte y la mec√°nica, es renunciar al combate, y esta t√°ctica no puede engendrar m√°s que los suspiros del romanticismo. La vida, en efecto, no combate contra la muerte, y el esp√≠ritu no tiene por adversario la falta de esp√≠ritu. Lucha el esp√≠ritu contra el esp√≠ritu, la vida contra la vida y la armon√≠a aqu√≠ abajo halla su fuerza en el conocimiento integral de las cosas humanas. Ab integro nascitur ordo.
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